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Jimena, una historia de amor

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Cangas de Onís, 1073

JimenaJimena Díaz de Asturias se arrebujó bajo el manto y alzó la mirada al cielo. Al salir de la casona de los Fláinez con su hermanastra Aurovita y sus doncellas, el sol brillaba en lo alto, el verde de los prados era intenso y olía a bosque. Ahora el cielo era gris, se había levantado un fuerte viento que arrastraba las nubes por encima de los árboles en dirección a la villa y se percibía un lejano olor a tierra mojada. Eso es lo que tenía Asturias: el paisaje era hermoso bajo la luz del sol y de pronto el cielo se oscurecía y comenzaba a llover, envolviendo de melancolía sus pensamientos.

En Oviedo Jimena podía gozar de animación de la corte condal, pero en Cangas la vida era bastante aburrida. Aurovita y Onnecca eran hijas del primer matrimonio de su padre; Rodrigo, Fernando y ella, del segundo. Tal vez por ese motivo y porque todos le doblaban la edad, sus relaciones con ellos solo eran corteses y distantes. 

paisaje asturianoAquella mañana su media hermana había querido dar un paseo por el campo, en vez de encerrarse a hilar en la sala de costura. Un hecho que a Jimena le pareció insólito; y más cuando apenas se habían internado en los prados comunales donde pastaban las vacas, Aurovita había mandado a sus criadas que fueran en busca de flores aromáticas y hierbas medicinales.
Contra toda norma de etiqueta se habían quedado solas.
Entonces la mayor de las dos hermanas, rodeó los hombros de la pequeña con su brazo, girándola con suavidad hasta que quedaron frente a frente. La muchacha pensó que iba echarle la bronca; pero en los ojos de su hermanastra no había ira, sino compasión y ternura. Jimena tuvo un sobresalto. Su hermanastra no era especialmente efusiva, y menos con ella.
—Jimena, tengo que darte una noticia. El rey Alfonso ha pensado en tu boda. Te vas a casar con uno de los hombres más valientes de nuestro linaje.
—¿Le conozco?
—Creo que habrás oído hablar de él. Se llama igual que nuestro hermano Rodrigo, su padre también tenía por nombre Diego… Es castellano… De Vivar…
Claro que he oído hablar de él. Hacía pocos días que un juglar había cantado sus hazañas en la plaza del pueblo.
—Sí. Es al que apodan el Campeador.
—Efectivamente. Es un hombre rico. Su familia afín a la nuestra. Nosotros somos del clan de los Flaínez de Asturias; él pertenece a los Láinez castellanos… —prosiguió Aurovita —. Su abuelo fue desterrado a Castilla por oponerse al rey de León… Ellos se llaman Láinez, porque…
—En Castilla no saben pronunciar la efe al principio de palabra. Nuestro abuelo fue padre del suyo. Así que más o menos somos primos lejanos.
—Bueno, ¿qué te parece?
Jimena tuvo un golpe de rebeldía, y estuvo a punto de contestar desabridamente; sin embargo, se contuvo a tiempo y se limitó a responder con amargura:
—¿Qué me va a parecer? ¿Es que puedo opinar? ¿Lo permiten nuestras leyes y tradiciones? ¿Acaso no me habéis dicho desde niña que la doncella debe casarse con quien designen sus padres o sus hermanos mayores, y que no le es lícito entregar su amor a quien no le estuviera destinado? Yo obedezco, Aurovita. Solo eso: obedezco.
Jimena se echó a llorar y se mordió los labios.
Aurovita comprendió: el corazón de su hermana ya pertenecía a otro. En silencio, sin que nadie se hubiera dado cuenta, Jimena se había enamorado de algún caballero al servicio de su hermano, el conde de Oviedo; o tal vez de alguno de sus numerosos primos. Pero en cualquier caso aquel era un amor prohibido. El Liber Judiciorum no permitía el enlace de una mujer, noble o plebeya, con un hombre de categoría inferior a la suya; y la Iglesia, con un pariente cercano.
A Aurovita se le encogió el corazón al ver la cara resignada de Jimena. La tomó entre sus brazos e hizo que reclinara la cabeza sobre su hombro.
—No te preocupes, Jimena. Créeme que te comprendo. Yo también pasé por lo mismo… Pero luego… No sé… Hay cosas entre el marido y la mujer que… Bueno, te acercan en el lecho y en la vida… Después vienen los hijos… —musitó Aurovita, acariciando maternalmente su pelo.
—No tengo nada en contra de Rodrigo Díaz de Vivar… Incluso dicen que es muy guapo— balbuceó la joven, ya más calmada.
