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La vida es sueño

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Segismundo se revolvió en su sepultura del castillo de Wawel. Sintió que iba a despertarse. Y efectivamente, se despertó.

—La vida es sueño… —se dijo, mientras se levantaba perezosamente.
TorreDesde que su padre lo encerrara en la torre, lo sacara por primera vez Clotaldo, lo volvieran a encerrar y lo volvieran a sacar los campesinos liderados por Rosaura, se sentía muy confuso: nunca sabía si estaba muerto o dormido, porque hasta el sueño de la muerte se veía turbado por inesperadas salidas al exterior.
Sin embargo, se sentía un hombre afortunado. Cuando se despertaba, lo hacía de forma conveniente. Nada de trajes de raso, ni de golas, ni de espadas.
Apareció vestido de siervo en el siglo XVIII; de poeta en el XIX; de soldado de caballería a comienzos del XX; con traje a rayas y un numerito a la espalda durante la Segunda Guerra Mundial; y como un estudiante en los años ochenta.
En fin, que no se sentía ridículo con su indumentaria, y podía confundirse con la gente corriente —a la que antaño había despreciado— y «vivir», o mejor dicho, «soñar» junto a su pueblo. Porque ese era el castigo que le habían impuesto por haberlo traicionado cuando era príncipe. En el momento en que mandó encerrar en la torre al campesino que le había sacado de ella, había firmado su sentencia por los siglos de los siglos.
—Tal vez si mi padre Basilio hubiera interpretado mejor los signos del Zodiaco… Tal vez si no me hubiera encerrado siendo un niño de pecho… —suspiró en voz alta.
Después miró la ropa que llevaba puesta en esta ocasión: un pantalón deportivo de color azul marino, una camiseta blanca de manga corta, unas botas de baloncesto de marca; a su lado había una bolsa de deporte. Miró dentro y solo encontró un periódico y un pasaporte.
Tumba SegismundoAgradeciendo intensamente que hubiera puesto su nombre al Mausoleo de los Reyes de Polonia, cruzó en silencio la Capilla Sigmunta, salió al patio de armas, siguió todo recto hasta llegar al gran portón que da a la calle Kanoniczka, y bajó lentamente por los jardines, hacia el Vistula. Contempló el río y la ciudad nueva. Nada le llamaba la atención. Decidió volver sobre sus pasos y encaminarse al casco viejo de Cracovia.
Se sentía un poco confuso; pero solo un poco. Tanto «despertar» en distintas épocas le había dado experiencia y aplomo suficientes para hacerse rápidamente con la situación.
Mientras caminaba, miró disimuladamente a su alrededor. Vio que las casas, los pequeños comercios, incluso los árboles le sonreían como viejos amigos. A veces le parecía, cuando despertaba nuevamente, que todo estaba igual. Y esta sensación le tranquilizaba.
Al llegar a la plaza de Adam Mickiewicz, sonrió ante la estatua de su amigo. Habían pasado —en su despertar del siglo XIX— muchas horas juntos, conspirando y escribiendo versos, cuando los románticos luchaban por “nuestra libertad y la vuestra”. Torció hacia la izquierda y se dirigió a la calle Poczta.
Se sentó en un banco, cerca de correos, y sacó el periódico.
—Están de elecciones… Bueno, al menos esta vez me he librado del campo de concentración… —murmuró para sí.
Comenzó a pasar hojas por hacer algo.
La experiencia le dictaba que si se sentaba tranquilamente a esperar acontecimientos, estos llegaban sin que él tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Generalmente Rosaura, Estrella, Astolfo o Clarín salían a su encuentro y lo metían en la acción. Casi parecía una obra de teatro con el diálogo escrito de antemano.
La peor experiencia había sido la de la Segunda Guerra Mundial cuando reconoció a su malvado primo Astolfo en la persona de un señor bajito y con bigote que mandaba en Alemania. Aquella vez su primo no era el príncipe de Moscovia, pero seguía con la manía de encerrar a la gente.
Claro que aquello solo fue el comienzo. Porque al terminar la guerra su primo Astolfo —y esta vez como príncipe moscovita— se transformó en un tipo gordo y con mostachos, que estuvo a punto de mandarlo a Siberia.
En cambio a Rosaura, Estrella y Clarín los reconoció en Gdansk cuando despertó en 1982. Rosaura era una profesora de ruso en una Escuela Técnica. Estrella sin embargo pertenecía al Sindicato Solidaridad. Y como en los viejos tiempos se había sentido atraído por las dos. Clarín se llamaba Pawek, y había compartido con él una estrecha habitación de la Residencia de Estudiantes de la Facultad de Económicas…
Los recuerdos se agolpaban en su mente. Sintió una vaga angustia y unas ganas terribles de gritar otra vez «¡Oh, mísero de mí! ¡Oh, infelice!». Pero se contuvo porque estaba en la calle.
El vistazo al periódico fue breve.

