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Dramaturgo, funcionario y mártir: Muñoz Seca, autor de La venganza de don Mendo

Madrid. Agosto de 1918.


paseo del pradoLos señores de Peláez, acompañados por sus seis hijos, Luisito González —el pretendiente de su hija mayor—, la niñera de su último retoño y el cabo de gastadores, que rondaba a la susodicha, se sentaron —bueno, invadieron— la terraza de uno de los quioscos que, bajo los árboles, jalonaban el paseo del Prado; dieron dinero a los pequeños para que jugaran a los barquillos; mandaron a la niñera y al gastador que les vigilaran atentamente; pidieron tres vasos de horchata y uno de agua de cebada; y, sin abrir la boca, observaron detenidamente a aquel perillán que se había empeñado en rondar a su hija.
El muchacho se sentía muy agobiado porque, a pesar del calor que hacía aquella tarde, iba embutido en el traje de los domingos y era la primera vez que había sido admitido en el círculo familiar de su novia, después de haber pedido a sus padres permiso para cortejarla.
Bajo aquella severa e inquisitiva mirada, se sentía muy incómodo; el almidonado cuello de la camisa y la pajarita le apretaban el gaznate hasta dejarlo casi sin respiración; le torturaba el silencio espectral de sus futuros suegros, y que no se le ocurriera nada con que iniciar una conversación amistosa que les convenciera de que era el candidato ideal para pedir la mano de Paloma…
Luisito González había llegado a ese punto de congoja porque sus padres —dueños de una tienda de telas cerca del Arco de Cuchilleros— le habían presionado para que hiciera la corte a Palomita,porque les interesaba llegar a un rápido acuerdo comercial con los Peláez —propietarios de una sastrería de postín en la calle Carretas—; pero al chico fingir interés por una señorita de buena familia, a la que se había declarado solo pensando en su solvencia económica, era una situación que le resultaba tan bochornosa que no le inspiraba ningún tema de conversación…
Delante de los veladores pasó un grupo de jóvenes con gorra de visera y bigotes retorcidos, siguiendo una bandada de mocitas ataviadas con mantones de manila sobre batas de crespón, que se reían de sus galanes…
Y él ahí, de pollo pera, con el pelo engominado y pasando más calor que un recluta destinado en Tetuán; y sin saber qué decir, que era lo peor.
Echó de menos las verbenas de los barrios, con su olor a churros y su música de organillos; pero en vez festejar a San Lorenzo bailando un chotis con una modistilla, estaba sentado en un velador, dándose aire con el sombrero de paja.
Atravesó el bulevar una aguadora ambulante, con el cántaro en la cadera y la vasera en la mano, pregonando que traía agua fresa de la fuente El Berro.
Luisito pensó que el paseo de Recoletos a esas horas de la tarde parecía una escena sacada de la zarzuela Agua, azucarillos y aguardiente…
Entonces le vino una idea: hablar de teatro. Sus padres le habían dicho que a los Peláez les encantaban las obras de Carlos Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, Muñoz Seca; en fin, que les gustaban las comedias y sainetes, porque se aburrían mucho con los dramaturgos serios como Benavente y Valle-Inclán…
—¿Han visto ustedes la última comedia de don Pedro Muñoz Seca? —inquirió, dándoselas de hombre de mundo.
La madre de Palomita esbozó una sonrisa condescendiente detrás del abanico. ¡Por fin el chico había abierto la boca; a ver por dónde salía! El padre se atusó el bigote, sin dejarse impresionar:
—¿Cuál de ellas, pollo? El señor Muñoz Seca ha estrenado catorce obras este año.
—Me refiero a…, me refiero a… La venganza de don Mendo… Estuve en el estreno con mis padres y mi hermana… Es muy divertida… —balbuceó Luis, recogiendo velas, temiendo haber metido la pata hasta el corvejón.
—¿De qué va?— preguntó la madre, para darle ánimos.
—Es una parodia de un drama medieval. Buenísima, se lo aseguro. Se trata de un caballero que…
—Que escala el torreón de un castillo y seduce a la hija del conde... ¡Cuidado, pollo, que el tal don Mendo terminó en la mazmorra, a punto de ser emparedado! —rugió el padre de Paloma.
El muchacho intentó aflojarse el cuello de la camisa, sin éxito.
—¡Pero el argumento es estupendo! —exclamó la madre, intentando quitar hierro—. ¡Qué enredo! ¡Qué venganza! ¡Yo me partía de risa!
—¡Ah! ¿La han visto ustedes?
—¡Naturalmente! No nos perdemos ninguna obra de don Pedro Muñoz Seca. Nos encantan sus chistes, sus retruécanos, sus disparatados personajes… —ponderó la señora de Peláez.
La venganza de Don Mendo5 147El padre comenzó a reír alegremente, al tiempo que gesticulaba, haciendo como si blandiera un puñal.
—«Mátame, por Alá! ¿Qué por Alá? ¡Por aquí!».
El señor Peláez, recitó las últimas frases de don Mendo, hasta llegar al famoso «Así muere un valiente cansado de hacer el oso» y lo de «Menda es Mendo»…
—Declama usted estupendamente— aduló el pretendiente—. Sin embargo, es una pena…
—¿El qué, joven?
—Que ustedes ya la hayan visto, porque un amigo mío me dio unas entradas de platea para ver una representación, y me hubiera gustado mucho invitar a todos ustedes —faroleó el muchacho, mintiendo descaradamente.
—¡A mí me gustaría volver a ver ese drama en verso! —exclamó Palomita, abriendo por primera vez los labios después de dos horas de paseo.
—Pues nada, hija mía, si tanto te agrada, aceptaremos la invitación de Luis e iremos toda la familia al teatro —sentenció el padre, dando al chico una fuerte palmada en la espalda, que casi le deja fuera de combate.
El joven aguantó como pudo e hizo cálculos mentales sobre por cuánto le iba a salir la broma. ¡Entradas para toda la familia! No tendría más remedio que pedir dinero prestado a sus padres. Pero seguro que no pondrían reparos. Les diría que llevar al teatro a los Peláez era una inversión a corto plazo.
La madre volvió a ocultar una aviesa sonrisilla detrás del abanico.
—Hablando de venganzas, ¿no habrás visto por casualidad La venganza de la Petra, de don Carlos Arniches? —preguntó con aire inocente.
—No, señora. Esa no. ¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada, hijo, por nada… —respondió la dama.
Su marido captó la indirecta. Metió los pulgares en los tirantes y echó hacia atrás su enorme corpachón, haciendo crujir un poco la silla de mimbre.
—Porque si se te ocurre hacer lo que su protagonista y engañar a mi Palomita con desaires, golfas o amigotes, mi venganza será terrible —.Se incorporó, e hizo otra vez amago de blandir un puñal, al tiempo que recitaba—: «¡Qué por Alá, por aquí»… ¡Bah! Pero tú eres un chico formal, ¿no es verdad?
—¡Sí, señor!
—Entonces no tienes nada que temer.
La madre sonrió por encima del abanico, y dijo en un tono entre simpático y triunfal:
—Así pues el domingo que viene vamos todos a ver a don Mendo; a reírnos un rato largo a costa de sus peripecias y tribulaciones… ¡Ay, señor! ¡La escena con el marqués de Moncada! ¡Qué versos! ¡Parecían sacados del mismísimo Tenorio!
—Así es, señora. Del Tenorio…
—Pues tú, de Tenorio, nada —advirtió el padre, volviéndole a dar otra cariñosa palmadita en la espalda que le hizo ver las estrellas —. Ya sabes que nosotros somos Peláez; ni Toros ni Mansos de Jarama. ¡Que no se te olvide, Luisito, que no se te olvide!


Madrid, julio de 1936.