—No tanto como tú, hermanita… —dijo, levantando la barbilla de Jimena—. De verdad que eres una joven muy bella, como corresponde a una novia afortunada.
Y era cierto. Jimena tenía un rostro agraciado, el pelo castaño tirando a rubio, los ojos pardos, con reflejos verdosos, la boca grana, las manos delicadas, el talle esbelto; de estatura regular; sus modales eran gentiles, agradables, y sabía vestir con elegancia…
—Si ese castellano no sabe apreciarte, es que es tonto de remate, mi niña.
Jimena se secó las lágrimas
—Gracias, Aurovita. Espero que mi futuro esposo comparta tu opinión. Eso es lo importante, ¿no es así?
—¡Como no lo haga, le pego un estacazo! ¡Palabra de hermana mayor!— contestó en broma la interpelada, intentando animar a Jimena.
Antes de que ésta pudiera responder, se oyó un trueno en la lejanía y comenzó a chispear. Las doncellas regresaron apresuradamente con los cestos llenos sobre sus cabezas.
—¡Vámonos a casa antes de que comience a llover en serio!— ordenó Aurovita.
El chaparrón las alcanzó dentro de la villa, justo cuando pasaban cerca de la iglesia. Se resguardaron bajo el tejadillo sostenido por recios pilares, que servía de porche en la fachada sur del crucero. Las dos hermanastras se sumieron en sus pensamientos sin hacer caso de los cuchicheos de las doncellas, que habían dejado las cargas en el suelo y se entretenían hablando de sus amores.
casonaCuando paró de llover salieron otra vez a la empinada calle que llevaba a la casona. Un viento ábrego sopló, esparciendo las nubes de aquí para allá. Jimena se arrebujó en su manto, sintiéndose terriblemente decepcionada con la vida.
Tan solo unos meses antes había conocido los sentimientos de Favila, uno de los muchachos que servían a las órdenes del marido de Aurovita.
Hacía tiempo que la miraba con ojos de cordero degollado. Una tarde en el que las damas de la casa hilaban junto al fuego, el muchacho se había acercado al grupo y, so pretexto de echar unas ramas de enebro a la lumbre, había rozado suavemente su mano.
El contacto había despertado en ella la necesidad de saber si había sido casual o si pretendía decirle algo.
A la mañana siguiente, pidió a Favila que la acompañara a casa de su amiga Cristina, que vivía en una de las casonas de la plaza.
Favila se había puesto colorado, y guardó silencio casi todo el trayecto, hasta que no pudo más y le dijo de sopetón que la amaba.
Ella se limitó sonreír; apretó el paso sin decir palabra, sintiendo que el corazón le estallaba de felicidad dentro del pecho.
Una vez dentro de la casa, despidió a Favila y llena de emoción le contó lo sucedido a Cristina. Estuvieron toda la tarde riendo y cuchicheando en voz baja, mientras cosían en la cocina.
Las dos muchachas parecían tan felices que la nodriza de Cristina intuyó lo que estaba pasando y les echó un severo rapapolvo por fantasear más de la cuenta, en lugar de pedir a Dios que sus padres eligieran para ellas un novio acorde con su estirpe, y que fuera rico y valiente.
Jimena regresó a casa de Aurovita acompañada por el hermano mayor de su amiga, y cuando llegó pudo comprobar que los celos se dejaban traslucir en la mirada de Favila.
El muy tonto no sabía que aquel joven estaba prometido, y que no tenía nada que hacer con ella, ni por linaje ni por cariño. Porque ella solo le amaba a él, a Favila.
Le amaba, le amaba, le amaba, le amaba… ¡Era tan bonito el amor!
Era bonito verse fugazmente a través de las celosías, coincidir los domingos en la iglesia o contemplar la sonrisa de Favila cuando se cruzaban sus ojos. Por las noches se imaginaba a los dos paseando de la mano, besándose en un claro del bosque bajo la luz de la luna, casándose, teniendo hijos… Una vez soñó que yacía con él en la misma cama; se despertó sobresaltada y se echó a llorar, porque sabía que su amor no tenía futuro.
Cuando Aurovita le anunció que su boda había sido concertada, Jimena creyó que su mundo se venía abajo. Tenía ganas de llorar, de gritar, de escaparse, de ingresar en un monasterio. Todo menos aceptar el novio que había elegido el rey para ella. ¿Pero acaso podía desafiar al poder real?
Aquella noche hundió su cara sobre la almohada y lloró copiosamente. Nadie, ni siquiera un valiente caballero con la fama del Campeador, podría nunca ocupar en su corazón el lugar de Favila.