 

La experiencia le dictaba que si se sentaba tranquilamente a esperar acontecimientos, estos llegaban sin que él tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Generalmente Rosaura, Estrella, Astolfo o Clarín salían a su encuentro y lo metían en la acción. Casi parecía una obra de teatro con el diálogo escrito de antemano.


Observó que tenía algunas páginas dedicadas a contactos personales, algunos tan eróticos que se sonrojó. Otras páginas estaban dedicadas a la actualidad política. Había una foto de Walesa. La miró atentamente. Recordó que lo había conocido en Gdansk. Lo había visto dando un mitin en los astilleros. Entonces le pareció una mezcla de Basilio y Clotaldo. Y tal vez no se había equivocado tanto. El periodista lo tildaba de «rey» y «paternalista», entre otras muchas cosas. Al pie de página se citaban algunas palabras del ex presidente, absolutamente enfadado con su pueblo, al que acusaba de no tener ningún criterio político, de no comprender las reformas de su gobierno, de no saber comportarse, de ser indigno de la democracia…
Segismundo casi se enterneció al leer las palabras de Walesa.
—Papá, todavía no has aprendido que si a un niño lo encierras en una torre, y lo sacas bruscamente de su prisión, es completamente imposible que tenga unos modales y tome unas decisiones para los que no ha sido educado —musitó contemplando la fotografía.
Segismundo suspiró, y siguió leyendo la sección económica, que era como para llorar y volver a recitar el monólogo del «infelice» porque los precios subían, subían…
Le vino a la cabeza cuando Estrella, en el ochenta y dos, en lo alto de un camión gritaba altavoz en mano proclamas del sindicato Solidaridad, y decía aquello de «¡El comunismo caerá! ¡Vamos a rezar por ello!»… Al cabo de los años la terapia de choque capitalista parecía no haber dado buen resultado…
Segismundo recitó otra vez aquello de la libertad, y como si lo viviera en esos momentos, contempló otra vez el rostro lleno de estupor del Soldado Insurrecto cuando él mismo lo mandó encerrar en la Torre simplemente por querer una vida mejor.
tranvia cracovia2—Papá, no aprenderemos nunca — pensó dirigiéndose a la foto de Walesa y el recuerdo puesto en el rey Basilio—. Siempre es el pueblo el que paga nuestros errores… y pierde.
Dejó vagar sus pensamientos durante más de una hora, y como no sucedió nada, decidió encaminarse a la parada del tranvía y dar una vuelta por la ciudad.
Iba a levantarse cuando un grupo de cinco personas, en las que reconoció a Rosaura, Estrella, Clotaldo, Clarín y Astolfo, se acercaron a él.
Rosaura, la Rosaura del siglo XX, una chica rubia de ojos claros, a la que los otros llamaban Monika, le preguntó si tenía el pasaporte preparado. Segismundo lo sacó de la bolsa de deportes y se lo mostró, entre tímido y sonriente.
—Aquí está.
Ella consultó su reloj de pulsera.
—Muy bien. Vamos a la estación de trenes. De madrugada estaremos en Varsovia, y dentro de dos días en España. Es nuestro primer paso para emigrar a Canadá —dijo decididamente.
A Segismundo le dio un vuelco el corazón. ¡España!. Nombre fascinante. ¿No había sido allí donde un tal Calderón de la Barca había escrito un drama sobre él, La vida es sueño, que era lectura obligatoria en el Bachillerato? ¿No era ese el país donde todo era maravilloso y como un sueño de colores?
Una vez más la Torre estaba abierta y escapaban. Y pensó que definitivamente. Porque Monika era la Rosaura que nuevamente abría la prisión, dispuesta a llevar consigo al grupo primero a España y luego más allá del Atlántico.
Y a Segismundo se le llenó el corazón de risas, como si oyera una música de fiesta, y una alegre voz cantara dentro de él: ¡Libertad, libertad!
En Varsovia fueron al aeropuerto y tomaron un aparato de la compañía Lot. El viaje fue tranquilo y regado con vodka. Llegaron a Barajas a la hora prevista. Pasaron la aduana con sus visados de turistas. Alquilaron un par de habitaciones en un piso donde ya vivían siete personas. Fácilmente encontraron trabajo en la economía sumergida. Estrella y Rosaura limpiando casas; los varones en la construcción. No era lo que un príncipe polaco hubiera deseado, pero… España progresaba invirtiendo en el ladrillo, y se necesitaba mucha mano de obra.
Pasaron los años y el sueño de ir a Canadá se fue demorando tanto que cuando quisieron darse cuenta se habían amoldado a su nueva vida: trabajo duro durante la semana, excursiones a la sierra los días de descanso; gazpacho, paella, tortilla de patata; vacaciones en Benidorm o la Costa Brava…
Y aunque eran albañiles y señoras de la limpieza, ganaban dinero a espuertas. Dejaron el piso patera de Madrid, y cada uno alquiló un piso en Alcalá de Henares. Más tarde Segismundo se compró un chalé con piscina en un pueblo de la provincia de Guadalajara. Vivía con Rosaura, es decir, con Monika, y eran felices.
Pero la felicidad parecía no estar hecha para ellos. Un día se despertaron con la noticia de que la famosa Crisis Económica, que el gobierno socialista se empeñaba en negar empecinadamente, era una dura realidad.
WawelCon los recortes impuestos por la Unión Europea, y llevados a cabo por un nuevo gobierno de signo contrario, empezaron los problemas: se paralizó la construcción y Segismundo perdió su trabajo; a su mujer le empezaron a pagar las horas a la mitad. Astolfo y Estrella se quejaban de lo mismo: el sueldo del príncipe moscovita se vio reducido brutalmente, la princesa lituana estaba en paro y sin subsidio de desempleo; Clarín y Clotaldo habían decidido volver a Polonia porque la fábrica de materiales para la construcción había cerrado, y los pocos puestos de trabajo que aun subsistían en los polígonos industriales se los repartían los emigrantes rumanos, más o menos en régimen de economía sumergida.
El espejismo de la España próspera y risueña se había desvanecido por completo. El día en que recibió la carta en la que el Banco le anunciaba que lo iban a desahuciar del chalé por falta de pago, Segismundo deseó de todo corazón volver a su Torre: al menos allí tenía la comida y el techo asegurado.
De repente sintió que se dormía, y que despertaba otra vez en su mausoleo de Wawel. Solo permaneció consciente unos instantes. El sopor de la muerte le fue embargando, mientras recitaba lentamente:
— ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción. Y el mayor bien es pequeño. ¡Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son!

