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Rodrigo Díaz de Vivar, el hombre y el mito

Familia juglaresEra una de esas representaciones itinerantes, repartidas en tres jornadas. A maese Gundemaro le hubiera gustado hacerlas todas en el mesón del burgalés, y a su dueño que estas se hubieran hecho todas allí, porque con el espectáculo tendría mucha clientela asegurada; sin embargo cuando el maestro juglar le dijo que el primer canto transcurría en parte en un monasterio y que el último terminaba con una justa, se temió lo peor: que los clientes se espantaran ante la beatería del comienzo o, que enardecidos por los versos del final, los parroquianos se enzarzaran entre ellos y  quedara el mesón como después de una batalla campal contra los moros, los navarros o los leoneses, que lo mismo daba un enemigo que otro. Solo se animó a dar su permiso para que se representara a la puerta de la taberna el segundo cantar, que iba de bodas, y le parecía muy propicio para que el público pidiera una consumición digna del texto que iba a ser cantado.

Así pues maese Gundemaro se dirigió primero a la parroquia y obtuvo el correspondiente permiso para interpretar el primer canto. Antes tuvo que recitar al mosén (1)  todo su contenido. Hábilmente se había hecho acompañar por su mujer, que declamó muy compungida la despedida de los dos protagonistas, la llegada al monasterio y una larga oración a Santa María, que el buen cura escuchó con la máxima atención. A su alrededor se habían arremolinado el sacristán y su numerosa familia. Gundemaro comprendió que el texto iba a tener mucho éxito cuando vio cómo se les saltaban las lágrimas a las féminas —la sacristana, su madre y cinco hijas doncellas—. Los chicos, siete y con cara de perillanes, en cambio habían contenido la respiración cuando Rodrigo Díaz partía hacia el destierro, y cuando su sobrino Álvar Fáñez campeaba por las tierras del Henares. Al terminar, todos, incluido el párroco y el sacristán, habían aplaudido con ardor.

Juglares Salterio—Bueno, el día de la representación cantaremos al son de instrumentos como es de menester— explicó maese Gundemaro, con una franca sonrisa en su rechoncha cara, satisfecho como estaba con la acogida de aquel pequeño grupo de entusiastas—. Yo toco el laúd, mi hijo la vihuela, mi mujer el salterio y mis hijas las panderetas…

—Ese romance me lo sé yo de otra manera —interrumpió la abuela, golpeando el suelo con el bastón.

—¡Madre! —exclamó alarmado el sacristán. Cuando a su madre se le metía algo en la cabeza, no la hacía callar nada ni nadie.

El buen mosén sonrió para su coleto, se llevó una mano a la barbilla e invitó a la vieja a que recitara lo que ella se sabía. La anciana ni corta ni perezosa cantó varias estrofas en las que se mencionaba a una niña que salía al encuentro del protagonista se detenía en Burgos, camino del destierro, y le decía que pasara de largo.

—Nunca he oído este episodio…— confesó el juglar, dubitativo.

—Pues es asaz real, maese Gundemaro— contestó el párroco, con una solapada sonrisa—. La niña era la bisabuela de esta mujer, prima a su vez de mi abuela. El romance ha sido recitado en nuestra familia durante más de cien años, y pasa de generación en generación; lo guardamos como oro en paño, porque descendemos de las mesnadas de Rodrigo Díaz y de Álvar Fáñez… Por eso os ruego que incluyáis en vuestro repertorio los versos que acabáis de escuchar, al menos durante la representación a la puerta de esta iglesia…

Los ojos del mosén decían a las claras que si no lo hacía, peligraba el permiso; de modo que maese Gundemaro se apresuró a aceptar la proposición. Bueno, no era la primera vez que ocurría algo semejante. El verano anterior, al pasar por Guadalajara el concejo se empeñó en que Álvar Fáñez quedara al mismo nivel que el protagonista, Rodrigo Díaz de Vivar. Y en Toledo, el cabildo catedralicio había insistido en que en la oración a Santa María se hiciera una clara referencia a la Santísima Trinidad y a los Reyes Magos. En las dos ocasiones dio gusto a sus patrocinadores. No era cosa de que los alcarreños lo obsequiaran a él y a los suyos con una solemne pitada, o que les hubieran prohibido actuar en el Zoco.

 

Siendo huésped de la corte leonesa, visitó la colegiata de San Isidoro y se quedó maravillado ante su buena suerte: el abad le autorizo a leer en su biblioteca una corta biografía de su héroe favorito, titulada Historia Roderici. Estaba escrita en latín. Con un estilo sobrio, similar al de César en sus Comentarios a la guerra de las Galias, narraba los principales hechos de la vida de Rodrigo Díaz.

 

Después de la visita al párroco, maese Gundemaro y su mujer fueron a casa del alcalde. El hombre andaba de cabalgada, persiguiendo a unos malhechores que habían prendido fuego a la cosecha de un vecino. Les recibió la alcaldesa en su cocina, donde estaba hilando con algunas amigas, todas esposas de concejales, que abrieron desmesuradamente los ojos cuando empezaron a recitar lo de las bodas de las hijas del Cid, y el trato que habían recibido las pobres a manos de sus esposos.

—¡Qué felonía! —exclamaron aquellas féminas, acostumbradas a regir la villa en ausencia de sus maridos. 

 

 

—¡A esos pérfidos habría que darles un buen escarmiento! —bramó la mujer del alcalde, expresando el sentir popular, porque hasta las criadas que amasaban el pan y daban vueltas al contenido de los pucheros sobre los trébedes de la lumbre baja, se habían sumado a la indignación de las damas.

—Lo tendrán, mi señora—aseguró el bueno de Gundemaro.

—Que mueran esos infames de Carrión a manos de tan buen padre —ordenó la alcaldesa, extendiendo el brazo derecho como había visto en la corte que hacía la reina doña Leonor cuando se dirigía a alguno de sus trovadores (2).

El juglar tomó buena nota de que había que dar un toque más dramático al final de la obra.

—Dad por sentado que habrá un duelo judicial donde se repare el honor de sus hijas —afirmó, haciendo una amplia reverencia.

—¡Muy bien, muy bien! —aplaudió la concurrencia femenina.

—Pues si tal ha de hacerse, buen juglar, pienso que en vez de contar el final de la historia en la plaza del mercado, deberíais hacerlo en el palenque (3). Nuestros jóvenes escuderos podrían representar el duelo, armados con espadas y escudos de madera, mientras tañéis los instrumentos desde un tablado armado al efecto.

cantar de mio cidGundermaro se imaginó el jaleo que se iba a montar en la pradera, entre el entrechocar de las armas, el piafar de los caballos, los alaridos de los combatientes y la algarabía de los espectadores.

—Tal vez, ilustre dama, deberíamos recitar los versos finales y luego que los muchachos se peleen —sugirió atrevidamente. De ninguna manera deseaba desgañitarse inútilmente.

—Que así sea —aprobó la alcaldesa, despidiendo al juglar y a su mujer con un gentil movimiento de la mano, que había copiado de las damas de la corte.

La representación fue un éxito. La primera jornada se representó en el atrio de la iglesia. El público femenino lloró todo lo que quiso cuando Rodrigo Díaz de Vivar se despidió de su esposa y de sus hijas al partir al destierro; mientras que los varones vitoreaban los primeros hechos de armas del protagonista y su sobrino, Álvar Fáñez. Y como por supuesto se recitó debidamente el recuerdo de la familia del párroco y el sacristán, estos los invitaron a comer gallina.

En la segunda jornada, la que se representó a las puertas del mesón, el convite mejoró bastante porque el dueño había sugerido que se cantara el menú de las bodas de las hijas del Cid —una estrategia para que los parroquianos se les hiciera la boca agua y consumieran durante la velada—; la cosa salió bien, y la familia de juglar se puso como el chico del esquilador al terminar la función.

La tercera fue un éxito. Los juglares comieron y bebieron a costa del concejo; pero la actuación estuvo a punto de costar el repudio a la alcaldesa, pues su señor esposo se indignó al conocer, llegado a casa tras tres días de infructuosa cabalgada, que su amada mujercita había dispuesto de un espacio público sin contar con él. 

—María, el palenque no te pertenece. No es tu dote. No es un bien ganancial. En definitiva, no es tuyo ni puedes utilizarlo como se te antoje… —gruñó el alcalde, en camisa de dormir, coronada su noble testa por un gracioso gorrito que ataba bajo su espesa barba, al tiempo que se metía en el lecho conyugal.

—De acuerdo. No es mío, y no puedo hacer con él lo que se me antoje. Pero esta cama es mía, porque era de mi abuela, y me la dio mi madre como parte de mi dote… ¡Así que sal inmediatamente de ella y vete a dormir al escaño! 

—Pero María…

—¡Hale, hale, fuera, fuera!

 

Pasaron los años y Per Abbat no olvidaba ni la representación que había dado maese Gundemaro en su villa natal, ni lo que había aprendido en el viaje a tierras del Duero y en la corte de León. A veces se le ocurría que debía componer un cantar de gesta en honor de Rodrigo Díaz de Vivar, pero sus ocupaciones en la cancillería hacían que lo fuera posponiendo de un día para otro… porque las musas lo tenían abandonado.

 

El alcalde consideró seriamente pagar los trescientos sueldos que costaba el repudio; pero echando cuentas mentalmente, comprendió que no los tenía, y que andarse empeñando con los judíos de la aljama por un quítame allí esas pajas era una tontería que iba a lamentar toda la vida. Además esos ojos garzos y esos labios rojos de su esposa, amén de otros encantos ocultos, bien valía hacerse el tonto y secundar su capricho.

—De acuerdo, amor mío, lo que tú quieras… —dijo apagando la vela y metiéndose bajo el cobertor de piel de lobo y las sábanas de lino.

Aquella representación en el campo de justicia de la villa fue una de las mejores que habían visto caballeros y villanos. Grandes y chicos la guardaron en su memoria durante décadas.

 Per Abbat tenía unos diez años cuando asistió a ella como espectador. Recordaba que maese Gundemaro y su familia fueron ampliamente recompensados, aunque nunca volvieron por aquella zona. Unos decían que habían ido a probar suerte a Cuenca, donde recientemente se había instalado la corte; otros que estarían en Toledo, o que tal vez se habrían muerto de frío durante algún invierno, porque los juglares vivían en una aldea entre San Esteban de Gormaz y Medinaceli, una zona en la que todo el mundo sabe lo que pasa cuando el grajo vuela bajo…

Per Abbat también tuvo una vida aventurera: estudió en Palencia, sirvió en la hueste regia durante la conquista de Cuenca, vivió en primera persona la derrota de Alarcos a manos de los almohades, se casó en Aragón y se fue a vivir con sus suegros (4), tuvo hijos y se quedó viudo; regresó a Castilla, se hizo monje y fue destinado a la cancillería de Toledo (5)  como experto en leyes.

vihuela20Al poco le encomendaron resolver un pleito entre los monasterios de San Pedro de Gumiel y Santa María de la Vid. Fue entonces, en tierras burgalesas, cuando volvió a escuchar, bastante distorsionado, el cantar de gesta que había visto representar siendo niño en su villa natal. Era evidente que los habitantes de la ribera del Duero adoraban a Rodrigo Díaz. Sus historias corrían de boca en boca. Muchos se decían descendientes de las mesnadas que le habían servido en Valencia. Sus dichos y hazañas se contaban como consejas al amor de la lumbre; las abuelas las transmitían a las madres, las madres a las hijas, las hijas a… los niños. No había hombres en edad de combatir; casi todos habían muerto en la batalla de Alarcos, donde él mismo había sido gravemente herido. El orgullo le había jugado una mala pasada a don Alfonso VIII de Castilla: no había esperado los refuerzos de navarros y aragoneses, y los castellanos habían sido literalmente barridos por los almohades. Todo el mundo decía que si hubiera estado el Campeador, la batalla habría tenido otro signo. Per Abbat comprendió que aquella era una forma de desquite: la memoria colectiva necesitaba un héroe que, al menos imaginariamente, les devolviera el honor perdido en el campo de batalla. 

En el cenobio de Gumiel le enseñaron la tumba de Álvar Fáñez, al que consideraban el segundo después de Rodrigo Díaz. Picado por la curiosidad consiguió que sus superiores le enviaran a Cardeña donde se decía que estaba enterrado el de Vivar. Y no solo visitó su tumba sino que, lleno de emoción, el prior le enseñó una sentencia firmada por el propio Rodrigo donde se dirimía un pleito con los infanzones de un pueblo cercano. Algún piadoso ángel guiaba sus pasos porque apenas iniciada su vuelta a Toledo tuvo que volver grupas: sus superiores le ordenaban dirigirse a León y llevar en mano una carta del rey Alfonso VIII a su hija Berenguela. 

Siendo huésped de la corte leonesa, visitó la colegiata de San Isidoro y se quedó maravillado ante su buena suerte: el abad le autorizo a leer en su biblioteca una corta biografía de su héroe favorito, titulada Historia Roderici. Estaba escrita en latín. Con un estilo sobrio, similar al de César en sus Comentarios a la guerra de las Galias, narraba los principales hechos de la vida de Rodrigo Díaz. 

Antes de volver al reino de Toledo, mantuvo una interesante conversación con el encargado de la biblioteca. 

—Espero que esta obra os haya satisfecho, don Pero —comentó el archivero, volviendo a colocar el códice en la estantería.

—Mucho. 

—Contiene datos muy certeros sobre el antepasado de la reina de León. Pues habréis de saber que su padre, don Alfonso VIII de Castilla, es hijo de doña Blanca Garcés de Pamplona, hija del rey García Ramírez, hijo del infante Ramiro García y su esposa Cristina Rodríguez, hija de Rodrigo Díaz de Vivar.

Per Abbat puso cara de circunstancias, pues como buen funcionario de la cancillería de Toledo conocía de sobra el linaje del rey de Castilla, pero no quiso desairar a su anfitrión.

—¿Sabíais que don Rodrigo también fue padre de la condesa de Barcelona, doña María Rodríguez? —continuó el monje leonés, dándose un poco de tono.

—No, no lo sabía…

—Pues sí, doña María estuvo casada con Ramón Berenguer III, y tuvieron una hija que fue condesa de Besalú y Osona (6). Residió durante algún tiempo en León… Vino acompañando a a su hermanastra doña Berenguela de Barcelona (7) cuando se casó con Alfonso VII, Emperador de Toda Hispania… 

Per Abbat frunció el ceño. Antes de que el imperio leonés se resquebrajara en tres nuevos reinos —León, Castilla (8) y Portugal (9)— los tiempos habían sido mucho más pacíficos, y la hambruna no había azotado las regiones atravesadas por el Camino de Santiago. Por aquel entonces los campos que rodeaban Carrión, y que proporcionaban trigo a la hueste y las mesnadas, no estaban en disputa entre leoneses y castellanos

—Fue un buen emperador —aseguró cortésmente; aunque particularmente sentía una gran antipatía por todo lo relacionado con aquellas tierras de campos. Su padre había muerto durante la guerra civil.

El archivero captó sagazmente el nerviosismo de su huésped y cambió rápidamente de conversación.

—¿Y qué os ha parecido la semblanza de don Rodrigo Díaz contenida en el códice que acabáis de leer?

—Magnífica. Un hombre rodeado de enemigos, dentro y fuera de la corte, que pasó más tiempo en tierra de moros que de cristianos, desterrado la más de las veces.

—¡Hombre, desterrado, lo que se dice desterrado…! Aquí en León se conserva la memoria de que estuvo en la taifa de Zaragoza al servicio de Alfonso VI, y que también fue en misión oficial cuando fue enviado a Valencia… Aunque ya sé que los juglares castellanos andan poniendo de vuelta y media a nuestro antiguo imperator y achacándole una animadversión hacia vuestro Cid, como he oído que le llamáis en vuestro reino, cosa que no tiene ningún fundamento.

—Pues en Historia Roderici se menciona… 

Charlton Hestos como el CidPer Abbat iba a decirle al leonés que en aquella obra se daba a entender que el Cid había estado exiliado dos veces; pero la campana llamando a vísperas cortó el debate antes de que comenzara. La oración de la tarde se celebraba solemnemente en la colegiata, y su anfitrión debía ocupar su puesto en el coro. Se despidieron brevemente, y el castellano regresó al día siguiente a Toledo, rumiando por el camino todo lo que había visto, leído y escuchado sobre Rodrigo Díaz de Vivar: un varón con sus virtudes y sus defectos, pero considerado por amigos y enemigos como un hombre de honor, fiel a su señor, buen padre, buen marido, buen jurista; magnánimo con sus mesnaderos, generoso con las gentes a su cargo; gran estratega y hombre de pro. Que sin embargo había cultivado una rancia enemistad con el conde García Ordóñez, agriamente correspondida por el Crespo de Grañón como lo llamaban los cristianos, o Crispín Boquituerto, como le decían los musulmanes. Aquellos apodos hablaban muy poco a favor del enemigo del Campeador. En cambio este sobrenombre, con el que el de Vivar era conocido por unos y por otros, proclamaba el respeto que sentían por él, pues le denominaban Cid, que en árabe significaba «mi señor».

Pasaron los años y Per Abbat no olvidaba ni la representación que había dado maese Gundemaro en su villa natal, ni lo que había aprendido en el viaje a tierras del Duero y en la corte de León. A veces se le ocurría que debía componer un cantar de gesta en honor de Rodrigo Díaz de Vivar, pero sus ocupaciones en la cancillería hacían que lo fuera posponiendo de un día para otro… porque las musas lo tenían abandonado. Se decía que era más un hombre de leyes que un poeta, y sin embargo, algunos versos resonaban en su cabeza una y otra vez: algunos eran del juglar de su infancia; otros inventados por él mismo. Pero no conseguía dar unidad a todos aquellos elementos dispersos. 

Un día los colegas de la cancillería organizaron una comida con los de la escuela de traductores (10) en un mesón a orillas del Tajo. A los postres, entre copa y copa, uno de estos últimos comenzó a hablar del libro que estaba traduciendo, una obra de Ibn Said de Badajoz (11), titulada en árabe El libro de los jardines,y en castellano El libro de los cercos.

—Sabed, don Pero, que si seguimos la filosofía que encierra este manuscrito, podríamos decir que la Historia se repite una y otra vez— comentó el traductor, que evidentemente estaba entusiasmado con su trabajo  —¿No os habéis fijado que el reinado de nuestro señor don Alfonso VIII se parece mucho al del rey Alfonso VI?

Per Abbat lo miró interesado. El traductor continuó:

—En la época de Alfonso VI se conquistó Toledo, Hispania fue invadida por los almorávides, los reinos cristianos sufrieron una severa derrota en la batalla de Sagrajas… Ahora hemos conquistado Cuenca, nos han invadido los almohades, y hemos sido derrotados en Alarcos… Cambian los nombres, pero los hechos y las circunstancias se parecen mucho…

Todos convinieron en que tenía razón su colega; pero entraron las esclavas del mesonero, que cantaban y danzaban al estilo moro, y la conversación quedó aplazada para otra ocasión.

Un mes más tarde, Per Abbat se encontró en el zoco con el traductor y decidieron apagar su sed en una taberna cerca del albergue de caravanas.

—He estado dando vueltas a vuestras palabras… Me refiero a que nuestra época se parece bastante a la de Alfonso VI… —confesó al traductor.

—Bueno, no tanto, amigo mío —respondió jocosamente su interlocutor—. Hace un siglo se hablaba comúnmente el latín, y ahora hablamos castellano.

Per Abbat sonrió y se llevó la copa a los labios. Y como el vino desata las lenguas, no tuvo reparo en comentar con su interlocutor su viejo proyecto de escribir algo sobre Rodrigo Díaz de Vivar. Y hacerlo en castellano, en el lenguaje de la tradición oral y los juglares, que bastantes obras había sobre él escritas en latín. Después le habló de la dificultad de dar al relato una cierta coherencia, que al mismo tiempo captara la atención del público.

—Vamos, vamos, don Pero, pensad en qué es lo que hoy en día preocupa al común de los mortales. En la época de Alfonso VI se consideraba caballero a quien disponía de un caballo, en cambio hoy en día los infanzones se quejan de que no se les reconocen los méritos si no tienen un linaje que los avale. Imaginaos a don Rodrigo como un pobre infanzón de aldea, porque Vivar es una aldea, ¿no?... Un pobre infanzón de aldea que llega a ser antepasado de los reyes de toda Hispania… Eso gustaría mucho a los oyentes…

—Sí, es verdad. Sería como traer los problemas de entonces a nuestro siglo. Pero no termino ver claro cómo voy a dar unidad al relato… 

Y Per Abbat enumeró todos los episodios que había escuchado aquí y allá, sin omitir el famoso duelo judicial que se representó en tiempos de maese Gundemaro.

—Pues creo, amigo mío, que siendo vos tan buen letrado, no deberíais tener dificultad en hacer girar todo el argumento en la necesidad de hacer justicia a don Rodrigo. 

—¡Tenéis razón! 

—Inspiraos en vuestra propia vida, amigo don Pero. Cierto que no conocemos qué camino llevó el Campeador para llegar a Valencia; pero sabéis jugar al ajedrez y que una pieza protege a las otras; de modo que...

—Podría describir  un camino imaginario en el que el protagonista conquiste atalayas y castillos que salvaguarden su itinerario hasta llegar a la meta.

—¡Bravo, don Pero, es una gran idea! Mas decidme, que eso de los yernos del Cid no me suena… Nunca lo había oído…

—Pura invención de maese Gundemaro; pero tengo claro que ese episodio he de utilizarlo para realzar el dramatismo; y esos infames tienen que ser de Carrión, como los que apuñalaron por la espalda a mi padre durante la contienda con León.

El traductor asintió, apurando su copa de vino.

—Esas gentes tienen muy mala fama. En sus tierras cometieron muchas atrocidades los de uno y otro bando. Todo el mundo entenderá la alusión. Y ninguno se sentirá ofendido, porque pensará en el partido contrario... —prosiguió el funcionario de la cancillería.

Doña JimenaDurante toda la tarde, los dos amigos estuvieron discutiendo los pros y los contras de cada personaje. Al llegar a doña Jimena, la mujer del Cid, Per Abbat explicó a su interlocutor que en Historia Roderici era ella la que, al quedarse viuda, había hecho frente a los almorávides.

—Amigo mío, las mujeres tienen demasiado poder en nuestro siglo. ¿Por qué no la describís como una recatada matrona perteneciente a una época de costumbres más morigeradas? A ver si las féminas actuales moderan sus libertinas costumbres —sugirió el traductor, guiñando un ojo.

—Tomo nota —aseguró jocosamente Per Abbat.

Y ambos se echaron a reír cuando le explicó los motivos por los que su tío el alcalde había dormido tantas veces en el escaño de la cocina cuando a su señora tía no le apetecía yacer con su marido.

—Seguro que Rodrigo Díaz de Vivar también dormiría alguna que otra vez en el escaño. Pero si describís esta escena, hacedlo de forma heroica —bromeó el traductor.

—¿Qué os parece si estando durmiendo de esta guisa, se escapa un león y va a lamerle los pies como un perrito faldero? —siguió la broma Per Abbat—. Y de paso aprovecho para dejar mal a los infantes de Carrión, haciéndoles quedar como unos cobardes delante del público.

—¡Vaya! ¿Y decís que os falta inspiración?

Per Abbat sonrió con falsa modestia.

—No, inspiración no me falta. Lo que me falta es tiempo y un lugar propicio donde escribir serenamente mis versos.

Estas dos circunstancias se dieron unos años más tarde, cuando lo mandaron a Burgos para que fuera secretario del merino de Castilla (12).

 Pergamino el CidEsto sucedió justo cuando la generación que había sido educada por sus madres y abuelas con cantares de gesta, alabando los hechos de armas de sus antepasados, llegó a la edad militar (13). Habían pasado desde el desastre de Alarcos, los suficientes para que los hijos caídos en la batalla pudieran blandir las armas y ardieran en deseos de vengar la afrenta de sus padres. 

En aquellos momentos se necesitaba la figura de un héroe que diera esperanza a los jóvenes guerreros. Y en aquella tierra tan vinculada al Campeador, Per Abbat distrajo sus ocios pasando a limpio sus apuntes, dando forma a los viejos romances, convirtiéndolos en nuevos cantos. 

Cuando terminó, se dio cuenta de que lo que había salido de su pluma era una nueva canción diferente a todo lo anterior, unida en un solo propósito: convertir al héroe de las gestas en latín en el protagonista de una en romance castellano, manteniendo intacta su fama de varón recto y ponderado, y al mismo tiempo ensalzándolo por encima de su propio destino.

 Sin embargo, como hombre sincero y prudente, que sabía que su inspiración había bebido de distintas fuentes, cuando llegó al último pergamino, en él no dijo que fuera el autor de aquella obra, sino simplemente «Per Abbat le escrivió», es decir, que lo puso por escrito (14).

Así nació El cantar de Mío Cid

Era el mes de mayo del año 1207 (15).

 

NOTAS

1 Mosén, párroco en aragonés. Las tierras donde nació en castellano (La Rioja) y se gestó la leyenda del Cid (entre Gormaz y Medinaceli) durante los siglos XI y XII pertenecieron tanto al reino de Castilla como al de Aragón. (volver)

2 Leonor Plantagenet esposa de Alfonso VIII de Castilla del 1170 al 1214. Se desposó con él con tan solo diez años. Por indicación de su madre, Leonor de Aquitania, llegó a la corte de su marido acompañada por numerosos trovadores. (volver)

3 Palenque: espacio público de las villas donde tenían lugar los duelos judiciales. (volver)

Cuenca fue conquistada en el año 1177. La batalla de Alarcos se dio en el 1195. La figura jurídica aragonesa por la que un varón forastero contraía matrimonio con la heredera y se hacía cargo de los bienes de sus suegros se denominaba «casamiento en casa». (volver)

5 La cancillería era lugar donde se guardaba el sello real con el que se firmaban en nombre del rey los documentos del reino de Castilla, y permaneció en Toledo hasta el reinado de Alfonso III el Santo. Este departamento administrativo dependía del arzobispado. Su último titular toledano fue el arzobispo Jiménez de Rada. (volver)

6 Jimena de Barcelona, hija de Ramón Berenguer III y María Rodríguez. En condado de Besalú se alza el monasterio de Ripoll donde se guarda una gesta cidiana escrita en latín, titulada Camen Campidoctoris (Poema del Campeador). Curiosamente, la gesta termina justo antes de iniciarse una batalla contra el conde Berenger Ramón II de Barcelona. (volver)

7 Berenguela de Barcelona (1116-1149), hija de Ramón Berenguer III y Dulce de Provenza. Reina de León y Castilla por su matrimonio con Alfonso VII, que se titulaba Imperator Totia Hispaniae. (volver)

8 Testamento de Alfonso VII dividiendo sus reinos entre sus hijos Sancho III de Castilla y Fernando II de León. (volver)

9 Alfonso VII no tuvo más remedio que aceptar la independencia del condado de Portugal iniciada por su tíos Teresa de León y Enrique de Borgoña. (volver)

10 Los departamentos administrativos de las cortes medievales de León y Castilla se denominaban «scholae», escuelas», y se agrupaban en «officinae», «oficinas» (volver)

11 Ibn al-Sid al- Batalyawi (1050-1121), gramático y filósofo andalusí contemporáneo del Cid Campeador. Gracias a él sabemos que Rodrigo Díaz de Vivar no llegó a Valencia como desterrado, sino en compañía del cadí de Talavera de la Reina, Ibn al-Waqqasi, para resolver el asesinato del rey Al-Qadir, protegido de Alfonso VI. (volver)

12 El merino de Castilla (menor domus) era un cargo palatino similar al mayordomo de León (maiordomus regis), equivalente al actual ministro de Hacienda. (volver)

13 La edad militar en la Hispania medieval era de los catorce a los cincuenta y nueve años. Los reyes cristianos se lo pensaban mucho antes de dar una batalla campal: si salían derrotados debían esperar a que creciera la siguiente generación. (volver)

 14 «Per Abbat le escrivió en el mes de mayo en era de mil e. CC XLV años.». (volver)

15 La era hispánica comenzaba en el año 38 a.J.C., momento de la conquista romana de Cantabria. Al restar al año 1245 de la era hispánica 38 años, su equivalente es el año 1207 d.J.C. (volver)

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

 

 

Don Miguel de Cervantes Saavedra, un escritor en apuros

cervantes retrato—Esta novela es harto voluminosa y prolija. Tenemos que ir a Alcalá de Henares. Vuesa merded sabe de sobra que los correctores de su Universidad cobran menos que el de Madrid—, le había dicho Juan de la Cuesta a don Miguel de Cervantes, al tiempo que hojeaba parsimonioso el volumen de prueba que le había entregado el oficial de la imprenta con las aventuras y desventuras de don Quijote y Sancho. 

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Las «Memorias» del rey Abd Allah

ManuscritoEstamos en Fez (Marruecos) en el año 1930. Hace un calor sofocante. Envueltos en una nube de polvo los obreros que trabajan en la mezquita de Al-Qarawiyyin golpean con sus mazos una y otra vez la pared de una de las salas de la escuela coránica. Tienen orden de derribarla. Consiguen su objetivo y se quedan atónitos: al otro lado hay una cámara llena de códices y manuscritos tirados por el suelo, desgastados por la acción de los insectos y del tiempo. El capataz va en busca de los arqueólogos. Ante el asombro de los operarios, ven cómo unos y otros se felicitan en francés. Habían encontrado una biblioteca secreta, tapiada hace siglos, que contenía libros olvidados, tal vez heréticos, de la que nadie tenía noticia. Aquello confirmaba las sospechas del arquitecto, que aseguraba que los planos originales no coincidían con la planta de la actual mezquita, de modo que detrás de aquella pared tenía que esconderse otra dependencia.
Sin embargo, se sienten un poco decepcionados. No hay ninguna pieza arqueológica digna de mención, solo aquel amasijo de pergaminos. Tras unos minutos de vacilación, el jefe de los expertos entra, recoge del suelo una página suelta, escrita con caligrafía clásica, todavía legible, intuye el valor del hallazgo y comprende que debe ponerse en contacto con la Universidad de Argel.

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