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El puñal y la pluma. Las crónicas del rey Pedro IV de Aragón

Valencia, año del Señor de 1340

 

El joven secretario real, Tomás de Canellas, sintió un enorme desasosiego cuando se presentó un paje en el salón de la cancillería para comunicarle que el rey don Pedro, su señor, deseaba verlo de inmediato. Dejó los legajos que estaba examinando encima del escritorio, se alisó la ropa, se puso el manto y comprobó un par de veces que los pliegues caían correctamente sobre su espalda, alzó la cabeza ocultando su preocupación, y siguió al doncel hasta la cámara real con una estudiada pose de varón severo y circunspecto, como mandaba el protocolo del palacio. Aunque a él no le costaba ningún esfuerzo lograr esa apariencia porque  don Pedro IV, rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona le aterrorizaba. Al monarca le llamaban el Ceremonioso pues adoraba la etiqueta palaciega, pero también el del Punyalet porque de su cinto pendía una pequeña daga de la que no se desprendía ni para ir a dar las buenas noches a la reina. Las malas lenguas decían que no se fiaba ni de su sombra, y que él mismo había hecho correr el rumor de que si llevaba el puñalito era para utilizarlo. 

Tomás sabía que el rey estaba resentido con sus súbditos catalanes, y él había nacido a dos jornadas al sur de Barcelona. Siempre que se presentaba ante el monarca cuidaba sus modales y ponderaba sus palabras porque los incidentes de los primeros años del reinado todavía flotaban en el ambiente. 

pedro ceremoniosoDon Pedro había decidido coronarse rey en Zaragoza, desoyendo los consejos de su tío, el conde de Ampurias, sin haber jurado previamente los Utsages catalanes en Barcelona. Porque don Pedro, que durante su juventud había residido en Zaragoza, Ejea de los Caballeros y Jaca, se sentía aragonés. Pensaba que si tenía que hacer alguna concesión a las tierras que había más allá de Entenza, que era el señorío de su madre, su corazón se inclinaba por Lérida, porque él había nacido en La Franja, en la localidad de Balaguer. Así pues juró los Utsages en Lérida en lugar de Barcelona. Naturalmente a los catalanes no les gustó aquella actitud, y tomaron represalias políticas contra su señor natural, el rey de Aragón y Valencia. Por supuesto que estas habían sido neutralizadas por el partido aragonesista, pero don Pedro se había vuelto muy suspicaz y llevaba siempre consigo el punyalet.

Dos pajes abrieron los batientes de la puerta que comunicaba el corredor con la sala, mientras el que le había guiado se adelantaba unos pasos, anunciando su nombre al monarca, hacía una profunda reverencia y se colocaba discretamente junto a una puerta oculta por espesos cortinajes. Tomás hizo las reverencias de rigor y aguardó a que el rey hablara. Afortunadamente, su majestad era un hombre muy directo y su palabra resonó entre los muros de la cámara con ese inconfundible acento aragonés que era tan suyo.

—He tomado la determinación de escribir una historia general de la corona de Aragón que finalice en el reinado de mi padre. Y puesto que sois versado en lenguas y domináis el latín, el aragonés, el catalán y el castellano, he decidido que seáis vos quien inicie esta magna obra, buscando los documentos pertinentes allá donde fuera menester. No deseo que los castellanos sean los únicos que alardeen de las crónicas de sus reyes.

Tomás recordó que su alteza había ido a Castilla a firmar el Tratado de Madrid para repartirse las conquistas musulmanas con su amigo Alfonso XI el Justiciero y cómo los cortesanos del reino vecino se habían jactado de las joyas literarias que formaban parte del patrimonio real. A don Pedro le había sentado muy mal,  aunque lo había disimulado con una diplomática sonrisa. Una vez a solas con sus íntimos, les había asegurado que, cuando conquistaran a los moros el reino de Algeciras,  se tomaría un tiempo para dirigir una obra histórico literaria colosal, que pudiera competir con la de Alfonso X el Sabio de Castilla. 

Todavía no se había consumado la conquista de las tierras musulmanas, pero al rey de Aragón y Valencia parecía haberle entrado las prisas por comenzar el trabajo, y el encargado de llevar a cabo esta tarea era él, Tomás de Canella. El secretario regio no supo si temblar o regocijarse. Se sentía muy halagado, pero instintivamente sus ojos se posaron en el puñal del rey y bajó los suyos para disimular la intranquilidad que le producía su visión. ¿Y si a don Pedro no le gustaba el resultado final de sus investigaciones? 

—Majestad, os estoy muy agradecido; sin embargo reunir el material necesario para confeccionar esta crónica, me temo que será una ardua tarea. No sabría por dónde empezar…

El rey alzó una mano para imponer silencio.

—Os aconsejo que vayáis a Castilla y consultéis la Crónica del arzobispo Jiménez de Rada, titulada De Rebus Hispaniae, que habla de los remotos orígenes de los reinos cristianos. Saltaos a los romanos, que nada nos interesan, y pasad directamente a estudiar por qué los musulmanes se asentaron en nuestra tierra. No fieis de la versión castellana de los orígenes del reino de Aragón, sino encaminaos al monasterio de San Juan de la Peña. Allí hay depositados unos antiquísimos Anales con los hechos de mis antepasados. Y… —el rey, en contra de su costumbre, interrumpió su discurso como si tratara de buscar las palabras adecuadas, y continuó en voz baja, en tono de confidencia — aprovechad para informaros si Aragón perteneció alguna vez a Navarra o viceversa; la reina y yo tenemos opiniones encontradas a ese respecto… Me interesa conocer la verdad.

Al secretario regio le pareció un encargo muy natural, habida cuenta de que el rey se había desposado con una infanta navarra. Inclinó la cabeza en señal de aquiescencia.

El rey frunció el ceño y con toda naturalidad acarició el punyalet.

—Pero lo más importante es que me aclaréis las circunstancias en las que se unió la casa real de Aragón con la de los condes de Barcelona. Necesito saber por qué los catalanes están siempre dispuestos a cuestionar el poder de los reyes de Aragón, siendo simplemente los habitantes de un condado más de mis reinos. Y no me digas que su burguesía tiene una gran pujanza económica, que eso no es excusa suficiente para intentar sublevarse una y otra vez contra su señor.

Tomás comprendió que la entrevista se estaba complicando e hizo otra reverencia, dando a entender que rendía pleitesía a sus palabras. El Ceremonioso, haciendo honor a su apodo,  sonrió complacido ante el cortés acatamiento de su súbdito.

—Te daré cartas para mi amigo el bueno de Alfonso XI de Castilla, y para el abad de San Juan de la Peña, y para todos los archivos y abadías de mis reinos. Allí donde hubiera un documento que precisarais, allí os deberán facilitar su consulta. También os proveeré de una escolta, sufragaré los gastos de vuestros viajes, y a la vuelta os sabré recompensar adecuadamente.

El secretario real hincó la rodilla en el suelo e inclinó la cabeza.

—Alteza, os agradezco infinitamente la confianza depositada en vuestro humilde servidor y las  providencias que me facilitarán cumplir con vuestro encargo.

Pedro IV el Ceremonioso dio por terminada la entrevista.

Tomas de Canellas partió de Valencia hacia Toledo con un nutrido grupo de amanuenses y soldados. Avanzó hacia el oeste, atravesando hermosas huertas de almendros y naranjos; franquéo las escarpadas montañas que separaban el reino mediterráneo de la altiplanicie castellana; se desvió hacia el norte siguiendo el trazado de una antigua calzada romana que iba a parar a Titulcia, y desde allí cabalgaron en dirección sudeste hasta la capital del antiguo reino de los godos. Desde una colina coronada por un bosquecillo de olivos, divisaron la regia ciudad circundada por el Tajo, sus fuertes murallas, el antiguo alcázar de los reyes moros, las esbeltas torres de la catedral, las estrechas callejuelas, el castillo de San Servando convertido en monasterio, y varios arrabales rodeados por huertas y olivares.

Entraron por la puerta del este y fueron directamente al mesón donde se solían hospedar los comerciantes francos, catalanes y valencianos para asearse y cambiarse de ropa antes de visitar al arzobispo don Egidio y entregarle las cartas de presentación del rey de Aragón y Valencia,  solicitando su permiso para consultar las crónicas históricas en las bibliotecas toledanas. 

A este respecto no hubo problema. Don Egidio era del linaje aragonés de los Luna, y demostró una gran simpatía por los que consideraba sus paisanos. Dio instrucciones al deán de la catedral,  al abad del monasterio de San Servando y al jefe de la Escuela de Traductores para que se les facilitara a los enviados del rey de Aragón el acceso a todos  los códices que quisieran consultar.

escribaDurante varias semanas los escribanos que formaban el séquito de Tomás de Canellas copiaron varios textos en lengua latina. Algunas veces el secretario regio charlaba en latín con los bibliotecarios toledanos y les exponía sus dudas, que estos aclaraban en la medida de lo posible; pero siguiendo las instrucciones de su señor, el rey Ceremonioso, solo tomó unas breves notas sobre las luchas internas de los reyes godos, la llegada de los moros, la batalla de Guadalete, el repliegue de los cristianos hacia el norte, el nacimiento del reino de Asturias, el ascenso del reino de Pamplona y Nájera, el reparto de la herencia de su rey Sancho III el Mayor; las disputas de castellanos y navarros por La Rioja… El pacto entre el rey de León con su primo el de Aragón, repartiéndose entre ellos lo que actualmente era Navarra…

—¡Vaya! —se dijo—. Este relato puede ayudar a mi señor a dar cumplida respuesta a su esposa… O tal vez no… —agregó para sus adentros, pensando en el punyalet.

Y así, aunque De rebus Hispaniae era una crónica que daba una visión general de la historia de los reinos cristianos, copió sin saber muy bien si aquel material le sería útil o no; su intención era cotejarlo con los escritos de los Anales de San Juan de la Peña, y ceñirse a lo propiamente aragonés.

Terminada su misión en Toledo, emprendieron de nuevo el camino. Primero se dirigieron hacia la ciudad de Zaragoza,  el corazón del reino de Aragón. Durante días, protegidos por los guerreros toledanos que les había proporcionado el arzobispo, cabalgaron entre olivos, alcornoques y encinas, siguiendo el trazado de la antigua calzada romana de Cesaraugusta hasta llegar a la frontera castellano aragonesa, a partir de allí siguieron solos hasta la ciudad del Ebro donde tenían intención de descansar unos días y seguidamente viajar a las montañas del Pirineo. Sin embargo su estancia se demoró varias semanas. En la biblioteca del palacio de la Alfajería Tomás encontró una crónica escrita hacia el año 1305 y retocada una veintena de años después, que contradecía algunos puntos de los que había leído en Toledo. Lleno de dudas ordenó que la comitiva se dirigiera al norte, a Huesca, y de allí giraron hacia el oeste, internándose entre escarpadas montañas de la sierra de Guara. 

SanJuandelaPeñaLas jornadas a caballo cada vez eran más duras, pero cuando alcanzaron su destino y contemplaron el magnífico monasterio excavado en la roca, con aquella impresionante fachada de piedra labrada, la belleza de los capiteles de su claustro exterior, la enorme biblioteca, y en su iglesia pudieron venerar el cáliz que utilizó Nuestro Señor Jesucristo durante la Última Cena, Tomás y sus acompañantes dieron por bien empleado el viaje. Se sintieron como transportados a un lugar de leyenda. El cenobio entero comunicaba una paz y serenidad a la que no estaban acostumbrados ni Tomás ni los miembros de su séquito. La corte de Valencia era brillante, festiva, capaz de rivalizar en elegancia con las de Francia o Borgoña; pero cada cortesano, cada escribano, cada piedra del palacio real respiraban ese ambiente  bélico de las ciudades cercanas a la frontera con las taifas musulmanas.  En cambio allí, en aquel recóndito lugar del Pirineo parecía que se había detenido el tiempo.

Durante semanas el secretario real y sus ayudantes se enfrascaron en el agradable trabajo de leer los Anales de los primeros condes y  reyes de Aragón. Tomás los sentía tan cerca que le parecía oír sus voces resonando entre las paredes del scriptorium.

