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Jimena, una historia de amor

 

Cangas de Onís, 1073

JimenaJimena Díaz de Asturias se arrebujó bajo el manto y alzó la mirada al cielo. Al salir de la casona de los Fláinez con su hermanastra Aurovita y sus doncellas, el sol brillaba en lo alto, el verde de los prados era intenso y olía a bosque. Ahora el cielo era gris, se había levantado un fuerte viento que arrastraba las nubes por encima de los árboles en dirección a la villa y se percibía un lejano olor a tierra mojada. Eso es lo que tenía Asturias: el paisaje era hermoso bajo la luz del sol y de pronto el cielo se oscurecía y comenzaba a llover, envolviendo de melancolía sus pensamientos.

En Oviedo Jimena podía gozar de animación de la corte condal, pero en Cangas la vida era bastante aburrida. Aurovita y Onnecca eran hijas del primer matrimonio de su padre; Rodrigo, Fernando y ella, del segundo. Tal vez por ese motivo y porque todos le doblaban la edad, sus relaciones con ellos solo eran corteses y distantes. 

paisaje asturianoAquella mañana su media hermana había querido dar un paseo por el campo, en vez de encerrarse a hilar en la sala de costura. Un hecho que a Jimena le pareció insólito; y más cuando apenas se habían internado en los prados comunales donde pastaban las vacas, Aurovita había mandado a sus criadas que fueran en busca de flores aromáticas y hierbas medicinales.
Contra toda norma de etiqueta se habían quedado solas.
Entonces la mayor de las dos hermanas, rodeó los hombros de la pequeña con su brazo, girándola con suavidad hasta que quedaron frente a frente. La muchacha pensó que iba echarle la bronca; pero en los ojos de su hermanastra no había ira, sino compasión y ternura. Jimena tuvo un sobresalto. Su hermanastra no era especialmente efusiva, y menos con ella.
—Jimena, tengo que darte una noticia. El rey Alfonso ha pensado en tu boda. Te vas a casar con uno de los hombres más valientes de nuestro linaje.
—¿Le conozco?
—Creo que habrás oído hablar de él. Se llama igual que nuestro hermano Rodrigo, su padre también tenía por nombre Diego… Es castellano… De Vivar…
Claro que he oído hablar de él. Hacía pocos días que un juglar había cantado sus hazañas en la plaza del pueblo.
—Sí. Es al que apodan el Campeador.
—Efectivamente. Es un hombre rico. Su familia afín a la nuestra. Nosotros somos del clan de los Flaínez de Asturias; él pertenece a los Láinez castellanos… —prosiguió Aurovita —. Su abuelo fue desterrado a Castilla por oponerse al rey de León… Ellos se llaman Láinez, porque…
—En Castilla no saben pronunciar la efe al principio de palabra. Nuestro abuelo fue padre del suyo. Así que más o menos somos primos lejanos.
—Bueno, ¿qué te parece?
Jimena tuvo un golpe de rebeldía, y estuvo a punto de contestar desabridamente; sin embargo, se contuvo a tiempo y se limitó a responder con amargura:
—¿Qué me va a parecer? ¿Es que puedo opinar? ¿Lo permiten nuestras leyes y tradiciones? ¿Acaso no me habéis dicho desde niña que la doncella debe casarse con quien designen sus padres o sus hermanos mayores, y que no le es lícito entregar su amor a quien no le estuviera destinado? Yo obedezco, Aurovita. Solo eso: obedezco.
Jimena se echó a llorar y se mordió los labios.
Aurovita comprendió: el corazón de su hermana ya pertenecía a otro. En silencio, sin que nadie se hubiera dado cuenta, Jimena se había enamorado de algún caballero al servicio de su hermano, el conde de Oviedo; o tal vez de alguno de sus numerosos primos. Pero en cualquier caso aquel era un amor prohibido. El Liber Judiciorum no permitía el enlace de una mujer, noble o plebeya, con un hombre de categoría inferior a la suya; y la Iglesia, con un pariente cercano.
A Aurovita se le encogió el corazón al ver la cara resignada de Jimena. La tomó entre sus brazos e hizo que reclinara la cabeza sobre su hombro.
—No te preocupes, Jimena. Créeme que te comprendo. Yo también pasé por lo mismo… Pero luego… No sé… Hay cosas entre el marido y la mujer que… Bueno, te acercan en el lecho y en la vida… Después vienen los hijos… —musitó Aurovita, acariciando maternalmente su pelo.
—No tengo nada en contra de Rodrigo Díaz de Vivar… Incluso dicen que es muy guapo— balbuceó la joven, ya más calmada.
—No tanto como tú, hermanita… —dijo, levantando la barbilla de Jimena—. De verdad que eres una joven muy bella, como corresponde a una novia afortunada.
Y era cierto. Jimena tenía un rostro agraciado, el pelo castaño tirando a rubio, los ojos pardos, con reflejos verdosos, la boca grana, las manos delicadas, el talle esbelto; de estatura regular; sus modales eran gentiles, agradables, y sabía vestir con elegancia…
—Si ese castellano no sabe apreciarte, es que es tonto de remate, mi niña.
Jimena se secó las lágrimas
—Gracias, Aurovita. Espero que mi futuro esposo comparta tu opinión. Eso es lo importante, ¿no es así?
—¡Como no lo haga, le pego un estacazo! ¡Palabra de hermana mayor!— contestó en broma la interpelada, intentando animar a Jimena.
Antes de que ésta pudiera responder, se oyó un trueno en la lejanía y comenzó a chispear. Las doncellas regresaron apresuradamente con los cestos llenos sobre sus cabezas.
—¡Vámonos a casa antes de que comience a llover en serio!— ordenó Aurovita.
El chaparrón las alcanzó dentro de la villa, justo cuando pasaban cerca de la iglesia. Se resguardaron bajo el tejadillo sostenido por recios pilares, que servía de porche en la fachada sur del crucero. Las dos hermanastras se sumieron en sus pensamientos sin hacer caso de los cuchicheos de las doncellas, que habían dejado las cargas en el suelo y se entretenían hablando de sus amores.
casonaCuando paró de llover salieron otra vez a la empinada calle que llevaba a la casona. Un viento ábrego sopló, esparciendo las nubes de aquí para allá. Jimena se arrebujó en su manto, sintiéndose terriblemente decepcionada con la vida.
Tan solo unos meses antes había conocido los sentimientos de Favila, uno de los muchachos que servían a las órdenes del marido de Aurovita.
Hacía tiempo que la miraba con ojos de cordero degollado. Una tarde en el que las damas de la casa hilaban junto al fuego, el muchacho se había acercado al grupo y, so pretexto de echar unas ramas de enebro a la lumbre, había rozado suavemente su mano.
El contacto había despertado en ella la necesidad de saber si había sido casual o si pretendía decirle algo.
A la mañana siguiente, pidió a Favila que la acompañara a casa de su amiga Cristina, que vivía en una de las casonas de la plaza.
Favila se había puesto colorado, y guardó silencio casi todo el trayecto, hasta que no pudo más y le dijo de sopetón que la amaba.
Ella se limitó sonreír; apretó el paso sin decir palabra, sintiendo que el corazón le estallaba de felicidad dentro del pecho.
Una vez dentro de la casa, despidió a Favila y llena de emoción le contó lo sucedido a Cristina. Estuvieron toda la tarde riendo y cuchicheando en voz baja, mientras cosían en la cocina.
Las dos muchachas parecían tan felices que la nodriza de Cristina intuyó lo que estaba pasando y les echó un severo rapapolvo por fantasear más de la cuenta, en lugar de pedir a Dios que sus padres eligieran para ellas un novio acorde con su estirpe, y que fuera rico y valiente.
Jimena regresó a casa de Aurovita acompañada por el hermano mayor de su amiga, y cuando llegó pudo comprobar que los celos se dejaban traslucir en la mirada de Favila.
El muy tonto no sabía que aquel joven estaba prometido, y que no tenía nada que hacer con ella, ni por linaje ni por cariño. Porque ella solo le amaba a él, a Favila.
Le amaba, le amaba, le amaba, le amaba… ¡Era tan bonito el amor!
Era bonito verse fugazmente a través de las celosías, coincidir los domingos en la iglesia o contemplar la sonrisa de Favila cuando se cruzaban sus ojos. Por las noches se imaginaba a los dos paseando de la mano, besándose en un claro del bosque bajo la luz de la luna, casándose, teniendo hijos… Una vez soñó que yacía con él en la misma cama; se despertó sobresaltada y se echó a llorar, porque sabía que su amor no tenía futuro.
Cuando Aurovita le anunció que su boda había sido concertada, Jimena creyó que su mundo se venía abajo. Tenía ganas de llorar, de gritar, de escaparse, de ingresar en un monasterio. Todo menos aceptar el novio que había elegido el rey para ella. ¿Pero acaso podía desafiar al poder real?
Aquella noche hundió su cara sobre la almohada y lloró copiosamente. Nadie, ni siquiera un valiente caballero con la fama del Campeador, podría nunca ocupar en su corazón el lugar de Favila.

