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Un personaje, un plagio, un mito: don Juan Tenorio

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Tenorio

Por los mentideros de la villa y corte de Madrid la noticia corrió como la pólvora en Flandes: la hija de Lope de Vega se había escapado de casa con su galán, un tal Tenorio. Don Lope fue objeto de la rechifla generalizada. Tanta comedia de honra, capa y espada… ¡y en su vejez, sus canas venerables teñidas con semejante baldón! Aunque claro, como caballeros, comadres y alguaciles apuntaban, él también había sido durante su juventud un perillán de mucha cuenta. El ridículo fue tan espantoso que hasta a Miguel de Cervantes y señora les dio pena. Y esta última no se explayó con las vecinas ni siquiera en casa del panadero, porque también su marido había perseguido mozas y tenía una hija bastarda; y del padre de su suegro y sus cuñadas mejor no hablar. El primero había dejado plantada en Alcalá de Henares a su mujer y se había ido a Sevilla donde se había amancebado con una esclava negra a la que doblaba la edad y había comprado a tal fin; en cambio las hermanas de su marido habían sido las perseguidas, pero unas perseguidas facilonas que habían caído a las primeras de cambio. Lo dicho, mejor no hablar.

Transcurrieron los años y las comedias de Lope de Vega pasaron de moda, pero el nombre de Tenorio no. Y hete aquí que algunos años después se estrenó El Burlador de Sevilla, cuyo protagonista se apellidaba igual que el seductor de la hija de don Lope.

El sevillano corral de comedias estaba a tope. Cada uno en su puesto: las mujeres separadas de los hombres, los hidalgos de los plebeyos… Y allí, escondido entre los espectadores, dispuesto a retener en su mente todo el drama, estaba el «memorión», personaje muy habitual en el siglo XVII, que hacía las funciones de «pirata informático» en una época en la que no existían ordenadores, pero se daba mucho el plagio.

Doña Mencía y su hija casadera, en el lugar correspondiente a las damas, se abanicaban con arte. En aquel sutil lenguaje estaban transmitiendo a los caballeros que las miraban —de reojo los más discretos, y sin ambages los más descarados— el siguiente mensaje que no necesitaba Whatsapp: «Joven viuda de buen ver acepta galanteo con varón de bolsa llena y edad conveniente; doncella candorosa espera ansiosa su primer amor». Terminó el entremés con el que el director escénico pretendía caldear el ambiente, y comenzó la representación de El Burlador, cuyo título acababa con la coletilla de O Convidado de Piedra, la cual había atraído a mucha gente, porque se había corrido la voz de que el invitado era un muerto que reclamaba al protagonista la honra de su hija, y eso en el Siglo de Oro daba mucho morbo.

 

No fueron las únicas espectadoras a las que conmovió el argumento. En las salitas de las damas, las cocinas, las fuentes públicas y los patios las féminas comentaban esta o cual escena, y todas daban por cierto lo que antaño decían sus abuelas: que el mejor de los varones debería arder en la hoguera de la Santa Inquisicion.

 

Las escenas se fueron sucediendo unas tras otras. El canalla de don Juan seducía a cuantas hembras se le ponían por delante, fueran damas o plebeyas, duquesas o pescadoras. Luego llegaba el difunto, y… se lo llevaba al Infierno. ¿Dónde si no?

El aleteo de los abanicos de doña Mencía y criatura fue perdiendo fuste. La madre porque seguía embobada los tejemanejes del tal don Juan Tenorio. La niña porque se asustó con la última escena. ¡Menos mal que la acción discurría en la Edad Media, durante el reinado de Alfonso XI! Esas cosas no pasaban en pleno siglo XVII, ¡vaya!

Sin embargo, al día siguiente madre e hija tuvieron una larga conversación sobre la maldad de los hombres que embobaban a las féminas con sus embustes y mucho prometer hasta…, y después de conseguido, nada de lo prometido. La impactante representación les había abierto los ojos. Compungidas fueron por la tarde a ver a su venerable tía, abadesa de un convento de monjas, y platicaron largo y tendido sobre lo sucedido en el escenario.

—¡Ay, Señor! —exclamó la madre— ¡Qué claro he visto la maldad del mundo y la fragilidad del corazón femenino en esta obra de teatro! ¡Con razón me la recomendó tanto mi santo confesor!

—¡Oh, sí, reverenda tía, ese don Juan era malo de  verdad y al final se lo llevaban los demonios a lo más profundo del Infierno! —corroboró la muchacha, todavía impresionada con el espantoso final, en el que el Comendador vengaba el honor de su hija de una forma tan espeluznante. 

—Sobrinas, vuesas mercedes han de entender que la mujer  no puede  fiar de las promesas de casamiento de varón, ni dar  la  mano en señal de  matrimonio sin que haya testigos, y sin un clérigo que bendiga la unión y la registre como mandan los cánones de la Santa Madre Iglesia, y si habéis menester de un refugio contra la perversidad de los hombres, recogeos tras estos muros, que jamás se oyó decir que ningún burlador de honras se atreviera a traspasarlos para seducir a quien se acoge a sagrado —ofreció la buena religiosa.