Dieciocho años más tarde, los dos pipiolos se habían convertido en don Luis y doña Paloma, señores de González, propietarios de una prestigiosa mercería en la calle de Pontejos.
Lo que había comenzado como preludio de un acuerdo comercial, se había convertido con el paso de los años en un sólido y respetable matrimonio, en el que el amor había nacido después de haberse visto todo el repertorio teatral de la cartelera de madrileña. Fueron al teatro con sus padres, con sus abuelos, con sus primos, incluso con una tía que vivía en Paracuellos del Jarama. Entre acto y acto, mirada y mirada, tímidos roces de las manos y besos furtivos — cuando creían que nadie los miraba—, llegaron al altar con el propósito de vivir su propia vida y hacerse cuanto antes con algún negocio textil que les diera suficiente independencia económica. Cuatro hijos varones y una hija —que soñaban prometer algún día con el propietario de una firma textil de Tarrasa—, eran el fruto de una relación que había madurado con el tiempo. Habían sido felices en su rutina de pequeña clase media durante los años veinte; sin embargo, la siguiente década había comenzado de forma virulenta: una inestabilidad política que en las tertulias de los cafés se achacaba a la Guerra de África, a la caída de la Bolsa de Nueva York, a la dictadura de Primo de Rivera, al nefasto gobierno del rey Alfonso XIII … Sin embargo, con el exilio voluntario de la familia real y la instauración de la II República había comenzado una época convulsa llena de revueltas, quema de conventos, asesinatos políticos. Pero allí estaba su amado Muñoz Seca, llevando al teatro la actualidad, riéndose de las circunstancias, parodiando los defectos de aquella sociedad que parecía haber perdido la cordura en tan solo cinco años…
PeriódicoEl dieciséis de julio don Luis llegó a la tienda con el periódico bajo el brazo y aspecto agitado, llevó aparte a su mujer y le dijo en voz baja:
—Han cesado a don Pedro Muñoz Seca como funcionario del Ministerio de Fomento.
—¿Por qué? —preguntó su mujer, alarmada.
—Por leer el ABC.
—No digas tonterías.
—Por ser monárquico.
—¡Vaya!
Dos días más tarde, el domingo dieciocho, estaban de merienda en La Moncloa cuando vieron pasar por encima de sus cabezas una escuadrilla de aviones que se dirigían hacia la Ciudad Universitaria y se perdía en el horizonte. A lo lejos se oyó un tiroteo.
—Están otra vez de maniobras militares —observó el padre de familia.
—¡Es que ya ni te dejan comer a gusto la tortilla de patata! —dijo su mujer, frunciendo el ceño —. ¿Qué hacemos, nos vamos?
—Sí, anda. No sea que se escape un tiro.
—¡Hala, niños, recoger las cestas y subid al auto!
Doña Paloma suspiró de malhumor. Hacía cuatro años que se habían despedido del veraneo en San Sebastián: la mercería daba para alimentar a su numerosa familia; pero ya no se podían permitir aquel lujo. «Y ahora ni siquiera tener una tranquila merienda en el campo», pensó con amargura.
El lunes diecinueve, don Luis se llevó a su mujer a la trastienda.
—Paloma, lo de ayer no eran maniobras. Es la guerra. Los generales Mola y Franco se han sublevado
—¡Otra sanjurjada! —dijo ella con sorna, recordando el fallido golpe de estado de 1932 que había protagonizado el general Sanjurjo.
—Esta vez parece que va en serio.
—¡Bah, tonterías! Esto no puede durar. Dale un mes como mucho.
portada edicion sevillana del abc del julio 1936 1467996544847A media semana la noticia corrió de boca en boca: los anarquistas habían detenido en Barcelona al autor teatral Muñoz Seca, acusado de ser católico. El matrimonio González se quedó atónito.
—Empezaron quemando iglesias y conventos, matando a curas y monjas, y ahora les ha dado por los escritores. Me han dicho que También han detenido a Lorca, en Granada…—comentó una parroquiana, a la que Paloma estaba sirviendo dos metros de encaje.
—¿Los anarquistas?
—No. Los de la Falange…
—Vivimos unos tiempos muy revueltos— murmuró la dueña de la mercería, envolviendo el pedido.
Se sentía cada vez más intranquila. Lo peor sucedió por la noche. Habían mandado a los niños a la cama y estaban cenando a solas en el comedor.
—Paloma, no sé cómo decírtelo.
—¡Luis, no me asustes!
—Esta tarde ha venido a verme el marido de la antigua niñera de tus padres.
La mercera levantó la vista del plato y calvó los ojos en los de su esposo.
El cabo de gastadores, después de servir en la Guerra de África, se había convertido en guardia de asalto. Sus tendencias eran de izquierdas; pero se llevaba bastante bien con su cónyuge. A veces traía noticias que les ponían los pelos de punta.
—Me ha aconsejado que cerremos la mercería y nos vayamos inmediatamente de vacaciones. Los de la CNT están requisando locales para convertirlos en almacenes de municiones y cárceles populares.
—¿Y adónde vamos a ir? Las ventas van de capa caída; no tengo ningún dinero ahorrado para salir de veraneo este año.
—No me discutas. Mañana mismo coges a los niños y te vas a Paracuellos del Jarama, a casa de tu tía Remedios. Yo me reuniré contigo en cuanto pueda.
Ella se tapó la cara con las manos para que Luis no la viera llorar. Su marido se levantó y la abrazó con fuerza.
—Tenemos que hacerlo así. De esta manera daremos a los vecinos sensación de normalidad. Ya no podemos fiarnos de nadie.
—Prométeme que no te pasará nada.
—Te lo prometo.

 

Madrid, noviembre de 1936.


El tiempo era frío y húmedo. La niebla se colaba entre los barrotes de las ventanas y la alambrada que rodeaba los muros de la cárcel de San Antón. Los presos hacinados en las celdas se apretujaban los unos contra los otros para darse calor. Pedro Muñoz Seca estaba helado, tiritaba a pesar del jersey y la bufanda que le había mandado su mujer. Debajo llevaba todavía la ropa de verano con la que le habían detenido en Barcelona. «Asun, por Dios, mándame algo de abrigo», le pedía insistentemente en cada vez que la escribía. A ella la pusieron en libertad a las pocas horas porque era cubana. Un amigo le había traído el paquete a la cárcel. Lo abrió en el sucio y maloliente locutorio, buscando también unos calcetines de lana. No los encontró. El amigo se quitó los suyos y se los dio a don Pedro.

 

Durante la República sus obras tuvieron mucho de sátira política, con un mensaje claro: señores políticos, no todo el mundo está de acuerdo con ustedes; ni todo el mundo les sigue a pie juntillas…


—¡Gracias, amigo! ¡No sabes qué frío paso! ¡Como nací en el Puerto de Santa María…! —bromeó mientras se los intercambiaban—. Me han dicho que mi colaborador Pérez Fernández está a salvo... ¿Por cierto, sabes algo de mi antiguo compañero de clase, Juan Ramón Jiménez, y de su esposa?
—Huyeron a Estados Unidos; el presidente Azaña consiguió un pasaporte diplomático para él y Zenobia… Arniches está en Argentina… Si Valle-Inclán no hubiera muerto en enero, también estaría exiliado o preso… La han tomado con los escritores…
—¿Es verdad que ha muerto García Lorca?
—Le fusilaron el mismo día que te trajeron a Madrid.
—¡Pobre chico, cuánto lo siento!
Don Pedro se atusó el bigote, pensativo.
—¿Y Benavente?
—Don Jacinto apoya a la República. Ha fundado una asociación de Amigos de la Unión Soviética…