Según iba pasando páginas, comprendió la importancia de aquellas crónicas y decidió copiarlas enteras. Su pluma transcribió cómo el pequeño condado se fue extendiendo hacia el sur, conquistando a los musulmanes Barbastro, Jaca, Huesca…  Cómo por un pacto con el rey de León, el rey Sancho Ramínez de Aragón se convirtió también en el de Pamplona. Cómo sus tres hijos extendieron el territorio cada vez más al sur: Pedro I, que murió sin un hijo varón, y al que sucedió su hermano Alfonso I el Batallador. Este conquistó Zaragoza, pero fracasó en su intento de incorporar a su corona los reinos de León y Castilla... También murió sin hijos, y dejó sus reinos a los caballeros templarios. No gustó aquel testamento a los nobles. Los navarros decidieron separarse de Aragón. Los aragoneses eligieron como rey a su hermano Ramiro, que era monje. Exclaustrado a su pesar, se casó con una dama aquitana con la que tuvo una hija, llamada Petronila, a la que desposó con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, al que nombró príncipe de Aragón, pues aunque don Ramiro regresó al convento siguió siendo rey hasta su muerte...  

Entonces fue cuando Tomás comprendió por qué su señor le había mandado allí, y qué es lo que estaba buscando; pero tenía que comprobar si todo aquello era cierto.

RipollSe despidió de los monjes de San Juan de la Peña, y con su pequeño séquito de escribientes y soldados, cabalgó al monasterio de Santa María de Ripoll. En su biblioteca pudo consultar el texto de Gesta comitium barchinonensium, los Hechos de los condes de Barcelona. El relato le pareció tan sólido como el hermoso pórtico semejante a un arco triunfal que adornaba la fachada de la abadía. 

Terminado su trabajo, Tomás y los suyos se dirigieron al reino de Valencia, cabalgando a lo largo de la costa mediterránea.

 

Zaragoza, año del Señor de 1349

 

Don Pedro el Ceremonioso estaba sentado en su escritorio. Ante sí tenía un pliego de pergamino; su mano derecha jugueteaba con una pluma de ganso bien afilada. 

Caía la tarde, soplaba el cierzo y su ánimo se sentía un tanto melancólico.

Sus pensamientos volaron al día en que él y su esposa María de Navarra habían recibido en Valencia a Tomás de Canella en sus habitaciones privadas. Ellos estaban acomodados en sus sillas de respaldo, y el joven secretario de pie, junto a la ventana abierta al jardín donde florecían los naranjos; un suave perfume a flores de azahar impregnaba la estancia. 

Tras el saludo que el secretario realizó con la debida ceremonia, comenzó a dar cuenta de los datos que había recopilado en sus viajes, de cómo Aragón formó parte de los condados de la Marca Hispánica del reino de los francos, y después pasó a manos de los reyes de Pamplona.

Don Pedro recordó la discreta sonrisa de su esposa cuando llegaron a este punto. Y con qué interés siguió el relato del joven secretario cuando explicó la boda entre doña Petronila y el conde de Barcelona. 

—¿Entonces Ramón Berenguer IV  no fue rey de Aragón? —preguntó ella con cautela.

—Mi señora, solo príncipe —había contestado el secretario—. Aunque después de los esponsales el padre de doña Petronila regresó al monasterio, reservó para sí el título. Cuando murió su nieto fue reconocido como rey de Aragón y conde de Barcelona.

—Claro, querida —había explicado él, pacienzudo—. Don Ramón Berenguer, aunque era un ilustre varón, no tenía sangre real. La dignidad condal no puede preceder a la regia. Por eso yo soy rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona, y no viceversa. No sé por qué lo pones en duda, amor mío, esto sucede en todas las cortes cristianas. En Navarra también, supongo.

—Pues veréis, mi dignísimo señor —contestó ella—, he oído rumores sobre ciertos condados que quieren poner sus orígenes y dinastías sobre los reinos ya constituidos, y se atribuyen una dignidad superior a la que les corresponde.

Don Pedro recordó cómo estuvo a punto de dar un respingo en su silla, e instintivamente echó mano al punyalet

—No te estarás refiriendo al condado de Barcelona —dijo él, amoscado, pensando en que aquellos perillanes de Cataluña eran muy capaces de decir cualquier cosa con tal de salirse con la suya.

—¡Oh, no, mi señor! Me refiero al condado de Sobrarbe. La última vez que estuvimos en Zaragoza me refirieron que en una crónica aragonesa se asegura que tuvieron reyes anteriores a los de Navarra. Como no me lo creía, fui a la biblioteca de la Alfajería y lo leí en un texto fechado en 1305.

Durante un minuto se quedó en blanco, sin saber qué contestar a su esposa. ¿Que existía una crónica en la que se defendía semejante disparate? Se volvió a Tomás y le preguntó si aquello era verdad.

—Sí, mi señor. Yo también lo he leído.

—¡El mundo se ha vuelto loco! —exclamó indignado. 

Si dejaba que se propagara aquella especie sobre el condado de Sobrarbe, por muy aragonés que fuera, mañana sería el condado de Barcelona o el de Urgell, o el de Ampurias, los que reclamarían un status real dentro de la Corona de Aragón; pero había que ser justo con la Historia, y si era verdad, incluir lo de Sobrarbe en la crónica que había encargado a Tomás, por eso controló su malhumor e interrogó al secretario:

—¿Este asunto aparece consignado en los Anales de San Juan de la Peña?

—No, mi señor. Ni en la crónica de Ripoll. Solo aparece en una narración a la que ha hecho referencia la reina, escrita sobre el año 1305, y ampliada unos veinte años después. En lo demás sigue más o menos lo escrito por el arzobispo Jiménez de Rada, y los hechos de los reyes anteriores a vos.

—Pues bien, cuando redactéis el documento que os he encargado, tomad como base los Anales y olvidad en ese punto lo que leísteis en Zaragoza. 

—Así lo haré, mi señor.

 

Pedro el Ceremonioso volvió al presente. Suspiró e introdujo la pluma en el tintero. El cierzo seguía soplando fuera, hacía frío, y no se le ocurría cómo comenzar su propia crónica. Tomás de Canellas había terminado su encargo en el año 1342, cuando él y María de Navarra todavía eran felices. Comenzaba con los orígenes condales de Aragón y finalizaba con el reinado de su padre. Ahora él se proponía escribir los hechos de su reinado. Había decidido anotar de su puño y letra todo lo acontecido desde aquella fecha, porque necesitaba reflexionar, exponer sus razones políticas, y sobre todo desahogarse. Habían pasado siete años y muchas cosas. Había conquistado la ciudad de Algeciras y se había repartido el botín con el rey de Castilla; pero el único hijo varón que le había dado la reina María no había sobrevivido a la muerte de su madre. Siguiendo el ejemplo de su antepasado Ramiro el Monje, había intentado proclamar heredera de la Corona de Aragón a su hija mayor, la infanta Constanza. Entonces fueron los nobles aragoneses y valencianos los que se sublevaron, y no tuvo más remedio que dar marcha atrás y volverse a casar para dar a la Corona el heredero varón que todos solicitaban. La elegida fue la infanta Leonor de Portugal. 

—¡Pobre criatura! —pensó el rey —. Apenas si estuvimos un año casados. La peste negra que asoló mis reinos también la alcanzó a ella, y murió sin darme un hijo…

El papel seguía en blanco cuando recordó una anécdota de su padre, y luego otra y otra… Entonces tuvo una súbita inspiración y comenzó a escribir todo lo que le venía a la memoria sobre don Alfonso el Benigno. Ya no sentía frío ni en la estancia ni en el corazón. La pluma de ganso parecía moverse sola sobre el pergamino, y el alba le encontró entregado a la tarea. Escribiendo se sentía mejor, su ánimo se relajaba. Fue cuando tomó la determinación de redactar para sí todo cuanto acontecía a su alrededor. Más adelante tal vez podría construirse una gran crónica de su reinado; pero de momento estos apuntes eran suyos, y debían permanecer en la intimidad…

 

Barcelona, año del Señor de 1381

 

Leonor de SiciliaDurante años el rey don Pedro el Ceremonioso había cumplido fielmente su propósito y había consignado todos los grandes acontecimientos de su vida. Su boda con Leonor de Sicilia, una mujer de gran carácter, que no solo le había dado dos hijos varones sino que le había acompañado en sus campañas militares, había dado un viraje a los asuntos políticos. Según la reina, la Corona de Aragón no debía estar encerrada en sí misma, sino abrirse al Mediterráneo, a Mallorca, a Cerdeña, a Sicilia. Ella misma se había ocupado de intervenir en tales asuntos: había casado a la infanta Constanza con su hermano; promocionado el partido catalán dentro la corte siciliana; desbaratado la oposición aragonesa, mandado decapitar a su jefe… 

Su amigo Alfonso XI de Castilla había muerto, dejando el trono a su hijo Pedro I el Cruel, enfrentado con sus once hermanos bastardos. En aquella estúpida guerra civil se habían involucrado los ejércitos de Inglaterra y Francia. Los castellanos habían aprovechado los refuerzos para reclamarle el reino de Murcia, y habían osado a invadir y sitiar Valencia. Ni que decir tiene que, siguiendo los consejos de su mujer, el Ceremonioso se había declarado acérrimo enemigo de su tocayo de Castilla, y había tomado partido por sus hermanos bastardos.

Leonor de Sicilia había sido una gran reina y una gran compañera. Pero había fallecido. Y él, con cincuenta y seis años, se había vuelto a casar. Esta vez con Sibila de Fortiá, una dama de su difunta esposa: bella, joven, viuda, natural del Ampurdán, que había dado un nuevo giro a las cuestiones políticas. Por amor a ella había permitido que la corte se llenara de parientes de Sibila, nobles ampurdaneses y de toda Cataluña. 

Los catalanes llevaban ahora la batuta en todo tipo de cuestiones. Incluso en lo de la crónica. 

El rey le había mostrado a su joven esposa los apuntes de los hechos de su reinado, desde que fue nombrado gobernador general de Aragón, en tiempos de su padre, hasta la fecha de su boda. Por entonces había añadido a sus títulos los de duque de Neopatria y Atenas.

—¡Esta es una historia maravillosa! Tenéis una vida muy interesante, amor mío. Deberíais ordenar que se escribiera una nueva crónica con todos vuestros hechos —le había sugerido la reina Sibila.

—Señora de mi corazón, no tengo tiempo para poner en orden tantos datos… ¡Ah, el tiempo se me ha echado encima! Mi vista ya no es lo que era, y mi pulso flaquea. Además prefiero dedicarme a vos que a componer una historia. Las noches son muy placenteras en vuestra compañía…— contestó él con galantería. Aquella joven reina le tenía tan absorbido el pensamiento como le echaban en cara los hijos que había tenido con Leonor de Sicilia.

Ella sonrió complacida, jugueteó con los dedos de su esposo, le dio un cálido y suave beso en los labios y añadió con sutileza:

Cancillería real—Tenéis muchos secretarios en la Cancillería que solo se ocupan de redactar y transcribir aburridos textos legales. Dadles una oportunidad de hacer algo grande. Mandad que se traduzca al aragonés y al catalán esa interesante crónica que Tomás de Canellas escribió en latín. Haced que redacten vuestras memorias; pero no en ese idioma que solo entienden los funcionarios, sino en las lenguas de la Corona. Es más, me gustaría mucho que tradujeran algunos libros traídos de otros reinos, porque sería para mí una gran satisfacción escuchar su lectura…

—Verás, cariño, habría que modificar otra vez el cometido de la cancillería real aragonesa y...

—¡Pero si ya tiene una escuela de copistas y traductores!

—Bueno, sí, pero…

—Estoy segura de que podrás encontrar algún secretario que sepa redactar bien. Violante de Bar, nuestra «maravillosa» nuera tiene una estupenda biblioteca privada, y yo también quiero tener acceso a esos relatos; en especial a vuestras crónicas…

Al oír el nombre de la esposa de su hijo Juan, el rey Ceremonioso acarició maquinalmente el punyalet. El odio que sentían mutuamente su mujer y su nuera era de tal calibre que se habían formado dos bandos en la corte apoyando a cada una de ellas. Si no quería tener que utilizar la daga, era mejor hacerse el distraído y darle este capricho a su mujer. Después de todo, la crónica era obra suya.

—Hummm…De acuerdo… Deja que piense… Hay un par de secretarios que se podrían ocupar de ello. Por ejemplo Bernat Desclos, ese joven del Rosellón. Incluso el otro muchacho… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí! Arnau de Torrelles…. Me recuerdan mucho a Tomás de Canellas. Son honestos y meticulosos…

—¿Entonces me daréis gusto? 

