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El periódico El Correo nos hace una entrevista

El sábado 24 de noviembre se publicó en el suplemento "Territorios" de El Correo una extenso reportaje sobre el mundo editorial digital, firmado por Elisabeth G. Iborra, en el que participó Literanda y para el cual fuimos entrevistados. Es motivo de orgullo para Literanda. Os dejo el reportaje completo en formato PDF, es bastante interesante, no necesariamente por nuestras opiniones.
Pinchando sobre las imágenes podéis abrir el PDF de ambas páginas.

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El editor de bytes

Después de estos años editando libros digitales en Literanda, seguimos humillando la mirada cuando alguien nos pregunta para cuándo la versión en papel de éste o de otro título.

Que es la manera elegante de decir mola, pero y el libro de verdad ¿dónde está?, ¿cuándo sale?. Al parecer los editores digitales vivimos en la cara B del mundo editorial, en la segunda división del libro, como eternos pretendientes a dar el gran salto al glamour del papel, a la elegancia de la portada barnizada. Y así seguimos aguantando estoicamente cuando nos dicen que donde esté el olor de un libro nuevo que se quite la frialdad de lo electrónico, y nos mordemos la lengua para no mascullar que ése es el olor del disolvente.

Ya es viejo el debate del papel versus lo digital, y he reiterado hasta la saciedad que no soy ni apocalíptico ni integrado, que lo que yo amo es el libro, no como continente, sino como contenido. De modo que ésa no es la cuestión de este artículo, no te preocupes. O sí lo es, pero con otro enfoque. Verás...

En sus inicios la fotografía luchó contra fantasmas que hoy deberían resultarnos familiares. Como plasmación de la realidad, la fotografía bregó años y años contra la visión elitista del arte, acusada de serializar, de banalizar y de vulgarizar, hasta que logró encontrar su propio camino, su lenguaje artístico y estético propio que nadie pudiera discutir, empujando en su evolución a la pintura a otro rumbo distinto al que llevaba.

daguerrotipo

Por su parte el mp3, el formato digital que en sus diferentes versiones permitió que la música nos llegara a través de la red, luchó durante años contra los que veían en él la vulgarización, la pérdida de calidad, el triste vehículo cuya única aportación fue permitir que la música pudiera ser robada. Pocos años después ya nadie duda de que la industria musical ha conseguido encontrar un nuevo rumbo, mucho más satisfactorio para el usuario también, precisamente gracias al mp3 e iniciativas como Spotify y similares. El formato digital.

 

¿Y qué ocurre en lo literario ahora mismo?

Parece ser que nadie es autor hasta que no ha editado su libro en papel, porque el papel es el auténtico baremo que te convierte en autor, no el número de lectores, o de libros vendidos o distribuidos. Eres autor en cuanto puedes enarbolar tu legajo entre dos tapas a 4 colores más barniz, y lanzar al aire una tirada de 300 ejemplares, aunque éstos se encuentren en el altillo de tu armario. Claro que eres más autor si tu portada es de las duras y apareces en un escaparate. Pero si lo único que puedes lanzar al aire es unos cuantos bytes de información y montones de tuits, entonces no eres autor, eres... no sé. Otra cosa. Aunque te hayan leído 3.000 personas en 3 meses.

Hemos objetualizado la literatura, si es que se puede decir así, confundiendo el contenido con el continente, sacralizando el objeto en detrimento de lo literario. La biblioteca está ampliamente sobrevalorada: acumulamos libros en casa como si eso pudiera dar una idea de lo intensamente que vivimos la literatura. Y así, poco a poco, hemos convertido el vehículo en mensaje. McLuhan allá en el cielo se está frotando las manos.

¿Y cómo respondemos los editores digitales a las dudas que suscita nuestro objeto digital, que puede ser cualquier cosa menos un objeto? Pues sencillamente inventamos aplicaciones que simulan el paso de las páginas, simulan su sonido e incluso su textura. Simularían incluso su olor si eso fuera posible. Lo que hacemos es simular. Evidentemente, por realista que resulte la simulación, siempre será incapaz de sustituir al auténtico papel. ¿Qué es lo que está pasando? En realidad es muy sencillo: todavía no hemos encontrado nuestro lenguaje propio.

Voy a intentar ser un poco más concreto: que los editores tradicionales tienen miedo al libro electrónico es una verdad indiscutible que ya hemos tratado en ocasiones anteriores. Se trata de un miedo prosaico y un tanto vulgar, miedo a ser destronado, a la pérdida de poder, a la pérdida económica al fin y al cabo, porque existe un gran componente democratizador en el ebook. Gracias a él podemos editar los menos poderosos y pueden publicar muchos de los que antes no podían. A esto se une el miedo al robo, un fenómeno tan extendido y a una escala tan inmensa que las guerras anteriores que los editores entablaron contra las fotocopiadoras dan incluso un poco de risa ahora.

Lo curioso es que los editores de libros electrónicos también tenemos nuestros miedos. Mientras presumimos de ser pequeños pioneros luchando contra todopoderosos molinos de papel, somos incapaces de despegarnos de ellos, de los molinos, de encontrar nuestro propio camino. Por no tener, no tenemos ni siquiera un verdadero nombre para lo que hacemos, y lo seguimos llamando libro por miedo a que nuestro producto pierda el vínculo con sus orígenes. Y de esta manera nos condenamos a nosotros mismos a competir contra lo que no se puede competir, contra algo con lo que no tiene sentido competir y contra lo que muchos de nosotros ni siquiera queremos competir.

 

(...) porque (parece que) el papel es el auténtico baremo que te convierte en autor, no el número de lectores, o de libros vendidos o distribuidos. Eres autor en cuanto puedes enarbolar tu legajo entre dos tapas a 4 colores más barniz, y lanzar al aire una tirada de 300 ejemplares (...)

 

¿Qué nos está pasando?

En el fondo lo que no tenemos en realidad es un lenguaje propio para nuestro proceso editorial, y nos empeñamos en atenernos al viejo discurso, y adornar los ebooks con portadas e índices que bien pensado son totalmente innecesarios, y además no funcionan bien en los dispositivos. En Literanda no estamos en absoluto libres de culpa, de hecho seguimos haciendo simulaciones en 3 dimensiones de nuestros libros que hagan pensar a nuestros lectores que lo que leen es una versión digital de un objeto que existe físicamente en alguna parte, lo cual no es cierto. ¿No es hasta cierto punto un poco triste la idea de ser pionero y no ser capaz de romper con la tradición y ofrecer un producto realmente nuevo?

Alguien podría decirme que existe el estándar ePub3 para libros digitales, un salto cualitativo. ¿Pero realmente lo es? La capacidad de añadir audio y video a un libro puede ser útil en alguna ocasión, pero no estoy seguro, realmente no creo que sea eso lo que nos va a diferenciar.

El problema es que nos estamos dejando llevar por un lado por nuestra falta de iniciativa, por nuestros miedos y por los impulsos a trompicones de las mejoras tecnológicas. Además carecemos por completo de la información necesaria: no sabemos, o sabemos poco de las preferencias de nuestros lectores.

Déjame que te ponga un ejemplo: cuando apareció el libro impreso, inmediatamente surgió la necesidad de protegerlo, y así se inventaron la cubiertas. Además servían para darle entidad, materialidad de objeto al libro. Con el tiempo las tapas se mostraron como vehículo publicitario perfecto, se llenaron de letras, letras doradas, materiales nobles, capitulares, colores, y por fin con ilustraciones, fotos y finalmente promesas de mundos mejores. O sea, publicidad. Ayudaron las mejoras tecnológicas de impresión y fotomecánica, claro que sí, pero es que el lenguaje editorial buscaba su camino y aprovechó perfectamente lo que estaba a su alcance.

¿No deberíamos, ahora que la tecnología lo permite, hacer otro tipo de portadas? ¿O quizá prescindir de ellas ya que al fin y al cabo no protegen nada, y como vehículo publicitario contamos con otros medios bastante más sofisticados? Respecto a la portada del libro digital me pregunto a menudo cuál es el paso natural que debemos dar. ¿Sería tan impensable por ejemplo inventar la portada en movimiento, como esas fotos en los periódicos de Harry Potter? Es decir, unir en uno el booktrailer y la portada para ofrecer una novedad real y algo que el libro de papel realmente no puede hacer?

No estaría mal, ¿verdad? ¿O es una idea horrible? No lo sé.

Claro que chocamos con las posibilidades tecnológicas de los dispositivos. ¿Pero por qué iba a detenernos eso? ¿No sería más valiente por nuestra parte ofrecer el libro en el que creemos y obligar a la tecnología a adaptarse a él? ¿Acaso la televisión no lo hace constantemente, y el usuario acaba por agradecer las mejoras, aunque tenga que comprarse un televisor nuevo?

Me avergüenza mucho ver el bookshelf de Amazon, tanto como las portadas en 3D de Literanda, porque ambas tratan de vivir de un viejo discurso que en realidad no nos pertenece. No hay madera dentro de este iPad; no hay 3 dimensiones, por mucho que queramos vender objetos tangibles. Y tratar de simular, de engañar, solo nos perjudica.

El libro electrónico, digital, ebook, es otra cosa, es nuevo, es diferente. Si nos empeñamos en venderlo como alternativa al libro de papel, nos sometemos a la lógica de éste y a las consiguientes comparaciones.

La verdad es que yo, como casi todos, nado en la incertidumbre. Pero lo que sí sé es que nos vendría bien un foro en el que poder discutir y teorizar, todos los que os dedicamos a esto, sobre el futuro que queremos y el que nos espera si no nos preparamos.

¿Por qué lo robas si es gratis?

 

Ésta es la pregunta que me inquieta desde hace tiempo y que me ha llevado a escribir estas líneas, con su pizca de sorna y su pellizco de indignación. Debes saber, estimado lector, que me estoy desangrando, en términos digitales, pero desangrando al fin y al cabo, ya que aquí, tras tu pantalla, se está librando una guerra silenciosa y cruel, con sus vencedores, héroes y villanos, y con sus cadáveres también. Pero nadie es quien parece ser. Y debes saber, querido amigo, que tú también eres parte de la guerra, parte fundamental. La piedra angular eres tú, pero eso te lo cuento en un momento.

Existe cierta lógica en la rebelión de los lectores frente a la política agresiva de las editoriales, con lanzamientos en tapa dura de 25 o 30 euros. Es natural que el lector busque alternativas. La editorial está decidida a no tener pérdidas, de modo que ha decidido penalizar a sus compradores con precios escandalosos para no tener que abrir los ojos entumecidos.

Para que me entiendas mejor primero necesito describirte la perversión que ha sufrido el fenómeno del todo gratis cultural desde sus orígenes, hace más o menos 15 años. Ahora las motivaciones son bien diferentes, más complejas. No me entiendas mal, no pretendo defender la versión original de la piratería, como si en ella estuviera la pureza de sangre, o un lógico afán revolucionario ante los abusos de la industria cultural. Algo de eso había, o eso quiero creer.

NapsterRemóntate conmigo un momento: la aparición de Napster, posiblemente la primera red para compartir música, supuso el comienzo de la liberación del abuso de la industria discográfica. Al negocio musical le ha costado adaptarse a los tiempos, pero aparentemente ha encontrado cierta paz en los nuevos modelos de distribución. La industria editorial comete los mismos errores que cometió la musical y posteriormente la cinematográfica, demostrando una miopía escandalosa y una falta de voluntad enorme de adaptarse a los nuevos medios, a las nuevas libertades adquiridas por el usuario del producto cultural.

Pero me estoy apartando del tema. Decía que hay cierta lógica en la piratería. Sin embargo lo que aparentemente escapa a toda lógica es un fenómeno que venimos observando en Literanda desde hace tiempo. Cada vez que publicamos un nuevo título gratuito, y te recuerdo que el 90 por ciento de nuestro catálogo es gratis, al poco tiempo éste aparece en otras páginas de descargas gratuitas. Copiado. No se puede entender este fenómeno simplemente desde la óptica de la piratería clásica. Lo que subyace es la descarnada lucha en la red por los contenidos. Déjame que te cuente un cuento, pero no pienses que por cuento es menos real. Prometo que será corto, entretenido, y que al final te sorprenderá, al menos un poquito:

 

Todo empezó hace no tanto tiempo, hacia 1996, con la llegada a estas verdes praderas digitales de un ser bondadoso, de nombre redondo y aspecto blanco y virginal: se hacía llamar Google, y nos regaló una paz digital y visual que nunca antes habíamos conocido. Su eficacia pronto se volvió legendaria, y sus intenciones tan blancas como las pantallas que nos ofrecía. Pronto todos lo quisimos, lo adoptamos, lo introdujimos en nuestros hogares, en nuestras CPUs.