 

Camino de Santiago, 1073
Teresa y Sancha Rodríguez cabalgaban sobre sus mulas bajo el tibio sol otoñal; las hojas de los árboles lucían una gran variedad de tonos verdes, rojizos y amarillos; las nubes se reflejaban sobre los ríos y arroyos que cruzaban sobre recios puentes de piedra, o vadeaban sin bajarse de las cabalgaduras. Las escoltaba la mitad de la mesnada del hijo de Sancha, Álvar Fáñez, entonando canciones de gesta.
Comitiva2Teresa había quedado con su hijo Rodrigo que se encontrarían en el camino de Santiago, antes de llegar a León.
Suponía que saldría al encuentro al mando de una nutrida compaña y que entrarían todos juntos en la capital del reino.
Las dos hermanas habían recibido cartas de Rodrigo Díaz comunicándoles que el rey había decidido casarlo con su sobrina Jimena a comienzos de otoño, y que las dos debían ser testigos de la boda y ratificar la dote que debía dar a su prometida.
A Sancha la noticia le había pillado en Orbaneja, y a Teresa en Vivar. Las dos estaban en sus fincas, supervisando las faenas agrícolas, pues eran viudas; después de leer la misiva y consultar a los varones de la familia, decidieron hacer el viaje juntas.
Se citaron en Burgos el día de San Miguel. Allí Teresa poseía una hermosa casa, que había heredado de Diego Láinez, su difunto marido.
La noche de su llegada, la mayor de las hermanas despidió a la servidumbre y se sentó en el escaño de su habitación, con Sancha a su lado, iniciando una fluida conversación. Primero recordaron los viejos tiempos en Asturias, en casa de su padre; se rieron de sus travesuras infantiles; rememoraron sus bodas y las peripecias de sus partos; se dieron mutuamente noticias sobre sus conocidos, sus tierras, sus ganados, sus siervos; pero luego pasaron a lo que realmente les preocupaba: la boda.
—Teresa querida, es un gran honor para nuestro linaje que el rey haya concedido a tu hijo Rodrigo la mano de Jimena Díaz de las Asturias; eso demuestra el gran aprecio que nos tiene… Sin embargo no noto ninguna alegría cuando hablas de estos esponsales…
—Es que estoy muy preocupada... En este asunto hay algo raro, algo que me desazona… Sancha, ¿tú sabías que Jimena es sobrina del rey?
—No, no lo sabía…
—Y mira que has estado veces en la corte de León.
—Bueno, sí; pero que no se haya mencionado nunca este vínculo no tiene la menor importancia. Lo importante es que tu hijo va emparentar con la familia real. No entiendo el motivo de tus lamentos.
—Es que no sé quién es el padre de la novia.
—¡Teresa, por favor! Todo el mundo sabe que es hija del conde Diego Fernández de Asturias.
—Recuerdo perfectamente que el conde murió en el año 1046 porque yo fui a su entierro, y solo vi a Onneca y Aurovita. Estamos en el año 1073, suponiendo que Jimena fuera entonces una niña de pecho, ahora debe de tener cerca de los treinta años.
—Quieres decir que… a saber qué aspecto tiene… —comentó compungida doña Sancha, comprendiendo la cuita de su hermana. Aquella mujer era muy vieja; lo normal era casarse al llegar a la edad núbil. Ella lo había hecho a los quince años.
—Sé que no es fea… Nuestra prima la condesa de Oca me ha escrito diciendo que la conoce. Es joven y bella. No aparenta más de los diecisiete años… Y eso es lo que me desconcierta. Nadie puede nacer después de morir su padre… A menos que hayan utilizado el nombre de don Diego como tapadera de un desliz dentro de la casa real…
—¡Santo cielo! ¿Y crees que tu hijo estará dispuesto a… seguir el juego al rey? ¿Y los supuestos hermanos…?
—Rodrigo prefiere hacerse el tonto… Ya sabes lo que sucedió el año pasado en Zamora… Cuando murió el rey don Sancho, de repente se vio desposeído de su condición de príncipe de la milicia castellana, y necesita hacerse un hueco en la corte de Alfonso VI… En cuanto a los hermanos de Jimena, supongo que serán los primeros interesados en ser discretos... Rodrigo, el mayor de los varones, fue confirmado como conde después de la muerte de su padre; el pequeño obtuvo un sustancioso cargo palatino; Onneca y Aurovita están muy bien casadas con caballeros cercanos a la familia real.
Sancha no sabía qué responder a su hermana. Teresa continuó:
—Pero imagínate que nuestra prima me hubiera gastado una broma, y que Jimena fuera mayor que mi hijo… Las leyes prohíben que la novia tenga más edad que el novio… El matrimonio sería nulo, o podría ser anulado más adelante al arbitrio del rey, y mi pobre Rodrigo sufriría… Porque a don Alfonso no se le puede llevar la contraria, ya sabes cómo es… Y además está el parentesco; porque mi difunto marido también era un Fláinez, tienen antepasados comumes… —concluyó Teresa, echándose a llorar
Sancha comprendió el motivo de sus lágrimas: la Iglesia podría excomulgarlos por incesto.
Se hizo un tenso silencio, que rompió la dueña de la casa, limpiándose las lágrimas con la punta del brial.
—Será mejor que nos vayamos a dormir. El viaje de Orbaneja a Burgos ha sido largo, y supongo que estarás muy cansada… Dentro de unos días partiremos hacia León.
Ahora Teresa cabalgaba sobre su mula, mientras el fresco aire otoñal hacía ondear los pendones de la mesnada, y no dejaba de pensar preocupada en aquella extraña boda, que la llenaba al mismo tiempo de orgullo y temor.
Para apartar estos pensamientos y distraerse, recordó sus viajes anteriores a la corte de León. El primero fue cuando partió de Asturias para casarse con el padre de Rodrigo; entonces era casi una niña. Después el que hizo, siendo viuda, para presentar a su hijo a los reyes y pedirles que fuera admitido en la escuela palatina. Años más tarde acompañó a su hermana, que postulaba lo mismo para Alvar Fáñez y Álvaro Álvarez, sus sobrinos favoritos.
Teresa y Sancha se habrían conformado con que los muchachos hubieran obtenido una buena acogida en la corte; pero bajo la protección real, Rodrigo había sido nombrado escudero del heredero de Castilla; Alvar se había integrado en la escolta del de León. Rodrigo había escalado puestos hasta ser nombrado príncipe de la milicia castellana; Alvar, capitaneaba su propia mesnada. Pero todo esto se había derrumbado después de la tragedia de Zamora.
Y ahora, por alguna razón que desconocía, el rey había querido enaltecer a su hijo, introduciéndolo en su familia; pero su intuición de madre le decía que aquello podría terminar mal, muy mal.

 

León, 1073
Jimena consideraba que había sido muy bien recibida en palacio real. Los primeros días, la infanta doña Elvira se hizo cargo de ella, puliendo sus modales y poniéndola al día sobre los hábitos de la corte. La esposa del conde Ansúrez, el maiordomus regis, le explicó detalladamente cómo funcionaban el erario, la secretaría, y que el deber de las damas principales del reino era ocuparse de la intendencia de la hueste, lo mismo que las esposas de los capitanes debían proveer a las necesidades de las mesnadas, y las mujeres de los labradores y artesanos a las de sus maridos cuando iban a la guerra.
Después fue incorporada a la casa de doña Urraca Fernández, la hermana mayor del rey. Aunque doña Urraca era reina de Zamora, vivía en la corte leonesa. En realidad era ella la que gobernaba los reinos de Galicia, León y Castilla.
Jimena, formando parte de las doncellas de su séquito, aprendió las sutilezas de la política y las negociaciones con los condes y los embajadores musulmanes, y asistió a una sesión de la curia regia.
Don Alfonso VI le proporcionó una afectuosa acogida el día que le fue presentada. Aunque le veía poco: siempre andaba muy ocupado de aquí para allá, de reino en reino, de ciudad en ciudad, de lecho en lecho, de alcoba en alcoba; porque cuando no estaba embarcado en alguna guerra, dividía su tiempo entre la reina Inés y su amante, Jimena Muñiz, la hija del conde don Munio.
Cuando vivía en Asturias, creía que su nombre era raro porque los que allí se estilaban eran de rancia tradición visigoda; sin embargo en la corte resultaba muy común, porque era el nombre dinástico del reino de Pamplona, y lo habían llevado varias infantas navarras casadas con reyes de León, que a su vez lo habían transmitido a sus hijas, sus nietas, sus ahijadas de bautizo… En fin, que para entenderse entre tanta Jimena como había en la corte, tenían que utilizar sus apellidos y lugares de nacimiento.
De todas las doncellas del palacio, Jimena Díaz de las Asturias, era la mayor; porque las otras jóvenes de su edad, hijas, sobrinas, primas de los magnates de la curia regia, ya estaban casadas y algunas tenían uno o dos hijos.
El asunto de la fecundidad la tenía muy preocupada desde que supo que don Alfonso pensaba separarse de la reina Inés porque no le había dado ningún vástago, y andaba buscando el favor de Roma para casarse con la hija de don Munio, que sí le había dado descendencia.
Durante los primeros meses de su estancia en la corte lloró cada noche evocando el recuerdo de Favila. Hasta que un día se enteró de que se había casado con una joven viuda gallega, y que el matrimonio se había hecho por amor. ¡Por amor! ¿Cómo que por amor? ¿Tan pronto la había olvidado?
Preguntó, indagó y se enteró que la pareja vivía en Lugo, al servicio del conde Ovéquiz y que el muchacho había medrado en aquella corte desde que la viudita de quince años le había declarado su amor y él había aceptado gustoso casarse con ella. Se mordió los labios para no llorar cuando oyó a la infanta doña Elvira contar aquel chisme a su hermana Urraca: la ley permitía a la viuda elegir marido y aquella lagarta se había aprovechado de la ambición de Favila para engatusarlo.
Entonces se dio cuenta: Favila le había declarado su amor para obtener un cargo en la corte de Oviedo.
En aquel momento se sintió tan herida y despechada que envidió la soltería de la reina de Zamora, y deseó meterse a monja.
Sin embargo aquellos pensamientos no llegaron a echar raíces en su corazón porque anhelaba amar y ser amada.
Cada vez que doña Eylo ensalzaba delante de ella el valor y la gallardía de Rodrigo Díaz de Vivar o la infanta Elvira ponderaba el extenso patrimonio que poseía en Castilla, Jimena sentía una viva curiosidad por conocer a su prometido. Sobre todo cuando los juglares amenizaban las veladas del palacio con alguna breve canción dedicada a él.
llegada del Cid copiaUna tarde lo vio a través de las celosías de la sala de costura. Un rumor de cascos de caballo, piafar de corceles, voces de mando y sonido de clarines avisaron a las damas de la corte de que un caballero había llegado al palacio. Doña Urraca y sus doncellas se levantaron de los asientos y, dejando sus labores, atisbaron discretamente por la ventana.
—Ese es don Rodrigo. ¿Qué te parece? —preguntó la reina de Zamora, señalando al más alto de todos.
A Jimena le dio un vuelco el corazón. Nunca hubiera creído que los elogios que había escuchado sobre él se quedaran tan cortos. Su futuro esposo era el varón más bizarro y apuesto que había visto en su vida. Tenía un aspecto arrogante y gentil al mismo tiempo; su espesa barba le daba un aire muy distinguido.
—Es muy guapo, alteza —contestó, ruborizándose.
Doña Urraca Fernández sonrió complacida.
Durante el breve espacio de tiempo que Rodrigo Díaz de Vivar estuvo en la corte, a Jimena no le permitieron hablar con él, y se tuvo que conformar con espiarle a hurtadillas a través las cortinas del salón real o de las celosías del segundo piso. De modo que su curiosidad fue creciendo día tras día.
En el banquete de despedida con que Alfonso VI obsequió al magnate castellano, se atrevió a lanzar una mirada oblicua hasta el final de la mesa donde ambos estaban sentados, cada uno en un extremo; y se sorprendió al ver que él también la observaba con asombro y simpatía. Se volvió descaradamente hacia Rodrigo y le dirigió una amplia sonrisa. Él inclinó la cabeza con gentil reverencia y alzó su copa en dirección a ella.
El pulso de la muchacha se aceleró y sintió mil mariposas revoloteando en sus entrañas. Doña Urraca Fernández se dio cuenta del sonrojo de su protegida y le susurró al oído:
—Paciencia, querida. Mañana tu prometido saldrá al encuentro de sus parientes castellanos, que ya vienen de camino, y pronto se celebrarán tus esponsales.