 

La vida es sueño

La vida es sueño es uno de las grandes piezas dramáticas del barroco español, quizás la obra cumbre de Calderón de la Barca.

En su argumento se entremezcla la tensión existencial entre padre-hijo, el amor, los celos, los conceptos filosóficos de la predestinación y el libre albedrío, y una aguda visión política. Estrenada en Madrid en 1634, dos años después de la muerte de Segismundo III Vasa, rey de Polonia, Lituania, Ucrania y Suecia, y casado en segundas nupcias con Constanza de Augsburgo, en el momento de mayor esplendor de la sociedad polaca, Calderón intuye con unos ciento cincuenta años de anterioridad, el drama que supondrá la primera repartición del territorio polaco. Casi milimétricamente relata la insurrección popular de la Confederación de Targowica y sus consecuencias políticas. Asombra cómo Calderón pudo prever algo a tan largo plazo. Aunque su vinculación al mundo diplomático a través de sus contactos en la corte del rey español Felipe IV puede ser la clave de su agudeza mental.

Es posible que el lector se pregunte por qué ese interés por Polonia, un país tan alejado geográficamente de España. La respuesta está en el doble parentesco entre las dos dinastías reinantes, ambas descendientes de los Reyes Católicos a través de los hijos de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, ya que ambas buscaban aliados concertando matrimonios con princesas de la rama austriaca de los Augsburgo. De modo que la reina de España solía ser prima de la de Polonia, y viceversa. La correspondencia epistolar entre las soberanas y sus damas de honor, intercambiando noticias de sus respectivas familias, y los pequeños cotilleos de la corte pudieron ser una extraordinaria fuente de inspiración para Calderón de la Barca, que describe a la perfección el carácter polaco en la persona de Clarín; la prioridad de los intereses educativos aún vigentes —religión, matemáticas—, y lúdicos —ajedrez—, a través de Clotaldo; los valores de la tradición polaca —amor por la libertad y la naturaleza— en los monólogos de Segismundo y Rosaura.