El rey sonrió y asintió con la cabeza. 

Sibila le besó apasionadamente. 

 Bernat Desclós y Arnau de Torrelles presentaron a los monarcas el resultado de su obra en el año del Señor de 1383. Dos años después, la segunda redacción con algunos pequeños cambios. 

 Pero la felicidad no dura para siempre. Pedro IV el Ceremonioso, también conocido por el del Puñalet, murió en Barcelona, el 5 de enero del año 1387 y el nuevo titular de la Corona de Aragón encerró a Sibila de Fortiá en el castillo de Montcada. Veinte años más tarde moriría también en Barcelona.

 

Crónica de Pedro IVPedro IV el Ceremonioso fue rey de Aragón, Valencia, Mallorca, duque de Atenas y Neopatria, conde de Barcelona, y el último año de su vida, conde de Ampurias. Conocemos su vida gracias a la autobiografía que empezó a escribir más o menos a partir del año 1349, y que se conoce como Crónica de Pedro el Ceremonioso, y cuya redacción final se debe a Bernat Desclos y Arnau Torrelles. Él la comenzó en aragonés, y los dos secretarios de la cancillería la terminaron y tradujeron al catalán.

Anteriormente había mandado a Tomás de Canellas escribir en latín la Crónica de San Juan de la Peña, a partir de unos Anales que se conservaban en dicho monasterio. Años más tarde este texto se tradujo al aragonés y al catalán. 

La gran novedad de este monarca es su afición literaria. Reformó la cancillería real, cuya función con monarcas anteriores se limitaba a transcribir en latín los documentos necesarios para el gobierno de la Corona. A partir del año 1373,  Pedro IV incorporó un equipo de traductores y copistas que podían competir con los de los monasterios más famosos. Expresándolo en términos modernos, podríamos decir que con la reforma del rey Ceremonioso, la cancillería real no solo funcionaba como un ministerio sino como una editorial que trabajaba para la familia real. Porque sus sucesores mantuvieron esa línea. No en vano, la esposa de Juan I de Aragón, Violante de Bar, fue una prolífica escritora del género epistolar, como atestiguan los nueve mil folios recogidos en cuarenta y cinco volúmenes que se conservan en el Archivo General de la Corona de Aragón.

Dicha Corona en tiempos de Pedro IV el Ceremonioso estaba compuesta por territorios peninsulares y de ultramar. En la península Aragón, Valencia y Cataluña tenían sus propios órganos de gobierno — Cortes, Generalidades— que se reunían por separado. En el transcurso de su reinado se fueron uniendo nuevos territorios mediterráneos: Mallorca, Neopatria, Atenas; sus descendientes agregaron Sicilia y Nápoles.

Gobernar la Corona de Aragón fue para sus reyes un constante ejercicio de equilibrio político, que no siempre pudieron conseguir. Cuando el rey daba prioridad a los asuntos de uno de los territorios, protestaban los demás. En el caso de Pedro IV el Ceremonioso, comenzó como gobernador general de Aragón en tiempos de su padre, y durante los primeros años de reinado se comportó más como rey de Aragón. Casado con una infanta de Navarra, amigo del rey de Castilla, tuvo que hacer frente a la rebelión de Cataluña. Después priorizó los intereses de Valencia, Mallorca y Sicilia. Al final de sus días, perdidamente enamorado de Sibila de Fortiá,  la corte se llenó de parientes de la reina, todos nobles catalanes, y Barcelona se convirtió en su residencia favorita.

¿Existió una Corona catalanoaragonesa? En realidad, no. La Corona tenía a Aragón como reino patrimonial, al que se anexionaron los demás territorios. La potestad real le venía a Pedro IV el Ceremonioso por ser descendiente de los reyes de Navarra y Aragón. Ramón Berenguer IV de Barcelona solo transmitió a sus descendientes la dignidad condal. En la Edad Media el linaje lo era todo.

¿Existió una cultura catalana? Evidentemente sí. El navarro-aragonés y el catalán eran dos lenguas distintas. La primera, al igual que el navarro-castellano, tenían una gran influencia del occitano; la segunda, del provenzal. Gracias al trabajo de la cancillería real aragonesa, el latín se fue sustituyendo poco a poco por nuevas estructuras sintácticas que le aproximaban al catalán, pero que tampoco lo era: había nacido el valenciano. Esto en cuanto a las modalidades que se hablaba en la corte y con las que trabajaban sus funcionarios; sin embargo, la lengua hablada evolucionó libremente. Aunque por aquella época, en que las lenguas romances no se habían distanciado mucho de su tronco común, el leonés, el gallego, el portugués, el castellano, el aragonés, el catalán, el valenciano y el mallorquín se parecían bastante entre sí. Los hablantes de estas modalidades del latín vulgar podían comunicarse perfectamente entre ellos, y con los hablantes del aranés, el occitanto, el provenzal, el limusín, el siciliano, y haciendo un poco de esfuerzo, con los que hablaban las lenguas d’oil del norte de Francia. 

Es curioso como al confeccionar sus crónicas medievales, los cronistas aragoneses, catalanes y portugueses siempre consultaban la del arzobispo de Toledo, De rebus Hispaniae —De las cosas de España—, porque era la que  consideraban más completa.

 A propósito del nombre de España, hay que hacer una precisión: aunque se pronunciaba exactamente igual, las palabras Espania y Spania no significaban lo mismo. La castellana Espania (en leonés Espanha) designaba lo que los romanos consideraban Hispania, toda la península ibérica. El término Spania o Espanya para navarros, aragoneses y catalanes, que cuando  sus tierras eran condados habían pertenecido al reino de los francos, significaba lo que no era Francia. La Corona de Castilla heredó del reino de León esa visión de conjunto que aparece en la obra de Jiménez de Rada. La de Aragón, heredera de la Francia feudal, se decantó por  una organización territorial fragmentada, algo que también se deja ver en sus crónicas. El carácter pactista de los territorios de la Corona de Aragón donde el rey no podía dar un paso sin negociar previamente por separado con las Cortes de cada territorio, no tenía nada que ver con la fórmula de la Corona de Castilla, en la que el rey se reunía con las Cortes Generales, que englobaba a  todos los territorios gobernados por él, básicamente para aprobar los impuestos o legislar modificaciones del Fuero Juzgo.

Estas dos mentalidades, tan bien descritas en las crónicas y recogidas en numerosos documentos de las cancillerías de las dos Coronas, todavía perduran en el imaginario popular. Los problemas territoriales del siglo XXI son el reflejo de lo que se gestó antaño. Conocer nuestros orígenes, es comprender mejor nuestros problemas actuales. El lector, en todo caso, tiene la última palabra.

 

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

ENLACES DE INTERÉS:

Crónica Pinatense

 

Crónica de San Juan de la Peña – Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita, 51-52

 

Crónica del rey de Aragón, D. Pedro IV el Ceremonioso, o del Punyalet

 

Crónica aragonesa de 1305

 

De Rebus Hispaniae. Literatura de Rodrigo Ximénez de Rada

Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.

Jimena, una historia de amor

 

Cangas de Onís, 1073

JimenaJimena Díaz de Asturias se arrebujó bajo el manto y alzó la mirada al cielo. Al salir de la casona de los Fláinez con su hermanastra Aurovita y sus doncellas, el sol brillaba en lo alto, el verde de los prados era intenso y olía a bosque. Ahora el cielo era gris, se había levantado un fuerte viento que arrastraba las nubes por encima de los árboles en dirección a la villa y se percibía un lejano olor a tierra mojada. Eso es lo que tenía Asturias: el paisaje era hermoso bajo la luz del sol y de pronto el cielo se oscurecía y comenzaba a llover, envolviendo de melancolía sus pensamientos.

En Oviedo Jimena podía gozar de animación de la corte condal, pero en Cangas la vida era bastante aburrida. Aurovita y Onnecca eran hijas del primer matrimonio de su padre; Rodrigo, Fernando y ella, del segundo. Tal vez por ese motivo y porque todos le doblaban la edad, sus relaciones con ellos solo eran corteses y distantes. 

paisaje asturianoAquella mañana su media hermana había querido dar un paseo por el campo, en vez de encerrarse a hilar en la sala de costura. Un hecho que a Jimena le pareció insólito; y más cuando apenas se habían internado en los prados comunales donde pastaban las vacas, Aurovita había mandado a sus criadas que fueran en busca de flores aromáticas y hierbas medicinales.
Contra toda norma de etiqueta se habían quedado solas.
Entonces la mayor de las dos hermanas, rodeó los hombros de la pequeña con su brazo, girándola con suavidad hasta que quedaron frente a frente. La muchacha pensó que iba echarle la bronca; pero en los ojos de su hermanastra no había ira, sino compasión y ternura. Jimena tuvo un sobresalto. Su hermanastra no era especialmente efusiva, y menos con ella.
—Jimena, tengo que darte una noticia. El rey Alfonso ha pensado en tu boda. Te vas a casar con uno de los hombres más valientes de nuestro linaje.
—¿Le conozco?
—Creo que habrás oído hablar de él. Se llama igual que nuestro hermano Rodrigo, su padre también tenía por nombre Diego… Es castellano… De Vivar…
Claro que he oído hablar de él. Hacía pocos días que un juglar había cantado sus hazañas en la plaza del pueblo.
—Sí. Es al que apodan el Campeador.
—Efectivamente. Es un hombre rico. Su familia afín a la nuestra. Nosotros somos del clan de los Flaínez de Asturias; él pertenece a los Láinez castellanos… —prosiguió Aurovita —. Su abuelo fue desterrado a Castilla por oponerse al rey de León… Ellos se llaman Láinez, porque…
—En Castilla no saben pronunciar la efe al principio de palabra. Nuestro abuelo fue padre del suyo. Así que más o menos somos primos lejanos.
—Bueno, ¿qué te parece?
Jimena tuvo un golpe de rebeldía, y estuvo a punto de contestar desabridamente; sin embargo, se contuvo a tiempo y se limitó a responder con amargura:
—¿Qué me va a parecer? ¿Es que puedo opinar? ¿Lo permiten nuestras leyes y tradiciones? ¿Acaso no me habéis dicho desde niña que la doncella debe casarse con quien designen sus padres o sus hermanos mayores, y que no le es lícito entregar su amor a quien no le estuviera destinado? Yo obedezco, Aurovita. Solo eso: obedezco.
Jimena se echó a llorar y se mordió los labios.
Aurovita comprendió: el corazón de su hermana ya pertenecía a otro. En silencio, sin que nadie se hubiera dado cuenta, Jimena se había enamorado de algún caballero al servicio de su hermano, el conde de Oviedo; o tal vez de alguno de sus numerosos primos. Pero en cualquier caso aquel era un amor prohibido. El Liber Judiciorum no permitía el enlace de una mujer, noble o plebeya, con un hombre de categoría inferior a la suya; y la Iglesia, con un pariente cercano.
A Aurovita se le encogió el corazón al ver la cara resignada de Jimena. La tomó entre sus brazos e hizo que reclinara la cabeza sobre su hombro.
—No te preocupes, Jimena. Créeme que te comprendo. Yo también pasé por lo mismo… Pero luego… No sé… Hay cosas entre el marido y la mujer que… Bueno, te acercan en el lecho y en la vida… Después vienen los hijos… —musitó Aurovita, acariciando maternalmente su pelo.
—No tengo nada en contra de Rodrigo Díaz de Vivar… Incluso dicen que es muy guapo— balbuceó la joven, ya más calmada.
—No tanto como tú, hermanita… —dijo, levantando la barbilla de Jimena—. De verdad que eres una joven muy bella, como corresponde a una novia afortunada.
Y era cierto. Jimena tenía un rostro agraciado, el pelo castaño tirando a rubio, los ojos pardos, con reflejos verdosos, la boca grana, las manos delicadas, el talle esbelto; de estatura regular; sus modales eran gentiles, agradables, y sabía vestir con elegancia…
—Si ese castellano no sabe apreciarte, es que es tonto de remate, mi niña.
Jimena se secó las lágrimas
—Gracias, Aurovita. Espero que mi futuro esposo comparta tu opinión. Eso es lo importante, ¿no es así?
—¡Como no lo haga, le pego un estacazo! ¡Palabra de hermana mayor!— contestó en broma la interpelada, intentando animar a Jimena.
Antes de que ésta pudiera responder, se oyó un trueno en la lejanía y comenzó a chispear. Las doncellas regresaron apresuradamente con los cestos llenos sobre sus cabezas.
—¡Vámonos a casa antes de que comience a llover en serio!— ordenó Aurovita.
El chaparrón las alcanzó dentro de la villa, justo cuando pasaban cerca de la iglesia. Se resguardaron bajo el tejadillo sostenido por recios pilares, que servía de porche en la fachada sur del crucero. Las dos hermanastras se sumieron en sus pensamientos sin hacer caso de los cuchicheos de las doncellas, que habían dejado las cargas en el suelo y se entretenían hablando de sus amores.
casonaCuando paró de llover salieron otra vez a la empinada calle que llevaba a la casona. Un viento ábrego sopló, esparciendo las nubes de aquí para allá. Jimena se arrebujó en su manto, sintiéndose terriblemente decepcionada con la vida.
Tan solo unos meses antes había conocido los sentimientos de Favila, uno de los muchachos que servían a las órdenes del marido de Aurovita.
Hacía tiempo que la miraba con ojos de cordero degollado. Una tarde en el que las damas de la casa hilaban junto al fuego, el muchacho se había acercado al grupo y, so pretexto de echar unas ramas de enebro a la lumbre, había rozado suavemente su mano.
El contacto había despertado en ella la necesidad de saber si había sido casual o si pretendía decirle algo.
A la mañana siguiente, pidió a Favila que la acompañara a casa de su amiga Cristina, que vivía en una de las casonas de la plaza.
Favila se había puesto colorado, y guardó silencio casi todo el trayecto, hasta que no pudo más y le dijo de sopetón que la amaba.
Ella se limitó sonreír; apretó el paso sin decir palabra, sintiendo que el corazón le estallaba de felicidad dentro del pecho.
Una vez dentro de la casa, despidió a Favila y llena de emoción le contó lo sucedido a Cristina. Estuvieron toda la tarde riendo y cuchicheando en voz baja, mientras cosían en la cocina.
Las dos muchachas parecían tan felices que la nodriza de Cristina intuyó lo que estaba pasando y les echó un severo rapapolvo por fantasear más de la cuenta, en lugar de pedir a Dios que sus padres eligieran para ellas un novio acorde con su estirpe, y que fuera rico y valiente.
Jimena regresó a casa de Aurovita acompañada por el hermano mayor de su amiga, y cuando llegó pudo comprobar que los celos se dejaban traslucir en la mirada de Favila.
El muy tonto no sabía que aquel joven estaba prometido, y que no tenía nada que hacer con ella, ni por linaje ni por cariño. Porque ella solo le amaba a él, a Favila.
Le amaba, le amaba, le amaba, le amaba… ¡Era tan bonito el amor!
Era bonito verse fugazmente a través de las celosías, coincidir los domingos en la iglesia o contemplar la sonrisa de Favila cuando se cruzaban sus ojos. Por las noches se imaginaba a los dos paseando de la mano, besándose en un claro del bosque bajo la luz de la luna, casándose, teniendo hijos… Una vez soñó que yacía con él en la misma cama; se despertó sobresaltada y se echó a llorar, porque sabía que su amor no tenía futuro.
Cuando Aurovita le anunció que su boda había sido concertada, Jimena creyó que su mundo se venía abajo. Tenía ganas de llorar, de gritar, de escaparse, de ingresar en un monasterio. Todo menos aceptar el novio que había elegido el rey para ella. ¿Pero acaso podía desafiar al poder real?
Aquella noche hundió su cara sobre la almohada y lloró copiosamente. Nadie, ni siquiera un valiente caballero con la fama del Campeador, podría nunca ocupar en su corazón el lugar de Favila.