Camino de Santiago - 1073
La mesnada de Rodrigo Díaz de Vivar se encontró con la comitiva de su madre cerca de Sahagún. Y cuando después de descansar durante un día entero emprendieron el camino hacia el sureste en lugar de seguir recto hacia el oeste, la alarma de doña Teresa Rodríguez y de su hermana fue en aumento. Doña Sancha pidió a su hijo que hablara con su primo para informarse por qué tomaban aquel camino que se adentraba en las tierras del conde Ansúrez.
—Estamos cumpliendo órdenes del rey. Di a las damas que la boda no se celebrará ni en Oviedo ni en León, sino en Palencia —contestó escuetamente Rodrigo Díaz a Álvar Fáñez.
Aquello dio mucho que pensar a su madre y a su tía; pero solo se atrevieron a dirigirse miradas cómplices durante el día, y a hablar en susurros durante la noche, mientras intentaban conciliar el sueño bajo la lona de la tienda de campaña.
A la mañana siguiente, Teresa trató de sonsacar a su vástago. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta.
—Hijo mío, perdona la curiosidad de tu madre, y dime si conoces a la novia, y si es de tu agrado. ¿Es guapa? ¿Qué edad tiene?
Rodrigo sonrió mientras recordaba la grata impresión que le había causado Jimena la noche del banquete.
—La he visto de lejos. Doña Urraca Fernández es muy estricta en lo tocante al protocolo de la corte. Pero he de deciros que es joven y bella.
«Muy bella», repitió Rodrigo mentalmente, recordando los ojos verdes de la muchacha, su andar grácil que evocaba una suave brisa de primavera, su esbelto talle y sus firmes curvas apenas disimuladas por los pliegues de su túnica blanca y su brial de seda azul. Sus cabellos tenían el color de trigo maduro, y sus labios eran dignos de ser besados.
Doña Teresa escrutó el rostro de su hijo y comprendió que se había enamorado.
Aquella noche le comunicó a su hermana lo que había descubierto. Y ambas convinieron en que en aquella boda había algo raro; algo que tenían que ocultar a la corte, y que por eso la ceremonia la iba a realizar don Miro, el obispo de Palencia…

 

Palencia, 1073
Las doncellas vistieron a Jimena con una túnica y un brial blanco; colocaron sobre sus hombros un manto azul cielo con ribetes de armiño, cerrado en el cuello con un broche de oro. Sus cabellos trigueños caían sobre su espalda, como correspondía a una virgen; una corona de flores ceñía sus sienes.
La novia echó un vistazo a los vestidos de casada que esperaban sobre la cama. Antes de ir al banquete debía cambiarse de ropa y aparecer ante su esposo y los invitados ataviada de matrona, con el pelo recogido en trenzas bajo un discreto tocado.
Se sentía muy nerviosa. En realidad no conocía nada de su futuro marido, excepto su fama de guerrero. No sabía qué carácter demostraría en la mesa y en el lecho, y esto era muy importante para la paz conyugal, como solía decir doña Eylo. Además los últimos días habían sido… No sabía cómo calificarlos… Pensaba que iba a casarse en la corte, y doña Urraca le había dicho que el rey prefería que lo hiciera en los dominios del conde Ansúrez. Ciertamente que doña Eylo se había portado muy bien con ella y le había explicado cuáles era sus obligaciones respecto a su cónyuge. Siempre había pensado que cuando se casara esta charla estaría a cargo de Onneca o Aurovita… Sin embargo sus hermanos no iban a asistir a la boda… Era raro… Había algo que flotaba en el ambiente; algo que ella no comprendía muy bien, pero que intuía que estaba relacionado con la larga conversación que el rey había sostenido a solas con Rodrigo Díaz. Tras esa conversación, doña Urraca le había informado que el novio accedía a darle como dote la mitad de sus bienes, sesenta y cuatro aldeas con sus gentes, ganados, viñedos, pastos, molinos, herrerías y campos de labor. Que en Castilla se acostumbraba a dotar a la novia solo con la décima parte de los bienes del novio, pero que don Rodrigo había accedido a casarse bajo el Fuero de León, porque —y esto lo recalcó doña Urraca— quería rendir homenaje a su belleza y virginal connubio. Que una vez realizada la ceremonia y pasada la semana de agasajos, partiría con su marido a Asturias, donde ambos residirían durante su primer año de matrimonio.
Jimena se sintió muy aliviada al saber que durante todo este tiempo podría ver a sus hermanos, y visitar los lugares que la habían visto crecer. La madre y la tía de Rodrigo le parecían damas severas y adustas. Todavía no las había visto sonreír ni una sola vez. Bueno, una. Cuando doña Urraca les había asegurado que las aldeas que correspondían por herencia del abuelo materno a Alvar Fáñez y a su primo Álvaro Álvarez no formarían parte de su dote… Eran dos señoras muy extrañas que vestían al estilo de Castilla, y que se dirigían a los criados en un latín rarísimo…
Entraron doña Urraca Fernández y doña Eylo en el lugar donde la estaban terminando de vestir y colocar los pliegues del manto; las doncellas se inclinaron ante la reina de Zamora, y esta sonrió y dio su aprobación al aspecto de la novia.

beso—Estás muy guapa, Jimena. Estoy segura de que harás muy dichoso a don Rodrigo… —Doña Urraca levantó el rostro de Jimena por la barbilla y le dio un beso en la frente —. Dios te bendiga, hija mía. Te dejo en manos de doña Eylo… Yo tengo que esperarte con tu tío Alfonso en la puerta de la iglesia de San Miguel…
La voz de la dama estuvo a punto de quebrarse, y unas lágrimas se asomaron a sus ojos. Dio media vuelta y salió con porte regio de la habitación.
Doña Eylo organizó la comitiva: primero Jimena, a su lado ella, después las doncellas que levantarían su manto para que no arrastrase por el suelo. Al llegar al zaguán del palacio del conde Ansúrez, esperaban una yegua blanca, regalo del rey, y un nutrido grupo de mulas negras que montarían las dueñas y doncellas del séquito nupcial.
Como en un sueño, subió a su cabalgadura; las criadas se apresuraron a colocar vestidos y capa convenientemente. Doña Eylo dio la orden de partida.
Las campanas de San Miguel repicaban alegremente mientras ella bajaba de su montura. Los invitados formaban un pasillo de brillantes y multicolores vestidos, que terminaba en la puerta principal del templo. Allí estaban esperándola el rey, doña Urraca,doña Elvira, su futura suegra con su hermana. Y en medio de ellos, el obispo de Palencia y… Rodrigo.
Sintió que una oleada de calor cubría su rostro, y bajó la cabeza para que no se notara. El conde Ansúrez tomó su mano y la depositó en la del rey. Oyó cómo el obispo se dirigía a los presentes y preguntaba que quién entregaba a la novia.
—Yo —contestó Alfonso VI con voz potente, poniendo la mano de Jimena en la de Rodrigo Díaz de Vivar.
El obispo prosiguió la ceremonia con las lecturas, preguntas y bendiciones rituales. Antes de entrar en la iglesia, el rey se dirigió al prelado:
—Esta boda se realiza según la costumbre de los visigodos.
Eso significaba que los novios debían besarse ante los testigos, para consumar simbólicamente el matrimonio.
Jimena cerró los párpados. Sintió que los fuertes brazos de Rodrigo rodeaban su talle y la atraían hacia sí. Sus labios se unieron en un cálido beso. Cuando abrió los ojos y su mirada verde se cruzó con la azul de él, comprendió que sus corazones se pertenecían para siempre.

 

Jimena Díaz de Asturias, esposa del Cid Campeador

Margarita TorresCuando la historiadora Margarita Torres-Sevilla escribió su libro Linajes en León y Castilla: siglos IX-XIII, dedicó un amplio capítulo al linaje del Cid. Sin embargo no existe uno análogo sobre su esposa, Jimena Díaz, a la que calificó como el mayor enigma medieval de nuestra historia. En su lugar dedicó varias páginas bajo el epígrafe de La familia del conde de Oviedo, don Diego Fernández de las Asturias, ya que en la carta de arras de Rodrigo y Jimena, figura legalmente como su padre. También se menciona este hecho en la primera biografía del Cid, escrita en latín en el siglo XII, Historia Roderici, así como que Jimena era nepta de Alfonso VI.
Al traducir nepta como sobrina del rey en el sentido más amplio de la palabra, tanto Margarita Torres como Menéndez Pidal aventuran dos posibles genealogías para doña Jimena. Margarita a través del linaje de los Fláinez; don Ramón, de los condes de Cea. Ninguna de las dos coindicen en los antepasados. Las dos formulan hipótesis sobre la madre de Jimena, que no pueden ser probadas con exactitud.
María Emma Escobar Uribe, miembro de la Asociación Colombiana para el Estudio de las Genealogías, opina que había algo tan raro en la ascendencia de doña Jimena que se trató de ocultar por todos los medios.
La cosa se complica cuando Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa se convierten en los protagonistas de la primera novela histórica en lengua española: El cantar de Mío Cid. Porque a partir de aquí los romances, dramas y novelas posteriores atribuyen la paternidad de doña Jimena al supuesto conde Lozano, que unas veces es de Gormaz y otras de Orgaz. Pura fantasía.
Pero si traducimos la palabra nepta como «sobrina carnal» del rey, esto nos abre un sinfín de posibilidades para explicar las relaciones tan tirantes que mantuvieron Alfonso VI y los principales nobles con el Cid.
Si Jimena tenía sangre real, no en el sentido amplio de la palabra, sino una afiliación muy próxima al trono, esto significa que sus intereses chocaban con los de la nobleza palatina, porque estaba dentro de la línea de sucesión.
Algo que no sucedía con el resto de los hijos del conde Diego Fernández de Asturias. Ninguno es mencionado como sobrino del rey.