Y así siguieron en pía conversación toda la tarde, arrancando la superiora a doña Mencía la promesa de que pensaría detenidamente sobre lo más conveniente para su salvación eterna y la de su hija.

No fueron las únicas espectadoras a las que conmovió el argumento. En las salitas de las damas, las cocinas, las fuentes públicas y los patios las féminas comentaban esta o cual escena, y todas daban por cierto lo que antaño decían sus abuelas: que el mejor de los varones debería arder en la hoguera de la Santa Inquisicion.

No fue esa la reacción del público masculino, que desde el Ayuntamiento a las plazuelas que rondaban los pícaros, todos se hacían lenguas de la pericia en el burlar de don Juan Tenorio. Y así, en la Casa de Contratación de Indias, los que habían acudido al alba para solicitar los permisos correspondientes para embarcarse rumbo a América tuvieron que esperar hasta medio día para ser atendidos por los escribanos, porque aquellos normalmente circunspectos y conspicuos empleados reales se pasaron toda la mañana comentando la comedia y rememorando lances de juventud.

Solo el «memorión» se encerró en su cuartucho de la fonda, afiló la pluma y se puso a escribir todos los versos que recordaba, que eran unos cuantos; y los que no recordaba, se los inventó. Luego muy ufano se fue a buscar a un amigo que era director de una compañía de cómicos de la legua y le vendió el manuscrito, que tuvo a bien titular ¡Tan largo me lo fiais!

Tirso de MolinaDe este modo nació el mito, pues en el siglo XVII fueron representadas y publicadas dos comedias protagonizadas por don Juan Tenorio, que no se sabe con certeza quiénes las escribieron. Se suele atribuir El Burlador de Sevilla o Convidado de piedra a Tirso de Molina y ¡Tan largo me lo fiáis! a Andrés de Claramonte. Sin saber muy bien qué comedia fue la primera ni quién copió a quien. 

El caso es que la fama de su protagonista cínico, juerguista y libertino salió de nuestras fronteras y en toda Europa se representaron dramas, comedias, e incluso una ópera bufa con música de Mozart, basadas en tan singular personaje.

ZorrillaPasó la Illustración y llegó el Romanticismo. Corría el año 1844 cuando don Juan Lombía, director del Teatro de la Cruz, se quedó perplejo cuando el joven dramaturgo José Zorrilla le trajo el manuscrito de su Don Juan Tenorio. Si no hubiera sido porque tenían firmado un contrato por cinco años, se lo hubiera tirado directamente a la cabeza.

—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Otro drama viejo de los que está harto de ver el público! —dijo en voz alta, hojeando impaciente el texto, al tiempo que recordaba sus primeros fracasos al frente del local —. Es la vieja historia de Tirso de Molina, ¡caray! ¿Pero qué se ha pensado ese mequetrefe!

El señor Lombía estaba sentado en el saloncito de su casa, en su butaca favorita. Frente a él su esposa bordaba una mantelería. Levantó sus ojos del bastidor y los clavó en su esposo, buscando una explicación a su enfado.

—Acuérdate, mujer, lo mal que lo pasamos cuando me hice cargo de la compañía. El teatro estaba en quiebra porque lo único que se representaba eran antiguallas, cuyo argumento se sabía el respetable de memoria. 

—Bueno, querido, seguro que será una versión novedosa. El señor Zorrilla ha cosechado grandes éxitos desde que trabaja para ti. Acuérdate de El puñal del godo… Y antes de trabajar contigo estrenó en el Teatro del Príncipe El zapatero y el rey, y cuando firmó el contrato de exclusiva con el Teatro de la Cruz, te presentó un segundo libreto de la misma obra completamente diferente.

—¡Ya!

La dama volvió a bajar los ojos a la costura, fingiendo no escuchar el sarcasmo de su marido, y pretextando que tenía que enhebrar la aguja, los volvió a levantar, arqueando una ceja severamente.

—Es que esta obra es… muy parecida a la de Tirso…— explicó él.

—Pero habrá alguna diferencia.

—¡Claro, sí! El verso es ágil y moderno. 

—¿Y qué más?

—¡Bah, poca cosa. Seduce a una novicia!

—Bueno, pues si seduce a una novicia… No creo que eso sucediera en época de Tirso de Molina… En aquella época, por muy libertino que uno fuera, no se entraba a  saco en sagrado… Eso es una novedad… ¿Es qué la escena está mal contada?

—¡Qué va! Es buenísima. En mi modesta opinión, lo mejor de la obra.

—Anda, léemela.

Don Juan Lombía se atusó el bigote, haciéndose el remolón.

—¿Bueno? —apremió su mujer fingiendo enfado. Sabía que a su marido le encantaba declamar versos. En realidad, era más actor que empresario.