 

Camino de Santiago, 1073
Teresa y Sancha Rodríguez cabalgaban sobre sus mulas bajo el tibio sol otoñal; las hojas de los árboles lucían una gran variedad de tonos verdes, rojizos y amarillos; las nubes se reflejaban sobre los ríos y arroyos que cruzaban sobre recios puentes de piedra, o vadeaban sin bajarse de las cabalgaduras. Las escoltaba la mitad de la mesnada del hijo de Sancha, Álvar Fáñez, entonando canciones de gesta.
Comitiva2Teresa había quedado con su hijo Rodrigo que se encontrarían en el camino de Santiago, antes de llegar a León.
Suponía que saldría al encuentro al mando de una nutrida compaña y que entrarían todos juntos en la capital del reino.
Las dos hermanas habían recibido cartas de Rodrigo Díaz comunicándoles que el rey había decidido casarlo con su sobrina Jimena a comienzos de otoño, y que las dos debían ser testigos de la boda y ratificar la dote que debía dar a su prometida.
A Sancha la noticia le había pillado en Orbaneja, y a Teresa en Vivar. Las dos estaban en sus fincas, supervisando las faenas agrícolas, pues eran viudas; después de leer la misiva y consultar a los varones de la familia, decidieron hacer el viaje juntas.
Se citaron en Burgos el día de San Miguel. Allí Teresa poseía una hermosa casa, que había heredado de Diego Láinez, su difunto marido.
La noche de su llegada, la mayor de las hermanas despidió a la servidumbre y se sentó en el escaño de su habitación, con Sancha a su lado, iniciando una fluida conversación. Primero recordaron los viejos tiempos en Asturias, en casa de su padre; se rieron de sus travesuras infantiles; rememoraron sus bodas y las peripecias de sus partos; se dieron mutuamente noticias sobre sus conocidos, sus tierras, sus ganados, sus siervos; pero luego pasaron a lo que realmente les preocupaba: la boda.
—Teresa querida, es un gran honor para nuestro linaje que el rey haya concedido a tu hijo Rodrigo la mano de Jimena Díaz de las Asturias; eso demuestra el gran aprecio que nos tiene… Sin embargo no noto ninguna alegría cuando hablas de estos esponsales…
—Es que estoy muy preocupada... En este asunto hay algo raro, algo que me desazona… Sancha, ¿tú sabías que Jimena es sobrina del rey?
—No, no lo sabía…
—Y mira que has estado veces en la corte de León.
—Bueno, sí; pero que no se haya mencionado nunca este vínculo no tiene la menor importancia. Lo importante es que tu hijo va emparentar con la familia real. No entiendo el motivo de tus lamentos.
—Es que no sé quién es el padre de la novia.
—¡Teresa, por favor! Todo el mundo sabe que es hija del conde Diego Fernández de Asturias.
—Recuerdo perfectamente que el conde murió en el año 1046 porque yo fui a su entierro, y solo vi a Onneca y Aurovita. Estamos en el año 1073, suponiendo que Jimena fuera entonces una niña de pecho, ahora debe de tener cerca de los treinta años.
—Quieres decir que… a saber qué aspecto tiene… —comentó compungida doña Sancha, comprendiendo la cuita de su hermana. Aquella mujer era muy vieja; lo normal era casarse al llegar a la edad núbil. Ella lo había hecho a los quince años.
—Sé que no es fea… Nuestra prima la condesa de Oca me ha escrito diciendo que la conoce. Es joven y bella. No aparenta más de los diecisiete años… Y eso es lo que me desconcierta. Nadie puede nacer después de morir su padre… A menos que hayan utilizado el nombre de don Diego como tapadera de un desliz dentro de la casa real…
—¡Santo cielo! ¿Y crees que tu hijo estará dispuesto a… seguir el juego al rey? ¿Y los supuestos hermanos…?
—Rodrigo prefiere hacerse el tonto… Ya sabes lo que sucedió el año pasado en Zamora… Cuando murió el rey don Sancho, de repente se vio desposeído de su condición de príncipe de la milicia castellana, y necesita hacerse un hueco en la corte de Alfonso VI… En cuanto a los hermanos de Jimena, supongo que serán los primeros interesados en ser discretos... Rodrigo, el mayor de los varones, fue confirmado como conde después de la muerte de su padre; el pequeño obtuvo un sustancioso cargo palatino; Onneca y Aurovita están muy bien casadas con caballeros cercanos a la familia real.
Sancha no sabía qué responder a su hermana. Teresa continuó:
—Pero imagínate que nuestra prima me hubiera gastado una broma, y que Jimena fuera mayor que mi hijo… Las leyes prohíben que la novia tenga más edad que el novio… El matrimonio sería nulo, o podría ser anulado más adelante al arbitrio del rey, y mi pobre Rodrigo sufriría… Porque a don Alfonso no se le puede llevar la contraria, ya sabes cómo es… Y además está el parentesco; porque mi difunto marido también era un Fláinez, tienen antepasados comumes… —concluyó Teresa, echándose a llorar
Sancha comprendió el motivo de sus lágrimas: la Iglesia podría excomulgarlos por incesto.
Se hizo un tenso silencio, que rompió la dueña de la casa, limpiándose las lágrimas con la punta del brial.
—Será mejor que nos vayamos a dormir. El viaje de Orbaneja a Burgos ha sido largo, y supongo que estarás muy cansada… Dentro de unos días partiremos hacia León.
Ahora Teresa cabalgaba sobre su mula, mientras el fresco aire otoñal hacía ondear los pendones de la mesnada, y no dejaba de pensar preocupada en aquella extraña boda, que la llenaba al mismo tiempo de orgullo y temor.
Para apartar estos pensamientos y distraerse, recordó sus viajes anteriores a la corte de León. El primero fue cuando partió de Asturias para casarse con el padre de Rodrigo; entonces era casi una niña. Después el que hizo, siendo viuda, para presentar a su hijo a los reyes y pedirles que fuera admitido en la escuela palatina. Años más tarde acompañó a su hermana, que postulaba lo mismo para Alvar Fáñez y Álvaro Álvarez, sus sobrinos favoritos.
Teresa y Sancha se habrían conformado con que los muchachos hubieran obtenido una buena acogida en la corte; pero bajo la protección real, Rodrigo había sido nombrado escudero del heredero de Castilla; Alvar se había integrado en la escolta del de León. Rodrigo había escalado puestos hasta ser nombrado príncipe de la milicia castellana; Alvar, capitaneaba su propia mesnada. Pero todo esto se había derrumbado después de la tragedia de Zamora.
Y ahora, por alguna razón que desconocía, el rey había querido enaltecer a su hijo, introduciéndolo en su familia; pero su intuición de madre le decía que aquello podría terminar mal, muy mal.

 