Lo único que parece ser real fue el amor que se profesaron Rodrigo y Jimena. Tan fuerte que lo recogieron los relatos orales que gestaron El cantar de Mío Cid, y que a través del romancero han llegado hasta nosotros.

Y es curioso, ninguno de ellos firma la carta de arras; en cambio sí lo hacen las hermanas, los tíos y los primos castellanos de Alfonso VI, miembros del clan de los González-Salvadores. Por parte del novio aparecen las firmas de su madre, su tía, sus tíos y primos asturianos, todos con apellido Rodríguez o Álvarez.
Ni siquiera aparece el hermano mayor de Jimena, conde de Asturias, firmando entre los condes de la curia regia que dan el visto bueno al documento; ni como testigo del enlace. Como testigos aparecen tres varones sin apellido —Anaya, García y Galindo—, que posiblemente fueran capitanes de la mesnada del Cid.
Teniendo en cuenta que las cartas de arras las firmaban los parientes cercanos de los novios, y en esta no figuran los hijos del conde de Oviedo, es porque posiblemente no fueran hermanos de Jimena.
Si a esto unimos que don Diego murió en el año 1046 y que la carta de arras se firmó en el 1074, estaríamos ante un hecho insólito para la época: una dama de sangre real con más de treinta años de edad se casaba con un jefe de mesnada más joven que ella. Lo que choca con lo dispuesto en el Liber Judiciorm y con uno de los párrafos del documento, en el que se declara que Rodrigo Díaz concede a la novia la mitad de su patrimonio debido «a su hermosura y virginal connubio». A finales del siglo XI era muy poco probable que una dama se mantuviera bella a los treinta años. Posiblemente Jimena no alcanzara los veinte. Por otra parte, si Jimena fuera hija biológica del conde de Asturias, sería tía segunda del Cid; algo que les hubiera llevado directamente a la excomunión.
¿Qué motivos tenía la familia real para que Jimena apareciera como una descendiente del clan de los Fláinez? Si echamos la vista atrás, años antes el conde don Diego Fernández entregó la ciudad de León al padre de Alfonso VI. Durante mucho tiempo la retuvo en su poder porque consideraba a Fernando I de Castilla como un usurpador. Sin embargo, de la noche a la mañana… la entrega. ¿A cambio de qué? ¿De un pacto secreto en el que se aseguró a su linaje el gobierno de Asturias a perpetuidad? En un momento histórico en el que los territorios gobernados no eran propiedad de sus gobernadores, sus dos hijos heredaron el condado como si fuera posesión de la familia. Tal vez a cambio de esto les pidieran que prohijaran a Jimena y la hicieran pasar por su hermana… Es una posibilidad.
Fantasías aparte, Jimena hereda y firma documentos con la dinastía de Oviedo hasta su muerte.
Pero su filiación y su relación con el rey sigue siendo un misterio.
Lo único que parece ser real fue el amor que se profesaron Rodrigo y Jimena. Tan fuerte que lo recogieron los relatos orales que gestaron El cantar de Mío Cid, y que a través del romancero han llegado hasta nosotros. Ni Guillén de Castro, ni Antonio Gala, ni Ricard Ibáñez lo han puesto en duda en Las mocedades del Cid, Anillos para una dama, o Mío Sidi.
Al misterio de doña Jimena, y a su amor por Rodrigo Díaz de Vivar he dedicado este relato. Espero que el lector haya disfrutado con él.

 

Enlaces de interés:

Carta de arras del Cid y doña Jimena

Texto en castellano antiguo de la carta de arras del Cid y doña Jimena

Traducción de la Historia Roderici 

El linaje del Cid

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

Dramaturgo, funcionario y mártir: Muñoz Seca, autor de La venganza de don Mendo

Madrid. Agosto de 1918.


paseo del pradoLos señores de Peláez, acompañados por sus seis hijos, Luisito González —el pretendiente de su hija mayor—, la niñera de su último retoño y el cabo de gastadores, que rondaba a la susodicha, se sentaron —bueno, invadieron— la terraza de uno de los quioscos que, bajo los árboles, jalonaban el paseo del Prado; dieron dinero a los pequeños para que jugaran a los barquillos; mandaron a la niñera y al gastador que les vigilaran atentamente; pidieron tres vasos de horchata y uno de agua de cebada; y, sin abrir la boca, observaron detenidamente a aquel perillán que se había empeñado en rondar a su hija.
El muchacho se sentía muy agobiado porque, a pesar del calor que hacía aquella tarde, iba embutido en el traje de los domingos y era la primera vez que había sido admitido en el círculo familiar de su novia, después de haber pedido a sus padres permiso para cortejarla.
Bajo aquella severa e inquisitiva mirada, se sentía muy incómodo; el almidonado cuello de la camisa y la pajarita le apretaban el gaznate hasta dejarlo casi sin respiración; le torturaba el silencio espectral de sus futuros suegros, y que no se le ocurriera nada con que iniciar una conversación amistosa que les convenciera de que era el candidato ideal para pedir la mano de Paloma…
Luisito González había llegado a ese punto de congoja porque sus padres —dueños de una tienda de telas cerca del Arco de Cuchilleros— le habían presionado para que hiciera la corte a Palomita,porque les interesaba llegar a un rápido acuerdo comercial con los Peláez —propietarios de una sastrería de postín en la calle Carretas—; pero al chico fingir interés por una señorita de buena familia, a la que se había declarado solo pensando en su solvencia económica, era una situación que le resultaba tan bochornosa que no le inspiraba ningún tema de conversación…
Delante de los veladores pasó un grupo de jóvenes con gorra de visera y bigotes retorcidos, siguiendo una bandada de mocitas ataviadas con mantones de manila sobre batas de crespón, que se reían de sus galanes…
Y él ahí, de pollo pera, con el pelo engominado y pasando más calor que un recluta destinado en Tetuán; y sin saber qué decir, que era lo peor.
Echó de menos las verbenas de los barrios, con su olor a churros y su música de organillos; pero en vez festejar a San Lorenzo bailando un chotis con una modistilla, estaba sentado en un velador, dándose aire con el sombrero de paja.
Atravesó el bulevar una aguadora ambulante, con el cántaro en la cadera y la vasera en la mano, pregonando que traía agua fresa de la fuente El Berro.
Luisito pensó que el paseo de Recoletos a esas horas de la tarde parecía una escena sacada de la zarzuela Agua, azucarillos y aguardiente…
Entonces le vino una idea: hablar de teatro. Sus padres le habían dicho que a los Peláez les encantaban las obras de Carlos Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, Muñoz Seca; en fin, que les gustaban las comedias y sainetes, porque se aburrían mucho con los dramaturgos serios como Benavente y Valle-Inclán…
—¿Han visto ustedes la última comedia de don Pedro Muñoz Seca? —inquirió, dándoselas de hombre de mundo.
La madre de Palomita esbozó una sonrisa condescendiente detrás del abanico. ¡Por fin el chico había abierto la boca; a ver por dónde salía! El padre se atusó el bigote, sin dejarse impresionar:
—¿Cuál de ellas, pollo? El señor Muñoz Seca ha estrenado catorce obras este año.
—Me refiero a…, me refiero a… La venganza de don Mendo… Estuve en el estreno con mis padres y mi hermana… Es muy divertida… —balbuceó Luis, recogiendo velas, temiendo haber metido la pata hasta el corvejón.
—¿De qué va?— preguntó la madre, para darle ánimos.
—Es una parodia de un drama medieval. Buenísima, se lo aseguro. Se trata de un caballero que…
—Que escala el torreón de un castillo y seduce a la hija del conde... ¡Cuidado, pollo, que el tal don Mendo terminó en la mazmorra, a punto de ser emparedado! —rugió el padre de Paloma.
El muchacho intentó aflojarse el cuello de la camisa, sin éxito.
—¡Pero el argumento es estupendo! —exclamó la madre, intentando quitar hierro—. ¡Qué enredo! ¡Qué venganza! ¡Yo me partía de risa!
—¡Ah! ¿La han visto ustedes?
—¡Naturalmente! No nos perdemos ninguna obra de don Pedro Muñoz Seca. Nos encantan sus chistes, sus retruécanos, sus disparatados personajes… —ponderó la señora de Peláez.
La venganza de Don Mendo5 147El padre comenzó a reír alegremente, al tiempo que gesticulaba, haciendo como si blandiera un puñal.
—«Mátame, por Alá! ¿Qué por Alá? ¡Por aquí!».
El señor Peláez, recitó las últimas frases de don Mendo, hasta llegar al famoso «Así muere un valiente cansado de hacer el oso» y lo de «Menda es Mendo»…
—Declama usted estupendamente— aduló el pretendiente—. Sin embargo, es una pena…
—¿El qué, joven?
—Que ustedes ya la hayan visto, porque un amigo mío me dio unas entradas de platea para ver una representación, y me hubiera gustado mucho invitar a todos ustedes —faroleó el muchacho, mintiendo descaradamente.
—¡A mí me gustaría volver a ver ese drama en verso! —exclamó Palomita, abriendo por primera vez los labios después de dos horas de paseo.
—Pues nada, hija mía, si tanto te agrada, aceptaremos la invitación de Luis e iremos toda la familia al teatro —sentenció el padre, dando al chico una fuerte palmada en la espalda, que casi le deja fuera de combate.
El joven aguantó como pudo e hizo cálculos mentales sobre por cuánto le iba a salir la broma. ¡Entradas para toda la familia! No tendría más remedio que pedir dinero prestado a sus padres. Pero seguro que no pondrían reparos. Les diría que llevar al teatro a los Peláez era una inversión a corto plazo.
La madre volvió a ocultar una aviesa sonrisilla detrás del abanico.
—Hablando de venganzas, ¿no habrás visto por casualidad La venganza de la Petra, de don Carlos Arniches? —preguntó con aire inocente.
—No, señora. Esa no. ¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada, hijo, por nada… —respondió la dama.
Su marido captó la indirecta. Metió los pulgares en los tirantes y echó hacia atrás su enorme corpachón, haciendo crujir un poco la silla de mimbre.
—Porque si se te ocurre hacer lo que su protagonista y engañar a mi Palomita con desaires, golfas o amigotes, mi venganza será terrible —.Se incorporó, e hizo otra vez amago de blandir un puñal, al tiempo que recitaba—: «¡Qué por Alá, por aquí»… ¡Bah! Pero tú eres un chico formal, ¿no es verdad?
—¡Sí, señor!
—Entonces no tienes nada que temer.
La madre sonrió por encima del abanico, y dijo en un tono entre simpático y triunfal:
—Así pues el domingo que viene vamos todos a ver a don Mendo; a reírnos un rato largo a costa de sus peripecias y tribulaciones… ¡Ay, señor! ¡La escena con el marqués de Moncada! ¡Qué versos! ¡Parecían sacados del mismísimo Tenorio!
—Así es, señora. Del Tenorio…
—Pues tú, de Tenorio, nada —advirtió el padre, volviéndole a dar otra cariñosa palmadita en la espalda que le hizo ver las estrellas —. Ya sabes que nosotros somos Peláez; ni Toros ni Mansos de Jarama. ¡Que no se te olvide, Luisito, que no se te olvide!