—Está bien. Siéntate en aquel sofá.

Sofá—¿En el sofá?

—En el sofá. O te sientas o no recito.

La señora de Lombía dejó la labor encima de la mesita de caoba, se levantó dignamente y tomó asiento donde su marido le había indicado.

Don Juan se arrodilló ante ella y declamó en tono enamoradizo:

—¿No es verdad, ángel de amor…?

Y siguió el resto de la escena, porque su mujer le quitó el libreto de las manos y le dio la réplica. Al finalizar, se besaron apasionadamente.

—Pues ya ves que no está tan mal —dijo ella, recobrando la compostura.

—No, si el texto tiene su punto romántico, pero… 

—¿Pero…? ¿Dónde está el pero? ¡Es una versión muy moderna! 

—El «pero» está en el final, querida. El Don Juan de Moliére es tan cínico y descreído que no se podría representar en España; pero se condena al final de la obra. Y ni te cuento el Don Giovanni de Goldoni, que se subtitula El disoluto castigado.

—Ya. Y la  de Antonio de  Zamora: No hay plazo que no se cumpla ni deuda  que no se pague o Convidado de Piedra.

—Exacto, querida mía. El público está acostumbrado a que el Comendador salga de su tumba y se lleve consigo a don Juan a los Infiernos; pero a este demonio de Zorrrilla se le ha ocurrido salvar a su Tenorio por medio de doña Inés… El muy pecador se arrepiente en el último momento, y se va al cielo con su amada…

—¡Qué romántico! 

—«Es el Dios de la clemencia, el Dios de don Juan Tenorio». Este es el final.

—Bueno, si te parece que vas a tener un problema con la Iglesia, consulta con el párroco… —La voz de la dama sonó un tanto nerviosa. Hacía diez años que se había abolido la Inquisición, pero todavía no se habían acostumbrado a la libertad de expresión.

—Ya lo he hecho. Y según él es teológicamente correcto. Es más, le entusiasmó la idea. Me dijo que la obra Tirso hizo mucho bien ya que propagó entre el público las ideas del Concilio de Trento; y que este final combate al jansenismo… ¡Al jansenismo, figúrate!

—Entonces no hay reparos.

Don Juan Lombía se levantó bruscamente del sofá y comenzó a pasear por el salita cabizbajo, con las manos en la espalda.

—Pero no me convence… Algo me dice que esta obra va a ser un fracaso…

Su mujer suspiró, pero no dio su brazo a torcer.

—Y a mí que será un éxito rotundo —dijo mientras volvía a retomar la costura.

Aunque parezca extraño, ambos tuvieron razón.

Cuando Don Juan Tenorio se estrenó el 28 de marzo de 1844 la obra no obtuvo el resultado apetecido, estuvo muy poco tiempo en cartel y José Zorrilla la vendió por cuatro mil doscientos reales de vellón al editor Manuel Delgado. Sin embargo su reposición el 1 de noviembre de 1860 alcanzó un éxito apoteósico; de modo que se tomó por costumbre reponerla el Día de Todos los Santos, convirtiéndose en la obra de teatro más popular y más veces representada en España.

La venganza de la PetraY la más parodiada. El propio Zorrilla escribió una zarzuela cómica satirizando a su personaje. Carlos Arniches hizo lo propio en 1917 con La venganza de la Petra, o donde las dan las toman, cuyo protagonista es un donjuán castizo y verbenero, y hay una «escena del sofá» a cargo de la criada y el dueño de la tienda de ultramarinos. Casi veinte años más tarde Pedro Muñoz Seca, el autor de La venganza de don Mendo, convirtió a su Tenorio en el centro de una divertida comedia, La Plasmatoria, en la que don Juan viaja en el tiempo desde el siglo XVI al XX. 

El musicalPero si el lector quiere comprobar qué don Juan le gusta más, puede pinchar en el enlace de Literanda de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina; acercarse a ver "Don Juan en Alcalá", según el texto de José Zorrilla, representación itinerante en Alcalá de Henares (Madrid, España) a través de los sugerentes escenarios que tienen como fondo la ciudad del siglo XVI; o adquirir sus entradas para "Don Juan, un musical a  sangre  y fuego" que se representa este año en el Teatro de  la Luz Philips, de la Gran Vía  de Madrid (España); o quizás divertirse leyendo los libretos de La Venganza de la Petra o de La Plasmatoria.

 

¡Feliz puente de Todos los Santos!

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

  

ENLACES DE INTERÉS:

La relación textual entre "El burlador de Sevilla" y "Tan largo me lo fiais"

 Obras inspiradas en el mito de don Juan

 La venganza de la Petra

La Plasmatoria y un don Juan de Muñoz Seca

Don Juan en Alcalá 2016

Don Juan en Alcalá (artículo por Eduardo Vascos, ex director del Centro Dramático Nacional)

Don Juan, un musical a  sangre y fuego

Alcalá de Henares – Turismo – Don Juan

Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.

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