Registro/Login


¿Estás pensando en autopublicarte y no sabes por donde empezar?

En Literanda ofrecemos también servicios editoriales a terceros. Prueba ahora nuestra calculadora editorial.
Calculator-icon



Nuestras novedades en tu mail

Joomla Extensions powered by Joobi
  • #1: EYRA: UNA HISTORIA DE AMOR, PASIÓN Y SEXO DE VIKINGOS(CAUTIVAS DEL BERSERKERnº 5) EYRA: UNA HISTORIA DE AMOR, PASIÓN Y SEXO DE VIKINGOS(CAUTIVAS[…]

  • #2: Harry Potter y la piedra filosofal (La colección de Harry Potter) Harry Potter y la piedra filosofal (La colección de Harry[…]

  • #3: La viajera del tiempo La viajera del tiempo Lorena Franco (Autor) (199)Cómpralo nuevo: EUR[…]

  • #4: Harry Potter y la cámara secreta (La colección de Harry Potter) Harry Potter y la cámara secreta (La colección de Harry[…]

  • Facebook Page: 145424512237467
  • FeedBurner: LibreriaLiteranda
  • Google+: 103912098042437931438
  • Linked In: pub/andrés-alonso-weber/5/bb7/150
  • Twitter: @literanda

Don Miguel de Cervantes Saavedra, un escritor en apuros

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn

cervantes retrato—Esta novela es harto voluminosa y prolija. Tenemos que ir a Alcalá de Henares. Vuesa merded sabe de sobra que los correctores de su Universidad cobran menos que el de Madrid—, le había dicho Juan de la Cuesta a don Miguel de Cervantes, al tiempo que hojeaba parsimonioso el volumen de prueba que le había entregado el oficial de la imprenta con las aventuras y desventuras de don Quijote y Sancho. 

Cervantes sonrió un tanto nervioso, pero no tuvo más remedio que dar la razón a su librero. Habituado como estaba a la novela corta —había publicado una colección de relatos bajo el epígrafe de Novelas Ejemplares—, esta le había salido demasiado larga. No se lo creía ni él mismo. Se había puesto a escribir para hacer callar a los de la tertulia del mesón de Rojas, casi todos artesanos y comerciantes, afiliados a los Cinco Gremios, un poco lopistas y cabezones, de los que tiraban dardos contra los hidalgos, tildándolos de antiguallas del pasado. Don Miguel, que por orgullo seguía usando el título de «don», a pesar de que sabía de sobra que en realidad no le correspondía, pues su padre lo había obtenido gracias a una argucia legal para no pagar unos candelabros en Valladolid, comprendía perfectamente el punto de vista de sus contertulios: los infanzones medievales que combatían a los moros durante la Reconquista tenían su razón de ser; los hidalgos que sirvieron a los monarcas castellanos y aragoneses antes de la llegada de los Austrias tenían su razón de ser; los pobres ilusos, que como él, sirvieron en los Tercios o se embarcaron hacia América todavía conservaban un poco de dignidad; pero a principios del siglo XVII, solo eran una sombra de un pasado glorioso, de los que se hacía befa y mofa hasta en los sainetes que se representaban entre acto y acto de las comedias de Lope de Vega, su cordial enemigo.

 

Una noche se le ocurrió leer a las féminas de la familia lo que llevaba escrito, y mientras lo hacía, estas no habían parado de reír; luego invitó a subir a su casa al licenciado y al barbero, les leyó los primeros capítulos, y el resultado fue el mismo.

 

Entre los contertulios había un licenciado y un barbero, muy dados a la broma fácil, capaces de sacarle punta a todo, incluso al Amadís de Gaula y a todos los libros de caballería. Y su hermana Luisa conocía a un santo capellán, dispuesto a quemar en la hoguera todos esos insulsos libros, que convertían en agua los sesos de los lectores. Durante años había estado rumiando una historia que no terminaba de cuajar, pero cuando aquella tarde los tertulianos del Rojas se enzarzaron con otros lopistas más conspicuos que ellos, entre diatriba y diatriba, mientras les escuchaba, de repente se le ocurrió un argumento hilarante, capaz de competir una comedia de Lope: un hidalgo desocupado, un montón de libros de caballería, una sobrina, un ama, un cura, un barbero, un lugar en La Mancha…