Se hizo un silencio incómodo. Sonó un timbre, dando por terminada la visita. Los dos amigos se levantaron al unísono y se estrecharon las manos entre los barrotes del locutorio.
—Dile a Asunción que la amo; que cuide de los chicos; y que me mande una manta y más ropa de invierno… ¡Gracias por los calcetines!munoz seca hijos
Los celadores golpearon con las porras los extremos de la larga mesa de madera donde se apoyaban los encarcelados para hablar con sus allegados.
Cuando trasladaron a los presos de la cárcel Modelo a la de San Antón, ubicada en el antiguo colegio de los escolapios, los funcionarios de prisiones habían sido sustituidos por milicianos anarquistas.
Uno de ellos fue hacia don Pedro y lo zarandeó brutalmente.
—¡Vamos, señorito, se acabó la escena! ¡Haz mutis por el foro!
No comprendía por qué la tenía tomada con él. Tal vez porque trataba de ocultar su miedo con una sonrisa, enmarcada por dos bigotes, antaño finos y engomados, ahora descuidados y lacios. Intentó zafarse del centinela, pero el otro lo lanzó contra la pared.
—Te voy a borrar esa sonrisa a golpes, so payaso.
Sabía que en la prisión los guardias le tenían envidia. Envidiaban su calma, su sosiego, su porte elegante a pesar de los andrajos, la popularidad que tenía entre los otros presos. Todos le conocían. Apreciaban su sentido del humor y su gracejo natural. Los presos comunes le admiraban; los políticos confiaban en él. Creían que, de una manera u otra, el presidente Azaña le facilitaría un pasaporte diplomático como a Juan Ramón Jiménez, y que desde el exilio podría hacer algo por ellos…
En la celda había algunos oficiales de la Armada y dos chiquillos de trece y quince años, hijos de uno de ellos; varios ladrones, un homicida, dos actores, tres o cuatro gacetilleros y el director de un periódico. La República, que alardeaba de libertad de pensamiento, había mandado encerrar a todos los que se oponían a sus planteamientos ideológicos; lo mismo daba que fueran militares, periodistas o curas…
El celador le hostigó durante todo el trayecto por aquel mezquino pasillo sin luz y sin aire; le dio un último empujón antes de cerrar la puerta de la mazmorra con sus llaves.
—¡Deja de sonreír, imbécil! ¡Miedo deberías de tener a los representantes del pueblo!
Por lo visto aquel perillán metido a guardia tenía muy asumido el papel de intimidar a los poderosos del que tanto alardeaba la izquierda.
Don Pedro se atusó los bigotes y contestó muy digno:
—Os habéis salido con la vuestra. Me habéis quitado todo, menos el miedo.

 

—Todos somos admiradores suyos. Hemos disfrutado mucho con sus obras. Perdónenos por lo que tenemos que hacer… Son órdenes…
—No se preocupen, señores. Ya les he perdonado. Les considero mis amigos, aunque me temo que ustedes no van a incluirme en el círculo de los suyos… —dijo don Pedro, estrechando la mano al cabecilla.


Hubo risas y aplausos; el celador se largó mascullando entre dientes.
Al llegar la madrugada, una linterna alumbró la estrecha celda y una voz fue gritando los nombres de los de la Armada. Los oficiales se pusieron de pie según los fueron llamando. También se llevaron a los dos niños. Se los tragó la oscuridad del corredor. Nunca los volvieron a ver. Don Pedro, que siempre tenía una palabra chistosa para cualquier ocasión, se echó a llorar.
Unos días más tarde se corrió la voz de que por fin iba a ver una vista, un juicio o algo por el estilo. Los más optimistas creían a pie juntillas que, en cuanto el gran dramaturgo pusiera el pie en la habitación, le darían el indulto firmado por Azaña. Don Pedro sospechaba que estaban muy equivocados.
—Primero han sido los militares, luego nos tocará a nosotros —les confesó a sus compañeros; y se puso a mirar entre los barrotes de la ventana, fingiendo que le interesaba lo que sucedía en el patio.
Pero su mente estaba ocupada en repasar su vida. Recordó su infancia en El Puerto de Santa María; su primer viaje a Cádiz; su paso por la Universidad de Sevilla, su licenciatura en Derecho y Filosofía y Letras; su traslado a Madrid, y la temporada que estuvo de profesor de latín, griego y hebreo en una academia hasta que aprobó las oposiciones al ministerio de Fomento; el día que se casó con Asunción, el nacimiento de sus hijos; los estrenos de sus sainetes y comedias… «Muchos», pensó, recordando con nostalgia los aplausos del público.
—¡Pedro Muñoz Seca, le espera el tribunal! —gritó una voz al otro lado de las rejas.
Comprendió que había llegado el temido momento. Sin embargo, los actores y los periodistas, que aún mantenían sus ilusiones, le despidieron con frases de ánimo y palmaditas en la espalda.
Entró estirado y digno en aquella sala con olor a tabaco y vino rancio. Detrás de una mesa había varias sillas ocupadas por hombres con vestidos de obreros; el que estaba sentado en medio llevaba un emblema con la hoz y el martillo. A un lado, de pie, fumándose un cigarrillo, había otro con traje y corbata, cuyo sombrero descansaba sobre la esquina de la mesa.
Durante unos segundos pensó que este último llevaba oculto en un bolsillo de su chaqueta un papel firmado por Manuel Azaña ordenando su liberación.
Comenzó el interrogatorio.
—¿Nombre y profesión?
—Pedro Muñoz Seca. Funcionario.
—Ex funcionario —rectificó el presidente del tribunal.
—Sí.
—¿Dramaturgo?
—También. Soy el autor de La venganza de don Mendo, Los extemeños se tocan, La tonta del rizo, y otras que creo que conocerán bien ustedes.
—Desde luego, las hemos visto todas. Incluida esa gansada, La oca, en la que usted se burlaba de los sindicatos. Anacleto se divorcia en la que usted le hace el juego a la Iglesia católica. El ex…, en la que deja en ridículo a la República. ¡Usted es monárquico y católico! —. El dedo acusador del presidente del tribunal popular se dirigió hacia él.
Don Pedro carraspeó y se atusó el bigote.
—En efecto, así es. Ya que en España existe la libertad, cada uno puede ser lo que quiera, ¿no?
El hombre trajeado espiró el humo de su última calada.
—¡Mientras uno no se meta con los demás, en especial con el gobierno! —gritó acaloradamente, al tiempo que daba un puñetazo en la mesa —. ¿Usted ha escrito La plasmatoria? Dígame qué significa la frase «¡Luz, quiero luz!» en su maldita obra.
Comprendió que se trataba de un masón. Aquellas palabras las utilizaban los aspirantes cuando pedían su ingreso en la Logia. Él las había utilizado en la comedia como un chiste más. Tenía que tener cuidado.
—No entiendo su enfado. La escena está a oscuras y el protagonista no encuentra el interruptor —contestó con aire inocente.
Los del tribunal esbozaron una sonrisa. No se llevaban bien con los masones.
—¡Usted ataca en esa obra a la masonería, a la teosofía, a las artes ocultas! ¡A la dignidad de los políticos!
—Solo es un juguete cómico en la que don Juan Tenorio se reencarna en el siglo XX. No tiene nada de especial. Solo está hecha para hacer reír al público.
—¡Don Juan se niega a ser diputado por la provincia de Burgos!
—¡Hombre, es que no me imagino a un hidalgo del siglo XVI aguantando en el Parlamento los insultos de sus adversarios…! Esa gente tenía en mucha estima su honra, y…
—¡Calle, es usted un fascista! —gritó el del traje y corbata.
—¡Llévenselo! —ordenó el presidente del tribunal a los guardias.
De vuelta a la celda, sus compañeros lo rodearon con ansiedad.
—¿Qué ha pasado?
Muñoz Seca tragó saliva, intentando poner orden en sus ideas.
—No me han dado el indulto. ¡Déjense de bobadas y pongan sus asuntos en regla! ¡Solo es cuestión de tiempo que nos den el paseo! Por mi parte lo único que quiero es ponerme a bien con Dios. ¿Hay alguno de ustedes que sea sacerdote?
Un hombre de mediana edad, vestido de civil, se adelantó.
—Yo lo soy.
—Quiero confesarme. Y supongo que estos señores también.
—De acuerdo. Cuando paseemos por el patio, para preservar el secreto de confesión. Aquí no hay sitio.