Madrid, julio de 1936.


Dieciocho años más tarde, los dos pipiolos se habían convertido en don Luis y doña Paloma, señores de González, propietarios de una prestigiosa mercería en la calle de Pontejos.
Lo que había comenzado como preludio de un acuerdo comercial, se había convertido con el paso de los años en un sólido y respetable matrimonio, en el que el amor había nacido después de haberse visto todo el repertorio teatral de la cartelera de madrileña. Fueron al teatro con sus padres, con sus abuelos, con sus primos, incluso con una tía que vivía en Paracuellos del Jarama. Entre acto y acto, mirada y mirada, tímidos roces de las manos y besos furtivos — cuando creían que nadie los miraba—, llegaron al altar con el propósito de vivir su propia vida y hacerse cuanto antes con algún negocio textil que les diera suficiente independencia económica. Cuatro hijos varones y una hija —que soñaban prometer algún día con el propietario de una firma textil de Tarrasa—, eran el fruto de una relación que había madurado con el tiempo. Habían sido felices en su rutina de pequeña clase media durante los años veinte; sin embargo, la siguiente década había comenzado de forma virulenta: una inestabilidad política que en las tertulias de los cafés se achacaba a la Guerra de África, a la caída de la Bolsa de Nueva York, a la dictadura de Primo de Rivera, al nefasto gobierno del rey Alfonso XIII … Sin embargo, con el exilio voluntario de la familia real y la instauración de la II República había comenzado una época convulsa llena de revueltas, quema de conventos, asesinatos políticos. Pero allí estaba su amado Muñoz Seca, llevando al teatro la actualidad, riéndose de las circunstancias, parodiando los defectos de aquella sociedad que parecía haber perdido la cordura en tan solo cinco años…
PeriódicoEl dieciséis de julio don Luis llegó a la tienda con el periódico bajo el brazo y aspecto agitado, llevó aparte a su mujer y le dijo en voz baja:
—Han cesado a don Pedro Muñoz Seca como funcionario del Ministerio de Fomento.
—¿Por qué? —preguntó su mujer, alarmada.
—Por leer el ABC.
—No digas tonterías.
—Por ser monárquico.
—¡Vaya!
Dos días más tarde, el domingo dieciocho, estaban de merienda en La Moncloa cuando vieron pasar por encima de sus cabezas una escuadrilla de aviones que se dirigían hacia la Ciudad Universitaria y se perdía en el horizonte. A lo lejos se oyó un tiroteo.
—Están otra vez de maniobras militares —observó el padre de familia.
—¡Es que ya ni te dejan comer a gusto la tortilla de patata! —dijo su mujer, frunciendo el ceño —. ¿Qué hacemos, nos vamos?
—Sí, anda. No sea que se escape un tiro.
—¡Hala, niños, recoger las cestas y subid al auto!
Doña Paloma suspiró de malhumor. Hacía cuatro años que se habían despedido del veraneo en San Sebastián: la mercería daba para alimentar a su numerosa familia; pero ya no se podían permitir aquel lujo. «Y ahora ni siquiera tener una tranquila merienda en el campo», pensó con amargura.
El lunes diecinueve, don Luis se llevó a su mujer a la trastienda.
—Paloma, lo de ayer no eran maniobras. Es la guerra. Los generales Mola y Franco se han sublevado
—¡Otra sanjurjada! —dijo ella con sorna, recordando el fallido golpe de estado de 1932 que había protagonizado el general Sanjurjo.
—Esta vez parece que va en serio.
—¡Bah, tonterías! Esto no puede durar. Dale un mes como mucho.
portada edicion sevillana del abc del julio 1936 1467996544847A media semana la noticia corrió de boca en boca: los anarquistas habían detenido en Barcelona al autor teatral Muñoz Seca, acusado de ser católico. El matrimonio González se quedó atónito.
—Empezaron quemando iglesias y conventos, matando a curas y monjas, y ahora les ha dado por los escritores. Me han dicho que También han detenido a Lorca, en Granada…—comentó una parroquiana, a la que Paloma estaba sirviendo dos metros de encaje.
—¿Los anarquistas?
—No. Los de la Falange…
—Vivimos unos tiempos muy revueltos— murmuró la dueña de la mercería, envolviendo el pedido.
Se sentía cada vez más intranquila. Lo peor sucedió por la noche. Habían mandado a los niños a la cama y estaban cenando a solas en el comedor.
—Paloma, no sé cómo decírtelo.
—¡Luis, no me asustes!
—Esta tarde ha venido a verme el marido de la antigua niñera de tus padres.
La mercera levantó la vista del plato y calvó los ojos en los de su esposo.
El cabo de gastadores, después de servir en la Guerra de África, se había convertido en guardia de asalto. Sus tendencias eran de izquierdas; pero se llevaba bastante bien con su cónyuge. A veces traía noticias que les ponían los pelos de punta.
—Me ha aconsejado que cerremos la mercería y nos vayamos inmediatamente de vacaciones. Los de la CNT están requisando locales para convertirlos en almacenes de municiones y cárceles populares.
—¿Y adónde vamos a ir? Las ventas van de capa caída; no tengo ningún dinero ahorrado para salir de veraneo este año.
—No me discutas. Mañana mismo coges a los niños y te vas a Paracuellos del Jarama, a casa de tu tía Remedios. Yo me reuniré contigo en cuanto pueda.
Ella se tapó la cara con las manos para que Luis no la viera llorar. Su marido se levantó y la abrazó con fuerza.
—Tenemos que hacerlo así. De esta manera daremos a los vecinos sensación de normalidad. Ya no podemos fiarnos de nadie.
—Prométeme que no te pasará nada.
—Te lo prometo.

 

Madrid, noviembre de 1936.


El tiempo era frío y húmedo. La niebla se colaba entre los barrotes de las ventanas y la alambrada que rodeaba los muros de la cárcel de San Antón. Los presos hacinados en las celdas se apretujaban los unos contra los otros para darse calor. Pedro Muñoz Seca estaba helado, tiritaba a pesar del jersey y la bufanda que le había mandado su mujer. Debajo llevaba todavía la ropa de verano con la que le habían detenido en Barcelona. «Asun, por Dios, mándame algo de abrigo», le pedía insistentemente en cada vez que la escribía. A ella la pusieron en libertad a las pocas horas porque era cubana. Un amigo le había traído el paquete a la cárcel. Lo abrió en el sucio y maloliente locutorio, buscando también unos calcetines de lana. No los encontró. El amigo se quitó los suyos y se los dio a don Pedro.

 

Durante la República sus obras tuvieron mucho de sátira política, con un mensaje claro: señores políticos, no todo el mundo está de acuerdo con ustedes; ni todo el mundo les sigue a pie juntillas…


—¡Gracias, amigo! ¡No sabes qué frío paso! ¡Como nací en el Puerto de Santa María…! —bromeó mientras se los intercambiaban—. Me han dicho que mi colaborador Pérez Fernández está a salvo... ¿Por cierto, sabes algo de mi antiguo compañero de clase, Juan Ramón Jiménez, y de su esposa?
—Huyeron a Estados Unidos; el presidente Azaña consiguió un pasaporte diplomático para él y Zenobia… Arniches está en Argentina… Si Valle-Inclán no hubiera muerto en enero, también estaría exiliado o preso… La han tomado con los escritores…
—¿Es verdad que ha muerto García Lorca?
—Le fusilaron el mismo día que te trajeron a Madrid.
—¡Pobre chico, cuánto lo siento!
Don Pedro se atusó el bigote, pensativo.
—¿Y Benavente?
—Don Jacinto apoya a la República. Ha fundado una asociación de Amigos de la Unión Soviética…

Se hizo un silencio incómodo. Sonó un timbre, dando por terminada la visita. Los dos amigos se levantaron al unísono y se estrecharon las manos entre los barrotes del locutorio.
—Dile a Asunción que la amo; que cuide de los chicos; y que me mande una manta y más ropa de invierno… ¡Gracias por los calcetines!munoz seca hijos
Los celadores golpearon con las porras los extremos de la larga mesa de madera donde se apoyaban los encarcelados para hablar con sus allegados.
Cuando trasladaron a los presos de la cárcel Modelo a la de San Antón, ubicada en el antiguo colegio de los escolapios, los funcionarios de prisiones habían sido sustituidos por milicianos anarquistas.
Uno de ellos fue hacia don Pedro y lo zarandeó brutalmente.
—¡Vamos, señorito, se acabó la escena! ¡Haz mutis por el foro!
No comprendía por qué la tenía tomada con él. Tal vez porque trataba de ocultar su miedo con una sonrisa, enmarcada por dos bigotes, antaño finos y engomados, ahora descuidados y lacios. Intentó zafarse del centinela, pero el otro lo lanzó contra la pared.
—Te voy a borrar esa sonrisa a golpes, so payaso.
Sabía que en la prisión los guardias le tenían envidia. Envidiaban su calma, su sosiego, su porte elegante a pesar de los andrajos, la popularidad que tenía entre los otros presos. Todos le conocían. Apreciaban su sentido del humor y su gracejo natural. Los presos comunes le admiraban; los políticos confiaban en él. Creían que, de una manera u otra, el presidente Azaña le facilitaría un pasaporte diplomático como a Juan Ramón Jiménez, y que desde el exilio podría hacer algo por ellos…
En la celda había algunos oficiales de la Armada y dos chiquillos de trece y quince años, hijos de uno de ellos; varios ladrones, un homicida, dos actores, tres o cuatro gacetilleros y el director de un periódico. La República, que alardeaba de libertad de pensamiento, había mandado encerrar a todos los que se oponían a sus planteamientos ideológicos; lo mismo daba que fueran militares, periodistas o curas…
El celador le hostigó durante todo el trayecto por aquel mezquino pasillo sin luz y sin aire; le dio un último empujón antes de cerrar la puerta de la mazmorra con sus llaves.
—¡Deja de sonreír, imbécil! ¡Miedo deberías de tener a los representantes del pueblo!
Por lo visto aquel perillán metido a guardia tenía muy asumido el papel de intimidar a los poderosos del que tanto alardeaba la izquierda.
Don Pedro se atusó los bigotes y contestó muy digno:
—Os habéis salido con la vuestra. Me habéis quitado todo, menos el miedo.