León, 1073
Jimena consideraba que había sido muy bien recibida en palacio real. Los primeros días, la infanta doña Elvira se hizo cargo de ella, puliendo sus modales y poniéndola al día sobre los hábitos de la corte. La esposa del conde Ansúrez, el maiordomus regis, le explicó detalladamente cómo funcionaban el erario, la secretaría, y que el deber de las damas principales del reino era ocuparse de la intendencia de la hueste, lo mismo que las esposas de los capitanes debían proveer a las necesidades de las mesnadas, y las mujeres de los labradores y artesanos a las de sus maridos cuando iban a la guerra.
Después fue incorporada a la casa de doña Urraca Fernández, la hermana mayor del rey. Aunque doña Urraca era reina de Zamora, vivía en la corte leonesa. En realidad era ella la que gobernaba los reinos de Galicia, León y Castilla.
Jimena, formando parte de las doncellas de su séquito, aprendió las sutilezas de la política y las negociaciones con los condes y los embajadores musulmanes, y asistió a una sesión de la curia regia.
Don Alfonso VI le proporcionó una afectuosa acogida el día que le fue presentada. Aunque le veía poco: siempre andaba muy ocupado de aquí para allá, de reino en reino, de ciudad en ciudad, de lecho en lecho, de alcoba en alcoba; porque cuando no estaba embarcado en alguna guerra, dividía su tiempo entre la reina Inés y su amante, Jimena Muñiz, la hija del conde don Munio.
Cuando vivía en Asturias, creía que su nombre era raro porque los que allí se estilaban eran de rancia tradición visigoda; sin embargo en la corte resultaba muy común, porque era el nombre dinástico del reino de Pamplona, y lo habían llevado varias infantas navarras casadas con reyes de León, que a su vez lo habían transmitido a sus hijas, sus nietas, sus ahijadas de bautizo… En fin, que para entenderse entre tanta Jimena como había en la corte, tenían que utilizar sus apellidos y lugares de nacimiento.
De todas las doncellas del palacio, Jimena Díaz de las Asturias, era la mayor; porque las otras jóvenes de su edad, hijas, sobrinas, primas de los magnates de la curia regia, ya estaban casadas y algunas tenían uno o dos hijos.
El asunto de la fecundidad la tenía muy preocupada desde que supo que don Alfonso pensaba separarse de la reina Inés porque no le había dado ningún vástago, y andaba buscando el favor de Roma para casarse con la hija de don Munio, que sí le había dado descendencia.
Durante los primeros meses de su estancia en la corte lloró cada noche evocando el recuerdo de Favila. Hasta que un día se enteró de que se había casado con una joven viuda gallega, y que el matrimonio se había hecho por amor. ¡Por amor! ¿Cómo que por amor? ¿Tan pronto la había olvidado?
Preguntó, indagó y se enteró que la pareja vivía en Lugo, al servicio del conde Ovéquiz y que el muchacho había medrado en aquella corte desde que la viudita de quince años le había declarado su amor y él había aceptado gustoso casarse con ella. Se mordió los labios para no llorar cuando oyó a la infanta doña Elvira contar aquel chisme a su hermana Urraca: la ley permitía a la viuda elegir marido y aquella lagarta se había aprovechado de la ambición de Favila para engatusarlo.
Entonces se dio cuenta: Favila le había declarado su amor para obtener un cargo en la corte de Oviedo.
En aquel momento se sintió tan herida y despechada que envidió la soltería de la reina de Zamora, y deseó meterse a monja.
Sin embargo aquellos pensamientos no llegaron a echar raíces en su corazón porque anhelaba amar y ser amada.
Cada vez que doña Eylo ensalzaba delante de ella el valor y la gallardía de Rodrigo Díaz de Vivar o la infanta Elvira ponderaba el extenso patrimonio que poseía en Castilla, Jimena sentía una viva curiosidad por conocer a su prometido. Sobre todo cuando los juglares amenizaban las veladas del palacio con alguna breve canción dedicada a él.
llegada del Cid copiaUna tarde lo vio a través de las celosías de la sala de costura. Un rumor de cascos de caballo, piafar de corceles, voces de mando y sonido de clarines avisaron a las damas de la corte de que un caballero había llegado al palacio. Doña Urraca y sus doncellas se levantaron de los asientos y, dejando sus labores, atisbaron discretamente por la ventana.
—Ese es don Rodrigo. ¿Qué te parece? —preguntó la reina de Zamora, señalando al más alto de todos.
A Jimena le dio un vuelco el corazón. Nunca hubiera creído que los elogios que había escuchado sobre él se quedaran tan cortos. Su futuro esposo era el varón más bizarro y apuesto que había visto en su vida. Tenía un aspecto arrogante y gentil al mismo tiempo; su espesa barba le daba un aire muy distinguido.
—Es muy guapo, alteza —contestó, ruborizándose.
Doña Urraca Fernández sonrió complacida.
Durante el breve espacio de tiempo que Rodrigo Díaz de Vivar estuvo en la corte, a Jimena no le permitieron hablar con él, y se tuvo que conformar con espiarle a hurtadillas a través las cortinas del salón real o de las celosías del segundo piso. De modo que su curiosidad fue creciendo día tras día.
En el banquete de despedida con que Alfonso VI obsequió al magnate castellano, se atrevió a lanzar una mirada oblicua hasta el final de la mesa donde ambos estaban sentados, cada uno en un extremo; y se sorprendió al ver que él también la observaba con asombro y simpatía. Se volvió descaradamente hacia Rodrigo y le dirigió una amplia sonrisa. Él inclinó la cabeza con gentil reverencia y alzó su copa en dirección a ella.
El pulso de la muchacha se aceleró y sintió mil mariposas revoloteando en sus entrañas. Doña Urraca Fernández se dio cuenta del sonrojo de su protegida y le susurró al oído:
—Paciencia, querida. Mañana tu prometido saldrá al encuentro de sus parientes castellanos, que ya vienen de camino, y pronto se celebrarán tus esponsales.

Camino de Santiago - 1073
La mesnada de Rodrigo Díaz de Vivar se encontró con la comitiva de su madre cerca de Sahagún. Y cuando después de descansar durante un día entero emprendieron el camino hacia el sureste en lugar de seguir recto hacia el oeste, la alarma de doña Teresa Rodríguez y de su hermana fue en aumento. Doña Sancha pidió a su hijo que hablara con su primo para informarse por qué tomaban aquel camino que se adentraba en las tierras del conde Ansúrez.
—Estamos cumpliendo órdenes del rey. Di a las damas que la boda no se celebrará ni en Oviedo ni en León, sino en Palencia —contestó escuetamente Rodrigo Díaz a Álvar Fáñez.
Aquello dio mucho que pensar a su madre y a su tía; pero solo se atrevieron a dirigirse miradas cómplices durante el día, y a hablar en susurros durante la noche, mientras intentaban conciliar el sueño bajo la lona de la tienda de campaña.
A la mañana siguiente, Teresa trató de sonsacar a su vástago. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta.
—Hijo mío, perdona la curiosidad de tu madre, y dime si conoces a la novia, y si es de tu agrado. ¿Es guapa? ¿Qué edad tiene?
Rodrigo sonrió mientras recordaba la grata impresión que le había causado Jimena la noche del banquete.
—La he visto de lejos. Doña Urraca Fernández es muy estricta en lo tocante al protocolo de la corte. Pero he de deciros que es joven y bella.
«Muy bella», repitió Rodrigo mentalmente, recordando los ojos verdes de la muchacha, su andar grácil que evocaba una suave brisa de primavera, su esbelto talle y sus firmes curvas apenas disimuladas por los pliegues de su túnica blanca y su brial de seda azul. Sus cabellos tenían el color de trigo maduro, y sus labios eran dignos de ser besados.
Doña Teresa escrutó el rostro de su hijo y comprendió que se había enamorado.
Aquella noche le comunicó a su hermana lo que había descubierto. Y ambas convinieron en que en aquella boda había algo raro; algo que tenían que ocultar a la corte, y que por eso la ceremonia la iba a realizar don Miro, el obispo de Palencia…

 

Palencia, 1073
Las doncellas vistieron a Jimena con una túnica y un brial blanco; colocaron sobre sus hombros un manto azul cielo con ribetes de armiño, cerrado en el cuello con un broche de oro. Sus cabellos trigueños caían sobre su espalda, como correspondía a una virgen; una corona de flores ceñía sus sienes.
La novia echó un vistazo a los vestidos de casada que esperaban sobre la cama. Antes de ir al banquete debía cambiarse de ropa y aparecer ante su esposo y los invitados ataviada de matrona, con el pelo recogido en trenzas bajo un discreto tocado.
Se sentía muy nerviosa. En realidad no conocía nada de su futuro marido, excepto su fama de guerrero. No sabía qué carácter demostraría en la mesa y en el lecho, y esto era muy importante para la paz conyugal, como solía decir doña Eylo. Además los últimos días habían sido… No sabía cómo calificarlos… Pensaba que iba a casarse en la corte, y doña Urraca le había dicho que el rey prefería que lo hiciera en los dominios del conde Ansúrez. Ciertamente que doña Eylo se había portado muy bien con ella y le había explicado cuáles era sus obligaciones respecto a su cónyuge. Siempre había pensado que cuando se casara esta charla estaría a cargo de Onneca o Aurovita… Sin embargo sus hermanos no iban a asistir a la boda… Era raro… Había algo que flotaba en el ambiente; algo que ella no comprendía muy bien, pero que intuía que estaba relacionado con la larga conversación que el rey había sostenido a solas con Rodrigo Díaz. Tras esa conversación, doña Urraca le había informado que el novio accedía a darle como dote la mitad de sus bienes, sesenta y cuatro aldeas con sus gentes, ganados, viñedos, pastos, molinos, herrerías y campos de labor. Que en Castilla se acostumbraba a dotar a la novia solo con la décima parte de los bienes del novio, pero que don Rodrigo había accedido a casarse bajo el Fuero de León, porque —y esto lo recalcó doña Urraca— quería rendir homenaje a su belleza y virginal connubio. Que una vez realizada la ceremonia y pasada la semana de agasajos, partiría con su marido a Asturias, donde ambos residirían durante su primer año de matrimonio.
Jimena se sintió muy aliviada al saber que durante todo este tiempo podría ver a sus hermanos, y visitar los lugares que la habían visto crecer. La madre y la tía de Rodrigo le parecían damas severas y adustas. Todavía no las había visto sonreír ni una sola vez. Bueno, una. Cuando doña Urraca les había asegurado que las aldeas que correspondían por herencia del abuelo materno a Alvar Fáñez y a su primo Álvaro Álvarez no formarían parte de su dote… Eran dos señoras muy extrañas que vestían al estilo de Castilla, y que se dirigían a los criados en un latín rarísimo…
Entraron doña Urraca Fernández y doña Eylo en el lugar donde la estaban terminando de vestir y colocar los pliegues del manto; las doncellas se inclinaron ante la reina de Zamora, y esta sonrió y dio su aprobación al aspecto de la novia.

beso—Estás muy guapa, Jimena. Estoy segura de que harás muy dichoso a don Rodrigo… —Doña Urraca levantó el rostro de Jimena por la barbilla y le dio un beso en la frente —. Dios te bendiga, hija mía. Te dejo en manos de doña Eylo… Yo tengo que esperarte con tu tío Alfonso en la puerta de la iglesia de San Miguel…
La voz de la dama estuvo a punto de quebrarse, y unas lágrimas se asomaron a sus ojos. Dio media vuelta y salió con porte regio de la habitación.
Doña Eylo organizó la comitiva: primero Jimena, a su lado ella, después las doncellas que levantarían su manto para que no arrastrase por el suelo. Al llegar al zaguán del palacio del conde Ansúrez, esperaban una yegua blanca, regalo del rey, y un nutrido grupo de mulas negras que montarían las dueñas y doncellas del séquito nupcial.
Como en un sueño, subió a su cabalgadura; las criadas se apresuraron a colocar vestidos y capa convenientemente. Doña Eylo dio la orden de partida.
Las campanas de San Miguel repicaban alegremente mientras ella bajaba de su montura. Los invitados formaban un pasillo de brillantes y multicolores vestidos, que terminaba en la puerta principal del templo. Allí estaban esperándola el rey, doña Urraca,doña Elvira, su futura suegra con su hermana. Y en medio de ellos, el obispo de Palencia y… Rodrigo.
Sintió que una oleada de calor cubría su rostro, y bajó la cabeza para que no se notara. El conde Ansúrez tomó su mano y la depositó en la del rey. Oyó cómo el obispo se dirigía a los presentes y preguntaba que quién entregaba a la novia.
—Yo —contestó Alfonso VI con voz potente, poniendo la mano de Jimena en la de Rodrigo Díaz de Vivar.
El obispo prosiguió la ceremonia con las lecturas, preguntas y bendiciones rituales. Antes de entrar en la iglesia, el rey se dirigió al prelado:
—Esta boda se realiza según la costumbre de los visigodos.
Eso significaba que los novios debían besarse ante los testigos, para consumar simbólicamente el matrimonio.
Jimena cerró los párpados. Sintió que los fuertes brazos de Rodrigo rodeaban su talle y la atraían hacia sí. Sus labios se unieron en un cálido beso. Cuando abrió los ojos y su mirada verde se cruzó con la azul de él, comprendió que sus corazones se pertenecían para siempre.