 

Camino de Santiago, 1073
Teresa y Sancha Rodríguez cabalgaban sobre sus mulas bajo el tibio sol otoñal; las hojas de los árboles lucían una gran variedad de tonos verdes, rojizos y amarillos; las nubes se reflejaban sobre los ríos y arroyos que cruzaban sobre recios puentes de piedra, o vadeaban sin bajarse de las cabalgaduras. Las escoltaba la mitad de la mesnada del hijo de Sancha, Álvar Fáñez, entonando canciones de gesta.
Comitiva2Teresa había quedado con su hijo Rodrigo que se encontrarían en el camino de Santiago, antes de llegar a León.
Suponía que saldría al encuentro al mando de una nutrida compaña y que entrarían todos juntos en la capital del reino.
Las dos hermanas habían recibido cartas de Rodrigo Díaz comunicándoles que el rey había decidido casarlo con su sobrina Jimena a comienzos de otoño, y que las dos debían ser testigos de la boda y ratificar la dote que debía dar a su prometida.
A Sancha la noticia le había pillado en Orbaneja, y a Teresa en Vivar. Las dos estaban en sus fincas, supervisando las faenas agrícolas, pues eran viudas; después de leer la misiva y consultar a los varones de la familia, decidieron hacer el viaje juntas.
Se citaron en Burgos el día de San Miguel. Allí Teresa poseía una hermosa casa, que había heredado de Diego Láinez, su difunto marido.
La noche de su llegada, la mayor de las hermanas despidió a la servidumbre y se sentó en el escaño de su habitación, con Sancha a su lado, iniciando una fluida conversación. Primero recordaron los viejos tiempos en Asturias, en casa de su padre; se rieron de sus travesuras infantiles; rememoraron sus bodas y las peripecias de sus partos; se dieron mutuamente noticias sobre sus conocidos, sus tierras, sus ganados, sus siervos; pero luego pasaron a lo que realmente les preocupaba: la boda.
—Teresa querida, es un gran honor para nuestro linaje que el rey haya concedido a tu hijo Rodrigo la mano de Jimena Díaz de las Asturias; eso demuestra el gran aprecio que nos tiene… Sin embargo no noto ninguna alegría cuando hablas de estos esponsales…
—Es que estoy muy preocupada... En este asunto hay algo raro, algo que me desazona… Sancha, ¿tú sabías que Jimena es sobrina del rey?
—No, no lo sabía…
—Y mira que has estado veces en la corte de León.
—Bueno, sí; pero que no se haya mencionado nunca este vínculo no tiene la menor importancia. Lo importante es que tu hijo va emparentar con la familia real. No entiendo el motivo de tus lamentos.
—Es que no sé quién es el padre de la novia.
—¡Teresa, por favor! Todo el mundo sabe que es hija del conde Diego Fernández de Asturias.
—Recuerdo perfectamente que el conde murió en el año 1046 porque yo fui a su entierro, y solo vi a Onneca y Aurovita. Estamos en el año 1073, suponiendo que Jimena fuera entonces una niña de pecho, ahora debe de tener cerca de los treinta años.
—Quieres decir que… a saber qué aspecto tiene… —comentó compungida doña Sancha, comprendiendo la cuita de su hermana. Aquella mujer era muy vieja; lo normal era casarse al llegar a la edad núbil. Ella lo había hecho a los quince años.