 

—Todos somos admiradores suyos. Hemos disfrutado mucho con sus obras. Perdónenos por lo que tenemos que hacer… Son órdenes…
—No se preocupen, señores. Ya les he perdonado. Les considero mis amigos, aunque me temo que ustedes no van a incluirme en el círculo de los suyos… —dijo don Pedro, estrechando la mano al cabecilla.


Hubo risas y aplausos; el celador se largó mascullando entre dientes.
Al llegar la madrugada, una linterna alumbró la estrecha celda y una voz fue gritando los nombres de los de la Armada. Los oficiales se pusieron de pie según los fueron llamando. También se llevaron a los dos niños. Se los tragó la oscuridad del corredor. Nunca los volvieron a ver. Don Pedro, que siempre tenía una palabra chistosa para cualquier ocasión, se echó a llorar.
Unos días más tarde se corrió la voz de que por fin iba a ver una vista, un juicio o algo por el estilo. Los más optimistas creían a pie juntillas que, en cuanto el gran dramaturgo pusiera el pie en la habitación, le darían el indulto firmado por Azaña. Don Pedro sospechaba que estaban muy equivocados.
—Primero han sido los militares, luego nos tocará a nosotros —les confesó a sus compañeros; y se puso a mirar entre los barrotes de la ventana, fingiendo que le interesaba lo que sucedía en el patio.
Pero su mente estaba ocupada en repasar su vida. Recordó su infancia en El Puerto de Santa María; su primer viaje a Cádiz; su paso por la Universidad de Sevilla, su licenciatura en Derecho y Filosofía y Letras; su traslado a Madrid, y la temporada que estuvo de profesor de latín, griego y hebreo en una academia hasta que aprobó las oposiciones al ministerio de Fomento; el día que se casó con Asunción, el nacimiento de sus hijos; los estrenos de sus sainetes y comedias… «Muchos», pensó, recordando con nostalgia los aplausos del público.
—¡Pedro Muñoz Seca, le espera el tribunal! —gritó una voz al otro lado de las rejas.
Comprendió que había llegado el temido momento. Sin embargo, los actores y los periodistas, que aún mantenían sus ilusiones, le despidieron con frases de ánimo y palmaditas en la espalda.
Entró estirado y digno en aquella sala con olor a tabaco y vino rancio. Detrás de una mesa había varias sillas ocupadas por hombres con vestidos de obreros; el que estaba sentado en medio llevaba un emblema con la hoz y el martillo. A un lado, de pie, fumándose un cigarrillo, había otro con traje y corbata, cuyo sombrero descansaba sobre la esquina de la mesa.
Durante unos segundos pensó que este último llevaba oculto en un bolsillo de su chaqueta un papel firmado por Manuel Azaña ordenando su liberación.
Comenzó el interrogatorio.
—¿Nombre y profesión?
—Pedro Muñoz Seca. Funcionario.
—Ex funcionario —rectificó el presidente del tribunal.
—Sí.
—¿Dramaturgo?
—También. Soy el autor de La venganza de don Mendo, Los extemeños se tocan, La tonta del rizo, y otras que creo que conocerán bien ustedes.
—Desde luego, las hemos visto todas. Incluida esa gansada, La oca, en la que usted se burlaba de los sindicatos. Anacleto se divorcia en la que usted le hace el juego a la Iglesia católica. El ex…, en la que deja en ridículo a la República. ¡Usted es monárquico y católico! —. El dedo acusador del presidente del tribunal popular se dirigió hacia él.
Don Pedro carraspeó y se atusó el bigote.
—En efecto, así es. Ya que en España existe la libertad, cada uno puede ser lo que quiera, ¿no?
El hombre trajeado espiró el humo de su última calada.
—¡Mientras uno no se meta con los demás, en especial con el gobierno! —gritó acaloradamente, al tiempo que daba un puñetazo en la mesa —. ¿Usted ha escrito La plasmatoria? Dígame qué significa la frase «¡Luz, quiero luz!» en su maldita obra.
Comprendió que se trataba de un masón. Aquellas palabras las utilizaban los aspirantes cuando pedían su ingreso en la Logia. Él las había utilizado en la comedia como un chiste más. Tenía que tener cuidado.
—No entiendo su enfado. La escena está a oscuras y el protagonista no encuentra el interruptor —contestó con aire inocente.
Los del tribunal esbozaron una sonrisa. No se llevaban bien con los masones.
—¡Usted ataca en esa obra a la masonería, a la teosofía, a las artes ocultas! ¡A la dignidad de los políticos!
—Solo es un juguete cómico en la que don Juan Tenorio se reencarna en el siglo XX. No tiene nada de especial. Solo está hecha para hacer reír al público.
—¡Don Juan se niega a ser diputado por la provincia de Burgos!
—¡Hombre, es que no me imagino a un hidalgo del siglo XVI aguantando en el Parlamento los insultos de sus adversarios…! Esa gente tenía en mucha estima su honra, y…
—¡Calle, es usted un fascista! —gritó el del traje y corbata.
—¡Llévenselo! —ordenó el presidente del tribunal a los guardias.
De vuelta a la celda, sus compañeros lo rodearon con ansiedad.
—¿Qué ha pasado?
Muñoz Seca tragó saliva, intentando poner orden en sus ideas.
—No me han dado el indulto. ¡Déjense de bobadas y pongan sus asuntos en regla! ¡Solo es cuestión de tiempo que nos den el paseo! Por mi parte lo único que quiero es ponerme a bien con Dios. ¿Hay alguno de ustedes que sea sacerdote?
Un hombre de mediana edad, vestido de civil, se adelantó.
—Yo lo soy.
—Quiero confesarme. Y supongo que estos señores también.
—De acuerdo. Cuando paseemos por el patio, para preservar el secreto de confesión. Aquí no hay sitio.

 

Paracuellos del Jarama. 28 de noviembre de 1936


Luis González había conseguido escapar de Madrid a finales de agosto y reunirse con Paloma y sus hijos en casa de la tía Remedios. Se había puesto la ropa vieja que le había llevado la antigua niñera de los Peláez, y ocultado en una maleta de cartón todo lo que pudo llevarse de la mercería. Llevaba tres meses en Paracuellos del Jarama, ganándose la vida con el trapicheo de bobinas de hilo y botones.
Guerra civil y tia RemeUnos golpes en la puerta de entrada despertaron a toda la familia a media noche. La tía Remedios abrió la puerta atemorizada.
—Venimos a por el Luis —dijo un mocetón, con un pañuelo rojo al cuello. Era hijo de uno de sus vecinos; lo conocía desde que no levantaba un palmo del suelo —.Tiene que ayudarnos a cavar.
—¿A estas horas? ¡Hijo, por Dios!
—Calle usté, señá Reme. Y dígale al marido de su sobrina que baje; que si no lo hace, va a parecer un señorito; y eso no le conviene.
Luis bajó las escaleras precipitadamente, a medio vestir.
Camará, ponte una chaqueta de pana, coge una pala y sígueme.
—¿Adónde? ¿Por qué?
—Fíate de mí y no preguntes. Que te va la vida en ello. ¡A más ver, señá Reme!
Fuera los esperaba una partida de hombres del pueblo, todos con picos y palas. Se pusieron en fila, siguiendo a uno que llevaba un farol. Al llegar a las afueras del pueblo, el que hacía de jefe ordenó que abrieran una fosa, que estaban a punto de llegar los camiones. Luis comprendió lo que iba a pasar en breves momentos y sintió que se le encogía el corazón.
Un haz de luz lo deslumbró, al mismo tiempo que oyó el ruido de un vehículo sobre la grava de la carretera que conducía al lugar donde estaban trabajando. Se paró con un frenazo, que a Luis le sonó a siniestro. Bajaron los prisioneros con las manos atadas a la espalda con cordeles.
Luis alzó la cabeza y le dio un codazo al vecino de su tía política.
—¡A ese lo conozco, es Muñoz Seca, el de La venganza de don Mendo! Está muy desmejorado; pero es él.
Don Pedro tiritaba. Antes de salir de Madrid, le habían quitado la ropa de abrigo, alegando que ya no la iba a necesitar; y le habían vejado, una vez más, cortándole los bigotes.
—¿Qué, señorito panoli, tienes algo que decir? —le preguntó el celador que le tenía tanta inquina.
—Que sois tan eficientes, que me habéis quitado todo, incluso el miedo.
—Todavía te queda algo.
Cogió una tijera y… le cortó los bigotes.
Subieron al escritor y a sus compañeros un camión donde el frío de la noche se colaba por la abertura del toldo; y los bajaron en medio del campo, cuando ya empezaba a clarear.
—Traemos a unos cuantos fascistas de la cárcel de San Antón —dijo el que mandaba el convoy al vecino de la tía Remedios.
—¿Quién firma la orden? —preguntó éste al de Madrid. Los comunistas solo acataban las directrices de Santiago Carrillo. No tragaban a los anarquistas.
—El Director de Seguridad, Serrano Poncela.
Nada que oponer. Aquel hombre era el jefe directo del camarada Carrillo.
—De acuerdo. Desatadlos, muchachos —ordenó el de Paracuellos del Jarama a los suyos.
El de Madrid lo agarró por un brazo en tono de advertencia.
—Aquí mando yo —dijo el del pueblo, zafándose bruscamente del madrileño—. No se van a escapar. Nosotros estamos armados.
Luis aprovechó la ocasión para acercarse a Muñoz Seca.
—Lamento verle a usted en estas circunstancias…
El dramaturgo parpadeó dos veces, como si despertara de un sueño pesado.
—¿Me podría dar un pitillo? —preguntó nervioso al desconocido que le estaba hablando amablemente.
guerracivil milicianos 0Luis sacó un cigarro de debajo de la gorra, lo encendió con el mechero de yesca y se lo ofreció a Don Pedro; este apenas si le dio dos caladas y lo tiró al suelo. Pensó que de todas las situaciones extravagantes que había descrito en sus comedias, ésta se llevaba la palma. Solo faltaba que se escapara un tiro y muriera hasta el apuntador… Sin embargo, lo que estaba protagonizando ahora no era una comedia… sino la escena final de El gran teatro del Mundo. Los habían colocado en fila, junto a la fosa. Dentro de unos minutos sería un personaje dando cuentas de su vida a su Autor, como en la obra de Calderón de la Barca.
El sacerdote vestido de civil que lo había confesado en la prisión estaba a su lado. Cuando terminó de bendecir a todos los que estaban allí, se dieron la mano en señal de despedida.
—Nos veremos en el cielo, padre.
—Ánimo, hijo.
El pelotón de fusilamiento parecía no tener muchas ganas de disparar; intercambiaron entre ellos unas cuantas frases, señalando con la cabeza al de los bigotes recortados. El vecino de la tía Reme, como jefe del grupo, se plantó ante Muñoz Seca y le tendió la mano:
—Todos somos admiradores suyos. Hemos disfrutado mucho con sus obras. Perdónenos por lo que tenemos que hacer… Son órdenes…
—No se preocupen, señores. Ya les he perdonado. Les considero mis amigos, aunque me temo que ustedes no van a incluirme en el círculo de los suyos… —dijo don Pedro, estrechando la mano al cabecilla.
La descarga estremeció a Luis. En ese momento se acordó de la primera vez que salió de paseo con la familia de su novia, y cómo había engatusado a los padres de Paloma, y luego a la tía Reme, con entradas para ver La venganza de don Mendo; del amor tan sincero que había terminado profesando a su mujer, después de haberse reído tantas veces juntos en el teatro…
Cayeron los cuerpos dentro de la fosa. Luis sintió un nudo en la garganta mientras echaba paletadas de tierra sobre el cuerpo de Muñoz Seca. Y le pareció que el aire traía el eco de las palabras de don Mendo: «Así muere un valiente…»