Se envolvió en su capa, se caló el sombrero, y salió de la taberna sin despedirse. Subió a toda prisa las escaleras de la casa que compartía con su mujer, su hermana y su sobrina; se sentó en la mesita junto a la ventana; afiló la pluma de ganso, la mojó en el tintero y se puso a escribir la pequeña historia de un hidalgo que había perdido el seso y poco más. Pero al cabo de una semana, la historia iba tomando vida propia, y los personajes campaban a sus anchas en los renglones. Al cabo de un mes se dio cuenta de que aquella iba a ser una novela un poco más larga que las que se contaban en el número de las Ejemplares. Tres meses, y la historia iba para largo. Cinco y pensó rectificar el comienzo, haciendo creer al lector que aquel engendro no lo había escrito él, sino que era la traducción de un manuscrito árabe de un tal Cidi Mahomete. Se rio de su propia gracia y continuó con la historia.

Su mujer y su hermana, con rostros circunspectos, lo veían escribir y escribir, incluso hasta altas horas de la noche. Habían intentado disuadirlo para que comiera, durmiera, descansara, pero sin éxito alguno. La fiebre de aquella historia, donde sin quererlo él, se iban tejiendo otras, complicándose en mil aventuras descabelladas, no le daba tregua, ni paz ni reposo. Su mano derecha se deslizaba sobre las hojas en blanco como movida por la magia de algún sabio encantador mientras iba entrelazando episodios de su propia vida con los de don Alonso Quijano.
Una noche se le ocurrió leer a las féminas de la familia lo que llevaba escrito, y mientras lo hacía, estas no habían parado de reír; luego invitó a subir a su casa al licenciado y al barbero, les leyó los primeros capítulos, y el resultado fue el mismo. Con una sola variante: los dos insistían en que los incluyera en el relato. Sin darse cuenta estaba escribiendo una especie de comedia… No había sido esa su intención al iniciar su andadura; pero… ¡había que aprovechar aquella feliz circunstancia! Por el barrio de Atocha se había extendido el rumor de que él, Cervantes, estaba escribiendo una novela que era más divertida que las obras de Lope de Vega. Todo un acicate: el dramaturgo y él se llevaban como el perro y el gato.

don quijote leyendo el Amadís de GaulaEn su juventud don Miguel había estrenado algún que otro sainete, alguna que otra pieza de teatro; pero en cuanto aquel monstruo de los ingenios que era su rival llegó a los escenarios, la poca fama que había adquirido con tanto trabajo, se había disipado como la niebla en una mañana de sol. El tal don Lope siempre andaba echándole en cara que no era capaz de conectar con el público madrileño porque tenía metido en la sesera el gusto por lo italiano, y que para dar contento al respetable había que dejarse de dioses mitológicos y tratar cosas cotidianas: el amor, los celos, la honra. Y mira por dónde su don Quijote, que ya parecía como de la familia, vivía entre dos mundos: el ideal y el real, como él mismo había vivido tantos años.

Pues bien, cuando terminó la novela y se la llevó a Juan de la Cuesta, este se quedó lívido: aquello que su cliente llamaba la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, era un libro gordísimo. Se maliciaba que los costes de impresión y corrección iban a subirse por las nubes. Simplemente estos, a ocho maravedíes por página... Más la compra del privilegio de edición… Echo cálculos y se quedó horrorizado. Si no se vendía toda la edición estaría en la ruina. Iba a decir a don Miguel que no, que aunque se conocían de los tiempos en que sus padres vivían en Alcalá de Henares, que no se lo publicaba. Sin embargo empezó a leerlo, primero con un ceño fruncido, que se fue relajando según iba pasando páginas, hasta que comenzó a reírse y a leerlo en voz alta, delante de los oficiales y aprendices de la imprenta; a todos aquellos perillanes se les saltaron las lágrimas. Entonces comprendió que tenía un tesoro en sus manos. Aquel libro atacaba a los hidalgos y a las novelas de caballería a partes iguales; en aquel descabellado argumento lo real y lo fantástico iban de la mano, tanto que a veces le parecía que Sancho Panza —su personaje favorito— iba a salirse del libro y entrar en la cocina de su casa para echarse al coleto una hogaza de pan, preñada de chorizo, y un buen trago de vino.

 

—¡Voto a tal que no es de la Manga, es de La Mancha! —había recriminado, lleno de indignación a uno de los oficiales de la imprenta—.Y me apellido Cerbantes , con «b», no con «v».