 

Paracuellos del Jarama. 28 de noviembre de 1936


Luis González había conseguido escapar de Madrid a finales de agosto y reunirse con Paloma y sus hijos en casa de la tía Remedios. Se había puesto la ropa vieja que le había llevado la antigua niñera de los Peláez, y ocultado en una maleta de cartón todo lo que pudo llevarse de la mercería. Llevaba tres meses en Paracuellos del Jarama, ganándose la vida con el trapicheo de bobinas de hilo y botones.
Guerra civil y tia RemeUnos golpes en la puerta de entrada despertaron a toda la familia a media noche. La tía Remedios abrió la puerta atemorizada.
—Venimos a por el Luis —dijo un mocetón, con un pañuelo rojo al cuello. Era hijo de uno de sus vecinos; lo conocía desde que no levantaba un palmo del suelo —.Tiene que ayudarnos a cavar.
—¿A estas horas? ¡Hijo, por Dios!
—Calle usté, señá Reme. Y dígale al marido de su sobrina que baje; que si no lo hace, va a parecer un señorito; y eso no le conviene.
Luis bajó las escaleras precipitadamente, a medio vestir.
Camará, ponte una chaqueta de pana, coge una pala y sígueme.
—¿Adónde? ¿Por qué?
—Fíate de mí y no preguntes. Que te va la vida en ello. ¡A más ver, señá Reme!
Fuera los esperaba una partida de hombres del pueblo, todos con picos y palas. Se pusieron en fila, siguiendo a uno que llevaba un farol. Al llegar a las afueras del pueblo, el que hacía de jefe ordenó que abrieran una fosa, que estaban a punto de llegar los camiones. Luis comprendió lo que iba a pasar en breves momentos y sintió que se le encogía el corazón.
Un haz de luz lo deslumbró, al mismo tiempo que oyó el ruido de un vehículo sobre la grava de la carretera que conducía al lugar donde estaban trabajando. Se paró con un frenazo, que a Luis le sonó a siniestro. Bajaron los prisioneros con las manos atadas a la espalda con cordeles.
Luis alzó la cabeza y le dio un codazo al vecino de su tía política.
—¡A ese lo conozco, es Muñoz Seca, el de La venganza de don Mendo! Está muy desmejorado; pero es él.
Don Pedro tiritaba. Antes de salir de Madrid, le habían quitado la ropa de abrigo, alegando que ya no la iba a necesitar; y le habían vejado, una vez más, cortándole los bigotes.
—¿Qué, señorito panoli, tienes algo que decir? —le preguntó el celador que le tenía tanta inquina.
—Que sois tan eficientes, que me habéis quitado todo, incluso el miedo.
—Todavía te queda algo.
Cogió una tijera y… le cortó los bigotes.
Subieron al escritor y a sus compañeros un camión donde el frío de la noche se colaba por la abertura del toldo; y los bajaron en medio del campo, cuando ya empezaba a clarear.
—Traemos a unos cuantos fascistas de la cárcel de San Antón —dijo el que mandaba el convoy al vecino de la tía Remedios.
—¿Quién firma la orden? —preguntó éste al de Madrid. Los comunistas solo acataban las directrices de Santiago Carrillo. No tragaban a los anarquistas.
—El Director de Seguridad, Serrano Poncela.
Nada que oponer. Aquel hombre era el jefe directo del camarada Carrillo.
—De acuerdo. Desatadlos, muchachos —ordenó el de Paracuellos del Jarama a los suyos.
El de Madrid lo agarró por un brazo en tono de advertencia.
—Aquí mando yo —dijo el del pueblo, zafándose bruscamente del madrileño—. No se van a escapar. Nosotros estamos armados.
Luis aprovechó la ocasión para acercarse a Muñoz Seca.
—Lamento verle a usted en estas circunstancias…
El dramaturgo parpadeó dos veces, como si despertara de un sueño pesado.
—¿Me podría dar un pitillo? —preguntó nervioso al desconocido que le estaba hablando amablemente.
guerracivil milicianos 0Luis sacó un cigarro de debajo de la gorra, lo encendió con el mechero de yesca y se lo ofreció a Don Pedro; este apenas si le dio dos caladas y lo tiró al suelo. Pensó que de todas las situaciones extravagantes que había descrito en sus comedias, ésta se llevaba la palma. Solo faltaba que se escapara un tiro y muriera hasta el apuntador… Sin embargo, lo que estaba protagonizando ahora no era una comedia… sino la escena final de El gran teatro del Mundo. Los habían colocado en fila, junto a la fosa. Dentro de unos minutos sería un personaje dando cuentas de su vida a su Autor, como en la obra de Calderón de la Barca.
El sacerdote vestido de civil que lo había confesado en la prisión estaba a su lado. Cuando terminó de bendecir a todos los que estaban allí, se dieron la mano en señal de despedida.
—Nos veremos en el cielo, padre.
—Ánimo, hijo.
El pelotón de fusilamiento parecía no tener muchas ganas de disparar; intercambiaron entre ellos unas cuantas frases, señalando con la cabeza al de los bigotes recortados. El vecino de la tía Reme, como jefe del grupo, se plantó ante Muñoz Seca y le tendió la mano:
—Todos somos admiradores suyos. Hemos disfrutado mucho con sus obras. Perdónenos por lo que tenemos que hacer… Son órdenes…
—No se preocupen, señores. Ya les he perdonado. Les considero mis amigos, aunque me temo que ustedes no van a incluirme en el círculo de los suyos… —dijo don Pedro, estrechando la mano al cabecilla.
La descarga estremeció a Luis. En ese momento se acordó de la primera vez que salió de paseo con la familia de su novia, y cómo había engatusado a los padres de Paloma, y luego a la tía Reme, con entradas para ver La venganza de don Mendo; del amor tan sincero que había terminado profesando a su mujer, después de haberse reído tantas veces juntos en el teatro…
Cayeron los cuerpos dentro de la fosa. Luis sintió un nudo en la garganta mientras echaba paletadas de tierra sobre el cuerpo de Muñoz Seca. Y le pareció que el aire traía el eco de las palabras de don Mendo: «Así muere un valiente…»


munoz secaPedro Muñoz Seca nació el 20 de febrero de 1879 en El Puerto de Santa María (Cádiz), donde estudió en el colegio jesuita San Luis Gonzaga, y compartió aula con Juan Ramón Jiménez. En 1901 se licenció en Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla. Ese mismo año estrenó su primera obra cómica Las guerreras. En 1904 se trasladó a Madrid donde fue profesor de latín, griego y hebreo. En 1908 aprueba las oposiciones, comienza a trabajar en el ministerio de Fomento y se casa con la señorita cubana Mª Asunción de Ariza y Díez de Bulnes, con la que tuvo nueve hijos.
Al mismo tiempo escribió unas doscientas cuarenta comedias, entre las que destaca La venganza de don Mendo —parodia de un drama romántico—, una de las más representadas en España, solo por detrás del Don Juan Tenorio de Zorrilla y La Vida es sueño de Calderón de la Barca. Sin embargo, lo que le hizo famoso en su época fue la creación del género cómico denominado astracán o astracanada, donde priman las situaciones extravagantes, los juegos de palabras, los retruécanos, los chistes; y cuyos argumentos denunciaban los fallos de la sociedad.
Durante la República sus obras tuvieron mucho de sátira política, con un mensaje claro: señores políticos, no todo el mundo está de acuerdo con ustedes; ni todo el mundo les sigue a pie juntillas… Mensaje que caló en grandes sectores, incluso de izquierdas, como demuestra el comportamiento del pelotón de fusilamiento, que le pidió perdón por tener que disparar.
En efecto, acusado de monárquico, católico, fascista y anti republicano, fue detenido en Barcelona el 18 de julio de 1936, cuando se disponía asistir al estreno de su última comedia, La tonta del rizo; enviado el día veinte a Madrid, fue encerrado en la cárcel Modelo. Allí compartió celda con varios oficiales de la Armada y algunos niños, que fueron fusilados antes que él; episodio que le abatió sobremanera. A finales de agosto, cuando las fuerzas sublevadas estaban a solo doscientos metros del edificio, fue trasladado a la cárcel de San Antón. El 28 de noviembre de 1936, tras córtale los bigotes, fue llevado con otros presos políticos a Paracuellos del Jarama, donde murió perdonando a sus enemigos. Su cuerpo descansa en la fosa común junto al de los otros prisioneros ejecutados con él. El 12 de noviembre de 2016 Moseñor Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, abrió su causa de beatificación.
Curiosamente, sus obras de teatro, repudiadas por la II República, también fueron censuradas durante la época de Franco; sin embargo, su herencia literaria fue recogida por los humoristas de la generación posterior.