 

Jimena Díaz de Asturias, esposa del Cid Campeador

Margarita TorresCuando la historiadora Margarita Torres-Sevilla escribió su libro Linajes en León y Castilla: siglos IX-XIII, dedicó un amplio capítulo al linaje del Cid. Sin embargo no existe uno análogo sobre su esposa, Jimena Díaz, a la que calificó como el mayor enigma medieval de nuestra historia. En su lugar dedicó varias páginas bajo el epígrafe de La familia del conde de Oviedo, don Diego Fernández de las Asturias, ya que en la carta de arras de Rodrigo y Jimena, figura legalmente como su padre. También se menciona este hecho en la primera biografía del Cid, escrita en latín en el siglo XII, Historia Roderici, así como que Jimena era nepta de Alfonso VI.
Al traducir nepta como sobrina del rey en el sentido más amplio de la palabra, tanto Margarita Torres como Menéndez Pidal aventuran dos posibles genealogías para doña Jimena. Margarita a través del linaje de los Fláinez; don Ramón, de los condes de Cea. Ninguna de las dos coindicen en los antepasados. Las dos formulan hipótesis sobre la madre de Jimena, que no pueden ser probadas con exactitud.
María Emma Escobar Uribe, miembro de la Asociación Colombiana para el Estudio de las Genealogías, opina que había algo tan raro en la ascendencia de doña Jimena que se trató de ocultar por todos los medios.
La cosa se complica cuando Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa se convierten en los protagonistas de la primera novela histórica en lengua española: El cantar de Mío Cid. Porque a partir de aquí los romances, dramas y novelas posteriores atribuyen la paternidad de doña Jimena al supuesto conde Lozano, que unas veces es de Gormaz y otras de Orgaz. Pura fantasía.
Pero si traducimos la palabra nepta como «sobrina carnal» del rey, esto nos abre un sinfín de posibilidades para explicar las relaciones tan tirantes que mantuvieron Alfonso VI y los principales nobles con el Cid.
Si Jimena tenía sangre real, no en el sentido amplio de la palabra, sino una afiliación muy próxima al trono, esto significa que sus intereses chocaban con los de la nobleza palatina, porque estaba dentro de la línea de sucesión.
Algo que no sucedía con el resto de los hijos del conde Diego Fernández de Asturias. Ninguno es mencionado como sobrino del rey.

Lo único que parece ser real fue el amor que se profesaron Rodrigo y Jimena. Tan fuerte que lo recogieron los relatos orales que gestaron El cantar de Mío Cid, y que a través del romancero han llegado hasta nosotros.

Y es curioso, ninguno de ellos firma la carta de arras; en cambio sí lo hacen las hermanas, los tíos y los primos castellanos de Alfonso VI, miembros del clan de los González-Salvadores. Por parte del novio aparecen las firmas de su madre, su tía, sus tíos y primos asturianos, todos con apellido Rodríguez o Álvarez.
Ni siquiera aparece el hermano mayor de Jimena, conde de Asturias, firmando entre los condes de la curia regia que dan el visto bueno al documento; ni como testigo del enlace. Como testigos aparecen tres varones sin apellido —Anaya, García y Galindo—, que posiblemente fueran capitanes de la mesnada del Cid.
Teniendo en cuenta que las cartas de arras las firmaban los parientes cercanos de los novios, y en esta no figuran los hijos del conde de Oviedo, es porque posiblemente no fueran hermanos de Jimena.
Si a esto unimos que don Diego murió en el año 1046 y que la carta de arras se firmó en el 1074, estaríamos ante un hecho insólito para la época: una dama de sangre real con más de treinta años de edad se casaba con un jefe de mesnada más joven que ella. Lo que choca con lo dispuesto en el Liber Judiciorm y con uno de los párrafos del documento, en el que se declara que Rodrigo Díaz concede a la novia la mitad de su patrimonio debido «a su hermosura y virginal connubio». A finales del siglo XI era muy poco probable que una dama se mantuviera bella a los treinta años. Posiblemente Jimena no alcanzara los veinte. Por otra parte, si Jimena fuera hija biológica del conde de Asturias, sería tía segunda del Cid; algo que les hubiera llevado directamente a la excomunión.
¿Qué motivos tenía la familia real para que Jimena apareciera como una descendiente del clan de los Fláinez? Si echamos la vista atrás, años antes el conde don Diego Fernández entregó la ciudad de León al padre de Alfonso VI. Durante mucho tiempo la retuvo en su poder porque consideraba a Fernando I de Castilla como un usurpador. Sin embargo, de la noche a la mañana… la entrega. ¿A cambio de qué? ¿De un pacto secreto en el que se aseguró a su linaje el gobierno de Asturias a perpetuidad? En un momento histórico en el que los territorios gobernados no eran propiedad de sus gobernadores, sus dos hijos heredaron el condado como si fuera posesión de la familia. Tal vez a cambio de esto les pidieran que prohijaran a Jimena y la hicieran pasar por su hermana… Es una posibilidad.
Fantasías aparte, Jimena hereda y firma documentos con la dinastía de Oviedo hasta su muerte.
Pero su filiación y su relación con el rey sigue siendo un misterio.
Lo único que parece ser real fue el amor que se profesaron Rodrigo y Jimena. Tan fuerte que lo recogieron los relatos orales que gestaron El cantar de Mío Cid, y que a través del romancero han llegado hasta nosotros. Ni Guillén de Castro, ni Antonio Gala, ni Ricard Ibáñez lo han puesto en duda en Las mocedades del Cid, Anillos para una dama, o Mío Sidi.
Al misterio de doña Jimena, y a su amor por Rodrigo Díaz de Vivar he dedicado este relato. Espero que el lector haya disfrutado con él.

 

Enlaces de interés:

Carta de arras del Cid y doña Jimena

Texto en castellano antiguo de la carta de arras del Cid y doña Jimena

Traducción de la Historia Roderici 

El linaje del Cid

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

Dramaturgo, funcionario y mártir: Muñoz Seca, autor de La venganza de don Mendo

Madrid. Agosto de 1918.


paseo del pradoLos señores de Peláez, acompañados por sus seis hijos, Luisito González —el pretendiente de su hija mayor—, la niñera de su último retoño y el cabo de gastadores, que rondaba a la susodicha, se sentaron —bueno, invadieron— la terraza de uno de los quioscos que, bajo los árboles, jalonaban el paseo del Prado; dieron dinero a los pequeños para que jugaran a los barquillos; mandaron a la niñera y al gastador que les vigilaran atentamente; pidieron tres vasos de horchata y uno de agua de cebada; y, sin abrir la boca, observaron detenidamente a aquel perillán que se había empeñado en rondar a su hija.
El muchacho se sentía muy agobiado porque, a pesar del calor que hacía aquella tarde, iba embutido en el traje de los domingos y era la primera vez que había sido admitido en el círculo familiar de su novia, después de haber pedido a sus padres permiso para cortejarla.
Bajo aquella severa e inquisitiva mirada, se sentía muy incómodo; el almidonado cuello de la camisa y la pajarita le apretaban el gaznate hasta dejarlo casi sin respiración; le torturaba el silencio espectral de sus futuros suegros, y que no se le ocurriera nada con que iniciar una conversación amistosa que les convenciera de que era el candidato ideal para pedir la mano de Paloma…
Luisito González había llegado a ese punto de congoja porque sus padres —dueños de una tienda de telas cerca del Arco de Cuchilleros— le habían presionado para que hiciera la corte a Palomita,porque les interesaba llegar a un rápido acuerdo comercial con los Peláez —propietarios de una sastrería de postín en la calle Carretas—; pero al chico fingir interés por una señorita de buena familia, a la que se había declarado solo pensando en su solvencia económica, era una situación que le resultaba tan bochornosa que no le inspiraba ningún tema de conversación…
Delante de los veladores pasó un grupo de jóvenes con gorra de visera y bigotes retorcidos, siguiendo una bandada de mocitas ataviadas con mantones de manila sobre batas de crespón, que se reían de sus galanes…
Y él ahí, de pollo pera, con el pelo engominado y pasando más calor que un recluta destinado en Tetuán; y sin saber qué decir, que era lo peor.
Echó de menos las verbenas de los barrios, con su olor a churros y su música de organillos; pero en vez festejar a San Lorenzo bailando un chotis con una modistilla, estaba sentado en un velador, dándose aire con el sombrero de paja.
Atravesó el bulevar una aguadora ambulante, con el cántaro en la cadera y la vasera en la mano, pregonando que traía agua fresa de la fuente El Berro.
Luisito pensó que el paseo de Recoletos a esas horas de la tarde parecía una escena sacada de la zarzuela Agua, azucarillos y aguardiente…
Entonces le vino una idea: hablar de teatro. Sus padres le habían dicho que a los Peláez les encantaban las obras de Carlos Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, Muñoz Seca; en fin, que les gustaban las comedias y sainetes, porque se aburrían mucho con los dramaturgos serios como Benavente y Valle-Inclán…
—¿Han visto ustedes la última comedia de don Pedro Muñoz Seca? —inquirió, dándoselas de hombre de mundo.
La madre de Palomita esbozó una sonrisa condescendiente detrás del abanico. ¡Por fin el chico había abierto la boca; a ver por dónde salía! El padre se atusó el bigote, sin dejarse impresionar:
—¿Cuál de ellas, pollo? El señor Muñoz Seca ha estrenado catorce obras este año.
—Me refiero a…, me refiero a… La venganza de don Mendo… Estuve en el estreno con mis padres y mi hermana… Es muy divertida… —balbuceó Luis, recogiendo velas, temiendo haber metido la pata hasta el corvejón.
—¿De qué va?— preguntó la madre, para darle ánimos.
—Es una parodia de un drama medieval. Buenísima, se lo aseguro. Se trata de un caballero que…
—Que escala el torreón de un castillo y seduce a la hija del conde... ¡Cuidado, pollo, que el tal don Mendo terminó en la mazmorra, a punto de ser emparedado! —rugió el padre de Paloma.
El muchacho intentó aflojarse el cuello de la camisa, sin éxito.
—¡Pero el argumento es estupendo! —exclamó la madre, intentando quitar hierro—. ¡Qué enredo! ¡Qué venganza! ¡Yo me partía de risa!
—¡Ah! ¿La han visto ustedes?
—¡Naturalmente! No nos perdemos ninguna obra de don Pedro Muñoz Seca. Nos encantan sus chistes, sus retruécanos, sus disparatados personajes… —ponderó la señora de Peláez.
La venganza de Don Mendo5 147El padre comenzó a reír alegremente, al tiempo que gesticulaba, haciendo como si blandiera un puñal.
—«Mátame, por Alá! ¿Qué por Alá? ¡Por aquí!».
El señor Peláez, recitó las últimas frases de don Mendo, hasta llegar al famoso «Así muere un valiente cansado de hacer el oso» y lo de «Menda es Mendo»…
—Declama usted estupendamente— aduló el pretendiente—. Sin embargo, es una pena…
—¿El qué, joven?
—Que ustedes ya la hayan visto, porque un amigo mío me dio unas entradas de platea para ver una representación, y me hubiera gustado mucho invitar a todos ustedes —faroleó el muchacho, mintiendo descaradamente.
—¡A mí me gustaría volver a ver ese drama en verso! —exclamó Palomita, abriendo por primera vez los labios después de dos horas de paseo.
—Pues nada, hija mía, si tanto te agrada, aceptaremos la invitación de Luis e iremos toda la familia al teatro —sentenció el padre, dando al chico una fuerte palmada en la espalda, que casi le deja fuera de combate.
El joven aguantó como pudo e hizo cálculos mentales sobre por cuánto le iba a salir la broma. ¡Entradas para toda la familia! No tendría más remedio que pedir dinero prestado a sus padres. Pero seguro que no pondrían reparos. Les diría que llevar al teatro a los Peláez era una inversión a corto plazo.
La madre volvió a ocultar una aviesa sonrisilla detrás del abanico.
—Hablando de venganzas, ¿no habrás visto por casualidad La venganza de la Petra, de don Carlos Arniches? —preguntó con aire inocente.
—No, señora. Esa no. ¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada, hijo, por nada… —respondió la dama.
Su marido captó la indirecta. Metió los pulgares en los tirantes y echó hacia atrás su enorme corpachón, haciendo crujir un poco la silla de mimbre.
—Porque si se te ocurre hacer lo que su protagonista y engañar a mi Palomita con desaires, golfas o amigotes, mi venganza será terrible —.Se incorporó, e hizo otra vez amago de blandir un puñal, al tiempo que recitaba—: «¡Qué por Alá, por aquí»… ¡Bah! Pero tú eres un chico formal, ¿no es verdad?
—¡Sí, señor!
—Entonces no tienes nada que temer.
La madre sonrió por encima del abanico, y dijo en un tono entre simpático y triunfal:
—Así pues el domingo que viene vamos todos a ver a don Mendo; a reírnos un rato largo a costa de sus peripecias y tribulaciones… ¡Ay, señor! ¡La escena con el marqués de Moncada! ¡Qué versos! ¡Parecían sacados del mismísimo Tenorio!
—Así es, señora. Del Tenorio…
—Pues tú, de Tenorio, nada —advirtió el padre, volviéndole a dar otra cariñosa palmadita en la espalda que le hizo ver las estrellas —. Ya sabes que nosotros somos Peláez; ni Toros ni Mansos de Jarama. ¡Que no se te olvide, Luisito, que no se te olvide!