—Sé que no es fea… Nuestra prima la condesa de Oca me ha escrito diciendo que la conoce. Es joven y bella. No aparenta más de los diecisiete años… Y eso es lo que me desconcierta. Nadie puede nacer después de morir su padre… A menos que hayan utilizado el nombre de don Diego como tapadera de un desliz dentro de la casa real…
—¡Santo cielo! ¿Y crees que tu hijo estará dispuesto a… seguir el juego al rey? ¿Y los supuestos hermanos…?
—Rodrigo prefiere hacerse el tonto… Ya sabes lo que sucedió el año pasado en Zamora… Cuando murió el rey don Sancho, de repente se vio desposeído de su condición de príncipe de la milicia castellana, y necesita hacerse un hueco en la corte de Alfonso VI… En cuanto a los hermanos de Jimena, supongo que serán los primeros interesados en ser discretos... Rodrigo, el mayor de los varones, fue confirmado como conde después de la muerte de su padre; el pequeño obtuvo un sustancioso cargo palatino; Onneca y Aurovita están muy bien casadas con caballeros cercanos a la familia real.
Sancha no sabía qué responder a su hermana. Teresa continuó:
—Pero imagínate que nuestra prima me hubiera gastado una broma, y que Jimena fuera mayor que mi hijo… Las leyes prohíben que la novia tenga más edad que el novio… El matrimonio sería nulo, o podría ser anulado más adelante al arbitrio del rey, y mi pobre Rodrigo sufriría… Porque a don Alfonso no se le puede llevar la contraria, ya sabes cómo es… Y además está el parentesco; porque mi difunto marido también era un Fláinez, tienen antepasados comumes… —concluyó Teresa, echándose a llorar
Sancha comprendió el motivo de sus lágrimas: la Iglesia podría excomulgarlos por incesto.
Se hizo un tenso silencio, que rompió la dueña de la casa, limpiándose las lágrimas con la punta del brial.
—Será mejor que nos vayamos a dormir. El viaje de Orbaneja a Burgos ha sido largo, y supongo que estarás muy cansada… Dentro de unos días partiremos hacia León.
Ahora Teresa cabalgaba sobre su mula, mientras el fresco aire otoñal hacía ondear los pendones de la mesnada, y no dejaba de pensar preocupada en aquella extraña boda, que la llenaba al mismo tiempo de orgullo y temor.
Para apartar estos pensamientos y distraerse, recordó sus viajes anteriores a la corte de León. El primero fue cuando partió de Asturias para casarse con el padre de Rodrigo; entonces era casi una niña. Después el que hizo, siendo viuda, para presentar a su hijo a los reyes y pedirles que fuera admitido en la escuela palatina. Años más tarde acompañó a su hermana, que postulaba lo mismo para Alvar Fáñez y Álvaro Álvarez, sus sobrinos favoritos.
Teresa y Sancha se habrían conformado con que los muchachos hubieran obtenido una buena acogida en la corte; pero bajo la protección real, Rodrigo había sido nombrado escudero del heredero de Castilla; Alvar se había integrado en la escolta del de León. Rodrigo había escalado puestos hasta ser nombrado príncipe de la milicia castellana; Alvar, capitaneaba su propia mesnada. Pero todo esto se había derrumbado después de la tragedia de Zamora.
Y ahora, por alguna razón que desconocía, el rey había querido enaltecer a su hijo, introduciéndolo en su familia; pero su intuición de madre le decía que aquello podría terminar mal, muy mal.

 

León, 1073
Jimena consideraba que había sido muy bien recibida en palacio real. Los primeros días, la infanta doña Elvira se hizo cargo de ella, puliendo sus modales y poniéndola al día sobre los hábitos de la corte. La esposa del conde Ansúrez, el maiordomus regis, le explicó detalladamente cómo funcionaban el erario, la secretaría, y que el deber de las damas principales del reino era ocuparse de la intendencia de la hueste, lo mismo que las esposas de los capitanes debían proveer a las necesidades de las mesnadas, y las mujeres de los labradores y artesanos a las de sus maridos cuando iban a la guerra.
Después fue incorporada a la casa de doña Urraca Fernández, la hermana mayor del rey. Aunque doña Urraca era reina de Zamora, vivía en la corte leonesa. En realidad era ella la que gobernaba los reinos de Galicia, León y Castilla.
Jimena, formando parte de las doncellas de su séquito, aprendió las sutilezas de la política y las negociaciones con los condes y los embajadores musulmanes, y asistió a una sesión de la curia regia.
Don Alfonso VI le proporcionó una afectuosa acogida el día que le fue presentada. Aunque le veía poco: siempre andaba muy ocupado de aquí para allá, de reino en reino, de ciudad en ciudad, de lecho en lecho, de alcoba en alcoba; porque cuando no estaba embarcado en alguna guerra, dividía su tiempo entre la reina Inés y su amante, Jimena Muñiz, la hija del conde don Munio.
Cuando vivía en Asturias, creía que su nombre era raro porque los que allí se estilaban eran de rancia tradición visigoda; sin embargo en la corte resultaba muy común, porque era el nombre dinástico del reino de Pamplona, y lo habían llevado varias infantas navarras casadas con reyes de León, que a su vez lo habían transmitido a sus hijas, sus nietas, sus ahijadas de bautizo… En fin, que para entenderse entre tanta Jimena como había en la corte, tenían que utilizar sus apellidos y lugares de nacimiento.
De todas las doncellas del palacio, Jimena Díaz de las Asturias, era la mayor; porque las otras jóvenes de su edad, hijas, sobrinas, primas de los magnates de la curia regia, ya estaban casadas y algunas tenían uno o dos hijos.
El asunto de la fecundidad la tenía muy preocupada desde que supo que don Alfonso pensaba separarse de la reina Inés porque no le había dado ningún vástago, y andaba buscando el favor de Roma para casarse con la hija de don Munio, que sí le había dado descendencia.
Durante los primeros meses de su estancia en la corte lloró cada noche evocando el recuerdo de Favila. Hasta que un día se enteró de que se había casado con una joven viuda gallega, y que el matrimonio se había hecho por amor. ¡Por amor! ¿Cómo que por amor? ¿Tan pronto la había olvidado?
Preguntó, indagó y se enteró que la pareja vivía en Lugo, al servicio del conde Ovéquiz y que el muchacho había medrado en aquella corte desde que la viudita de quince años le había declarado su amor y él había aceptado gustoso casarse con ella. Se mordió los labios para no llorar cuando oyó a la infanta doña Elvira contar aquel chisme a su hermana Urraca: la ley permitía a la viuda elegir marido y aquella lagarta se había aprovechado de la ambición de Favila para engatusarlo.
Entonces se dio cuenta: Favila le había declarado su amor para obtener un cargo en la corte de Oviedo.
En aquel momento se sintió tan herida y despechada que envidió la soltería de la reina de Zamora, y deseó meterse a monja.
Sin embargo aquellos pensamientos no llegaron a echar raíces en su corazón porque anhelaba amar y ser amada.
Cada vez que doña Eylo ensalzaba delante de ella el valor y la gallardía de Rodrigo Díaz de Vivar o la infanta Elvira ponderaba el extenso patrimonio que poseía en Castilla, Jimena sentía una viva curiosidad por conocer a su prometido. Sobre todo cuando los juglares amenizaban las veladas del palacio con alguna breve canción dedicada a él.
llegada del Cid copiaUna tarde lo vio a través de las celosías de la sala de costura. Un rumor de cascos de caballo, piafar de corceles, voces de mando y sonido de clarines avisaron a las damas de la corte de que un caballero había llegado al palacio. Doña Urraca y sus doncellas se levantaron de los asientos y, dejando sus labores, atisbaron discretamente por la ventana.
—Ese es don Rodrigo. ¿Qué te parece? —preguntó la reina de Zamora, señalando al más alto de todos.
A Jimena le dio un vuelco el corazón. Nunca hubiera creído que los elogios que había escuchado sobre él se quedaran tan cortos. Su futuro esposo era el varón más bizarro y apuesto que había visto en su vida. Tenía un aspecto arrogante y gentil al mismo tiempo; su espesa barba le daba un aire muy distinguido.
—Es muy guapo, alteza —contestó, ruborizándose.
Doña Urraca Fernández sonrió complacida.
Durante el breve espacio de tiempo que Rodrigo Díaz de Vivar estuvo en la corte, a Jimena no le permitieron hablar con él, y se tuvo que conformar con espiarle a hurtadillas a través las cortinas del salón real o de las celosías del segundo piso. De modo que su curiosidad fue creciendo día tras día.
En el banquete de despedida con que Alfonso VI obsequió al magnate castellano, se atrevió a lanzar una mirada oblicua hasta el final de la mesa donde ambos estaban sentados, cada uno en un extremo; y se sorprendió al ver que él también la observaba con asombro y simpatía. Se volvió descaradamente hacia Rodrigo y le dirigió una amplia sonrisa. Él inclinó la cabeza con gentil reverencia y alzó su copa en dirección a ella.
El pulso de la muchacha se aceleró y sintió mil mariposas revoloteando en sus entrañas. Doña Urraca Fernández se dio cuenta del sonrojo de su protegida y le susurró al oído:
—Paciencia, querida. Mañana tu prometido saldrá al encuentro de sus parientes castellanos, que ya vienen de camino, y pronto se celebrarán tus esponsales.

Camino de Santiago - 1073
La mesnada de Rodrigo Díaz de Vivar se encontró con la comitiva de su madre cerca de Sahagún. Y cuando después de descansar durante un día entero emprendieron el camino hacia el sureste en lugar de seguir recto hacia el oeste, la alarma de doña Teresa Rodríguez y de su hermana fue en aumento. Doña Sancha pidió a su hijo que hablara con su primo para informarse por qué tomaban aquel camino que se adentraba en las tierras del conde Ansúrez.
—Estamos cumpliendo órdenes del rey. Di a las damas que la boda no se celebrará ni en Oviedo ni en León, sino en Palencia —contestó escuetamente Rodrigo Díaz a Álvar Fáñez.
Aquello dio mucho que pensar a su madre y a su tía; pero solo se atrevieron a dirigirse miradas cómplices durante el día, y a hablar en susurros durante la noche, mientras intentaban conciliar el sueño bajo la lona de la tienda de campaña.
A la mañana siguiente, Teresa trató de sonsacar a su vástago. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta.
—Hijo mío, perdona la curiosidad de tu madre, y dime si conoces a la novia, y si es de tu agrado. ¿Es guapa? ¿Qué edad tiene?
Rodrigo sonrió mientras recordaba la grata impresión que le había causado Jimena la noche del banquete.
—La he visto de lejos. Doña Urraca Fernández es muy estricta en lo tocante al protocolo de la corte. Pero he de deciros que es joven y bella.
«Muy bella», repitió Rodrigo mentalmente, recordando los ojos verdes de la muchacha, su andar grácil que evocaba una suave brisa de primavera, su esbelto talle y sus firmes curvas apenas disimuladas por los pliegues de su túnica blanca y su brial de seda azul. Sus cabellos tenían el color de trigo maduro, y sus labios eran dignos de ser besados.
Doña Teresa escrutó el rostro de su hijo y comprendió que se había enamorado.
Aquella noche le comunicó a su hermana lo que había descubierto. Y ambas convinieron en que en aquella boda había algo raro; algo que tenían que ocultar a la corte, y que por eso la ceremonia la iba a realizar don Miro, el obispo de Palencia…

 

Palencia, 1073
Las doncellas vistieron a Jimena con una túnica y un brial blanco; colocaron sobre sus hombros un manto azul cielo con ribetes de armiño, cerrado en el cuello con un broche de oro. Sus cabellos trigueños caían sobre su espalda, como correspondía a una virgen; una corona de flores ceñía sus sienes.
La novia echó un vistazo a los vestidos de casada que esperaban sobre la cama. Antes de ir al banquete debía cambiarse de ropa y aparecer ante su esposo y los invitados ataviada de matrona, con el pelo recogido en trenzas bajo un discreto tocado.
Se sentía muy nerviosa. En realidad no conocía nada de su futuro marido, excepto su fama de guerrero. No sabía qué carácter demostraría en la mesa y en el lecho, y esto era muy importante para la paz conyugal, como solía decir doña Eylo. Además los últimos días habían sido… No sabía cómo calificarlos… Pensaba que iba a casarse en la corte, y doña Urraca le había dicho que el rey prefería que lo hiciera en los dominios del conde Ansúrez. Ciertamente que doña Eylo se había portado muy bien con ella y le había explicado cuáles era sus obligaciones respecto a su cónyuge. Siempre había pensado que cuando se casara esta charla estaría a cargo de Onneca o Aurovita… Sin embargo sus hermanos no iban a asistir a la boda… Era raro… Había algo que flotaba en el ambiente; algo que ella no comprendía muy bien, pero que intuía que estaba relacionado con la larga conversación que el rey había sostenido a solas con Rodrigo Díaz. Tras esa conversación, doña Urraca le había informado que el novio accedía a darle como dote la mitad de sus bienes, sesenta y cuatro aldeas con sus gentes, ganados, viñedos, pastos, molinos, herrerías y campos de labor. Que en Castilla se acostumbraba a dotar a la novia solo con la décima parte de los bienes del novio, pero que don Rodrigo había accedido a casarse bajo el Fuero de León, porque —y esto lo recalcó doña Urraca— quería rendir homenaje a su belleza y virginal connubio. Que una vez realizada la ceremonia y pasada la semana de agasajos, partiría con su marido a Asturias, donde ambos residirían durante su primer año de matrimonio.
Jimena se sintió muy aliviada al saber que durante todo este tiempo podría ver a sus hermanos, y visitar los lugares que la habían visto crecer. La madre y la tía de Rodrigo le parecían damas severas y adustas. Todavía no las había visto sonreír ni una sola vez. Bueno, una. Cuando doña Urraca les había asegurado que las aldeas que correspondían por herencia del abuelo materno a Alvar Fáñez y a su primo Álvaro Álvarez no formarían parte de su dote… Eran dos señoras muy extrañas que vestían al estilo de Castilla, y que se dirigían a los criados en un latín rarísimo…
Entraron doña Urraca Fernández y doña Eylo en el lugar donde la estaban terminando de vestir y colocar los pliegues del manto; las doncellas se inclinaron ante la reina de Zamora, y esta sonrió y dio su aprobación al aspecto de la novia.

beso—Estás muy guapa, Jimena. Estoy segura de que harás muy dichoso a don Rodrigo… —Doña Urraca levantó el rostro de Jimena por la barbilla y le dio un beso en la frente —. Dios te bendiga, hija mía. Te dejo en manos de doña Eylo… Yo tengo que esperarte con tu tío Alfonso en la puerta de la iglesia de San Miguel…
La voz de la dama estuvo a punto de quebrarse, y unas lágrimas se asomaron a sus ojos. Dio media vuelta y salió con porte regio de la habitación.
Doña Eylo organizó la comitiva: primero Jimena, a su lado ella, después las doncellas que levantarían su manto para que no arrastrase por el suelo. Al llegar al zaguán del palacio del conde Ansúrez, esperaban una yegua blanca, regalo del rey, y un nutrido grupo de mulas negras que montarían las dueñas y doncellas del séquito nupcial.
Como en un sueño, subió a su cabalgadura; las criadas se apresuraron a colocar vestidos y capa convenientemente. Doña Eylo dio la orden de partida.
Las campanas de San Miguel repicaban alegremente mientras ella bajaba de su montura. Los invitados formaban un pasillo de brillantes y multicolores vestidos, que terminaba en la puerta principal del templo. Allí estaban esperándola el rey, doña Urraca,doña Elvira, su futura suegra con su hermana. Y en medio de ellos, el obispo de Palencia y… Rodrigo.
Sintió que una oleada de calor cubría su rostro, y bajó la cabeza para que no se notara. El conde Ansúrez tomó su mano y la depositó en la del rey. Oyó cómo el obispo se dirigía a los presentes y preguntaba que quién entregaba a la novia.
—Yo —contestó Alfonso VI con voz potente, poniendo la mano de Jimena en la de Rodrigo Díaz de Vivar.
El obispo prosiguió la ceremonia con las lecturas, preguntas y bendiciones rituales. Antes de entrar en la iglesia, el rey se dirigió al prelado:
—Esta boda se realiza según la costumbre de los visigodos.
Eso significaba que los novios debían besarse ante los testigos, para consumar simbólicamente el matrimonio.
Jimena cerró los párpados. Sintió que los fuertes brazos de Rodrigo rodeaban su talle y la atraían hacia sí. Sus labios se unieron en un cálido beso. Cuando abrió los ojos y su mirada verde se cruzó con la azul de él, comprendió que sus corazones se pertenecían para siempre.

 

Jimena Díaz de Asturias, esposa del Cid Campeador

Margarita TorresCuando la historiadora Margarita Torres-Sevilla escribió su libro Linajes en León y Castilla: siglos IX-XIII, dedicó un amplio capítulo al linaje del Cid. Sin embargo no existe uno análogo sobre su esposa, Jimena Díaz, a la que calificó como el mayor enigma medieval de nuestra historia. En su lugar dedicó varias páginas bajo el epígrafe de La familia del conde de Oviedo, don Diego Fernández de las Asturias, ya que en la carta de arras de Rodrigo y Jimena, figura legalmente como su padre. También se menciona este hecho en la primera biografía del Cid, escrita en latín en el siglo XII, Historia Roderici, así como que Jimena era nepta de Alfonso VI.
Al traducir nepta como sobrina del rey en el sentido más amplio de la palabra, tanto Margarita Torres como Menéndez Pidal aventuran dos posibles genealogías para doña Jimena. Margarita a través del linaje de los Fláinez; don Ramón, de los condes de Cea. Ninguna de las dos coindicen en los antepasados. Las dos formulan hipótesis sobre la madre de Jimena, que no pueden ser probadas con exactitud.
María Emma Escobar Uribe, miembro de la Asociación Colombiana para el Estudio de las Genealogías, opina que había algo tan raro en la ascendencia de doña Jimena que se trató de ocultar por todos los medios.
La cosa se complica cuando Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa se convierten en los protagonistas de la primera novela histórica en lengua española: El cantar de Mío Cid. Porque a partir de aquí los romances, dramas y novelas posteriores atribuyen la paternidad de doña Jimena al supuesto conde Lozano, que unas veces es de Gormaz y otras de Orgaz. Pura fantasía.
Pero si traducimos la palabra nepta como «sobrina carnal» del rey, esto nos abre un sinfín de posibilidades para explicar las relaciones tan tirantes que mantuvieron Alfonso VI y los principales nobles con el Cid.
Si Jimena tenía sangre real, no en el sentido amplio de la palabra, sino una afiliación muy próxima al trono, esto significa que sus intereses chocaban con los de la nobleza palatina, porque estaba dentro de la línea de sucesión.
Algo que no sucedía con el resto de los hijos del conde Diego Fernández de Asturias. Ninguno es mencionado como sobrino del rey.

Lo único que parece ser real fue el amor que se profesaron Rodrigo y Jimena. Tan fuerte que lo recogieron los relatos orales que gestaron El cantar de Mío Cid, y que a través del romancero han llegado hasta nosotros.

Y es curioso, ninguno de ellos firma la carta de arras; en cambio sí lo hacen las hermanas, los tíos y los primos castellanos de Alfonso VI, miembros del clan de los González-Salvadores. Por parte del novio aparecen las firmas de su madre, su tía, sus tíos y primos asturianos, todos con apellido Rodríguez o Álvarez.
Ni siquiera aparece el hermano mayor de Jimena, conde de Asturias, firmando entre los condes de la curia regia que dan el visto bueno al documento; ni como testigo del enlace. Como testigos aparecen tres varones sin apellido —Anaya, García y Galindo—, que posiblemente fueran capitanes de la mesnada del Cid.
Teniendo en cuenta que las cartas de arras las firmaban los parientes cercanos de los novios, y en esta no figuran los hijos del conde de Oviedo, es porque posiblemente no fueran hermanos de Jimena.
Si a esto unimos que don Diego murió en el año 1046 y que la carta de arras se firmó en el 1074, estaríamos ante un hecho insólito para la época: una dama de sangre real con más de treinta años de edad se casaba con un jefe de mesnada más joven que ella. Lo que choca con lo dispuesto en el Liber Judiciorm y con uno de los párrafos del documento, en el que se declara que Rodrigo Díaz concede a la novia la mitad de su patrimonio debido «a su hermosura y virginal connubio». A finales del siglo XI era muy poco probable que una dama se mantuviera bella a los treinta años. Posiblemente Jimena no alcanzara los veinte. Por otra parte, si Jimena fuera hija biológica del conde de Asturias, sería tía segunda del Cid; algo que les hubiera llevado directamente a la excomunión.
¿Qué motivos tenía la familia real para que Jimena apareciera como una descendiente del clan de los Fláinez? Si echamos la vista atrás, años antes el conde don Diego Fernández entregó la ciudad de León al padre de Alfonso VI. Durante mucho tiempo la retuvo en su poder porque consideraba a Fernando I de Castilla como un usurpador. Sin embargo, de la noche a la mañana… la entrega. ¿A cambio de qué? ¿De un pacto secreto en el que se aseguró a su linaje el gobierno de Asturias a perpetuidad? En un momento histórico en el que los territorios gobernados no eran propiedad de sus gobernadores, sus dos hijos heredaron el condado como si fuera posesión de la familia. Tal vez a cambio de esto les pidieran que prohijaran a Jimena y la hicieran pasar por su hermana… Es una posibilidad.
Fantasías aparte, Jimena hereda y firma documentos con la dinastía de Oviedo hasta su muerte.
Pero su filiación y su relación con el rey sigue siendo un misterio.
Lo único que parece ser real fue el amor que se profesaron Rodrigo y Jimena. Tan fuerte que lo recogieron los relatos orales que gestaron El cantar de Mío Cid, y que a través del romancero han llegado hasta nosotros. Ni Guillén de Castro, ni Antonio Gala, ni Ricard Ibáñez lo han puesto en duda en Las mocedades del Cid, Anillos para una dama, o Mío Sidi.
Al misterio de doña Jimena, y a su amor por Rodrigo Díaz de Vivar he dedicado este relato. Espero que el lector haya disfrutado con él.

 

Enlaces de interés:

Carta de arras del Cid y doña Jimena

Texto en castellano antiguo de la carta de arras del Cid y doña Jimena

Traducción de la Historia Roderici 

El linaje del Cid

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

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