 

Tenía que pensar en la promoción. ¿Padrino literario el duque de Béjar? Era posible. ¿Librería de confianza? La de Francisco Robles, amigo suyo y librero del rey. La imprenta la ponía él, Juan de la Cuesta. Sin embargo antes de comprar a la Corona el privilegio de editar la obra, quedaba un pequeño detalle, una minucia: la de buscar un corrector que cobrase menos que el que trabajaba en Valladolid para la corte (1). ¿Tal vez en Alcalá de Henares? Su padre había sido impresor de la Universidad, todavía tenía buenos contactos. De modo que lo mejor era encaminarse a aquella villa y contratar los servicios de los correctores universitarios. Con esta estratagema eludían la larga espera de la burocracia palaciega; le horrorizaba pensar en la novela pasando de despacho en despacho, hasta llega al de Vázquez del Mármol, para que después este se la pasara a uno de sus ayudantes. Además en Alcalá tenían asegurado el visto bueno de los censores: los correctores de su Universidad eran todos teólogos.

Cervantes se convenció enseguida de que no tenía escape. Cuando maese Juan se ponía a hacer cuentas, sus palabras salían tan fluidas de su boca que eran un ejemplo de oratoria. De modo que a regañadientes dijo que sí, que bueno, que si había que ir se iba.

Salieron de Madrid el hidalgo y el librero por la puerta de Alcalá, ufanamente montados en dos rocines, que habían alquilado a un gitano de los que rondaban la iglesia de san Ginés, y no pararon hasta llegar a la puerta de Madrid en Alcalá. Como estaba ya anocheciendo, a punto de cerrarse las puertas de la villa, se dirigieron al callejón del Peligro (2) , en el antiguo barrio judío, y alquilaron una habitación en el mesón que había en frente del hospital de Antezana, y de la casa donde había vivido siendo niño…

 

 

La vivienda había pertenecido a una de sus tías, barragana de un bastardo de la Casa de Mendoza, que se la había regalado como premio por sus servicios. En ella había vivido su abuela cuando su abuelo se marchó a Sevilla para no volver más; también había sido refugio de sus hermanas Magdalena y Andrea, repudiadas por sus amantes; y vivido su sobrina Constanza y su hija Isabel (3), ambas nacidas fuera del matrimonio, y educadas por su madre y su tía en aquella casona de patio con columnas, pozo, ciprés y rosal, que tantos recuerdos le traían, y que al final se habían visto obligadas a malvender, acosadas por la penuria. Ahora Magdalena y Constanza vivían con él y Catalina, su esposa, en Madrid (4). Los sueños de gloria que le habían impulsado a alistarse en los Tercios, y a probar fortuna como dramaturgo, funcionario y recaudador de impuestos, se habían ido desvaneciendo poco a poco, dejando paso a una tranquila rutina familiar, sazonada con algún que otro encontronazo con don Lope y sus adeptos.

Cenaron sopas de ajo en una mesa del figón y subieron al cuarto arrendado. En dos camastros adosados a la pared roncaban cuatro individuos de diferente fortuna. Juan de la Cuesta había pagado algunas monedas de más al mesonero para poder disfrutar a sus anchas de un jergón para él solo, y había tenido la gentileza de proporcionarle la misma alegría a don Miguel.
monumento a cervantes en la plaza del mismo nombre en Alcalá de HenaresA lo lejos sonó en la plaza de san Justo la campana de la Magistral, y fue respondida, desde la calle de la Imagen, por el repique de la del convento de las Carmelitas Descalzas. A don Miguel le ponía de malhumor saber que su hermana, sor Luisa de Belén , estaba enclaustrada en dicho cenobio, y que no podría verla en esta ocasión porque ya era Adviento, y cuando le permitieran acceder a su presencia, tras las rejas del pequeño locutorio aparecería acompañada por media comunidad, con la cara tapada por un tupido velo negro, y él tendría que tratarla de «su caridad, o su reverencia». ¡Ay, su querida hermana mayor, tan piadosa y comedida! Por ella había tenido que añadir a sus Novelas Ejemplares la coletilla de «honestísima recreación»…

La noche se le fue entre duermevelas y recuerdos. En la oscuridad oía roncar a maese Juan, mientras se preguntaba si las erratas que había encontrado días atrás habrían sido corregidas antes de pasar a manos del hombre que debía repasar todo el texto antes de dar el visto bueno. Un mes atrás comprobó horrorizado que el comienzo del primer capítulo había sido impreso así: «En un lugar de La Manca, de cuyo nombre…»
—¡Maese Juan, no es de la Manca. Es de La Mancha! —había protestado ante el editor.
—Una simple errata, don Miguel. No os preocupéis, la corregiremos.
A los dos días se volvió a repetir la misma escena.
—¡Voto a tal que no es de la Manga, es de La Mancha! —había recriminado, lleno de indignación a uno de los oficiales de la imprenta—.Y me apellido Cerbantes , con «b», no con «v».
—Don Miguel, Cervantes viene de ciervo, ¿no? Entonces es con «v» —le había contestado aquel pícaro.
firma de cervantes—¡Con «b», con «b»! —recalcó cada vez más exasperado.
—No se altere vuesa merced, que todo ha de ser rectificado antes de partir de Madrid —le había asegurado Juan de la Cuesta —. Y veréis que vuestra obra será tratada con gran esmero por el corrector que nos asignen.
Le creyó don Miguel porque veinte años atrás había publicado su primera obra, La Galatea, en su villa natal, en casa del licenciado García, y había quedado muy satisfecho. También con el trabajo de maese Blas de la Cuesta, el padre de Juan, con el que había publicado varias de sus Novelas Ejemplares. Y hasta la fecha el hijo también había hecho un buen trabajo. Sin embargo, tenía un extraño presentimiento.
A la mañana siguiente se encaminaron por la calle mayor a la antigua plaza del Mercado (7). Atravesaron el portón que separaba la villa del recinto universitario. Cruzaron la explanada, vacía de tenderetes y mercachifles, porque no era lunes, día reservado al mercadeo. Al llegar a la iglesia de Santa María la Rica, donde don Miguel había sido bautizado, torcieron a la izquierda, y se dirigieron presto al Colegio de Teólogos de la Madre de Dios. Tras anunciarse, los recibió el mismo rector, que aceptó el encargo, y se lo traspasó a uno de sus más ilustres colegiales, don Francisco Murcia de la Llana, hombre con fama de experto y gran conocedor de las reglas ortográficas de la lengua castellana.

Maese Juan sacó de su morral el ejemplar impreso, y don Miguel mostró el manuscrito con todas sus páginas firmadas por un escribano de la Cámara, en las que se hacía constar el número de hoja y plana, el privilegio de edición firmado por el propio rey, diciendo que se acogían a la merced otorgada a los libreros madrileños en la provisión real de 6 de junio de 1582 para que los textos fueran revisados por la Universidad de Alcalá. Todo lo hicieron con esa precisión y ceremonia de los que sabían que si se saltaban un paso, podrían terminar ellos con sus huesos en la cárcel, desterrados, y los libros impresos fraudulentamente, en una hoguera (8). El teólogo Murcia de la Llana quedó en dar aviso en cuanto finalizara su trabajo, y autor y editor regresaron a Madrid al día siguiente.

Volvió don Miguel con su inseparable maese Juan el cuatro de diciembre de aquel mismo año de 1604, para recoger el acta de erratas de la novela, en la cual se decía textualmente: «Este libro no tiene cosa digna (de mención) que no corresponda a su original». Salieron tan satisfechos, que invitaron a comer a don Francisco, tirando la casa por la ventana en un mesón cercano a la puerta de Aguadores.

A principios de 1605 salió a la venta El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En pocos meses se vendió la primera edición. Por fin el éxito parecía haber sonreído por primera vez en su vida a don Miguel, y sin embargo se lo llevaban los demonios. A pesar del documento firmado por el licenciado, las erratas campeaban por el texto, y el episodio del robo del rucio de Sancho, había desaparecido como por arte de encantamiento. Afortunadamente habían escrito correctamente su apellido: Cerbantes (6), con «b».

Exigió a maese Juan que rectificara la segunda edición y todas las que vinieron después; pero cuando corregían una palabra, descuidaban otra; incluían un episodio olvidado, y desbarataban el siguiente. Sin embargo, como los dos necesitaban urgentemente el dinero que generaban las ventas, lo dejaron correr.

Aquel sin vivir editorial le producía a don Miguel pesadillas nocturnas. Y diurnas: todos los lopistas se habían hecho con un ejemplar y en cuanto se encontraban con él en la calle o la taberna, todo eran pullas, dimes y diretes a costa de las erratas. Incluso cuando iba a Alcalá de Henares a visitar su hermana, no tenía más remedio que esconderse detrás de alguna vetusta columna de la calle mayor para no hacerse el encontradizo con doña Gracia, amiga íntima de sor Luisa de Belén (5), esposa de un caballero del hospital de Antezana, que en cierta ocasión le había dicho en el locutorio de las Carmelitas Descalzas:

Casa Cervantes—¡Ay, don Miguel, qué gran autor sois vos! ¡Cuánto he disfrutado con vuestra obra y cuánto me he reído! ¡Qué imaginación más fértil y qué pluma más discreta! Pero… la impresión deja mucho que desear… —Doña Gracia echó mano a la faltriquera y sacó un pliego de papel, escrito con letra pequeña y menuda, y se lo mostró con una sonrisa entre pícara e inocente—. Según voy leyendo, voy tomando nota de las erratas… No sé qué es más divertido si las andanzas de vuestro bendito hidalgo y su escudero, o las barbaridades que se encuentran en el escrito…
—¡Válgame el cielo! —terció su comedida hermana, intentando arreglar las cosas—. Si las obras de nuestra santa madre Teresa fueran así tratadas, apelaríamos al mismo rey don Felipe III para que pusiera coto a tal desmán…

Don Miguel sonrió con cara de circunstancias. Se rumoreaba que el tal don Francisco Murcia de la Llana iba a ser nombrado Corrector General en cuanto muriera Vázquez del Mármol (9).

Pero las cosas no quedaron solo en erratas y anécdotas; diez años después, cuando don Miguel, aprovechando el éxito de la primera parte del Quijote, había puesto en circulación varias novelas, tuvo que enfrentarse al plagio.

Un lopista, que firmaba como Fernández de Avellaneda, publicó una segunda parte de la historia de su hidalgo, zahiriéndole cruelmente en el prólogo.

Jamás se hubiera imaginado semejante felonía. El libro de Avellaneda se vendía como rosquillas a la puerta de una iglesia.

No había sido la primera ni la última imitación de su obra (10); pero sí la más insultante.

Tomó de nuevo la pluma, y dispuesto a luchar como había hecho en Lepanto, en unos meses tenía terminada «su» Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, que desbancó a todos sus imitadores.

Murió don Miguel en Madrid, el 22 de abril de 1616, y fue enterrado el día 23 en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas.

Aunque le sorprendió el éxito que alcanzó don Quijote, murió convencido de que su mejor obra eran Los trabajos de Persiles y Segismunda, una novela pastoril, que se publicó un año después de su muerte y que pasó sin pena ni gloria.

Hoy en día lo celebramos como el mejor escritor en lengua castellana, pero en su día fue un autor en apuros, tratando siempre de esquivar la censura, las erratas, la maledicencia y la pobreza.

Ni siquiera los siglos han respetado su apellido; hoy en día se escribe Cervantes, con «v». Si levantara la cabeza…

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

NOTAS

(1) Corrector General, designado por el Consejo del Reino.

(2) El portón de madera de dicho mesón se conserva en uno de los muros de un edificio colindante a la Calle Mayor de Alcalá de Henares.

(3) Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.

(4) Catalina de Salazar y Palacios, contrajo matrimonio con don Miguel de Cervantes en Esquivias (Toledo) el 12 de diciembre de 1584. A pesar de la infidelidad de su marido y de que pasaron largas temporadas separados debido a sus incesantes viajes y cambios de empleo en empleo, según consta en su testamento vivieron juntos en Madrid durante sus últimos años.

(5) Sor Luisa de Belén Cervantes (1546-1625), ingresó en el convento de Carmelitas Descalzas, fundado por beata María de Jesús Yepes en el año 1562 en Alcalá de Henares. Ingresó el 17 de febrero de1565. Fue nombrada priora de la congregación en 1611.

(6) En la firma original del autor se aprecia que él escribía con «b» su apellido.

(7) Actualmente Plaza de Cervantes.

(8) Ordenamiento de 8 de julio de 1502, Pragmática Sanción de 7 de setiembre de 1558.

(9) Francisco Murcia de la Llana fue nombrado Corrector General en 1609.

(10) En vida de Cervantes hubo varias ediciones piratas del Quijote.

 

ENLACE DE INTERÉS:

El control de la verdad: los Murcia de la Llana

En este trabajo se explica cómo era el proceso editorial en los siglos XVI y XVII

 

 

Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar