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La pequeña escritora

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Queridos amigos del Blog de Literanda, el relato de hoy está basado en hechos reales. No quiero decir que los demás no lo estén:  Cristine de Pizan, Abd Allah, Per Abat, Cervantes, Calderón de la Barca, Zorrilla, Muñoz Seca, Pedro IV el Ceremonioso existieron de verdad y escribieron las obras a las que me refiero en cada uno de los artículos dedicados a ellos; todos hacen referencia a autores literarios, a sus libros de ensayos, memorias, canciones de gesta, crónicas medievales, novelas, dramas, comedias..., que tienen como denominador común el relato de historias de la Edad Media o del Siglo de Oro. Zorrilla es un autor del siglo XIX, pero su Don Juan Tenorio se desarrolla en el XVI; Muñoz Seca murió a principios del siglo XX, pero en su obra más conocida, La venganza de don Mendo, la acción transcurre en el XII. Generalmente no suelo encabezar los relatos con una aclaración, sino que lo dejo para el final. Esta vez el editor me ha pedido que la coloque al principio, porque lo que hoy voy a contar sucedió hace unos veinte años y su autora vive. Se llama Ana Lilia Frank. La conocí hace cinco años a través de Facebook. Yo acababa de publicar El códice del franco en edición de papel y estaba publicitándolo en las redes sociales; ella estaba comenzando a escribir un libro de divulgación científica, en el que resumía algunas de sus experiencias como psicopedagoga clínica en varios hospitales de Argentina. Un poco antes de Navidad recibí un paquete procedente de nuestro querido y bello país hermano: dentro estaba el libro de mi amiga. Su título me desconcertó. En la portada ponía —afirmando, no interrogando— Porque no aprende un niño-Casos clínicos-Patologías que comprometen el aprendizaje. Ella me explicó por email que el título se debía a  ella estaba allí, en el Servicio de Salud Mental, «porque no aprende un niño». porque no aprende un niñoEl libro en sí no es una obra literaria, sino científica, con referencias a obras de autores especializados. Su lenguaje por una parte es muy técnico, lleno de términos psicopedagógicos, y por otra, sus explicaciones son muy asequibles para que las entiendan los lectores interesados en comprender los problemas que impiden a un niño su correcto desarrollo intelectual.

La parte más emotiva es la de los casos clínicos, descrita de forma coloquial en español rioplatense. Durante varios días, email va, email viene, estuvimos comentando el libro; ella desde el punto de vista psicopedagógico, y yo, como miembro de una numerosa familia en la que nunca ha faltado un niño con problemas de aprendizaje escolar, equivocaciones de diagnóstico y otras historias tratadas en su libro. Cuando llegué al capítulo VIII, donde se analizan varios casos clínicos, me sentí conmovida por todos ellos; y según los iba leyendo, me iba imaginando a Ana Lilia en su consulta, con su bata blanca y su eterna sonrisa, hablando con sus pacientes y sus padres. Se me ocurrió describir las escenas que venían a mi mente para publicarlo como un relato corto en este Blog. Pero como éste solo está reservado a temas literarios, pensé que el más idóneo sería el caso A. —el de una niña a la que vamos a llamar Andrea, aunque es un nombre ficticio: el secreto profesional impide revelar las verdaderas identidades de los niños; por eso aparecen en ese capítulo como caso A., B., C., D., etc. —. Digo que el A. me pareció el más idóneo porque en él se trata el tema de la creación literaria. Cuando felicité el Año Nuevo a Ana Lilia Frank comenté que me gustaría redactar una historia basada en este caso, que si me daba su permiso. Y como la respuesta fue afirmativa, me puse manos a la obra. Le mandé el borrador y ella se lo envió a otra amiga, antigua compañera de trabajo. Lo leyeron y me confesaron que habían llorado recordando aquella historia. No me extraña: yo también me emocioné mientras escribía las últimas frases. 

Mandé el borrador al editor, contenta por el resultado de mi trabajo, pero un tanto inquieta, porque no sabía si realmente encajaba o no con la línea editorial; ni si mi versión en el español estándar de la Comunidad de Madrid era la más acertada. Sospechaba que si se leía en Argentina no iba a gustar cómo nos expresamos los españoles; y que si lo leían en España nuestros lectores habituales, podrían sentirse desorientados por la temática del artículo.

Así pues, llena de dudas, mandé el relato, escrito en primera persona, a Andrés Alonso Weber, que me hizo una serie de observaciones al respecto. Efectivamente, lo que yo le había mandado se desviaba de la línea habitual del Blog. Me sugería que, para no confundir al lector habitual,  hiciera una especie de presentación, explicando que se trataba de un caso clínico tomado de un libro especializado; y que tenía el permiso de su autora para publicarlo. Y como ésta me ha pedido que guarde cierto anonimato, me he inventado el nombre de la paciente y he cambiado la situación del hospital donde transcurre la acción.

 

Se llamaba Andrea. Era una niña alta, delgada, de ojos negros, profundos y tristes. Venía acompañada de sus padres. Tenía 13 años. La habían derivado —por problemas de aprendizaje— desde el colegio público donde cursaba estudios al Servicio de Salud Mental del hospital de Mar del Plata; a la sección de Psicopedagogía donde trabajaba yo. Han pasado muchos años de esto; pero todavía recuerdo aquella primera consulta, en la que tenía que valorar qué tipo de patología tenía la niña y si entraba en el ámbito de mis competencias o, en caso contrario, tenía que remitirla otra vez al psicólogo de la escuela.

Mar del Plata Era una cálida mañana de marzo. El verano se había prolongado un poco y por la ventana de mi consultorio se veía el mar; todavía había turistas tumbados perezosamente bajo las sombrillas o paseando por la arena dorada de la playa. 

Sentada a mi mesa, empecé a tomar notas. Nombre, apellidos, domicilio, nombre del centro educativo, datos sobre los padres. En mi experiencia sabía que era imprescindible tener una imagen exacta del entorno familiar. A veces el problema no era del niño, sino de sus progenitores. Me dirigí al padre:

—¿Profesión?

—Pintor… de brocha gorda, quiero decir.

—¿Y usted? —pregunté a la madre.

—Ama de casa.

—¿Y el problema de Andrea es…?

—Que no aprende en clase —contestó escuetamente el marido.

—Sí. Pero, ¿por qué? ¿En su opinión, qué es lo que sucede?

—Que no hace nada: no habla, no atiende, no lee, no escribe, no estudia… —. La esposa contestó por él. El tono de su voz revelaba mucha angustia.

Me volví a la niña:

—¿Andrea, no te gusta ir al colegio?

—…

—¿Tienes algún problema con tus profesores?

—…

—¿Y con tus compañeros?

—…

La madre intervino rápidamente.

—Nunca quiere decir nada. No habla con nadie, ni siquiera conmigo… 

Había un grave problema de comunicación.

Eché un rápido vistazo a la historia clínica, en la que figuraban informes de oncología y medicina interna.

—Está muy atrasada en los estudios. No podrá pasar de curso. Yo repetí de pequeña y no me gustó nada. Yo lo que quiero es que espabile, que no tenga que repetir. El director de la escuela… no parece muy comprensivo… —aseguró la madre, visiblemente nerviosa. 

A partir de aquí, ella comenzó a hablar; su marido solo movía la cabeza afirmativamente

—Y según ustedes, ¿dónde radica el problema?

—A los cinco años le diagnosticaron algo malo.

«Leucemia mieloide crónica» leí en el informe de mi colega.

—Supongo que ustedes saben lo que es.

—Sí, claro… Ha estado varias veces internada, tomando quimioterapia… 

—Bueno, eso explica el retraso escolar.

Volví a echar una ojeada a los informes médicos. «La niña no quiere aprender para no darse cuenta de su enfermedad», decía el del psicólogo. La madre seguía hablando, intentando darme su versión de los hechos, aportando datos, pero de una forma un tanto desordenada.

 

—¿Y tú qué sabes? —dije, guiñando un ojo con complicidad.

—Eso es lo que pasa, que no quiero saber.

 

—Era una niña muy lista; pero a los cinco años tuvo una hepatitis. Fuimos al hospital, encontraron otra cosa… Entonces cambió… Se hizo muy apática… A veces le dan rabietas y me dice cosas terribles… Es muy rebelde…

«Apática y rebelde al mismo tiempo. ¿Un trastorno bipolar?», anoté en la ficha.

—Yo lo que quiero es que mi hija acabe sus estudios, que tenga un futuro mejor que el nuestro… Que sea doctora y ayude a otros niños; que…

La voz de la señora se notaba cada vez más angustiada. Dejé de escribir y escuché lo que decía, intentando descubrir qué había detrás de aquel nerviosismo.

—Tenemos tres hijos más; pero ninguno puede ser donante de médula… 

Observé cómo la mujer se aferraba al bolso al decir aquellas palabras, como si quisiera aferrarse a su hija.

«La madre teme un fatal desenlace», anoté en el expediente. 

—¿Sus hermanos saben lo que le pasa a su hermana?

—Sí, y lo asumen. Pero no son compatibles con ella… 

La madre siguió fantaseando, exponiendo los planes de futuro para su hija.

El padre se limitaba a mover afirmativamente la cabeza cada vez que su mujer decía algo. Daba la sensación de que él estaba, como muchos otros varones que habían acudido a mi consulta con sus hijos, intentando evadirse del problema; en cambio la madre solo hablaba de planes de futuro, como si al hacerlo pudiera esquivar cualquier contratiempo.

«Me temo que voy a tener que trabajar en dos frentes: con la paciente y con sus padres», pensé mientras me despedía de ellos y les daba cita para la semana siguiente.

Fui muy optimista al aventurar tal hipótesis, a partir de aquí solo acudió Andrea acompañada por su madre.

—Mi marido siempre me deja sola. Este hombre es un caso. No sabe lo mal que me siento a veces… —me confesó esta, bastante enfadada.

Sonreí para darle confianza y le pedí que aguardara en la sala de espera.

Una vez a solas con mi pequeña paciente le expliqué quién era yo, qué era la ayuda psicopedagógica, qué método íbamos a utilizar para potenciar su aprendizaje… 

—Bueno, ahora te toca a ti, Andrea. Cuéntame…

Desde la primera entrevista noté que cuando su madre no estaba delante, Andrea… hablaba. 

Me contó cómo había transcurrido su infancia. Las cosas que pasaban en su casa:

—Cuando era pequeña mis padres me querían mucho; me cuidaban; jugaban conmigo... Desde que estoy enferma, ya no lo hacen… Mi padre nunca está en casa… Bebe... Se pelea con mi madre… Mi madre conmigo… Me atosiga mucho... Siempre quiere que haga algo; y cuando lo hago, se enfada porque lo he hecho; y yo me enfado porque no me parece justo…

Anoté en la historia clínica: «Se expresa bien»

Mientras yo escribía, ella guardó silencio.

—Andrea, continúa, por favor.

—Pues verá, en preescolar me puse mala. Dijeron que era hepatitis, pero era leucemia…

—Entonces lo sabes…

—Sí, claro. He estado en el hospital muchas veces. He oído cómo los médicos hablaban con mis padres. No soy tonta.

—Me parece que eres más lista de lo que todo el mundo cree —dije sonriendo—. ¿Qué tal por el colegio?

—No me hable del colegio. 

—¿Por qué?

—Porque no me gusta. Me aburro muchísimo. Tengo amigas; pero ahora los chicos dicen que como estoy loca me han mandado al loquero del hospital...

—Yo no soy una loquera; soy una psicopedagoga —dije, sonriendo.

A finales de marzo el otoño se nos había echado encima de repente. Hacía frío. A orillas del mar no quedaba nadie. Me pareció que el corazón de Andrea se sentía tan vacío como la playa; sin embargo, ella sonrió, movió las manos y dijo con jovialidad:

—Es lindo hablar con usted… Ahora se lo diré a esos sabihondos de la clase: la licenciada no cura locos; da clases especiales a los niños, ¿no es así?

Lo dijo con tal vitalidad y buen humor que comprendí que, a pesar de su situación, Andrea era, a su manera, muy positiva.

—Ahora explícame esa historia de por qué no haces los deberes en clase.

—Porque no puedo ni leer ni escribir.

Me sonó a excusa. Después de oírla hablar, concluí que el hecho de que no quisiera aprender no era por falta de inteligencia.

—¿Andrea, te gusta hacer puzles?

—Hummm….

—Necesito que hagamos uno, porque forma parte de una prueba, ¿de acuerdo?

—Vale.

—Tenemos por aquí un rompecabezas… ¡Ajá, aquí está! Veamos qué haces con él.

Lo montó como si fuera un edificio arquitectónico. Nada de juntar letras.

—¿No te gusta leer?

—No.

—¿Y escribir?

—Tampoco.

—¿Por qué?

—Porque no puedo.

Anoté: «No presenta dificultades a nivel de pensamiento lógico o simbólico; que se niegue a aprender no es el trastorno, sino un síntoma».

Miré a Andrea con complicidad.

—Una pena, porque si lo hicieras, a lo mejor podrías ser arquitecto o aparejador… Se te da muy bien.

—¡Noooo, licenciada, no es lindo saber hacerlo!

Recordé las palabras de Piera Aulagnier, que estudié en la carrera: «El interés por el mundo se relaciona con la historia infantil del sujeto». Así que los problemas de la pequeña estaban insertos dentro de la trama familiar...

Cerré la historia clínica y guardé el bolígrafo en el bolsillo de mi bata al tiempo que le decía:

—Bueno, Andrea, la próxima cita será en abril. Dile a tu mamá que pase.

Durante un buen rato, hablé con la madre. Comprobé que lo que me había contado Andrea sobre sus padres era verdad, y se había quedado corta. El padre era alcohólico y la madre se debatía en un mar de sentimientos contradictorios respecto a su matrimonio y sus hijos. Especialmente no sabía dónde ubicar a Andrea en ese caos. Su corazón se negaba a admitir la enfermedad de su hija, y en su pensamiento había construido una realidad paralela en la que deseaba sobreproteger a la niña para no separarse nunca de ella; al mismo tiempo la presionaba para que estudiase y alcanzara un puesto en la sociedad, como si fuera a vivir eternamente...

—Reconozco que soy muy exigente con ella; en cambio mi hermana le da todos los caprichos… —se quejó al final de la entrevista. 

Había un  enfrentamiento por la forma de tratar a Andrea que involucraba a los demás miembros de la familia. 

galernaUn día en el que el Mar del Plata agitaba sus olas en medio de una galerna, comencé la terapia con Andrea. Le di plastilina y le pedí que hiciera la figura que quisiera. No se limitó a eso, plasmó toda una serie de escenas: una casa con niños; un parque donde la gente hacía footing; una banda de perros persiguiendo a un gato. Evidentemente tenía mucha imaginación.

—Venga, vamos a escribir todo lo que has hecho.

—¿Licenciada… no recuerda que yo no sé escribir…? —me preguntó Andrea, sorprendida por mi falta de memoria. 

En su tono había un poquito de sorna. Pero no había dicho «no quiero, o no puedo», sino «no sé». Parecía un buen comienzo. Tomé un rotulador de mi escritorio y empecé a formar frases en la pizarra blanca de la pared. 

—Me gusta estar en casa. Salir al parque a hacer footing. A los perros les gusta perseguir gatos. ¿Qué te parece, Andrea, las escenas están bien expresadas con estas palabras?

—¡Sí! —exclamó con alegría.

Y mientras avanzábamos hacia el invierno, durante las siguientes sesiones ella hacía figuritas de plastilina y dibujos, y yo escribía las historias que se inventaba sobre ellos. 

Un día, cercano ya al receso de julio (son doce días de vacaciones de invierno. Su inicio depende de las autoridades provinciales. En Buenos Aires suelen caer entre el 16 y el 27 de julio),  demostró algo que yo había estado esperando durante todo ese tiempo: curiosidad. Me preguntó qué hacían las chicas de recepción, todas vestidas con batas blancas como las doctoras, tecleando en los ordenadores.

—Dar citas médicas —contesté, con la íntima esperanza de que a aquella pregunta siguieran muchas más —. Si no escriben, los médicos no podrían saber a qué pacientes tienen que atender; ni los pacientes qué día les toca ir a médico.

—¡Claro! Como la primera vez que vine yo. Mi tía vino a pedir la cita.

—¿Tu tía?

—Es la hermana de mi madre. Se llevan fatal.

—¿Por qué? —pregunté con tono inocente. Su madre ya me había hablado de ello; pero quería saber la opinión de Andrea.

—Porque mi madre piensa que yo la quiero más que a ella… No es verdad… Es solo que mi tía mola cantidubi… No me agobia tanto cuando voy a su casa… Oímos música juntas, charlamos… Lo pasamos bien… Nunca me pregunta por la escuela…

—Bueno, pero a mí sí me interesaría conocer por qué te niegas a aprender a leer… Sería una ayuda que me lo dijeras…

Entonces tuvo una de esas rabietas que describía su madre, y comenzó a gritar:

—¡No quiero! ¡No quiero saber lo que ponen las cartas, ni los informes médicos, ni los libros de texto! ¡No, no y no!

—Andrea, cálmate, y cuéntame despacito el por qué de tu enfado —dije yo, en tono suave y persuasivo. Se secó las lágrimas, agachó la cabeza, y me dijo:

—Una vez mi madre recibió una carta de una prima suya y le decía que a su hijo lo había atropellado un coche y que se había muerto… En los informes médicos solo ponen cosas desagradables…Cuando mi padre recibe una carta de Hacienda se enfada y bebe… ¡Todo son disgustos! Yo no quiero tenerlos, para cuatro días que voy a vivir...

Me mordí los labios. Precisamente esa mañana había estado hablando con su oncóloga.

—Licenciada, no sé por qué insiste en estimular sus funciones de aprendizaje —me había dicho muy seria—. ¡De todas formas se va a morir! ¡Déjela en paz!

—Doctora, esa criatura necesita expresarse. Si vive unos meses o unos años, no importa. Lo que importa es que tiene que sacar fuera sus emociones para no vivir en una permanente angustia. Un niño tiene derecho a aprender y a ser feliz. No importa el tiempo de vida que se le haya diagnosticado —contesté verdaderamente indignada. 

No convencí a su médico; y por lo visto la opinión de mi paciente coincidía con la de mi colega… Sin embargo no podía permitirme desalientos. Tenía que intentar otra cosa:

—De acuerdo. Nada de leer. ¿Qué tal si dibujamos un rato?

Le di una lámina en blanco y un estuche con pinturas. Frunció el ceño, pero se entregó a la tarea con ahínco. Al terminar de colorearlo, vi que se trataba de un paisaje muy hermoso. La playa de Mar del Plata al atardecer.

—¿Lo podemos colgar en la pared, al lado del calendario de vacunaciones?¡Que nadie lo toque, por favor! —me pidió ilusionada.

Se la veía muy orgullosa de su trabajo. Yo también lo estaba. Se había expresado con libertad, sin berrinches. En su interior deseaba esa serenidad que transmitía el dibujo.

—Muy bien, dame cuatro chinchetas de la caja azul.

Lo colgamos y se quedó contemplando su obra con embeleso. Se me ocurrió una treta:

Al día siguiente, al entrar en la consulta fue derecha a ver su dibujo y no estaba. 

—¿Qué ha pasado? —preguntó alarmada. 

—¡Huy, madre! Eso han sido las señoras de la limpieza. Lo habrán quitado y tirado a la papelera… —contesté, haciéndome la tonta.

—¡Pues no me pida que dibuje más, que no lo pienso hacer! —exclamó a punto de estallar.

—Andrea, eso  ha sucedido porque nadie les ha dicho que no lo tenían que tocar. Mira, tú pintas otro paisaje y les dejamos una nota al lado del cuadro que ponga «Por favor, no quitar». Ya verás como mañana está en su sitio.

—De acuerdo. 

Así lo hicimos. Le tuve que ayudar a recordar las letras que tenía que escribir en la cartulina. Pero lo hizo. ¡Escribió!

Plaza de CervantesEn la siguiente sesión el paisaje estaba allí, entre el calendario de Laboratorios Merck —una playa con cocoteros— y el de Alcalá Farma —una plaza de aspecto decimonónico, con árboles, parterres de rosas, bancos, farolas y una estatua de Cervantes en medio—.

—¿Dónde está el calendario de vacunaciones? 

Yo lo tenía guardado en mi armario. Lo había cambiado a propósito por el de los laboratorios.

Se acercó a la foto de la plaza, la miró detenidamente, e intentó leer el nombre que aparecía en el póster, moviendo los labios casi imperceptiblemente. Había muchas «A»; creí que lo conseguiría.

—No sé lo que pone… —confesó al final.

—¡Vaya! ¿Te interesa saber lo que dice? Mira: Alcalá Farma. Vamos a deletrearlo juntas.

Durante un rato estuvimos haciendo combinaciones de letras, hasta que se cansó y me preguntó dónde estaban el laboratorio y la plaza.

—En España, en Alcalá de Henares, cerca de Madrid. Allí nació Cervantes, que es el señor de la estatua…  ¿Te gustaría leer el Quijote?

Me miró como si me hubiera vuelto loca y se echó a reír.

—¡Nooooo! ¡Mi tía tiene uno; es así de gordo! 

Luego bajó la voz y me dijo en tono confidencial:

 alfonsina y pablo—A mí lo que me gustan son los poemas de Alfonsina Storni y Pablo Neruda. Me los lee mi tía cuando voy a su casa. Me gustan porque hablan de amor. Y yo estoy enamorada de un niño de mi clase.

«El amor… El amor mueve el mundo», pensé. 

—¿Y no te gustaría escribirle una carta? —pregunté, intentando motivarla. 

—Sí…, pero mi madre dice que soy muy pequeña para tener novio. Además estoy segura de que no querría salir con una chica que se va a morir pronto… —contestó con aire derrotado.

—¿Y tú qué sabes? —dije, guiñando un ojo con complicidad. 

—Eso es lo que pasa, que no quiero saber.

Sentí desaliento; sin embargo no quería desaprovechar la ocasión, e insistí:

—Imagínate que supieras leer y que pudieras escribir un poema, explicando tus sentimientos… No para que lo lea él; sino para compartirlo con tus amigas… Sin mencionar el nombre del chico, claro… Serías como Alfonsina Storni… ¿Qué te parece?

—Que más bien sería como Pablo Neruda, envuelto en el desamor, como dice mi tía... Porque lo mío es trágico... Si yo escribiera algo, sería la protagonista de un culebrón de los que ponen por la tele. 

—¿Cómo Andrea Celeste? ¡Ah, no! Cuando lo echaron, tú no habías nacido. 

—A mí me gusta mucho Perla negra.

—¿Lo sigues?

—Sí, me encanta. Creo que me parezco a ella.

Perla negra era la historia de una niña muy desgraciada, y con mucha fantasía, que se enamoraba de un muchacho llamado Tomás. Andrea reflexionó durante unos instantes y dijo algo que hizo que mi corazón empezara a palpitar con fuerza:

—Si supiera escribir…, tal vez… no podría escribir una telenovela muy larga…  Pero un cuento, sí… Eso molaría mogollón… ¿verdad?

Era la primera vez que se interesaba por la escritura; había que aprovechar la ocasión.

—¡Vaya, qué casualidad! Tengo aquí un cuaderno de caligrafía y un bolígrafo…  

Le expliqué la diferencia entre dibujar las letras y juntarlas para expresar nuestros pensamientos más íntimos.

—Si aprendes a hacerlo, dentro de unos meses que tiemblen Cervantes, Neruda y Alfonsina Storni —dije medio en serio, medio en broma.

—¡Que tiemblen! — respondió con guasa.

Así, antes del receso de invierno, iniciamos las clases de lectura y escritura. A mediados de agosto ya juntaba las letras y su caligrafía era bastante legible. En septiembre comenzó a leer en voz alta. En octubre y noviembre me sorprendió su adelanto. Ya empezaba a hacer calor y por el paseo marítimo paseaban grupos de turistas, jubilados la mayoría, que venían de excursión a Mar del Plata. En diciembre el sol caía de plano sobre la arena de la playa, muchas tardes hacía bochorno y todos pensábamos en las vacaciones de verano. Por fin llegó el día veintiuno, y esperé el resultado de sus notas. Andrea y su madre vinieron muy contentas. El rendimiento escolar había mejorado y la niña había pasado de curso. 