Madrid, julio de 1936.


Dieciocho años más tarde, los dos pipiolos se habían convertido en don Luis y doña Paloma, señores de González, propietarios de una prestigiosa mercería en la calle de Pontejos.
Lo que había comenzado como preludio de un acuerdo comercial, se había convertido con el paso de los años en un sólido y respetable matrimonio, en el que el amor había nacido después de haberse visto todo el repertorio teatral de la cartelera de madrileña. Fueron al teatro con sus padres, con sus abuelos, con sus primos, incluso con una tía que vivía en Paracuellos del Jarama. Entre acto y acto, mirada y mirada, tímidos roces de las manos y besos furtivos — cuando creían que nadie los miraba—, llegaron al altar con el propósito de vivir su propia vida y hacerse cuanto antes con algún negocio textil que les diera suficiente independencia económica. Cuatro hijos varones y una hija —que soñaban prometer algún día con el propietario de una firma textil de Tarrasa—, eran el fruto de una relación que había madurado con el tiempo. Habían sido felices en su rutina de pequeña clase media durante los años veinte; sin embargo, la siguiente década había comenzado de forma virulenta: una inestabilidad política que en las tertulias de los cafés se achacaba a la Guerra de África, a la caída de la Bolsa de Nueva York, a la dictadura de Primo de Rivera, al nefasto gobierno del rey Alfonso XIII … Sin embargo, con el exilio voluntario de la familia real y la instauración de la II República había comenzado una época convulsa llena de revueltas, quema de conventos, asesinatos políticos. Pero allí estaba su amado Muñoz Seca, llevando al teatro la actualidad, riéndose de las circunstancias, parodiando los defectos de aquella sociedad que parecía haber perdido la cordura en tan solo cinco años…
PeriódicoEl dieciséis de julio don Luis llegó a la tienda con el periódico bajo el brazo y aspecto agitado, llevó aparte a su mujer y le dijo en voz baja:
—Han cesado a don Pedro Muñoz Seca como funcionario del Ministerio de Fomento.
—¿Por qué? —preguntó su mujer, alarmada.
—Por leer el ABC.
—No digas tonterías.
—Por ser monárquico.
—¡Vaya!
Dos días más tarde, el domingo dieciocho, estaban de merienda en La Moncloa cuando vieron pasar por encima de sus cabezas una escuadrilla de aviones que se dirigían hacia la Ciudad Universitaria y se perdía en el horizonte. A lo lejos se oyó un tiroteo.
—Están otra vez de maniobras militares —observó el padre de familia.
—¡Es que ya ni te dejan comer a gusto la tortilla de patata! —dijo su mujer, frunciendo el ceño —. ¿Qué hacemos, nos vamos?
—Sí, anda. No sea que se escape un tiro.
—¡Hala, niños, recoger las cestas y subid al auto!
Doña Paloma suspiró de malhumor. Hacía cuatro años que se habían despedido del veraneo en San Sebastián: la mercería daba para alimentar a su numerosa familia; pero ya no se podían permitir aquel lujo. «Y ahora ni siquiera tener una tranquila merienda en el campo», pensó con amargura.
El lunes diecinueve, don Luis se llevó a su mujer a la trastienda.
—Paloma, lo de ayer no eran maniobras. Es la guerra. Los generales Mola y Franco se han sublevado
—¡Otra sanjurjada! —dijo ella con sorna, recordando el fallido golpe de estado de 1932 que había protagonizado el general Sanjurjo.
—Esta vez parece que va en serio.
—¡Bah, tonterías! Esto no puede durar. Dale un mes como mucho.
portada edicion sevillana del abc del julio 1936 1467996544847A media semana la noticia corrió de boca en boca: los anarquistas habían detenido en Barcelona al autor teatral Muñoz Seca, acusado de ser católico. El matrimonio González se quedó atónito.
—Empezaron quemando iglesias y conventos, matando a curas y monjas, y ahora les ha dado por los escritores. Me han dicho que También han detenido a Lorca, en Granada…—comentó una parroquiana, a la que Paloma estaba sirviendo dos metros de encaje.
—¿Los anarquistas?
—No. Los de la Falange…
—Vivimos unos tiempos muy revueltos— murmuró la dueña de la mercería, envolviendo el pedido.
Se sentía cada vez más intranquila. Lo peor sucedió por la noche. Habían mandado a los niños a la cama y estaban cenando a solas en el comedor.
—Paloma, no sé cómo decírtelo.
—¡Luis, no me asustes!
—Esta tarde ha venido a verme el marido de la antigua niñera de tus padres.
La mercera levantó la vista del plato y calvó los ojos en los de su esposo.
El cabo de gastadores, después de servir en la Guerra de África, se había convertido en guardia de asalto. Sus tendencias eran de izquierdas; pero se llevaba bastante bien con su cónyuge. A veces traía noticias que les ponían los pelos de punta.
—Me ha aconsejado que cerremos la mercería y nos vayamos inmediatamente de vacaciones. Los de la CNT están requisando locales para convertirlos en almacenes de municiones y cárceles populares.
—¿Y adónde vamos a ir? Las ventas van de capa caída; no tengo ningún dinero ahorrado para salir de veraneo este año.
—No me discutas. Mañana mismo coges a los niños y te vas a Paracuellos del Jarama, a casa de tu tía Remedios. Yo me reuniré contigo en cuanto pueda.
Ella se tapó la cara con las manos para que Luis no la viera llorar. Su marido se levantó y la abrazó con fuerza.
—Tenemos que hacerlo así. De esta manera daremos a los vecinos sensación de normalidad. Ya no podemos fiarnos de nadie.
—Prométeme que no te pasará nada.
—Te lo prometo.

 

Madrid, noviembre de 1936.


El tiempo era frío y húmedo. La niebla se colaba entre los barrotes de las ventanas y la alambrada que rodeaba los muros de la cárcel de San Antón. Los presos hacinados en las celdas se apretujaban los unos contra los otros para darse calor. Pedro Muñoz Seca estaba helado, tiritaba a pesar del jersey y la bufanda que le había mandado su mujer. Debajo llevaba todavía la ropa de verano con la que le habían detenido en Barcelona. «Asun, por Dios, mándame algo de abrigo», le pedía insistentemente en cada vez que la escribía. A ella la pusieron en libertad a las pocas horas porque era cubana. Un amigo le había traído el paquete a la cárcel. Lo abrió en el sucio y maloliente locutorio, buscando también unos calcetines de lana. No los encontró. El amigo se quitó los suyos y se los dio a don Pedro.

 

Durante la República sus obras tuvieron mucho de sátira política, con un mensaje claro: señores políticos, no todo el mundo está de acuerdo con ustedes; ni todo el mundo les sigue a pie juntillas…


—¡Gracias, amigo! ¡No sabes qué frío paso! ¡Como nací en el Puerto de Santa María…! —bromeó mientras se los intercambiaban—. Me han dicho que mi colaborador Pérez Fernández está a salvo... ¿Por cierto, sabes algo de mi antiguo compañero de clase, Juan Ramón Jiménez, y de su esposa?
—Huyeron a Estados Unidos; el presidente Azaña consiguió un pasaporte diplomático para él y Zenobia… Arniches está en Argentina… Si Valle-Inclán no hubiera muerto en enero, también estaría exiliado o preso… La han tomado con los escritores…
—¿Es verdad que ha muerto García Lorca?
—Le fusilaron el mismo día que te trajeron a Madrid.
—¡Pobre chico, cuánto lo siento!
Don Pedro se atusó el bigote, pensativo.
—¿Y Benavente?
—Don Jacinto apoya a la República. Ha fundado una asociación de Amigos de la Unión Soviética…

Se hizo un silencio incómodo. Sonó un timbre, dando por terminada la visita. Los dos amigos se levantaron al unísono y se estrecharon las manos entre los barrotes del locutorio.
—Dile a Asunción que la amo; que cuide de los chicos; y que me mande una manta y más ropa de invierno… ¡Gracias por los calcetines!munoz seca hijos
Los celadores golpearon con las porras los extremos de la larga mesa de madera donde se apoyaban los encarcelados para hablar con sus allegados.
Cuando trasladaron a los presos de la cárcel Modelo a la de San Antón, ubicada en el antiguo colegio de los escolapios, los funcionarios de prisiones habían sido sustituidos por milicianos anarquistas.
Uno de ellos fue hacia don Pedro y lo zarandeó brutalmente.
—¡Vamos, señorito, se acabó la escena! ¡Haz mutis por el foro!
No comprendía por qué la tenía tomada con él. Tal vez porque trataba de ocultar su miedo con una sonrisa, enmarcada por dos bigotes, antaño finos y engomados, ahora descuidados y lacios. Intentó zafarse del centinela, pero el otro lo lanzó contra la pared.
—Te voy a borrar esa sonrisa a golpes, so payaso.
Sabía que en la prisión los guardias le tenían envidia. Envidiaban su calma, su sosiego, su porte elegante a pesar de los andrajos, la popularidad que tenía entre los otros presos. Todos le conocían. Apreciaban su sentido del humor y su gracejo natural. Los presos comunes le admiraban; los políticos confiaban en él. Creían que, de una manera u otra, el presidente Azaña le facilitaría un pasaporte diplomático como a Juan Ramón Jiménez, y que desde el exilio podría hacer algo por ellos…
En la celda había algunos oficiales de la Armada y dos chiquillos de trece y quince años, hijos de uno de ellos; varios ladrones, un homicida, dos actores, tres o cuatro gacetilleros y el director de un periódico. La República, que alardeaba de libertad de pensamiento, había mandado encerrar a todos los que se oponían a sus planteamientos ideológicos; lo mismo daba que fueran militares, periodistas o curas…
El celador le hostigó durante todo el trayecto por aquel mezquino pasillo sin luz y sin aire; le dio un último empujón antes de cerrar la puerta de la mazmorra con sus llaves.
—¡Deja de sonreír, imbécil! ¡Miedo deberías de tener a los representantes del pueblo!
Por lo visto aquel perillán metido a guardia tenía muy asumido el papel de intimidar a los poderosos del que tanto alardeaba la izquierda.
Don Pedro se atusó los bigotes y contestó muy digno:
—Os habéis salido con la vuestra. Me habéis quitado todo, menos el miedo.

 

—Todos somos admiradores suyos. Hemos disfrutado mucho con sus obras. Perdónenos por lo que tenemos que hacer… Son órdenes…
—No se preocupen, señores. Ya les he perdonado. Les considero mis amigos, aunque me temo que ustedes no van a incluirme en el círculo de los suyos… —dijo don Pedro, estrechando la mano al cabecilla.