No supimos hasta mucho después que Google había traído consigo a un cruel lacayo al que llamaban El Algoritmo a falta de un nombre que cambia con los años, y del que nadie sabe apenas nada, aunque todos conjeturan, y dicen que todo lo ve, que todo lo sabe, como el ojo del Gran Hermano —el de Orwell, no el otro— que aparece entre nosotros cuando menos lo esperas, te toca con su filamento matemático y te encumbra en la primera página de los resultados de búsqueda o te condena al ostracismo de la segunda página, donde dicen que oculta los cadáveres de sus enemigos, porque allí jamás serán descubiertos. Aquí, sobre el campo de batalla, ya nadie lo llama Google. Ahora es la Gran G, y él tampoco se esfuerza tanto por mantener su aspecto bondadoso.

Google web searchBien, el caso es que cuando la Gran G terminó de confirmar su férreo control sobre la Tierra Digital, alguien al que llamaremos Señor 0 oyó decir que se podía ganar algún dinero fácil con una página web, si permitías que la Gran G insertara algo llamado banner en ella. Rápidamente el Señor 0 montó su propuesta: compró un dominio, organizó un blog, y abrió la puerta a la Gran G para que dispusiera. A continuación se sentó a recibir su bien ganada recompensa. Pero pronto descubrió que apenas arañaba unos céntimos diarios, lo que de ninguna manera justificaba ni tan siquiera los míseros esfuerzos acometidos.

Comenzó entonces el Señor 0 un largo peregrinaje en busca del Oráculo del SEO, primo distante de la Gran G, que prometía, gracias a lazos familiares y vastos conocimientos de El Algoritmo, enseñarte cómo conseguir en poco tiempo que todo el mundo visitara tu web, multiplicando tus ganancias. Y todo ello sin vender tu alma al diablo.

Lo que el Oráculo del SEO le contó al Señor 0 fue lo siguiente: existen dos caminos hacia el éxito: el Camino de la Verdad del Algoritmo, y el otro. Toma el otro y y serás una estrella fugaz. Morirás pronto, porque El Algoritmo te hallará y será implacable. Te dolerá. Por el contrario, toma el recto camino de la verdad y tu éxito será lento pero duradero. Serás el hijo predilecto de la Gran G, y todos te amarán.

El Señor 0 optó por el recto camino, y centró sus esfuerzos en convertirse en hijo predilecto de Google, haciendo todo aquéllo que El Oráculo del SEO dijo que le gustaba al Algoritmo, y que se resumía en dos palabras repetidas mil veces: contenidos, contenidos, contenidos. Y calidad.

El Señor 0 miró al cielo buscando inspiración para generar su primer contenido de calidad, y llegó pronto a una conclusión fundamental: no sabía generar contenidos, y mucho menos de calidad, porque bien mirado no sabía mucho de nada. Entonces le llegó otra idea: ¿para qué generar contenidos de calidad, si éstos están al alcance de tu ratón? Control C, control V, cortar-pegar. A esto lo llamó intermediación. Y de hecho no ve absolutamente nada malo en ello. Tampoco le importa que el contenido que toma prestado ya sea gratuito en otra parte, porque su objetivo no es el contenido en sí, su objetivo está en otro lugar.

Su único aporte, su único talento, es el de haber sabido convertirse en intermediario del producto cultural, atrayendo visitas a su web gracias a los agujeros del Algoritmo de la Gran G. En su recto camino el Señor 0 también se tropezó con Literanda, con esta página que estás leyendo, y agarró unos cuantos libros. Ése fue el momento en que pregunté por primera vez cómo puede ser que alguien robe aquello que es un regalo.

Y así hemos llegado casi al final de este cuento, en el que por fin sabrás, estimado visitante, el papel que juegas en esta guerra:

Debes saber que lo que el Señor 0 me está robando de hecho no es un libro, porque en el fondo un libro gratuito no se puede robar. Lo que me roba es a ti, querido lector, porque tú eres el objeto de nuestro deseo, de los que escribimos y de los que editamos y de los que copiamos. Tú eres la mercancía final —perdona que te lo diga en estos términos, la idea no es mía sino de McLuhan— y tuya es la decisión final de quién vive y quién muere en esta guerra.

Porque debes saber también que el Señor 0 desapareció hace tiempo en el anónimato de una legión que ha convertido estas bellas praderas digitales en un gran teléfono roto, en el que la información se vacía de contenido en cada pase, convirtiéndose en un bucle espantoso, en el que incluso la Gran G está perdiendo su propia guerra contra el caos que asoma en el horizonte.