Sus padres atribuían este cambio a que le habían prometido que si esto sucedía, iría a unos días con su tía al campo; pero yo sabía que su motivación era mucho más profunda. En la última sesión de diciembre me había comentado: 

—El chico que me gusta me ha escrito una carta. Dice que se va de vacaciones, pero que me escribirá todas las semanas ¡Qué bueno es saber leer!

—Pues tendrás que contestarle, ¿no te parece?

Sonrió y asintió con la cabeza.

En la cita que tuvimos después de las vacaciones de verano, en marzo, me llevé una gran alegría: no solo me dijo que había leído todo lo que le habían mandado en el colegio, sino que trajo un pequeño cuaderno y me pidió que le enseñara a escribir poemas. Durante varias sesiones estuvimos trabajando en ello, buscando las palabras exactas para definir las cosas, los estados de ánimo, los sentimientos; consultando los significados en el diccionario; empleando sinónimos; haciendo rimas.

Cuando llegó el receso de invierno, Andrea me confesó que ahora tenía más amigas, y que los chicos ya no se burlaban de ella. Paradójicamente según Andrea mejoraba en el colegio, la situación en casa empeoró. Se quejaba de que su madre quería matarla de aburrimiento. «Yo necesito libertad, necesito escribir todo lo que mi madre no deja que le diga», me comentaba muchas veces. 

Me enseñó algunos poemas que había terminado. Había mucha rima libre; pero los pensamientos eran sinceros, profundos. Se los había leído a sus amigas, y en vez de burlarse de ella, habían llorado juntas: sus madres decían que eran demasiado jóvenes para el amor, y esto las unía en un sentimiento común contra la incomprensión de las personas mayores. 

—Estoy pensando en escribir cuentos, ¿qué le parece? ¿Me ayudará con los signos de puntuación y los acentos? De verdad que no los entiendo… ¡Son terribles!

—Bueno —contesté yo, aparentando no darle importancia. 

Después de todo lo que habíamos hecho, en realidad esa era la parte más fácil: solo se trataba de colocar las comas, los puntos, las mayúsculas y las tildes en su sitio.

Poco a poco fue rellenando sus cuadernos. Había poesías y cuentos en los que una madre separaba a su hija del amor de su vida, y cuando la niña se moría, la madre reconocía su error, y le pedía perdón cuando ya era demasiado tarde; o terminaban el enamorado y su madre llorando juntos ante su tumba. Otros era más alegres: los protagonistas se casaban y tenían un montón de hijos. 

—Andrea, casi todo lo que escribes gira en torno a la muerte. Está bien que tomes como modelo a Alfonsina Storni; pero tú eres mucho más alegre y vital, puedes crear tu propio estilo... —le sugerí en una sesión.

—Licenciada, lo siento. Es que verá… Yo no imito a Alfonsina… En realidad… —se echó a llorar —Durante las vacaciones estuve muy mala, y la doctora me ha aumentado el número de pastillas… Yo sé que… Yo sé que… Ve, lo que yo no quería saber… Ahora que he aprendido a escribir, necesito contar lo que me pasa…

Tuve que hacer un esfuerzo para que los ojos no se me llenaran de lágrimas.

—Sí, Andrea… Te comprendo… 

 

Un niño tiene derecho a aprender y a ser feliz. No importa el tiempo de vida que se le haya diagnosticado

 

Intenté animarla para que tuviera algo que la distrajera; algo en qué pensar, mucho más allá de un fatal desenlace. Por nada del mundo hubiera querido que terminara sus días como la poetisa que no pudo superar la angustia que le producía su enfermedad y se lanzó a las aguas del mar desde la escollera del Club de Mujeres de Mar del Plata.  

Como a sus compañeras de colegio les gustaba todo lo que escribía, le sugerí:

—¿Qué te parece si con todo lo que has escrito publicaras un libro? Podrías venderlo entre tus amigos y la gente que conoces en el hospital. Si tú te ocupas de la edición, yo puedo ayudarte haciendo propaganda entre mis amistades y mis colegas.