 

Enlaces de interés:

Teatro TVE – La venganza de don Mendo. Con M. Gómez Bur…

¿Por qué mataron a Muñoz Seca? – Opinión _ Colaboraciones – ABC.es

Quién mató a Muñoz Seca en Paracuellos: los asesinatos que aún…

De Barcelona a Paracuellos: Muñoz Seca 1936 – La Vanguardia

El fusilamiento de Muñoz Seca contado por su nieto, Alfonso Ussía

Carrillo fue el “facilitador” de Paracuellos / Crónica / EL MUNDO

La censura franquista y el teatro conservador – El caso de Muñoz Seca

Arranca la causa de canonización de Muñoz Seca y de otros 43…

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del Franco

Un personaje, un plagio, un mito: don Juan Tenorio

Tenorio

Por los mentideros de la villa y corte de Madrid la noticia corrió como la pólvora en Flandes: la hija de Lope de Vega se había escapado de casa con su galán, un tal Tenorio. Don Lope fue objeto de la rechifla generalizada. Tanta comedia de honra, capa y espada… ¡y en su vejez, sus canas venerables teñidas con semejante baldón! Aunque claro, como caballeros, comadres y alguaciles apuntaban, él también había sido durante su juventud un perillán de mucha cuenta. El ridículo fue tan espantoso que hasta a Miguel de Cervantes y señora les dio pena. Y esta última no se explayó con las vecinas ni siquiera en casa del panadero, porque también su marido había perseguido mozas y tenía una hija bastarda; y del padre de su suegro y sus cuñadas mejor no hablar. El primero había dejado plantada en Alcalá de Henares a su mujer y se había ido a Sevilla donde se había amancebado con una esclava negra a la que doblaba la edad y había comprado a tal fin; en cambio las hermanas de su marido habían sido las perseguidas, pero unas perseguidas facilonas que habían caído a las primeras de cambio. Lo dicho, mejor no hablar.

Transcurrieron los años y las comedias de Lope de Vega pasaron de moda, pero el nombre de Tenorio no. Y hete aquí que algunos años después se estrenó El Burlador de Sevilla, cuyo protagonista se apellidaba igual que el seductor de la hija de don Lope.

El sevillano corral de comedias estaba a tope. Cada uno en su puesto: las mujeres separadas de los hombres, los hidalgos de los plebeyos… Y allí, escondido entre los espectadores, dispuesto a retener en su mente todo el drama, estaba el «memorión», personaje muy habitual en el siglo XVII, que hacía las funciones de «pirata informático» en una época en la que no existían ordenadores, pero se daba mucho el plagio.

Doña Mencía y su hija casadera, en el lugar correspondiente a las damas, se abanicaban con arte. En aquel sutil lenguaje estaban transmitiendo a los caballeros que las miraban —de reojo los más discretos, y sin ambages los más descarados— el siguiente mensaje que no necesitaba Whatsapp: «Joven viuda de buen ver acepta galanteo con varón de bolsa llena y edad conveniente; doncella candorosa espera ansiosa su primer amor». Terminó el entremés con el que el director escénico pretendía caldear el ambiente, y comenzó la representación de El Burlador, cuyo título acababa con la coletilla de O Convidado de Piedra, la cual había atraído a mucha gente, porque se había corrido la voz de que el invitado era un muerto que reclamaba al protagonista la honra de su hija, y eso en el Siglo de Oro daba mucho morbo.

 

No fueron las únicas espectadoras a las que conmovió el argumento. En las salitas de las damas, las cocinas, las fuentes públicas y los patios las féminas comentaban esta o cual escena, y todas daban por cierto lo que antaño decían sus abuelas: que el mejor de los varones debería arder en la hoguera de la Santa Inquisicion.

 

Las escenas se fueron sucediendo unas tras otras. El canalla de don Juan seducía a cuantas hembras se le ponían por delante, fueran damas o plebeyas, duquesas o pescadoras. Luego llegaba el difunto, y… se lo llevaba al Infierno. ¿Dónde si no?

El aleteo de los abanicos de doña Mencía y criatura fue perdiendo fuste. La madre porque seguía embobada los tejemanejes del tal don Juan Tenorio. La niña porque se asustó con la última escena. ¡Menos mal que la acción discurría en la Edad Media, durante el reinado de Alfonso XI! Esas cosas no pasaban en pleno siglo XVII, ¡vaya!

Sin embargo, al día siguiente madre e hija tuvieron una larga conversación sobre la maldad de los hombres que embobaban a las féminas con sus embustes y mucho prometer hasta…, y después de conseguido, nada de lo prometido. La impactante representación les había abierto los ojos. Compungidas fueron por la tarde a ver a su venerable tía, abadesa de un convento de monjas, y platicaron largo y tendido sobre lo sucedido en el escenario.

—¡Ay, Señor! —exclamó la madre— ¡Qué claro he visto la maldad del mundo y la fragilidad del corazón femenino en esta obra de teatro! ¡Con razón me la recomendó tanto mi santo confesor!

—¡Oh, sí, reverenda tía, ese don Juan era malo de  verdad y al final se lo llevaban los demonios a lo más profundo del Infierno! —corroboró la muchacha, todavía impresionada con el espantoso final, en el que el Comendador vengaba el honor de su hija de una forma tan espeluznante. 

—Sobrinas, vuesas mercedes han de entender que la mujer  no puede  fiar de las promesas de casamiento de varón, ni dar  la  mano en señal de  matrimonio sin que haya testigos, y sin un clérigo que bendiga la unión y la registre como mandan los cánones de la Santa Madre Iglesia, y si habéis menester de un refugio contra la perversidad de los hombres, recogeos tras estos muros, que jamás se oyó decir que ningún burlador de honras se atreviera a traspasarlos para seducir a quien se acoge a sagrado —ofreció la buena religiosa.

Y así siguieron en pía conversación toda la tarde, arrancando la superiora a doña Mencía la promesa de que pensaría detenidamente sobre lo más conveniente para su salvación eterna y la de su hija.

No fueron las únicas espectadoras a las que conmovió el argumento. En las salitas de las damas, las cocinas, las fuentes públicas y los patios las féminas comentaban esta o cual escena, y todas daban por cierto lo que antaño decían sus abuelas: que el mejor de los varones debería arder en la hoguera de la Santa Inquisicion.

No fue esa la reacción del público masculino, que desde el Ayuntamiento a las plazuelas que rondaban los pícaros, todos se hacían lenguas de la pericia en el burlar de don Juan Tenorio. Y así, en la Casa de Contratación de Indias, los que habían acudido al alba para solicitar los permisos correspondientes para embarcarse rumbo a América tuvieron que esperar hasta medio día para ser atendidos por los escribanos, porque aquellos normalmente circunspectos y conspicuos empleados reales se pasaron toda la mañana comentando la comedia y rememorando lances de juventud.

Solo el «memorión» se encerró en su cuartucho de la fonda, afiló la pluma y se puso a escribir todos los versos que recordaba, que eran unos cuantos; y los que no recordaba, se los inventó. Luego muy ufano se fue a buscar a un amigo que era director de una compañía de cómicos de la legua y le vendió el manuscrito, que tuvo a bien titular ¡Tan largo me lo fiais!

Tirso de MolinaDe este modo nació el mito, pues en el siglo XVII fueron representadas y publicadas dos comedias protagonizadas por don Juan Tenorio, que no se sabe con certeza quiénes las escribieron. Se suele atribuir El Burlador de Sevilla o Convidado de piedra a Tirso de Molina y ¡Tan largo me lo fiáis! a Andrés de Claramonte. Sin saber muy bien qué comedia fue la primera ni quién copió a quien. 

El caso es que la fama de su protagonista cínico, juerguista y libertino salió de nuestras fronteras y en toda Europa se representaron dramas, comedias, e incluso una ópera bufa con música de Mozart, basadas en tan singular personaje.

ZorrillaPasó la Illustración y llegó el Romanticismo. Corría el año 1844 cuando don Juan Lombía, director del Teatro de la Cruz, se quedó perplejo cuando el joven dramaturgo José Zorrilla le trajo el manuscrito de su Don Juan Tenorio. Si no hubiera sido porque tenían firmado un contrato por cinco años, se lo hubiera tirado directamente a la cabeza.

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Otro drama viejo de los que está harto de ver el público! —dijo en voz alta, hojeando impaciente el texto, al tiempo que recordaba sus primeros fracasos al frente del local —. Es la vieja historia de Tirso de Molina, ¡caray! ¿Pero qué se ha pensado ese mequetrefe!

El señor Lombía estaba sentado en el saloncito de su casa, en su butaca favorita. Frente a él su esposa bordaba una mantelería. Levantó sus ojos del bastidor y los clavó en su esposo, buscando una explicación a su enfado.

—Acuérdate, mujer, lo mal que lo pasamos cuando me hice cargo de la compañía. El teatro estaba en quiebra porque lo único que se representaba eran antiguallas, cuyo argumento se sabía el respetable de memoria. 

—Bueno, querido, seguro que será una versión novedosa. El señor Zorrilla ha cosechado grandes éxitos desde que trabaja para ti. Acuérdate de El puñal del godo… Y antes de trabajar contigo estrenó en el Teatro del Príncipe El zapatero y el rey, y cuando firmó el contrato de exclusiva con el Teatro de la Cruz, te presentó un segundo libreto de la misma obra completamente diferente.

—¡Ya!

La dama volvió a bajar los ojos a la costura, fingiendo no escuchar el sarcasmo de su marido, y pretextando que tenía que enhebrar la aguja, los volvió a levantar, arqueando una ceja severamente.

—Es que esta obra es… muy parecida a la de Tirso…— explicó él.

—Pero habrá alguna diferencia.

—¡Claro, sí! El verso es ágil y moderno. 

—¿Y qué más?

—¡Bah, poca cosa. Seduce a una novicia!

—Bueno, pues si seduce a una novicia… No creo que eso sucediera en época de Tirso de Molina… En aquella época, por muy libertino que uno fuera, no se entraba a  saco en sagrado… Eso es una novedad… ¿Es qué la escena está mal contada?

—¡Qué va! Es buenísima. En mi modesta opinión, lo mejor de la obra.

—Anda, léemela.

Don Juan Lombía se atusó el bigote, haciéndose el remolón.

—¿Bueno? —apremió su mujer fingiendo enfado. Sabía que a su marido le encantaba declamar versos. En realidad, era más actor que empresario.

—Está bien. Siéntate en aquel sofá.

Sofá—¿En el sofá?

—En el sofá. O te sientas o no recito.

La señora de Lombía dejó la labor encima de la mesita de caoba, se levantó dignamente y tomó asiento donde su marido le había indicado.

Don Juan se arrodilló ante ella y declamó en tono enamoradizo:

—¿No es verdad, ángel de amor…?

Y siguió el resto de la escena, porque su mujer le quitó el libreto de las manos y le dio la réplica. Al finalizar, se besaron apasionadamente.

—Pues ya ves que no está tan mal —dijo ella, recobrando la compostura.

—No, si el texto tiene su punto romántico, pero… 

—¿Pero…? ¿Dónde está el pero? ¡Es una versión muy moderna! 

—El «pero» está en el final, querida. El Don Juan de Moliére es tan cínico y descreído que no se podría representar en España; pero se condena al final de la obra. Y ni te cuento el Don Giovanni de Goldoni, que se subtitula El disoluto castigado.

—Ya. Y la  de Antonio de  Zamora: No hay plazo que no se cumpla ni deuda  que no se pague o Convidado de Piedra.

—Exacto, querida mía. El público está acostumbrado a que el Comendador salga de su tumba y se lleve consigo a don Juan a los Infiernos; pero a este demonio de Zorrrilla se le ha ocurrido salvar a su Tenorio por medio de doña Inés… El muy pecador se arrepiente en el último momento, y se va al cielo con su amada…

—¡Qué romántico! 

—«Es el Dios de la clemencia, el Dios de don Juan Tenorio». Este es el final.

—Bueno, si te parece que vas a tener un problema con la Iglesia, consulta con el párroco… —La voz de la dama sonó un tanto nerviosa. Hacía diez años que se había abolido la Inquisición, pero todavía no se habían acostumbrado a la libertad de expresión.

—Ya lo he hecho. Y según él es teológicamente correcto. Es más, le entusiasmó la idea. Me dijo que la obra Tirso hizo mucho bien ya que propagó entre el público las ideas del Concilio de Trento; y que este final combate al jansenismo… ¡Al jansenismo, figúrate!

—Entonces no hay reparos.

Don Juan Lombía se levantó bruscamente del sofá y comenzó a pasear por el salita cabizbajo, con las manos en la espalda.

—Pero no me convence… Algo me dice que esta obra va a ser un fracaso…

Su mujer suspiró, pero no dio su brazo a torcer.

—Y a mí que será un éxito rotundo —dijo mientras volvía a retomar la costura.

Aunque parezca extraño, ambos tuvieron razón.

Cuando Don Juan Tenorio se estrenó el 28 de marzo de 1844 la obra no obtuvo el resultado apetecido, estuvo muy poco tiempo en cartel y José Zorrilla la vendió por cuatro mil doscientos reales de vellón al editor Manuel Delgado. Sin embargo su reposición el 1 de noviembre de 1860 alcanzó un éxito apoteósico; de modo que se tomó por costumbre reponerla el Día de Todos los Santos, convirtiéndose en la obra de teatro más popular y más veces representada en España.

La venganza de la PetraY la más parodiada. El propio Zorrilla escribió una zarzuela cómica satirizando a su personaje. Carlos Arniches hizo lo propio en 1917 con La venganza de la Petra, o donde las dan las toman, cuyo protagonista es un donjuán castizo y verbenero, y hay una «escena del sofá» a cargo de la criada y el dueño de la tienda de ultramarinos. Casi veinte años más tarde Pedro Muñoz Seca, el autor de La venganza de don Mendo, convirtió a su Tenorio en el centro de una divertida comedia, La Plasmatoria, en la que don Juan viaja en el tiempo desde el siglo XVI al XX. 

El musicalPero si el lector quiere comprobar qué don Juan le gusta más, puede pinchar en el enlace de Literanda de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina; acercarse a ver "Don Juan en Alcalá", según el texto de José Zorrilla, representación itinerante en Alcalá de Henares (Madrid, España) a través de los sugerentes escenarios que tienen como fondo la ciudad del siglo XVI; o adquirir sus entradas para "Don Juan, un musical a  sangre  y fuego" que se representa este año en el Teatro de  la Luz Philips, de la Gran Vía  de Madrid (España); o quizás divertirse leyendo los libretos de La Venganza de la Petra o de La Plasmatoria.

 

¡Feliz puente de Todos los Santos!

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

  

ENLACES DE INTERÉS:

La relación textual entre "El burlador de Sevilla" y "Tan largo me lo fiais"

 Obras inspiradas en el mito de don Juan

 La venganza de la Petra

La Plasmatoria y un don Juan de Muñoz Seca

Don Juan en Alcalá 2016

Don Juan en Alcalá (artículo por Eduardo Vascos, ex director del Centro Dramático Nacional)

Don Juan, un musical a  sangre y fuego

Alcalá de Henares – Turismo – Don Juan

Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.

La vida es sueño

 

Segismundo se revolvió en su sepultura del castillo de Wawel. Sintió que iba a despertarse. Y efectivamente, se despertó.

—La vida es sueño… —se dijo, mientras se levantaba perezosamente.
TorreDesde que su padre lo encerrara en la torre, lo sacara por primera vez Clotaldo, lo volvieran a encerrar y lo volvieran a sacar los campesinos liderados por Rosaura, se sentía muy confuso: nunca sabía si estaba muerto o dormido, porque hasta el sueño de la muerte se veía turbado por inesperadas salidas al exterior.
Sin embargo, se sentía un hombre afortunado. Cuando se despertaba, lo hacía de forma conveniente. Nada de trajes de raso, ni de golas, ni de espadas.
Apareció vestido de siervo en el siglo XVIII; de poeta en el XIX; de soldado de caballería a comienzos del XX; con traje a rayas y un numerito a la espalda durante la Segunda Guerra Mundial; y como un estudiante en los años ochenta.
En fin, que no se sentía ridículo con su indumentaria, y podía confundirse con la gente corriente —a la que antaño había despreciado— y «vivir», o mejor dicho, «soñar» junto a su pueblo. Porque ese era el castigo que le habían impuesto por haberlo traicionado cuando era príncipe. En el momento en que mandó encerrar en la torre al campesino que le había sacado de ella, había firmado su sentencia por los siglos de los siglos.
—Tal vez si mi padre Basilio hubiera interpretado mejor los signos del Zodiaco… Tal vez si no me hubiera encerrado siendo un niño de pecho… —suspiró en voz alta.
Después miró la ropa que llevaba puesta en esta ocasión: un pantalón deportivo de color azul marino, una camiseta blanca de manga corta, unas botas de baloncesto de marca; a su lado había una bolsa de deporte. Miró dentro y solo encontró un periódico y un pasaporte.
Tumba SegismundoAgradeciendo intensamente que hubiera puesto su nombre al Mausoleo de los Reyes de Polonia, cruzó en silencio la Capilla Sigmunta, salió al patio de armas, siguió todo recto hasta llegar al gran portón que da a la calle Kanoniczka, y bajó lentamente por los jardines, hacia el Vistula. Contempló el río y la ciudad nueva. Nada le llamaba la atención. Decidió volver sobre sus pasos y encaminarse al casco viejo de Cracovia.
Se sentía un poco confuso; pero solo un poco. Tanto «despertar» en distintas épocas le había dado experiencia y aplomo suficientes para hacerse rápidamente con la situación.
Mientras caminaba, miró disimuladamente a su alrededor. Vio que las casas, los pequeños comercios, incluso los árboles le sonreían como viejos amigos. A veces le parecía, cuando despertaba nuevamente, que todo estaba igual. Y esta sensación le tranquilizaba.
Al llegar a la plaza de Adam Mickiewicz, sonrió ante la estatua de su amigo. Habían pasado —en su despertar del siglo XIX— muchas horas juntos, conspirando y escribiendo versos, cuando los románticos luchaban por “nuestra libertad y la vuestra”. Torció hacia la izquierda y se dirigió a la calle Poczta.
Se sentó en un banco, cerca de correos, y sacó el periódico.
—Están de elecciones… Bueno, al menos esta vez me he librado del campo de concentración… —murmuró para sí.
Comenzó a pasar hojas por hacer algo.
La experiencia le dictaba que si se sentaba tranquilamente a esperar acontecimientos, estos llegaban sin que él tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Generalmente Rosaura, Estrella, Astolfo o Clarín salían a su encuentro y lo metían en la acción. Casi parecía una obra de teatro con el diálogo escrito de antemano.
La peor experiencia había sido la de la Segunda Guerra Mundial cuando reconoció a su malvado primo Astolfo en la persona de un señor bajito y con bigote que mandaba en Alemania. Aquella vez su primo no era el príncipe de Moscovia, pero seguía con la manía de encerrar a la gente.
Claro que aquello solo fue el comienzo. Porque al terminar la guerra su primo Astolfo —y esta vez como príncipe moscovita— se transformó en un tipo gordo y con mostachos, que estuvo a punto de mandarlo a Siberia.
En cambio a Rosaura, Estrella y Clarín los reconoció en Gdansk cuando despertó en 1982. Rosaura era una profesora de ruso en una Escuela Técnica. Estrella sin embargo pertenecía al Sindicato Solidaridad. Y como en los viejos tiempos se había sentido atraído por las dos. Clarín se llamaba Pawek, y había compartido con él una estrecha habitación de la Residencia de Estudiantes de la Facultad de Económicas…
Los recuerdos se agolpaban en su mente. Sintió una vaga angustia y unas ganas terribles de gritar otra vez «¡Oh, mísero de mí! ¡Oh, infelice!». Pero se contuvo porque estaba en la calle.
El vistazo al periódico fue breve.

 

La experiencia le dictaba que si se sentaba tranquilamente a esperar acontecimientos, estos llegaban sin que él tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Generalmente Rosaura, Estrella, Astolfo o Clarín salían a su encuentro y lo metían en la acción. Casi parecía una obra de teatro con el diálogo escrito de antemano.


Observó que tenía algunas páginas dedicadas a contactos personales, algunos tan eróticos que se sonrojó. Otras páginas estaban dedicadas a la actualidad política. Había una foto de Walesa. La miró atentamente. Recordó que lo había conocido en Gdansk. Lo había visto dando un mitin en los astilleros. Entonces le pareció una mezcla de Basilio y Clotaldo. Y tal vez no se había equivocado tanto. El periodista lo tildaba de «rey» y «paternalista», entre otras muchas cosas. Al pie de página se citaban algunas palabras del ex presidente, absolutamente enfadado con su pueblo, al que acusaba de no tener ningún criterio político, de no comprender las reformas de su gobierno, de no saber comportarse, de ser indigno de la democracia…
Segismundo casi se enterneció al leer las palabras de Walesa.
—Papá, todavía no has aprendido que si a un niño lo encierras en una torre, y lo sacas bruscamente de su prisión, es completamente imposible que tenga unos modales y tome unas decisiones para los que no ha sido educado —musitó contemplando la fotografía.
Segismundo suspiró, y siguió leyendo la sección económica, que era como para llorar y volver a recitar el monólogo del «infelice» porque los precios subían, subían…
Le vino a la cabeza cuando Estrella, en el ochenta y dos, en lo alto de un camión gritaba altavoz en mano proclamas del sindicato Solidaridad, y decía aquello de «¡El comunismo caerá! ¡Vamos a rezar por ello!»… Al cabo de los años la terapia de choque capitalista parecía no haber dado buen resultado…
Segismundo recitó otra vez aquello de la libertad, y como si lo viviera en esos momentos, contempló otra vez el rostro lleno de estupor del Soldado Insurrecto cuando él mismo lo mandó encerrar en la Torre simplemente por querer una vida mejor.
tranvia cracovia2—Papá, no aprenderemos nunca — pensó dirigiéndose a la foto de Walesa y el recuerdo puesto en el rey Basilio—. Siempre es el pueblo el que paga nuestros errores… y pierde.
Dejó vagar sus pensamientos durante más de una hora, y como no sucedió nada, decidió encaminarse a la parada del tranvía y dar una vuelta por la ciudad.
Iba a levantarse cuando un grupo de cinco personas, en las que reconoció a Rosaura, Estrella, Clotaldo, Clarín y Astolfo, se acercaron a él.
Rosaura, la Rosaura del siglo XX, una chica rubia de ojos claros, a la que los otros llamaban Monika, le preguntó si tenía el pasaporte preparado. Segismundo lo sacó de la bolsa de deportes y se lo mostró, entre tímido y sonriente.
—Aquí está.
Ella consultó su reloj de pulsera.
—Muy bien. Vamos a la estación de trenes. De madrugada estaremos en Varsovia, y dentro de dos días en España. Es nuestro primer paso para emigrar a Canadá —dijo decididamente.
A Segismundo le dio un vuelco el corazón. ¡España!. Nombre fascinante. ¿No había sido allí donde un tal Calderón de la Barca había escrito un drama sobre él, La vida es sueño, que era lectura obligatoria en el Bachillerato? ¿No era ese el país donde todo era maravilloso y como un sueño de colores?
Una vez más la Torre estaba abierta y escapaban. Y pensó que definitivamente. Porque Monika era la Rosaura que nuevamente abría la prisión, dispuesta a llevar consigo al grupo primero a España y luego más allá del Atlántico.
Y a Segismundo se le llenó el corazón de risas, como si oyera una música de fiesta, y una alegre voz cantara dentro de él: ¡Libertad, libertad!
En Varsovia fueron al aeropuerto y tomaron un aparato de la compañía Lot. El viaje fue tranquilo y regado con vodka. Llegaron a Barajas a la hora prevista. Pasaron la aduana con sus visados de turistas. Alquilaron un par de habitaciones en un piso donde ya vivían siete personas. Fácilmente encontraron trabajo en la economía sumergida. Estrella y Rosaura limpiando casas; los varones en la construcción. No era lo que un príncipe polaco hubiera deseado, pero… España progresaba invirtiendo en el ladrillo, y se necesitaba mucha mano de obra.
Pasaron los años y el sueño de ir a Canadá se fue demorando tanto que cuando quisieron darse cuenta se habían amoldado a su nueva vida: trabajo duro durante la semana, excursiones a la sierra los días de descanso; gazpacho, paella, tortilla de patata; vacaciones en Benidorm o la Costa Brava…
Y aunque eran albañiles y señoras de la limpieza, ganaban dinero a espuertas. Dejaron el piso patera de Madrid, y cada uno alquiló un piso en Alcalá de Henares. Más tarde Segismundo se compró un chalé con piscina en un pueblo de la provincia de Guadalajara. Vivía con Rosaura, es decir, con Monika, y eran felices.
Pero la felicidad parecía no estar hecha para ellos. Un día se despertaron con la noticia de que la famosa Crisis Económica, que el gobierno socialista se empeñaba en negar empecinadamente, era una dura realidad.
WawelCon los recortes impuestos por la Unión Europea, y llevados a cabo por un nuevo gobierno de signo contrario, empezaron los problemas: se paralizó la construcción y Segismundo perdió su trabajo; a su mujer le empezaron a pagar las horas a la mitad. Astolfo y Estrella se quejaban de lo mismo: el sueldo del príncipe moscovita se vio reducido brutalmente, la princesa lituana estaba en paro y sin subsidio de desempleo; Clarín y Clotaldo habían decidido volver a Polonia porque la fábrica de materiales para la construcción había cerrado, y los pocos puestos de trabajo que aun subsistían en los polígonos industriales se los repartían los emigrantes rumanos, más o menos en régimen de economía sumergida.
El espejismo de la España próspera y risueña se había desvanecido por completo. El día en que recibió la carta en la que el Banco le anunciaba que lo iban a desahuciar del chalé por falta de pago, Segismundo deseó de todo corazón volver a su Torre: al menos allí tenía la comida y el techo asegurado.
De repente sintió que se dormía, y que despertaba otra vez en su mausoleo de Wawel. Solo permaneció consciente unos instantes. El sopor de la muerte le fue embargando, mientras recitaba lentamente:
— ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción. Y el mayor bien es pequeño. ¡Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son!

 

La vida es sueño

La vida es sueño es uno de las grandes piezas dramáticas del barroco español, quizás la obra cumbre de Calderón de la Barca.

En su argumento se entremezcla la tensión existencial entre padre-hijo, el amor, los celos, los conceptos filosóficos de la predestinación y el libre albedrío, y una aguda visión política. Estrenada en Madrid en 1634, dos años después de la muerte de Segismundo III Vasa, rey de Polonia, Lituania, Ucrania y Suecia, y casado en segundas nupcias con Constanza de Augsburgo, en el momento de mayor esplendor de la sociedad polaca, Calderón intuye con unos ciento cincuenta años de anterioridad, el drama que supondrá la primera repartición del territorio polaco. Casi milimétricamente relata la insurrección popular de la Confederación de Targowica y sus consecuencias políticas. Asombra cómo Calderón pudo prever algo a tan largo plazo. Aunque su vinculación al mundo diplomático a través de sus contactos en la corte del rey español Felipe IV puede ser la clave de su agudeza mental.

Es posible que el lector se pregunte por qué ese interés por Polonia, un país tan alejado geográficamente de España. La respuesta está en el doble parentesco entre las dos dinastías reinantes, ambas descendientes de los Reyes Católicos a través de los hijos de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, ya que ambas buscaban aliados concertando matrimonios con princesas de la rama austriaca de los Augsburgo. De modo que la reina de España solía ser prima de la de Polonia, y viceversa. La correspondencia epistolar entre las soberanas y sus damas de honor, intercambiando noticias de sus respectivas familias, y los pequeños cotilleos de la corte pudieron ser una extraordinaria fuente de inspiración para Calderón de la Barca, que describe a la perfección el carácter polaco en la persona de Clarín; la prioridad de los intereses educativos aún vigentes —religión, matemáticas—, y lúdicos —ajedrez—, a través de Clotaldo; los valores de la tradición polaca —amor por la libertad y la naturaleza— en los monólogos de Segismundo y Rosaura.

Capilla de Segismundo Augustola vida es sueño cubiertaCabe preguntarnos si existió en la realidad algún príncipe Segismundo. Sí, existieron tres antes de convertirse en reyes. Y un heredero al trono, Segismundo Casimiro, muerto a la edad de siete años. Su pequeña sepultura puede contemplarse en la cripta del castillo de Wawel. Posiblemente su temprana desaparición fuera comentada en los círculos que Calderón frecuentaba en la corte española. Tal vez pudo pensar qué hubiera pasado si el niño no hubiese muerto y su padre lo hubiera encerrado en una torre de por vida. Tal vez esa fue la idea de partida del drama barroco La vida es sueño. Todo un clásico de nuestra literatura.

El lector puede descargar el texto original de la obra a través de Literanda, y sacar sus propias conclusiones.

 

Calderón de la Barca

Calderón de la BarcaSu autor, Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681), estudió sus primeras letras en Valladolid, donde por entonces estaba la corte. Prosiguió sus estudios en el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid, y en las Universidades de Alcalá de Henares y Salamanca, donde se graduó como Bachiller en Derecho Canónico y Civil. Desatendiendo los consejos de su padre, se puso al servicio del duque de Frías, con el que viajó a Flandes, y más tarde se enroló en el ejército bajo el mando del Condestable de Castilla.

A los veintiún años ganó el tercer premio del certamen poético convocado con ocasión de la beatificación de San Isidro. Su primera obra de teatro, Amor, honor y poder (1623) fue estrenada en Madrid, durante la visita de Carlos, príncipe de Gales, siendo muy acogida por el público. Desde 1625 compagina la carrera de las armas con las letras, proveyendo a la corte de numerosas obras de teatro, cuyos argumentos giran en torno de la honra, el amor y los celos.

En 1629 debido a un lance de honor, él y sus hermanos irrumpen en el claustro de las Trinitarias de Madrid, donde había profesado una hija de Lope de Vega, lo que le acarreó la enemistad del dramaturgo y del orador sagrado fray Hortensio Félix Paravincino, partidario de Góngora. Sin embargo, esta enemistad lejos de desanimar a Calderón le ayudó a perfilar su propio estilo dramático.

Con la decadencia de Lope de Vega, Calderón de la Barca ocupa su puesto suministrando numerosas obras de teatro a los corrales de comedias madrileños de la Cruz y el Príncipe entre 1630 y 1640.

En el año 1635 Felipe IV le nombra director del palaciego Coliseo del Buen Retiro, para el que escribió refinados espectáculos dramáticos, que estaban destinados a satisfacer las exigencias de la corte.

La década de los cuarenta del siglo XVII representa para la sociedad española el comienzo del declive. La monarquía se enfrenta a las sublevaciones de Cataluña, Portugal y Andalucía. Inglaterra pone cada vez más trabas a la expansión en América. Flandes se independiza definitivamente. Los acuerdos firmados en la Paz de Wesfalia y la de los Pirineos resultan humillantes tanto para la nobleza como para el pueblo llano. España no está para obras de teatro. La familia real tampoco. Con el pretexto del luto por la reina Isabel de Borbón y el príncipe Baltasar Carlos, se cierran los corrales de comedias durante cinco años. Don Pedro pierde su puesto de director del Buen Retiro al que había dedicado grandes esfuerzos. Comienza su crisis particular. Le vemos participar como coracero real en la sublevación de Cataluña, convertirse en secretario del duque de Alba, enredarse en un amorío del que le nacería un hijo natural, terminar sus estudios de teología y ordenarse sacerdote en 1651.

Aunque es autor de obras tan populares como El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, La dama duende, e infinidad de sainetes y zarzuelas, a partir de este momento su actividad literaria se centra en los Autos Sacramentales, dramas alegóricos compuestos para ser representados el día del Corpus Christi. Tal vez de todos ellos el más representativo de su ingenio es El gran teatro del mundo. Convertido en capellán de Carlos II el Hechizado, se centrará hasta el fin de sus días exclusivamente en este género dramático.

Murió en Madrid, a los ochenta y un años de edad, dejando inconclusos los autos sacramentales encargados para aquel año.

 

Enlaces de interés:

La vida es sueño, libro digital en descarga gratuita

Calderón de la Barca y Polonia

Calderón de la Barca en los escenarios polacos

Genealogía de los personajes de la Vida es sueño 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco