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El puñal y la pluma. Las crónicas del rey Pedro IV de Aragón

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Valencia, año del Señor de 1340

 

El joven secretario real, Tomás de Canellas, sintió un enorme desasosiego cuando se presentó un paje en el salón de la cancillería para comunicarle que el rey don Pedro, su señor, deseaba verlo de inmediato. Dejó los legajos que estaba examinando encima del escritorio, se alisó la ropa, se puso el manto y comprobó un par de veces que los pliegues caían correctamente sobre su espalda, alzó la cabeza ocultando su preocupación, y siguió al doncel hasta la cámara real con una estudiada pose de varón severo y circunspecto, como mandaba el protocolo del palacio. Aunque a él no le costaba ningún esfuerzo lograr esa apariencia porque  don Pedro IV, rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona le aterrorizaba. Al monarca le llamaban el Ceremonioso pues adoraba la etiqueta palaciega, pero también el del Punyalet porque de su cinto pendía una pequeña daga de la que no se desprendía ni para ir a dar las buenas noches a la reina. Las malas lenguas decían que no se fiaba ni de su sombra, y que él mismo había hecho correr el rumor de que si llevaba el puñalito era para utilizarlo. 

Tomás sabía que el rey estaba resentido con sus súbditos catalanes, y él había nacido a dos jornadas al sur de Barcelona. Siempre que se presentaba ante el monarca cuidaba sus modales y ponderaba sus palabras porque los incidentes de los primeros años del reinado todavía flotaban en el ambiente. 

pedro ceremoniosoDon Pedro había decidido coronarse rey en Zaragoza, desoyendo los consejos de su tío, el conde de Ampurias, sin haber jurado previamente los Utsages catalanes en Barcelona. Porque don Pedro, que durante su juventud había residido en Zaragoza, Ejea de los Caballeros y Jaca, se sentía aragonés. Pensaba que si tenía que hacer alguna concesión a las tierras que había más allá de Entenza, que era el señorío de su madre, su corazón se inclinaba por Lérida, porque él había nacido en La Franja, en la localidad de Balaguer. Así pues juró los Utsages en Lérida en lugar de Barcelona. Naturalmente a los catalanes no les gustó aquella actitud, y tomaron represalias políticas contra su señor natural, el rey de Aragón y Valencia. Por supuesto que estas habían sido neutralizadas por el partido aragonesista, pero don Pedro se había vuelto muy suspicaz y llevaba siempre consigo el punyalet.

Dos pajes abrieron los batientes de la puerta que comunicaba el corredor con la sala, mientras el que le había guiado se adelantaba unos pasos, anunciando su nombre al monarca, hacía una profunda reverencia y se colocaba discretamente junto a una puerta oculta por espesos cortinajes. Tomás hizo las reverencias de rigor y aguardó a que el rey hablara. Afortunadamente, su majestad era un hombre muy directo y su palabra resonó entre los muros de la cámara con ese inconfundible acento aragonés que era tan suyo.

—He tomado la determinación de escribir una historia general de la corona de Aragón que finalice en el reinado de mi padre. Y puesto que sois versado en lenguas y domináis el latín, el aragonés, el catalán y el castellano, he decidido que seáis vos quien inicie esta magna obra, buscando los documentos pertinentes allá donde fuera menester. No deseo que los castellanos sean los únicos que alardeen de las crónicas de sus reyes.

Tomás recordó que su alteza había ido a Castilla a firmar el Tratado de Madrid para repartirse las conquistas musulmanas con su amigo Alfonso XI el Justiciero y cómo los cortesanos del reino vecino se habían jactado de las joyas literarias que formaban parte del patrimonio real. A don Pedro le había sentado muy mal,  aunque lo había disimulado con una diplomática sonrisa. Una vez a solas con sus íntimos, les había asegurado que, cuando conquistaran a los moros el reino de Algeciras,  se tomaría un tiempo para dirigir una obra histórico literaria colosal, que pudiera competir con la de Alfonso X el Sabio de Castilla. 

Todavía no se había consumado la conquista de las tierras musulmanas, pero al rey de Aragón y Valencia parecía haberle entrado las prisas por comenzar el trabajo, y el encargado de llevar a cabo esta tarea era él, Tomás de Canella. El secretario regio no supo si temblar o regocijarse. Se sentía muy halagado, pero instintivamente sus ojos se posaron en el puñal del rey y bajó los suyos para disimular la intranquilidad que le producía su visión. ¿Y si a don Pedro no le gustaba el resultado final de sus investigaciones? 

—Majestad, os estoy muy agradecido; sin embargo reunir el material necesario para confeccionar esta crónica, me temo que será una ardua tarea. No sabría por dónde empezar…

El rey alzó una mano para imponer silencio.

—Os aconsejo que vayáis a Castilla y consultéis la Crónica del arzobispo Jiménez de Rada, titulada De Rebus Hispaniae, que habla de los remotos orígenes de los reinos cristianos. Saltaos a los romanos, que nada nos interesan, y pasad directamente a estudiar por qué los musulmanes se asentaron en nuestra tierra. No fieis de la versión castellana de los orígenes del reino de Aragón, sino encaminaos al monasterio de San Juan de la Peña. Allí hay depositados unos antiquísimos Anales con los hechos de mis antepasados. Y… —el rey, en contra de su costumbre, interrumpió su discurso como si tratara de buscar las palabras adecuadas, y continuó en voz baja, en tono de confidencia — aprovechad para informaros si Aragón perteneció alguna vez a Navarra o viceversa; la reina y yo tenemos opiniones encontradas a ese respecto… Me interesa conocer la verdad.

Al secretario regio le pareció un encargo muy natural, habida cuenta de que el rey se había desposado con una infanta navarra. Inclinó la cabeza en señal de aquiescencia.

El rey frunció el ceño y con toda naturalidad acarició el punyalet.

—Pero lo más importante es que me aclaréis las circunstancias en las que se unió la casa real de Aragón con la de los condes de Barcelona. Necesito saber por qué los catalanes están siempre dispuestos a cuestionar el poder de los reyes de Aragón, siendo simplemente los habitantes de un condado más de mis reinos. Y no me digas que su burguesía tiene una gran pujanza económica, que eso no es excusa suficiente para intentar sublevarse una y otra vez contra su señor.

Tomás comprendió que la entrevista se estaba complicando e hizo otra reverencia, dando a entender que rendía pleitesía a sus palabras. El Ceremonioso, haciendo honor a su apodo,  sonrió complacido ante el cortés acatamiento de su súbdito.

—Te daré cartas para mi amigo el bueno de Alfonso XI de Castilla, y para el abad de San Juan de la Peña, y para todos los archivos y abadías de mis reinos. Allí donde hubiera un documento que precisarais, allí os deberán facilitar su consulta. También os proveeré de una escolta, sufragaré los gastos de vuestros viajes, y a la vuelta os sabré recompensar adecuadamente.

El secretario real hincó la rodilla en el suelo e inclinó la cabeza.

—Alteza, os agradezco infinitamente la confianza depositada en vuestro humilde servidor y las  providencias que me facilitarán cumplir con vuestro encargo.

Pedro IV el Ceremonioso dio por terminada la entrevista.

Tomas de Canellas partió de Valencia hacia Toledo con un nutrido grupo de amanuenses y soldados. Avanzó hacia el oeste, atravesando hermosas huertas de almendros y naranjos; franquéo las escarpadas montañas que separaban el reino mediterráneo de la altiplanicie castellana; se desvió hacia el norte siguiendo el trazado de una antigua calzada romana que iba a parar a Titulcia, y desde allí cabalgaron en dirección sudeste hasta la capital del antiguo reino de los godos. Desde una colina coronada por un bosquecillo de olivos, divisaron la regia ciudad circundada por el Tajo, sus fuertes murallas, el antiguo alcázar de los reyes moros, las esbeltas torres de la catedral, las estrechas callejuelas, el castillo de San Servando convertido en monasterio, y varios arrabales rodeados por huertas y olivares.

Entraron por la puerta del este y fueron directamente al mesón donde se solían hospedar los comerciantes francos, catalanes y valencianos para asearse y cambiarse de ropa antes de visitar al arzobispo don Egidio y entregarle las cartas de presentación del rey de Aragón y Valencia,  solicitando su permiso para consultar las crónicas históricas en las bibliotecas toledanas. 

A este respecto no hubo problema. Don Egidio era del linaje aragonés de los Luna, y demostró una gran simpatía por los que consideraba sus paisanos. Dio instrucciones al deán de la catedral,  al abad del monasterio de San Servando y al jefe de la Escuela de Traductores para que se les facilitara a los enviados del rey de Aragón el acceso a todos  los códices que quisieran consultar.

escribaDurante varias semanas los escribanos que formaban el séquito de Tomás de Canellas copiaron varios textos en lengua latina. Algunas veces el secretario regio charlaba en latín con los bibliotecarios toledanos y les exponía sus dudas, que estos aclaraban en la medida de lo posible; pero siguiendo las instrucciones de su señor, el rey Ceremonioso, solo tomó unas breves notas sobre las luchas internas de los reyes godos, la llegada de los moros, la batalla de Guadalete, el repliegue de los cristianos hacia el norte, el nacimiento del reino de Asturias, el ascenso del reino de Pamplona y Nájera, el reparto de la herencia de su rey Sancho III el Mayor; las disputas de castellanos y navarros por La Rioja… El pacto entre el rey de León con su primo el de Aragón, repartiéndose entre ellos lo que actualmente era Navarra…

—¡Vaya! —se dijo—. Este relato puede ayudar a mi señor a dar cumplida respuesta a su esposa… O tal vez no… —agregó para sus adentros, pensando en el punyalet.

Y así, aunque De rebus Hispaniae era una crónica que daba una visión general de la historia de los reinos cristianos, copió sin saber muy bien si aquel material le sería útil o no; su intención era cotejarlo con los escritos de los Anales de San Juan de la Peña, y ceñirse a lo propiamente aragonés.

Terminada su misión en Toledo, emprendieron de nuevo el camino. Primero se dirigieron hacia la ciudad de Zaragoza,  el corazón del reino de Aragón. Durante días, protegidos por los guerreros toledanos que les había proporcionado el arzobispo, cabalgaron entre olivos, alcornoques y encinas, siguiendo el trazado de la antigua calzada romana de Cesaraugusta hasta llegar a la frontera castellano aragonesa, a partir de allí siguieron solos hasta la ciudad del Ebro donde tenían intención de descansar unos días y seguidamente viajar a las montañas del Pirineo. Sin embargo su estancia se demoró varias semanas. En la biblioteca del palacio de la Alfajería Tomás encontró una crónica escrita hacia el año 1305 y retocada una veintena de años después, que contradecía algunos puntos de los que había leído en Toledo. Lleno de dudas ordenó que la comitiva se dirigiera al norte, a Huesca, y de allí giraron hacia el oeste, internándose entre escarpadas montañas de la sierra de Guara. 

SanJuandelaPeñaLas jornadas a caballo cada vez eran más duras, pero cuando alcanzaron su destino y contemplaron el magnífico monasterio excavado en la roca, con aquella impresionante fachada de piedra labrada, la belleza de los capiteles de su claustro exterior, la enorme biblioteca, y en su iglesia pudieron venerar el cáliz que utilizó Nuestro Señor Jesucristo durante la Última Cena, Tomás y sus acompañantes dieron por bien empleado el viaje. Se sintieron como transportados a un lugar de leyenda. El cenobio entero comunicaba una paz y serenidad a la que no estaban acostumbrados ni Tomás ni los miembros de su séquito. La corte de Valencia era brillante, festiva, capaz de rivalizar en elegancia con las de Francia o Borgoña; pero cada cortesano, cada escribano, cada piedra del palacio real respiraban ese ambiente  bélico de las ciudades cercanas a la frontera con las taifas musulmanas.  En cambio allí, en aquel recóndito lugar del Pirineo parecía que se había detenido el tiempo.

Durante semanas el secretario real y sus ayudantes se enfrascaron en el agradable trabajo de leer los Anales de los primeros condes y  reyes de Aragón. Tomás los sentía tan cerca que le parecía oír sus voces resonando entre las paredes del scriptorium.

Según iba pasando páginas, comprendió la importancia de aquellas crónicas y decidió copiarlas enteras. Su pluma transcribió cómo el pequeño condado se fue extendiendo hacia el sur, conquistando a los musulmanes Barbastro, Jaca, Huesca…  Cómo por un pacto con el rey de León, el rey Sancho Ramínez de Aragón se convirtió también en el de Pamplona. Cómo sus tres hijos extendieron el territorio cada vez más al sur: Pedro I, que murió sin un hijo varón, y al que sucedió su hermano Alfonso I el Batallador. Este conquistó Zaragoza, pero fracasó en su intento de incorporar a su corona los reinos de León y Castilla... También murió sin hijos, y dejó sus reinos a los caballeros templarios. No gustó aquel testamento a los nobles. Los navarros decidieron separarse de Aragón. Los aragoneses eligieron como rey a su hermano Ramiro, que era monje. Exclaustrado a su pesar, se casó con una dama aquitana con la que tuvo una hija, llamada Petronila, a la que desposó con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, al que nombró príncipe de Aragón, pues aunque don Ramiro regresó al convento siguió siendo rey hasta su muerte...  

Entonces fue cuando Tomás comprendió por qué su señor le había mandado allí, y qué es lo que estaba buscando; pero tenía que comprobar si todo aquello era cierto.

RipollSe despidió de los monjes de San Juan de la Peña, y con su pequeño séquito de escribientes y soldados, cabalgó al monasterio de Santa María de Ripoll. En su biblioteca pudo consultar el texto de Gesta comitium barchinonensium, los Hechos de los condes de Barcelona. El relato le pareció tan sólido como el hermoso pórtico semejante a un arco triunfal que adornaba la fachada de la abadía. 

Terminado su trabajo, Tomás y los suyos se dirigieron al reino de Valencia, cabalgando a lo largo de la costa mediterránea.

 

Zaragoza, año del Señor de 1349

 

Don Pedro el Ceremonioso estaba sentado en su escritorio. Ante sí tenía un pliego de pergamino; su mano derecha jugueteaba con una pluma de ganso bien afilada. 

Caía la tarde, soplaba el cierzo y su ánimo se sentía un tanto melancólico.

Sus pensamientos volaron al día en que él y su esposa María de Navarra habían recibido en Valencia a Tomás de Canella en sus habitaciones privadas. Ellos estaban acomodados en sus sillas de respaldo, y el joven secretario de pie, junto a la ventana abierta al jardín donde florecían los naranjos; un suave perfume a flores de azahar impregnaba la estancia. 

Tras el saludo que el secretario realizó con la debida ceremonia, comenzó a dar cuenta de los datos que había recopilado en sus viajes, de cómo Aragón formó parte de los condados de la Marca Hispánica del reino de los francos, y después pasó a manos de los reyes de Pamplona.

Don Pedro recordó la discreta sonrisa de su esposa cuando llegaron a este punto. Y con qué interés siguió el relato del joven secretario cuando explicó la boda entre doña Petronila y el conde de Barcelona. 

—¿Entonces Ramón Berenguer IV  no fue rey de Aragón? —preguntó ella con cautela.

—Mi señora, solo príncipe —había contestado el secretario—. Aunque después de los esponsales el padre de doña Petronila regresó al monasterio, reservó para sí el título. Cuando murió su nieto fue reconocido como rey de Aragón y conde de Barcelona.

—Claro, querida —había explicado él, pacienzudo—. Don Ramón Berenguer, aunque era un ilustre varón, no tenía sangre real. La dignidad condal no puede preceder a la regia. Por eso yo soy rey de Aragón, de Valencia y conde de Barcelona, y no viceversa. No sé por qué lo pones en duda, amor mío, esto sucede en todas las cortes cristianas. En Navarra también, supongo.

—Pues veréis, mi dignísimo señor —contestó ella—, he oído rumores sobre ciertos condados que quieren poner sus orígenes y dinastías sobre los reinos ya constituidos, y se atribuyen una dignidad superior a la que les corresponde.

Don Pedro recordó cómo estuvo a punto de dar un respingo en su silla, e instintivamente echó mano al punyalet

—No te estarás refiriendo al condado de Barcelona —dijo él, amoscado, pensando en que aquellos perillanes de Cataluña eran muy capaces de decir cualquier cosa con tal de salirse con la suya.

—¡Oh, no, mi señor! Me refiero al condado de Sobrarbe. La última vez que estuvimos en Zaragoza me refirieron que en una crónica aragonesa se asegura que tuvieron reyes anteriores a los de Navarra. Como no me lo creía, fui a la biblioteca de la Alfajería y lo leí en un texto fechado en 1305.

Durante un minuto se quedó en blanco, sin saber qué contestar a su esposa. ¿Que existía una crónica en la que se defendía semejante disparate? Se volvió a Tomás y le preguntó si aquello era verdad.

—Sí, mi señor. Yo también lo he leído.

—¡El mundo se ha vuelto loco! —exclamó indignado. 

Si dejaba que se propagara aquella especie sobre el condado de Sobrarbe, por muy aragonés que fuera, mañana sería el condado de Barcelona o el de Urgell, o el de Ampurias, los que reclamarían un status real dentro de la Corona de Aragón; pero había que ser justo con la Historia, y si era verdad, incluir lo de Sobrarbe en la crónica que había encargado a Tomás, por eso controló su malhumor e interrogó al secretario:

—¿Este asunto aparece consignado en los Anales de San Juan de la Peña?

—No, mi señor. Ni en la crónica de Ripoll. Solo aparece en una narración a la que ha hecho referencia la reina, escrita sobre el año 1305, y ampliada unos veinte años después. En lo demás sigue más o menos lo escrito por el arzobispo Jiménez de Rada, y los hechos de los reyes anteriores a vos.

—Pues bien, cuando redactéis el documento que os he encargado, tomad como base los Anales y olvidad en ese punto lo que leísteis en Zaragoza. 

—Así lo haré, mi señor.

 

Pedro el Ceremonioso volvió al presente. Suspiró e introdujo la pluma en el tintero. El cierzo seguía soplando fuera, hacía frío, y no se le ocurría cómo comenzar su propia crónica. Tomás de Canellas había terminado su encargo en el año 1342, cuando él y María de Navarra todavía eran felices. Comenzaba con los orígenes condales de Aragón y finalizaba con el reinado de su padre. Ahora él se proponía escribir los hechos de su reinado. Había decidido anotar de su puño y letra todo lo acontecido desde aquella fecha, porque necesitaba reflexionar, exponer sus razones políticas, y sobre todo desahogarse. Habían pasado siete años y muchas cosas. Había conquistado la ciudad de Algeciras y se había repartido el botín con el rey de Castilla; pero el único hijo varón que le había dado la reina María no había sobrevivido a la muerte de su madre. Siguiendo el ejemplo de su antepasado Ramiro el Monje, había intentado proclamar heredera de la Corona de Aragón a su hija mayor, la infanta Constanza. Entonces fueron los nobles aragoneses y valencianos los que se sublevaron, y no tuvo más remedio que dar marcha atrás y volverse a casar para dar a la Corona el heredero varón que todos solicitaban. La elegida fue la infanta Leonor de Portugal. 

—¡Pobre criatura! —pensó el rey —. Apenas si estuvimos un año casados. La peste negra que asoló mis reinos también la alcanzó a ella, y murió sin darme un hijo…

El papel seguía en blanco cuando recordó una anécdota de su padre, y luego otra y otra… Entonces tuvo una súbita inspiración y comenzó a escribir todo lo que le venía a la memoria sobre don Alfonso el Benigno. Ya no sentía frío ni en la estancia ni en el corazón. La pluma de ganso parecía moverse sola sobre el pergamino, y el alba le encontró entregado a la tarea. Escribiendo se sentía mejor, su ánimo se relajaba. Fue cuando tomó la determinación de redactar para sí todo cuanto acontecía a su alrededor. Más adelante tal vez podría construirse una gran crónica de su reinado; pero de momento estos apuntes eran suyos, y debían permanecer en la intimidad…

 

Barcelona, año del Señor de 1381

 

Leonor de SiciliaDurante años el rey don Pedro el Ceremonioso había cumplido fielmente su propósito y había consignado todos los grandes acontecimientos de su vida. Su boda con Leonor de Sicilia, una mujer de gran carácter, que no solo le había dado dos hijos varones sino que le había acompañado en sus campañas militares, había dado un viraje a los asuntos políticos. Según la reina, la Corona de Aragón no debía estar encerrada en sí misma, sino abrirse al Mediterráneo, a Mallorca, a Cerdeña, a Sicilia. Ella misma se había ocupado de intervenir en tales asuntos: había casado a la infanta Constanza con su hermano; promocionado el partido catalán dentro la corte siciliana; desbaratado la oposición aragonesa, mandado decapitar a su jefe… 

Su amigo Alfonso XI de Castilla había muerto, dejando el trono a su hijo Pedro I el Cruel, enfrentado con sus once hermanos bastardos. En aquella estúpida guerra civil se habían involucrado los ejércitos de Inglaterra y Francia. Los castellanos habían aprovechado los refuerzos para reclamarle el reino de Murcia, y habían osado a invadir y sitiar Valencia. Ni que decir tiene que, siguiendo los consejos de su mujer, el Ceremonioso se había declarado acérrimo enemigo de su tocayo de Castilla, y había tomado partido por sus hermanos bastardos.

Leonor de Sicilia había sido una gran reina y una gran compañera. Pero había fallecido. Y él, con cincuenta y seis años, se había vuelto a casar. Esta vez con Sibila de Fortiá, una dama de su difunta esposa: bella, joven, viuda, natural del Ampurdán, que había dado un nuevo giro a las cuestiones políticas. Por amor a ella había permitido que la corte se llenara de parientes de Sibila, nobles ampurdaneses y de toda Cataluña. 

Los catalanes llevaban ahora la batuta en todo tipo de cuestiones. Incluso en lo de la crónica. 

El rey le había mostrado a su joven esposa los apuntes de los hechos de su reinado, desde que fue nombrado gobernador general de Aragón, en tiempos de su padre, hasta la fecha de su boda. Por entonces había añadido a sus títulos los de duque de Neopatria y Atenas.

—¡Esta es una historia maravillosa! Tenéis una vida muy interesante, amor mío. Deberíais ordenar que se escribiera una nueva crónica con todos vuestros hechos —le había sugerido la reina Sibila.

—Señora de mi corazón, no tengo tiempo para poner en orden tantos datos… ¡Ah, el tiempo se me ha echado encima! Mi vista ya no es lo que era, y mi pulso flaquea. Además prefiero dedicarme a vos que a componer una historia. Las noches son muy placenteras en vuestra compañía…— contestó él con galantería. Aquella joven reina le tenía tan absorbido el pensamiento como le echaban en cara los hijos que había tenido con Leonor de Sicilia.

Ella sonrió complacida, jugueteó con los dedos de su esposo, le dio un cálido y suave beso en los labios y añadió con sutileza:

Cancillería real—Tenéis muchos secretarios en la Cancillería que solo se ocupan de redactar y transcribir aburridos textos legales. Dadles una oportunidad de hacer algo grande. Mandad que se traduzca al aragonés y al catalán esa interesante crónica que Tomás de Canellas escribió en latín. Haced que redacten vuestras memorias; pero no en ese idioma que solo entienden los funcionarios, sino en las lenguas de la Corona. Es más, me gustaría mucho que tradujeran algunos libros traídos de otros reinos, porque sería para mí una gran satisfacción escuchar su lectura…

—Verás, cariño, habría que modificar otra vez el cometido de la cancillería real aragonesa y...

—¡Pero si ya tiene una escuela de copistas y traductores!

—Bueno, sí, pero…

—Estoy segura de que podrás encontrar algún secretario que sepa redactar bien. Violante de Bar, nuestra «maravillosa» nuera tiene una estupenda biblioteca privada, y yo también quiero tener acceso a esos relatos; en especial a vuestras crónicas…

Al oír el nombre de la esposa de su hijo Juan, el rey Ceremonioso acarició maquinalmente el punyalet. El odio que sentían mutuamente su mujer y su nuera era de tal calibre que se habían formado dos bandos en la corte apoyando a cada una de ellas. Si no quería tener que utilizar la daga, era mejor hacerse el distraído y darle este capricho a su mujer. Después de todo, la crónica era obra suya.

—Hummm…De acuerdo… Deja que piense… Hay un par de secretarios que se podrían ocupar de ello. Por ejemplo Bernat Desclos, ese joven del Rosellón. Incluso el otro muchacho… ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí! Arnau de Torrelles…. Me recuerdan mucho a Tomás de Canellas. Son honestos y meticulosos…

—¿Entonces me daréis gusto? 

El rey sonrió y asintió con la cabeza. 

Sibila le besó apasionadamente. 

 Bernat Desclós y Arnau de Torrelles presentaron a los monarcas el resultado de su obra en el año del Señor de 1383. Dos años después, la segunda redacción con algunos pequeños cambios. 

 Pero la felicidad no dura para siempre. Pedro IV el Ceremonioso, también conocido por el del Puñalet, murió en Barcelona, el 5 de enero del año 1387 y el nuevo titular de la Corona de Aragón encerró a Sibila de Fortiá en el castillo de Montcada. Veinte años más tarde moriría también en Barcelona.

 

Crónica de Pedro IVPedro IV el Ceremonioso fue rey de Aragón, Valencia, Mallorca, duque de Atenas y Neopatria, conde de Barcelona, y el último año de su vida, conde de Ampurias. Conocemos su vida gracias a la autobiografía que empezó a escribir más o menos a partir del año 1349, y que se conoce como Crónica de Pedro el Ceremonioso, y cuya redacción final se debe a Bernat Desclos y Arnau Torrelles. Él la comenzó en aragonés, y los dos secretarios de la cancillería la terminaron y tradujeron al catalán.

Anteriormente había mandado a Tomás de Canellas escribir en latín la Crónica de San Juan de la Peña, a partir de unos Anales que se conservaban en dicho monasterio. Años más tarde este texto se tradujo al aragonés y al catalán. 

La gran novedad de este monarca es su afición literaria. Reformó la cancillería real, cuya función con monarcas anteriores se limitaba a transcribir en latín los documentos necesarios para el gobierno de la Corona. A partir del año 1373,  Pedro IV incorporó un equipo de traductores y copistas que podían competir con los de los monasterios más famosos. Expresándolo en términos modernos, podríamos decir que con la reforma del rey Ceremonioso, la cancillería real no solo funcionaba como un ministerio sino como una editorial que trabajaba para la familia real. Porque sus sucesores mantuvieron esa línea. No en vano, la esposa de Juan I de Aragón, Violante de Bar, fue una prolífica escritora del género epistolar, como atestiguan los nueve mil folios recogidos en cuarenta y cinco volúmenes que se conservan en el Archivo General de la Corona de Aragón.

Dicha Corona en tiempos de Pedro IV el Ceremonioso estaba compuesta por territorios peninsulares y de ultramar. En la península Aragón, Valencia y Cataluña tenían sus propios órganos de gobierno — Cortes, Generalidades— que se reunían por separado. En el transcurso de su reinado se fueron uniendo nuevos territorios mediterráneos: Mallorca, Neopatria, Atenas; sus descendientes agregaron Sicilia y Nápoles.

Gobernar la Corona de Aragón fue para sus reyes un constante ejercicio de equilibrio político, que no siempre pudieron conseguir. Cuando el rey daba prioridad a los asuntos de uno de los territorios, protestaban los demás. En el caso de Pedro IV el Ceremonioso, comenzó como gobernador general de Aragón en tiempos de su padre, y durante los primeros años de reinado se comportó más como rey de Aragón. Casado con una infanta de Navarra, amigo del rey de Castilla, tuvo que hacer frente a la rebelión de Cataluña. Después priorizó los intereses de Valencia, Mallorca y Sicilia. Al final de sus días, perdidamente enamorado de Sibila de Fortiá,  la corte se llenó de parientes de la reina, todos nobles catalanes, y Barcelona se convirtió en su residencia favorita.