Acogió con entusiasmo mi propuesta.

Acompañada por su tía, fue a la biblioteca pública. Durante algunas tardes estuvieron estudiando los formatos de los ejemplares que había en las estanterías. Descubrió que todos tenían prólogo, índice, portada, contraportada… Anotaba sus hallazgos en una libreta y luego los comentábamos.

—Perfecto. Ahora hay que saber cómo funciona el mundo editorial.

Mi intención era que siguiera distrayéndose y buscando por sí misma. La terapia resultó positiva, tanto a nivel emocional como cognitivo. Se la veía muy alegre.

Un día me trajo una tabla de precios de varias imprentas.

—Verá, he descubierto que las editoriales de verdad no tratan con niños… Y ya ve, los precios que me han dado... Como dice mi tía, mis padres no podrían pagarme una tirada…

—Pues es verdad —contesté, haciéndome la tonta—. ¿Qué piensas hacer?

—Mi tía dice que es mejor hacer fotocopias y encuadernar con gusanillo... Con lo que saque he pensado en comprarme ropa… —Soñó en voz alta.

—Bueno, si cumples tu propósito significará que ya no vas a necesitar venir a más sesiones. Ahora vamos a repasar qué te ha aportado esta experiencia.

Ella me miró a  los ojos, como si se sintiera reflejada en ellos; como si buscara mi aprobación. 

—He aprendido a leer, a escribir, a hablar… Ahora sé que tengo que expresar mis sentimientos… Que no es bueno guardarse nada… Así no cojo rabietas… Mi tía dice que se pueden decir muchas cosas a través de la literatura; que de mayor debería dedicarme a ello...

Sonreí satisfecha, pensando que tal vez la oncóloga estaba equivocada y que a Andrea tenía ante sí un futuro brillante. 

En mayo la imprenta que había elegido le entregó los ejemplares encuadernados en gusanillo. Habían quedado muy bien. Parte los vendió entre sus amigos del colegio. Yo cumplí mi promesa: le ayudé a vender el resto en el hospital. Me regaló una copia. Todavía la conservo. Y cada vez que la miro, me emociono. 

Mi pequeña paciente murió un año después. Apenas si tenía 15 años…

Sin embargo, murió feliz. En paz consigo misma, con su madre, con el mundo. Había aprendido a expresar con el lenguaje escrito sus miedos, inquietudes, deseos; decía en sus relatos que «se reía de la vida, porque afrontaba la muerte con optimismo»…

Aquella niña encerrada en sí misma, que llegó a mi consulta completamente desmotivada, se había convertido en una pequeña escritora, que había publicado, en el sentido de hacer públicos, sus más bellos sentimientos.

  

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

Los niños de la clase 1*Ana Lilia Frank (Ana María Lilia Franceschetti Frank) es psicopedagoga. Trabajó en el Hospital interzonal Luis Guelmes de Haedo (Buenos Aires), Casa del Niño Sor María Ludovica y Hospital Materno Infantil Mar del Plata (Argentina).

*Alfonsina Storni (Capriasca, Suiza 1892- Mar del Plata, Argentina 1938) es una poetisa y autora teatral, considerada un icono de la literatura amorosa. Su trágica muerte inspiró una canción muy popular en Hispanoamérica, Alfonsina y el mar. Su vida fue llevada al cine en la película Alfonsina (1957), protagonizada por Amelia Bence y Guillermo Murray.

*Pablo Neruda (1904-1973), activista de izquierdas, político, diplomático, y poeta chileno, premio Nobel de Literatura en 1971. Estuvo muy vinculado a España durante la Guerra Civil de 1936-1939.

 

 

ENLACES DE INTERÉS

 

Alfonsina Storni, libros y biografía de esta escritora en escritoras.com

Alfonsina Storni, Biblioteca Virtual Cervantes

Pablo Neruda. Biografía.

23 poemas de Pablo Neruda que te fascinarán – Psicología y Mente

La Psicología Clínica en la sanidad pública de la Comunidad de Madrid

Calendario escolar en Argentina

 

 

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