munoz secaPedro Muñoz Seca nació el 20 de febrero de 1879 en El Puerto de Santa María (Cádiz), donde estudió en el colegio jesuita San Luis Gonzaga, y compartió aula con Juan Ramón Jiménez. En 1901 se licenció en Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla. Ese mismo año estrenó su primera obra cómica Las guerreras. En 1904 se trasladó a Madrid donde fue profesor de latín, griego y hebreo. En 1908 aprueba las oposiciones, comienza a trabajar en el ministerio de Fomento y se casa con la señorita cubana Mª Asunción de Ariza y Díez de Bulnes, con la que tuvo nueve hijos.
Al mismo tiempo escribió unas doscientas cuarenta comedias, entre las que destaca La venganza de don Mendo —parodia de un drama romántico—, una de las más representadas en España, solo por detrás del Don Juan Tenorio de Zorrilla y La Vida es sueño de Calderón de la Barca. Sin embargo, lo que le hizo famoso en su época fue la creación del género cómico denominado astracán o astracanada, donde priman las situaciones extravagantes, los juegos de palabras, los retruécanos, los chistes; y cuyos argumentos denunciaban los fallos de la sociedad.
Durante la República sus obras tuvieron mucho de sátira política, con un mensaje claro: señores políticos, no todo el mundo está de acuerdo con ustedes; ni todo el mundo les sigue a pie juntillas… Mensaje que caló en grandes sectores, incluso de izquierdas, como demuestra el comportamiento del pelotón de fusilamiento, que le pidió perdón por tener que disparar.
En efecto, acusado de monárquico, católico, fascista y anti republicano, fue detenido en Barcelona el 18 de julio de 1936, cuando se disponía asistir al estreno de su última comedia, La tonta del rizo; enviado el día veinte a Madrid, fue encerrado en la cárcel Modelo. Allí compartió celda con varios oficiales de la Armada y algunos niños, que fueron fusilados antes que él; episodio que le abatió sobremanera. A finales de agosto, cuando las fuerzas sublevadas estaban a solo doscientos metros del edificio, fue trasladado a la cárcel de San Antón. El 28 de noviembre de 1936, tras córtale los bigotes, fue llevado con otros presos políticos a Paracuellos del Jarama, donde murió perdonando a sus enemigos. Su cuerpo descansa en la fosa común junto al de los otros prisioneros ejecutados con él. El 12 de noviembre de 2016 Moseñor Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, abrió su causa de beatificación.
Curiosamente, sus obras de teatro, repudiadas por la II República, también fueron censuradas durante la época de Franco; sin embargo, su herencia literaria fue recogida por los humoristas de la generación posterior.

 

Enlaces de interés:

Teatro TVE – La venganza de don Mendo. Con M. Gómez Bur…

¿Por qué mataron a Muñoz Seca? – Opinión _ Colaboraciones – ABC.es

Quién mató a Muñoz Seca en Paracuellos: los asesinatos que aún…

De Barcelona a Paracuellos: Muñoz Seca 1936 – La Vanguardia

El fusilamiento de Muñoz Seca contado por su nieto, Alfonso Ussía

Carrillo fue el “facilitador” de Paracuellos / Crónica / EL MUNDO

La censura franquista y el teatro conservador – El caso de Muñoz Seca

Arranca la causa de canonización de Muñoz Seca y de otros 43…

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del Franco

Un personaje, un plagio, un mito: don Juan Tenorio

Tenorio

Por los mentideros de la villa y corte de Madrid la noticia corrió como la pólvora en Flandes: la hija de Lope de Vega se había escapado de casa con su galán, un tal Tenorio. Don Lope fue objeto de la rechifla generalizada. Tanta comedia de honra, capa y espada… ¡y en su vejez, sus canas venerables teñidas con semejante baldón! Aunque claro, como caballeros, comadres y alguaciles apuntaban, él también había sido durante su juventud un perillán de mucha cuenta. El ridículo fue tan espantoso que hasta a Miguel de Cervantes y señora les dio pena. Y esta última no se explayó con las vecinas ni siquiera en casa del panadero, porque también su marido había perseguido mozas y tenía una hija bastarda; y del padre de su suegro y sus cuñadas mejor no hablar. El primero había dejado plantada en Alcalá de Henares a su mujer y se había ido a Sevilla donde se había amancebado con una esclava negra a la que doblaba la edad y había comprado a tal fin; en cambio las hermanas de su marido habían sido las perseguidas, pero unas perseguidas facilonas que habían caído a las primeras de cambio. Lo dicho, mejor no hablar.

Transcurrieron los años y las comedias de Lope de Vega pasaron de moda, pero el nombre de Tenorio no. Y hete aquí que algunos años después se estrenó El Burlador de Sevilla, cuyo protagonista se apellidaba igual que el seductor de la hija de don Lope.

El sevillano corral de comedias estaba a tope. Cada uno en su puesto: las mujeres separadas de los hombres, los hidalgos de los plebeyos… Y allí, escondido entre los espectadores, dispuesto a retener en su mente todo el drama, estaba el «memorión», personaje muy habitual en el siglo XVII, que hacía las funciones de «pirata informático» en una época en la que no existían ordenadores, pero se daba mucho el plagio.

Doña Mencía y su hija casadera, en el lugar correspondiente a las damas, se abanicaban con arte. En aquel sutil lenguaje estaban transmitiendo a los caballeros que las miraban —de reojo los más discretos, y sin ambages los más descarados— el siguiente mensaje que no necesitaba Whatsapp: «Joven viuda de buen ver acepta galanteo con varón de bolsa llena y edad conveniente; doncella candorosa espera ansiosa su primer amor». Terminó el entremés con el que el director escénico pretendía caldear el ambiente, y comenzó la representación de El Burlador, cuyo título acababa con la coletilla de O Convidado de Piedra, la cual había atraído a mucha gente, porque se había corrido la voz de que el invitado era un muerto que reclamaba al protagonista la honra de su hija, y eso en el Siglo de Oro daba mucho morbo.

 

No fueron las únicas espectadoras a las que conmovió el argumento. En las salitas de las damas, las cocinas, las fuentes públicas y los patios las féminas comentaban esta o cual escena, y todas daban por cierto lo que antaño decían sus abuelas: que el mejor de los varones debería arder en la hoguera de la Santa Inquisicion.

 

Las escenas se fueron sucediendo unas tras otras. El canalla de don Juan seducía a cuantas hembras se le ponían por delante, fueran damas o plebeyas, duquesas o pescadoras. Luego llegaba el difunto, y… se lo llevaba al Infierno. ¿Dónde si no?

El aleteo de los abanicos de doña Mencía y criatura fue perdiendo fuste. La madre porque seguía embobada los tejemanejes del tal don Juan Tenorio. La niña porque se asustó con la última escena. ¡Menos mal que la acción discurría en la Edad Media, durante el reinado de Alfonso XI! Esas cosas no pasaban en pleno siglo XVII, ¡vaya!

Sin embargo, al día siguiente madre e hija tuvieron una larga conversación sobre la maldad de los hombres que embobaban a las féminas con sus embustes y mucho prometer hasta…, y después de conseguido, nada de lo prometido. La impactante representación les había abierto los ojos. Compungidas fueron por la tarde a ver a su venerable tía, abadesa de un convento de monjas, y platicaron largo y tendido sobre lo sucedido en el escenario.

—¡Ay, Señor! —exclamó la madre— ¡Qué claro he visto la maldad del mundo y la fragilidad del corazón femenino en esta obra de teatro! ¡Con razón me la recomendó tanto mi santo confesor!

—¡Oh, sí, reverenda tía, ese don Juan era malo de  verdad y al final se lo llevaban los demonios a lo más profundo del Infierno! —corroboró la muchacha, todavía impresionada con el espantoso final, en el que el Comendador vengaba el honor de su hija de una forma tan espeluznante. 

—Sobrinas, vuesas mercedes han de entender que la mujer  no puede  fiar de las promesas de casamiento de varón, ni dar  la  mano en señal de  matrimonio sin que haya testigos, y sin un clérigo que bendiga la unión y la registre como mandan los cánones de la Santa Madre Iglesia, y si habéis menester de un refugio contra la perversidad de los hombres, recogeos tras estos muros, que jamás se oyó decir que ningún burlador de honras se atreviera a traspasarlos para seducir a quien se acoge a sagrado —ofreció la buena religiosa.

Y así siguieron en pía conversación toda la tarde, arrancando la superiora a doña Mencía la promesa de que pensaría detenidamente sobre lo más conveniente para su salvación eterna y la de su hija.

No fueron las únicas espectadoras a las que conmovió el argumento. En las salitas de las damas, las cocinas, las fuentes públicas y los patios las féminas comentaban esta o cual escena, y todas daban por cierto lo que antaño decían sus abuelas: que el mejor de los varones debería arder en la hoguera de la Santa Inquisicion.

No fue esa la reacción del público masculino, que desde el Ayuntamiento a las plazuelas que rondaban los pícaros, todos se hacían lenguas de la pericia en el burlar de don Juan Tenorio. Y así, en la Casa de Contratación de Indias, los que habían acudido al alba para solicitar los permisos correspondientes para embarcarse rumbo a América tuvieron que esperar hasta medio día para ser atendidos por los escribanos, porque aquellos normalmente circunspectos y conspicuos empleados reales se pasaron toda la mañana comentando la comedia y rememorando lances de juventud.

Solo el «memorión» se encerró en su cuartucho de la fonda, afiló la pluma y se puso a escribir todos los versos que recordaba, que eran unos cuantos; y los que no recordaba, se los inventó. Luego muy ufano se fue a buscar a un amigo que era director de una compañía de cómicos de la legua y le vendió el manuscrito, que tuvo a bien titular ¡Tan largo me lo fiais!

Tirso de MolinaDe este modo nació el mito, pues en el siglo XVII fueron representadas y publicadas dos comedias protagonizadas por don Juan Tenorio, que no se sabe con certeza quiénes las escribieron. Se suele atribuir El Burlador de Sevilla o Convidado de piedra a Tirso de Molina y ¡Tan largo me lo fiáis! a Andrés de Claramonte. Sin saber muy bien qué comedia fue la primera ni quién copió a quien. 

El caso es que la fama de su protagonista cínico, juerguista y libertino salió de nuestras fronteras y en toda Europa se representaron dramas, comedias, e incluso una ópera bufa con música de Mozart, basadas en tan singular personaje.

ZorrillaPasó la Illustración y llegó el Romanticismo. Corría el año 1844 cuando don Juan Lombía, director del Teatro de la Cruz, se quedó perplejo cuando el joven dramaturgo José Zorrilla le trajo el manuscrito de su Don Juan Tenorio. Si no hubiera sido porque tenían firmado un contrato por cinco años, se lo hubiera tirado directamente a la cabeza.

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Otro drama viejo de los que está harto de ver el público! —dijo en voz alta, hojeando impaciente el texto, al tiempo que recordaba sus primeros fracasos al frente del local —. Es la vieja historia de Tirso de Molina, ¡caray! ¿Pero qué se ha pensado ese mequetrefe!

El señor Lombía estaba sentado en el saloncito de su casa, en su butaca favorita. Frente a él su esposa bordaba una mantelería. Levantó sus ojos del bastidor y los clavó en su esposo, buscando una explicación a su enfado.

—Acuérdate, mujer, lo mal que lo pasamos cuando me hice cargo de la compañía. El teatro estaba en quiebra porque lo único que se representaba eran antiguallas, cuyo argumento se sabía el respetable de memoria. 

—Bueno, querido, seguro que será una versión novedosa. El señor Zorrilla ha cosechado grandes éxitos desde que trabaja para ti. Acuérdate de El puñal del godo… Y antes de trabajar contigo estrenó en el Teatro del Príncipe El zapatero y el rey, y cuando firmó el contrato de exclusiva con el Teatro de la Cruz, te presentó un segundo libreto de la misma obra completamente diferente.

—¡Ya!

La dama volvió a bajar los ojos a la costura, fingiendo no escuchar el sarcasmo de su marido, y pretextando que tenía que enhebrar la aguja, los volvió a levantar, arqueando una ceja severamente.

—Es que esta obra es… muy parecida a la de Tirso…— explicó él.

—Pero habrá alguna diferencia.

—¡Claro, sí! El verso es ágil y moderno. 

—¿Y qué más?

—¡Bah, poca cosa. Seduce a una novicia!

—Bueno, pues si seduce a una novicia… No creo que eso sucediera en época de Tirso de Molina… En aquella época, por muy libertino que uno fuera, no se entraba a  saco en sagrado… Eso es una novedad… ¿Es qué la escena está mal contada?

—¡Qué va! Es buenísima. En mi modesta opinión, lo mejor de la obra.

—Anda, léemela.

Don Juan Lombía se atusó el bigote, haciéndose el remolón.

—¿Bueno? —apremió su mujer fingiendo enfado. Sabía que a su marido le encantaba declamar versos. En realidad, era más actor que empresario.

—Está bien. Siéntate en aquel sofá.

Sofá—¿En el sofá?

—En el sofá. O te sientas o no recito.

La señora de Lombía dejó la labor encima de la mesita de caoba, se levantó dignamente y tomó asiento donde su marido le había indicado.

Don Juan se arrodilló ante ella y declamó en tono enamoradizo:

—¿No es verdad, ángel de amor…?

Y siguió el resto de la escena, porque su mujer le quitó el libreto de las manos y le dio la réplica. Al finalizar, se besaron apasionadamente.

—Pues ya ves que no está tan mal —dijo ella, recobrando la compostura.

—No, si el texto tiene su punto romántico, pero… 

—¿Pero…? ¿Dónde está el pero? ¡Es una versión muy moderna! 

—El «pero» está en el final, querida. El Don Juan de Moliére es tan cínico y descreído que no se podría representar en España; pero se condena al final de la obra. Y ni te cuento el Don Giovanni de Goldoni, que se subtitula El disoluto castigado.

—Ya. Y la  de Antonio de  Zamora: No hay plazo que no se cumpla ni deuda  que no se pague o Convidado de Piedra.

—Exacto, querida mía. El público está acostumbrado a que el Comendador salga de su tumba y se lleve consigo a don Juan a los Infiernos; pero a este demonio de Zorrrilla se le ha ocurrido salvar a su Tenorio por medio de doña Inés… El muy pecador se arrepiente en el último momento, y se va al cielo con su amada…

—¡Qué romántico! 

—«Es el Dios de la clemencia, el Dios de don Juan Tenorio». Este es el final.

—Bueno, si te parece que vas a tener un problema con la Iglesia, consulta con el párroco… —La voz de la dama sonó un tanto nerviosa. Hacía diez años que se había abolido la Inquisición, pero todavía no se habían acostumbrado a la libertad de expresión.

—Ya lo he hecho. Y según él es teológicamente correcto. Es más, le entusiasmó la idea. Me dijo que la obra Tirso hizo mucho bien ya que propagó entre el público las ideas del Concilio de Trento; y que este final combate al jansenismo… ¡Al jansenismo, figúrate!

—Entonces no hay reparos.

Don Juan Lombía se levantó bruscamente del sofá y comenzó a pasear por el salita cabizbajo, con las manos en la espalda.

—Pero no me convence… Algo me dice que esta obra va a ser un fracaso…

Su mujer suspiró, pero no dio su brazo a torcer.

—Y a mí que será un éxito rotundo —dijo mientras volvía a retomar la costura.

Aunque parezca extraño, ambos tuvieron razón.

Cuando Don Juan Tenorio se estrenó el 28 de marzo de 1844 la obra no obtuvo el resultado apetecido, estuvo muy poco tiempo en cartel y José Zorrilla la vendió por cuatro mil doscientos reales de vellón al editor Manuel Delgado. Sin embargo su reposición el 1 de noviembre de 1860 alcanzó un éxito apoteósico; de modo que se tomó por costumbre reponerla el Día de Todos los Santos, convirtiéndose en la obra de teatro más popular y más veces representada en España.

La venganza de la PetraY la más parodiada. El propio Zorrilla escribió una zarzuela cómica satirizando a su personaje. Carlos Arniches hizo lo propio en 1917 con La venganza de la Petra, o donde las dan las toman, cuyo protagonista es un donjuán castizo y verbenero, y hay una «escena del sofá» a cargo de la criada y el dueño de la tienda de ultramarinos. Casi veinte años más tarde Pedro Muñoz Seca, el autor de La venganza de don Mendo, convirtió a su Tenorio en el centro de una divertida comedia, La Plasmatoria, en la que don Juan viaja en el tiempo desde el siglo XVI al XX. 

El musicalPero si el lector quiere comprobar qué don Juan le gusta más, puede pinchar en el enlace de Literanda de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina; acercarse a ver "Don Juan en Alcalá", según el texto de José Zorrilla, representación itinerante en Alcalá de Henares (Madrid, España) a través de los sugerentes escenarios que tienen como fondo la ciudad del siglo XVI; o adquirir sus entradas para "Don Juan, un musical a  sangre  y fuego" que se representa este año en el Teatro de  la Luz Philips, de la Gran Vía  de Madrid (España); o quizás divertirse leyendo los libretos de La Venganza de la Petra o de La Plasmatoria.

 

¡Feliz puente de Todos los Santos!

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

  

ENLACES DE INTERÉS:

La relación textual entre "El burlador de Sevilla" y "Tan largo me lo fiais"

 Obras inspiradas en el mito de don Juan

 La venganza de la Petra

La Plasmatoria y un don Juan de Muñoz Seca

Don Juan en Alcalá 2016

Don Juan en Alcalá (artículo por Eduardo Vascos, ex director del Centro Dramático Nacional)

Don Juan, un musical a  sangre y fuego

Alcalá de Henares – Turismo – Don Juan

Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.