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El camino más corto

Ama el camino mas cortoEl camino más corto para encontrarse a uno mismo, da la vuelta al mundo. Con esta emotiva cita de Hermann Keyserling comienza Manuel Leguineche El camino más corto —convertido hoy casi en libro de culto—, y que este año cumple 50 años. (El libro se publicó en el 78, pero el viaje comenzó realmente en abril de 1965). Gracias a autores como Manu Leguineche, viajar es hoy más fácil, incluso para los que no pueden viajar.

Leer más: El camino más corto

El periódico El Correo nos hace una entrevista

El sábado 24 de noviembre se publicó en el suplemento "Territorios" de El Correo una extenso reportaje sobre el mundo editorial digital, firmado por Elisabeth G. Iborra, en el que participó Literanda y para el cual fuimos entrevistados. Es motivo de orgullo para Literanda. Os dejo el reportaje completo en formato PDF, es bastante interesante, no necesariamente por nuestras opiniones.
Pinchando sobre las imágenes podéis abrir el PDF de ambas páginas.

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El editor de bytes

Después de estos años editando libros digitales en Literanda, seguimos humillando la mirada cuando alguien nos pregunta para cuándo la versión en papel de éste o de otro título.

Que es la manera elegante de decir mola, pero y el libro de verdad ¿dónde está?, ¿cuándo sale?. Al parecer los editores digitales vivimos en la cara B del mundo editorial, en la segunda división del libro, como eternos pretendientes a dar el gran salto al glamour del papel, a la elegancia de la portada barnizada. Y así seguimos aguantando estoicamente cuando nos dicen que donde esté el olor de un libro nuevo que se quite la frialdad de lo electrónico, y nos mordemos la lengua para no mascullar que ése es el olor del disolvente.

Ya es viejo el debate del papel versus lo digital, y he reiterado hasta la saciedad que no soy ni apocalíptico ni integrado, que lo que yo amo es el libro, no como continente, sino como contenido. De modo que ésa no es la cuestión de este artículo, no te preocupes. O sí lo es, pero con otro enfoque. Verás...

En sus inicios la fotografía luchó contra fantasmas que hoy deberían resultarnos familiares. Como plasmación de la realidad, la fotografía bregó años y años contra la visión elitista del arte, acusada de serializar, de banalizar y de vulgarizar, hasta que logró encontrar su propio camino, su lenguaje artístico y estético propio que nadie pudiera discutir, empujando en su evolución a la pintura a otro rumbo distinto al que llevaba.

daguerrotipo

Por su parte el mp3, el formato digital que en sus diferentes versiones permitió que la música nos llegara a través de la red, luchó durante años contra los que veían en él la vulgarización, la pérdida de calidad, el triste vehículo cuya única aportación fue permitir que la música pudiera ser robada. Pocos años después ya nadie duda de que la industria musical ha conseguido encontrar un nuevo rumbo, mucho más satisfactorio para el usuario también, precisamente gracias al mp3 e iniciativas como Spotify y similares. El formato digital.

 

¿Y qué ocurre en lo literario ahora mismo?

Parece ser que nadie es autor hasta que no ha editado su libro en papel, porque el papel es el auténtico baremo que te convierte en autor, no el número de lectores, o de libros vendidos o distribuidos. Eres autor en cuanto puedes enarbolar tu legajo entre dos tapas a 4 colores más barniz, y lanzar al aire una tirada de 300 ejemplares, aunque éstos se encuentren en el altillo de tu armario. Claro que eres más autor si tu portada es de las duras y apareces en un escaparate. Pero si lo único que puedes lanzar al aire es unos cuantos bytes de información y montones de tuits, entonces no eres autor, eres... no sé. Otra cosa. Aunque te hayan leído 3.000 personas en 3 meses.

Hemos objetualizado la literatura, si es que se puede decir así, confundiendo el contenido con el continente, sacralizando el objeto en detrimento de lo literario. La biblioteca está ampliamente sobrevalorada: acumulamos libros en casa como si eso pudiera dar una idea de lo intensamente que vivimos la literatura. Y así, poco a poco, hemos convertido el vehículo en mensaje. McLuhan allá en el cielo se está frotando las manos.

¿Y cómo respondemos los editores digitales a las dudas que suscita nuestro objeto digital, que puede ser cualquier cosa menos un objeto? Pues sencillamente inventamos aplicaciones que simulan el paso de las páginas, simulan su sonido e incluso su textura. Simularían incluso su olor si eso fuera posible. Lo que hacemos es simular. Evidentemente, por realista que resulte la simulación, siempre será incapaz de sustituir al auténtico papel. ¿Qué es lo que está pasando? En realidad es muy sencillo: todavía no hemos encontrado nuestro lenguaje propio.

Voy a intentar ser un poco más concreto: que los editores tradicionales tienen miedo al libro electrónico es una verdad indiscutible que ya hemos tratado en ocasiones anteriores. Se trata de un miedo prosaico y un tanto vulgar, miedo a ser destronado, a la pérdida de poder, a la pérdida económica al fin y al cabo, porque existe un gran componente democratizador en el ebook. Gracias a él podemos editar los menos poderosos y pueden publicar muchos de los que antes no podían. A esto se une el miedo al robo, un fenómeno tan extendido y a una escala tan inmensa que las guerras anteriores que los editores entablaron contra las fotocopiadoras dan incluso un poco de risa ahora.

Lo curioso es que los editores de libros electrónicos también tenemos nuestros miedos. Mientras presumimos de ser pequeños pioneros luchando contra todopoderosos molinos de papel, somos incapaces de despegarnos de ellos, de los molinos, de encontrar nuestro propio camino. Por no tener, no tenemos ni siquiera un verdadero nombre para lo que hacemos, y lo seguimos llamando libro por miedo a que nuestro producto pierda el vínculo con sus orígenes. Y de esta manera nos condenamos a nosotros mismos a competir contra lo que no se puede competir, contra algo con lo que no tiene sentido competir y contra lo que muchos de nosotros ni siquiera queremos competir.

 

(...) porque (parece que) el papel es el auténtico baremo que te convierte en autor, no el número de lectores, o de libros vendidos o distribuidos. Eres autor en cuanto puedes enarbolar tu legajo entre dos tapas a 4 colores más barniz, y lanzar al aire una tirada de 300 ejemplares (...)

 

¿Qué nos está pasando?

En el fondo lo que no tenemos en realidad es un lenguaje propio para nuestro proceso editorial, y nos empeñamos en atenernos al viejo discurso, y adornar los ebooks con portadas e índices que bien pensado son totalmente innecesarios, y además no funcionan bien en los dispositivos. En Literanda no estamos en absoluto libres de culpa, de hecho seguimos haciendo simulaciones en 3 dimensiones de nuestros libros que hagan pensar a nuestros lectores que lo que leen es una versión digital de un objeto que existe físicamente en alguna parte, lo cual no es cierto. ¿No es hasta cierto punto un poco triste la idea de ser pionero y no ser capaz de romper con la tradición y ofrecer un producto realmente nuevo?

Alguien podría decirme que existe el estándar ePub3 para libros digitales, un salto cualitativo. ¿Pero realmente lo es? La capacidad de añadir audio y video a un libro puede ser útil en alguna ocasión, pero no estoy seguro, realmente no creo que sea eso lo que nos va a diferenciar.

El problema es que nos estamos dejando llevar por un lado por nuestra falta de iniciativa, por nuestros miedos y por los impulsos a trompicones de las mejoras tecnológicas. Además carecemos por completo de la información necesaria: no sabemos, o sabemos poco de las preferencias de nuestros lectores.

Déjame que te ponga un ejemplo: cuando apareció el libro impreso, inmediatamente surgió la necesidad de protegerlo, y así se inventaron la cubiertas. Además servían para darle entidad, materialidad de objeto al libro. Con el tiempo las tapas se mostraron como vehículo publicitario perfecto, se llenaron de letras, letras doradas, materiales nobles, capitulares, colores, y por fin con ilustraciones, fotos y finalmente promesas de mundos mejores. O sea, publicidad. Ayudaron las mejoras tecnológicas de impresión y fotomecánica, claro que sí, pero es que el lenguaje editorial buscaba su camino y aprovechó perfectamente lo que estaba a su alcance.

¿No deberíamos, ahora que la tecnología lo permite, hacer otro tipo de portadas? ¿O quizá prescindir de ellas ya que al fin y al cabo no protegen nada, y como vehículo publicitario contamos con otros medios bastante más sofisticados? Respecto a la portada del libro digital me pregunto a menudo cuál es el paso natural que debemos dar. ¿Sería tan impensable por ejemplo inventar la portada en movimiento, como esas fotos en los periódicos de Harry Potter? Es decir, unir en uno el booktrailer y la portada para ofrecer una novedad real y algo que el libro de papel realmente no puede hacer?

No estaría mal, ¿verdad? ¿O es una idea horrible? No lo sé.

Claro que chocamos con las posibilidades tecnológicas de los dispositivos. ¿Pero por qué iba a detenernos eso? ¿No sería más valiente por nuestra parte ofrecer el libro en el que creemos y obligar a la tecnología a adaptarse a él? ¿Acaso la televisión no lo hace constantemente, y el usuario acaba por agradecer las mejoras, aunque tenga que comprarse un televisor nuevo?

Me avergüenza mucho ver el bookshelf de Amazon, tanto como las portadas en 3D de Literanda, porque ambas tratan de vivir de un viejo discurso que en realidad no nos pertenece. No hay madera dentro de este iPad; no hay 3 dimensiones, por mucho que queramos vender objetos tangibles. Y tratar de simular, de engañar, solo nos perjudica.

El libro electrónico, digital, ebook, es otra cosa, es nuevo, es diferente. Si nos empeñamos en venderlo como alternativa al libro de papel, nos sometemos a la lógica de éste y a las consiguientes comparaciones.

La verdad es que yo, como casi todos, nado en la incertidumbre. Pero lo que sí sé es que nos vendría bien un foro en el que poder discutir y teorizar, todos los que os dedicamos a esto, sobre el futuro que queremos y el que nos espera si no nos preparamos.