¿Existió una Corona catalanoaragonesa? En realidad, no. La Corona tenía a Aragón como reino patrimonial, al que se anexionaron los demás territorios. La potestad real le venía a Pedro IV el Ceremonioso por ser descendiente de los reyes de Navarra y Aragón. Ramón Berenguer IV de Barcelona solo transmitió a sus descendientes la dignidad condal. En la Edad Media el linaje lo era todo.

¿Existió una cultura catalana? Evidentemente sí. El navarro-aragonés y el catalán eran dos lenguas distintas. La primera, al igual que el navarro-castellano, tenían una gran influencia del occitano; la segunda, del provenzal. Gracias al trabajo de la cancillería real aragonesa, el latín se fue sustituyendo poco a poco por nuevas estructuras sintácticas que le aproximaban al catalán, pero que tampoco lo era: había nacido el valenciano. Esto en cuanto a las modalidades que se hablaba en la corte y con las que trabajaban sus funcionarios; sin embargo, la lengua hablada evolucionó libremente. Aunque por aquella época, en que las lenguas romances no se habían distanciado mucho de su tronco común, el leonés, el gallego, el portugués, el castellano, el aragonés, el catalán, el valenciano y el mallorquín se parecían bastante entre sí. Los hablantes de estas modalidades del latín vulgar podían comunicarse perfectamente entre ellos, y con los hablantes del aranés, el occitanto, el provenzal, el limusín, el siciliano, y haciendo un poco de esfuerzo, con los que hablaban las lenguas d’oil del norte de Francia. 

Es curioso como al confeccionar sus crónicas medievales, los cronistas aragoneses, catalanes y portugueses siempre consultaban la del arzobispo de Toledo, De rebus Hispaniae —De las cosas de España—, porque era la que  consideraban más completa.

 A propósito del nombre de España, hay que hacer una precisión: aunque se pronunciaba exactamente igual, las palabras Espania y Spania no significaban lo mismo. La castellana Espania (en leonés Espanha) designaba lo que los romanos consideraban Hispania, toda la península ibérica. El término Spania o Espanya para navarros, aragoneses y catalanes, que cuando  sus tierras eran condados habían pertenecido al reino de los francos, significaba lo que no era Francia. La Corona de Castilla heredó del reino de León esa visión de conjunto que aparece en la obra de Jiménez de Rada. La de Aragón, heredera de la Francia feudal, se decantó por  una organización territorial fragmentada, algo que también se deja ver en sus crónicas. El carácter pactista de los territorios de la Corona de Aragón donde el rey no podía dar un paso sin negociar previamente por separado con las Cortes de cada territorio, no tenía nada que ver con la fórmula de la Corona de Castilla, en la que el rey se reunía con las Cortes Generales, que englobaba a  todos los territorios gobernados por él, básicamente para aprobar los impuestos o legislar modificaciones del Fuero Juzgo.

Estas dos mentalidades, tan bien descritas en las crónicas y recogidas en numerosos documentos de las cancillerías de las dos Coronas, todavía perduran en el imaginario popular. Los problemas territoriales del siglo XXI son el reflejo de lo que se gestó antaño. Conocer nuestros orígenes, es comprender mejor nuestros problemas actuales. El lector, en todo caso, tiene la última palabra.

 

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

ENLACES DE INTERÉS:

Crónica Pinatense

 

Crónica de San Juan de la Peña – Cuadernos de Historia Jerónimo Zurita, 51-52

 

Crónica del rey de Aragón, D. Pedro IV el Ceremonioso, o del Punyalet

 

Crónica aragonesa de 1305

 

De Rebus Hispaniae. Literatura de Rodrigo Ximénez de Rada

Isabel de Cervantes y Saavedra, hija natural, fruto de una aventura extraconyugal con Ana Villafranca de Rojas, mujer de un tabernero. Nunca se llevó bien con su padre.

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