Hubo risas y aplausos; el celador se largó mascullando entre dientes.
Al llegar la madrugada, una linterna alumbró la estrecha celda y una voz fue gritando los nombres de los de la Armada. Los oficiales se pusieron de pie según los fueron llamando. También se llevaron a los dos niños. Se los tragó la oscuridad del corredor. Nunca los volvieron a ver. Don Pedro, que siempre tenía una palabra chistosa para cualquier ocasión, se echó a llorar.
Unos días más tarde se corrió la voz de que por fin iba a ver una vista, un juicio o algo por el estilo. Los más optimistas creían a pie juntillas que, en cuanto el gran dramaturgo pusiera el pie en la habitación, le darían el indulto firmado por Azaña. Don Pedro sospechaba que estaban muy equivocados.
—Primero han sido los militares, luego nos tocará a nosotros —les confesó a sus compañeros; y se puso a mirar entre los barrotes de la ventana, fingiendo que le interesaba lo que sucedía en el patio.
Pero su mente estaba ocupada en repasar su vida. Recordó su infancia en El Puerto de Santa María; su primer viaje a Cádiz; su paso por la Universidad de Sevilla, su licenciatura en Derecho y Filosofía y Letras; su traslado a Madrid, y la temporada que estuvo de profesor de latín, griego y hebreo en una academia hasta que aprobó las oposiciones al ministerio de Fomento; el día que se casó con Asunción, el nacimiento de sus hijos; los estrenos de sus sainetes y comedias… «Muchos», pensó, recordando con nostalgia los aplausos del público.
—¡Pedro Muñoz Seca, le espera el tribunal! —gritó una voz al otro lado de las rejas.
Comprendió que había llegado el temido momento. Sin embargo, los actores y los periodistas, que aún mantenían sus ilusiones, le despidieron con frases de ánimo y palmaditas en la espalda.
Entró estirado y digno en aquella sala con olor a tabaco y vino rancio. Detrás de una mesa había varias sillas ocupadas por hombres con vestidos de obreros; el que estaba sentado en medio llevaba un emblema con la hoz y el martillo. A un lado, de pie, fumándose un cigarrillo, había otro con traje y corbata, cuyo sombrero descansaba sobre la esquina de la mesa.
Durante unos segundos pensó que este último llevaba oculto en un bolsillo de su chaqueta un papel firmado por Manuel Azaña ordenando su liberación.
Comenzó el interrogatorio.
—¿Nombre y profesión?
—Pedro Muñoz Seca. Funcionario.
—Ex funcionario —rectificó el presidente del tribunal.
—Sí.
—¿Dramaturgo?
—También. Soy el autor de La venganza de don Mendo, Los extemeños se tocan, La tonta del rizo, y otras que creo que conocerán bien ustedes.
—Desde luego, las hemos visto todas. Incluida esa gansada, La oca, en la que usted se burlaba de los sindicatos. Anacleto se divorcia en la que usted le hace el juego a la Iglesia católica. El ex…, en la que deja en ridículo a la República. ¡Usted es monárquico y católico! —. El dedo acusador del presidente del tribunal popular se dirigió hacia él.
Don Pedro carraspeó y se atusó el bigote.
—En efecto, así es. Ya que en España existe la libertad, cada uno puede ser lo que quiera, ¿no?
El hombre trajeado espiró el humo de su última calada.
—¡Mientras uno no se meta con los demás, en especial con el gobierno! —gritó acaloradamente, al tiempo que daba un puñetazo en la mesa —. ¿Usted ha escrito La plasmatoria? Dígame qué significa la frase «¡Luz, quiero luz!» en su maldita obra.
Comprendió que se trataba de un masón. Aquellas palabras las utilizaban los aspirantes cuando pedían su ingreso en la Logia. Él las había utilizado en la comedia como un chiste más. Tenía que tener cuidado.
—No entiendo su enfado. La escena está a oscuras y el protagonista no encuentra el interruptor —contestó con aire inocente.
Los del tribunal esbozaron una sonrisa. No se llevaban bien con los masones.
—¡Usted ataca en esa obra a la masonería, a la teosofía, a las artes ocultas! ¡A la dignidad de los políticos!
—Solo es un juguete cómico en la que don Juan Tenorio se reencarna en el siglo XX. No tiene nada de especial. Solo está hecha para hacer reír al público.
—¡Don Juan se niega a ser diputado por la provincia de Burgos!
—¡Hombre, es que no me imagino a un hidalgo del siglo XVI aguantando en el Parlamento los insultos de sus adversarios…! Esa gente tenía en mucha estima su honra, y…
—¡Calle, es usted un fascista! —gritó el del traje y corbata.
—¡Llévenselo! —ordenó el presidente del tribunal a los guardias.
De vuelta a la celda, sus compañeros lo rodearon con ansiedad.
—¿Qué ha pasado?
Muñoz Seca tragó saliva, intentando poner orden en sus ideas.
—No me han dado el indulto. ¡Déjense de bobadas y pongan sus asuntos en regla! ¡Solo es cuestión de tiempo que nos den el paseo! Por mi parte lo único que quiero es ponerme a bien con Dios. ¿Hay alguno de ustedes que sea sacerdote?
Un hombre de mediana edad, vestido de civil, se adelantó.
—Yo lo soy.
—Quiero confesarme. Y supongo que estos señores también.
—De acuerdo. Cuando paseemos por el patio, para preservar el secreto de confesión. Aquí no hay sitio.

 

Paracuellos del Jarama. 28 de noviembre de 1936


Luis González había conseguido escapar de Madrid a finales de agosto y reunirse con Paloma y sus hijos en casa de la tía Remedios. Se había puesto la ropa vieja que le había llevado la antigua niñera de los Peláez, y ocultado en una maleta de cartón todo lo que pudo llevarse de la mercería. Llevaba tres meses en Paracuellos del Jarama, ganándose la vida con el trapicheo de bobinas de hilo y botones.
Guerra civil y tia RemeUnos golpes en la puerta de entrada despertaron a toda la familia a media noche. La tía Remedios abrió la puerta atemorizada.
—Venimos a por el Luis —dijo un mocetón, con un pañuelo rojo al cuello. Era hijo de uno de sus vecinos; lo conocía desde que no levantaba un palmo del suelo —.Tiene que ayudarnos a cavar.
—¿A estas horas? ¡Hijo, por Dios!
—Calle usté, señá Reme. Y dígale al marido de su sobrina que baje; que si no lo hace, va a parecer un señorito; y eso no le conviene.
Luis bajó las escaleras precipitadamente, a medio vestir.
Camará, ponte una chaqueta de pana, coge una pala y sígueme.
—¿Adónde? ¿Por qué?
—Fíate de mí y no preguntes. Que te va la vida en ello. ¡A más ver, señá Reme!
Fuera los esperaba una partida de hombres del pueblo, todos con picos y palas. Se pusieron en fila, siguiendo a uno que llevaba un farol. Al llegar a las afueras del pueblo, el que hacía de jefe ordenó que abrieran una fosa, que estaban a punto de llegar los camiones. Luis comprendió lo que iba a pasar en breves momentos y sintió que se le encogía el corazón.
Un haz de luz lo deslumbró, al mismo tiempo que oyó el ruido de un vehículo sobre la grava de la carretera que conducía al lugar donde estaban trabajando. Se paró con un frenazo, que a Luis le sonó a siniestro. Bajaron los prisioneros con las manos atadas a la espalda con cordeles.
Luis alzó la cabeza y le dio un codazo al vecino de su tía política.
—¡A ese lo conozco, es Muñoz Seca, el de La venganza de don Mendo! Está muy desmejorado; pero es él.
Don Pedro tiritaba. Antes de salir de Madrid, le habían quitado la ropa de abrigo, alegando que ya no la iba a necesitar; y le habían vejado, una vez más, cortándole los bigotes.
—¿Qué, señorito panoli, tienes algo que decir? —le preguntó el celador que le tenía tanta inquina.
—Que sois tan eficientes, que me habéis quitado todo, incluso el miedo.
—Todavía te queda algo.
Cogió una tijera y… le cortó los bigotes.
Subieron al escritor y a sus compañeros un camión donde el frío de la noche se colaba por la abertura del toldo; y los bajaron en medio del campo, cuando ya empezaba a clarear.
—Traemos a unos cuantos fascistas de la cárcel de San Antón —dijo el que mandaba el convoy al vecino de la tía Remedios.
—¿Quién firma la orden? —preguntó éste al de Madrid. Los comunistas solo acataban las directrices de Santiago Carrillo. No tragaban a los anarquistas.
—El Director de Seguridad, Serrano Poncela.
Nada que oponer. Aquel hombre era el jefe directo del camarada Carrillo.
—De acuerdo. Desatadlos, muchachos —ordenó el de Paracuellos del Jarama a los suyos.
El de Madrid lo agarró por un brazo en tono de advertencia.
—Aquí mando yo —dijo el del pueblo, zafándose bruscamente del madrileño—. No se van a escapar. Nosotros estamos armados.
Luis aprovechó la ocasión para acercarse a Muñoz Seca.
—Lamento verle a usted en estas circunstancias…
El dramaturgo parpadeó dos veces, como si despertara de un sueño pesado.
—¿Me podría dar un pitillo? —preguntó nervioso al desconocido que le estaba hablando amablemente.
guerracivil milicianos 0Luis sacó un cigarro de debajo de la gorra, lo encendió con el mechero de yesca y se lo ofreció a Don Pedro; este apenas si le dio dos caladas y lo tiró al suelo. Pensó que de todas las situaciones extravagantes que había descrito en sus comedias, ésta se llevaba la palma. Solo faltaba que se escapara un tiro y muriera hasta el apuntador… Sin embargo, lo que estaba protagonizando ahora no era una comedia… sino la escena final de El gran teatro del Mundo. Los habían colocado en fila, junto a la fosa. Dentro de unos minutos sería un personaje dando cuentas de su vida a su Autor, como en la obra de Calderón de la Barca.
El sacerdote vestido de civil que lo había confesado en la prisión estaba a su lado. Cuando terminó de bendecir a todos los que estaban allí, se dieron la mano en señal de despedida.
—Nos veremos en el cielo, padre.
—Ánimo, hijo.
El pelotón de fusilamiento parecía no tener muchas ganas de disparar; intercambiaron entre ellos unas cuantas frases, señalando con la cabeza al de los bigotes recortados. El vecino de la tía Reme, como jefe del grupo, se plantó ante Muñoz Seca y le tendió la mano:
—Todos somos admiradores suyos. Hemos disfrutado mucho con sus obras. Perdónenos por lo que tenemos que hacer… Son órdenes…
—No se preocupen, señores. Ya les he perdonado. Les considero mis amigos, aunque me temo que ustedes no van a incluirme en el círculo de los suyos… —dijo don Pedro, estrechando la mano al cabecilla.
La descarga estremeció a Luis. En ese momento se acordó de la primera vez que salió de paseo con la familia de su novia, y cómo había engatusado a los padres de Paloma, y luego a la tía Reme, con entradas para ver La venganza de don Mendo; del amor tan sincero que había terminado profesando a su mujer, después de haberse reído tantas veces juntos en el teatro…
Cayeron los cuerpos dentro de la fosa. Luis sintió un nudo en la garganta mientras echaba paletadas de tierra sobre el cuerpo de Muñoz Seca. Y le pareció que el aire traía el eco de las palabras de don Mendo: «Así muere un valiente…»


munoz secaPedro Muñoz Seca nació el 20 de febrero de 1879 en El Puerto de Santa María (Cádiz), donde estudió en el colegio jesuita San Luis Gonzaga, y compartió aula con Juan Ramón Jiménez. En 1901 se licenció en Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla. Ese mismo año estrenó su primera obra cómica Las guerreras. En 1904 se trasladó a Madrid donde fue profesor de latín, griego y hebreo. En 1908 aprueba las oposiciones, comienza a trabajar en el ministerio de Fomento y se casa con la señorita cubana Mª Asunción de Ariza y Díez de Bulnes, con la que tuvo nueve hijos.
Al mismo tiempo escribió unas doscientas cuarenta comedias, entre las que destaca La venganza de don Mendo —parodia de un drama romántico—, una de las más representadas en España, solo por detrás del Don Juan Tenorio de Zorrilla y La Vida es sueño de Calderón de la Barca. Sin embargo, lo que le hizo famoso en su época fue la creación del género cómico denominado astracán o astracanada, donde priman las situaciones extravagantes, los juegos de palabras, los retruécanos, los chistes; y cuyos argumentos denunciaban los fallos de la sociedad.
Durante la República sus obras tuvieron mucho de sátira política, con un mensaje claro: señores políticos, no todo el mundo está de acuerdo con ustedes; ni todo el mundo les sigue a pie juntillas… Mensaje que caló en grandes sectores, incluso de izquierdas, como demuestra el comportamiento del pelotón de fusilamiento, que le pidió perdón por tener que disparar.
En efecto, acusado de monárquico, católico, fascista y anti republicano, fue detenido en Barcelona el 18 de julio de 1936, cuando se disponía asistir al estreno de su última comedia, La tonta del rizo; enviado el día veinte a Madrid, fue encerrado en la cárcel Modelo. Allí compartió celda con varios oficiales de la Armada y algunos niños, que fueron fusilados antes que él; episodio que le abatió sobremanera. A finales de agosto, cuando las fuerzas sublevadas estaban a solo doscientos metros del edificio, fue trasladado a la cárcel de San Antón. El 28 de noviembre de 1936, tras córtale los bigotes, fue llevado con otros presos políticos a Paracuellos del Jarama, donde murió perdonando a sus enemigos. Su cuerpo descansa en la fosa común junto al de los otros prisioneros ejecutados con él. El 12 de noviembre de 2016 Moseñor Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares, abrió su causa de beatificación.
Curiosamente, sus obras de teatro, repudiadas por la II República, también fueron censuradas durante la época de Franco; sin embargo, su herencia literaria fue recogida por los humoristas de la generación posterior.

 

Enlaces de interés:

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*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del Franco