Capilla de Segismundo Augustola vida es sueño cubiertaCabe preguntarnos si existió en la realidad algún príncipe Segismundo. Sí, existieron tres antes de convertirse en reyes. Y un heredero al trono, Segismundo Casimiro, muerto a la edad de siete años. Su pequeña sepultura puede contemplarse en la cripta del castillo de Wawel. Posiblemente su temprana desaparición fuera comentada en los círculos que Calderón frecuentaba en la corte española. Tal vez pudo pensar qué hubiera pasado si el niño no hubiese muerto y su padre lo hubiera encerrado en una torre de por vida. Tal vez esa fue la idea de partida del drama barroco La vida es sueño. Todo un clásico de nuestra literatura.

El lector puede descargar el texto original de la obra a través de Literanda, y sacar sus propias conclusiones.

 

Calderón de la Barca

Calderón de la BarcaSu autor, Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681), estudió sus primeras letras en Valladolid, donde por entonces estaba la corte. Prosiguió sus estudios en el Colegio Imperial de los jesuitas de Madrid, y en las Universidades de Alcalá de Henares y Salamanca, donde se graduó como Bachiller en Derecho Canónico y Civil. Desatendiendo los consejos de su padre, se puso al servicio del duque de Frías, con el que viajó a Flandes, y más tarde se enroló en el ejército bajo el mando del Condestable de Castilla.

A los veintiún años ganó el tercer premio del certamen poético convocado con ocasión de la beatificación de San Isidro. Su primera obra de teatro, Amor, honor y poder (1623) fue estrenada en Madrid, durante la visita de Carlos, príncipe de Gales, siendo muy acogida por el público. Desde 1625 compagina la carrera de las armas con las letras, proveyendo a la corte de numerosas obras de teatro, cuyos argumentos giran en torno de la honra, el amor y los celos.

En 1629 debido a un lance de honor, él y sus hermanos irrumpen en el claustro de las Trinitarias de Madrid, donde había profesado una hija de Lope de Vega, lo que le acarreó la enemistad del dramaturgo y del orador sagrado fray Hortensio Félix Paravincino, partidario de Góngora. Sin embargo, esta enemistad lejos de desanimar a Calderón le ayudó a perfilar su propio estilo dramático.

Con la decadencia de Lope de Vega, Calderón de la Barca ocupa su puesto suministrando numerosas obras de teatro a los corrales de comedias madrileños de la Cruz y el Príncipe entre 1630 y 1640.

En el año 1635 Felipe IV le nombra director del palaciego Coliseo del Buen Retiro, para el que escribió refinados espectáculos dramáticos, que estaban destinados a satisfacer las exigencias de la corte.

La década de los cuarenta del siglo XVII representa para la sociedad española el comienzo del declive. La monarquía se enfrenta a las sublevaciones de Cataluña, Portugal y Andalucía. Inglaterra pone cada vez más trabas a la expansión en América. Flandes se independiza definitivamente. Los acuerdos firmados en la Paz de Wesfalia y la de los Pirineos resultan humillantes tanto para la nobleza como para el pueblo llano. España no está para obras de teatro. La familia real tampoco. Con el pretexto del luto por la reina Isabel de Borbón y el príncipe Baltasar Carlos, se cierran los corrales de comedias durante cinco años. Don Pedro pierde su puesto de director del Buen Retiro al que había dedicado grandes esfuerzos. Comienza su crisis particular. Le vemos participar como coracero real en la sublevación de Cataluña, convertirse en secretario del duque de Alba, enredarse en un amorío del que le nacería un hijo natural, terminar sus estudios de teología y ordenarse sacerdote en 1651.

Aunque es autor de obras tan populares como El alcalde de Zalamea, La vida es sueño, La dama duende, e infinidad de sainetes y zarzuelas, a partir de este momento su actividad literaria se centra en los Autos Sacramentales, dramas alegóricos compuestos para ser representados el día del Corpus Christi. Tal vez de todos ellos el más representativo de su ingenio es El gran teatro del mundo. Convertido en capellán de Carlos II el Hechizado, se centrará hasta el fin de sus días exclusivamente en este género dramático.

Murió en Madrid, a los ochenta y un años de edad, dejando inconclusos los autos sacramentales encargados para aquel año.

 

Enlaces de interés:

La vida es sueño, libro digital en descarga gratuita

Calderón de la Barca y Polonia

Calderón de la Barca en los escenarios polacos

Genealogía de los personajes de la Vida es sueño 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

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