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¿Por qué lo robas si es gratis?

 

Ésta es la pregunta que me inquieta desde hace tiempo y que me ha llevado a escribir estas líneas, con su pizca de sorna y su pellizco de indignación. Debes saber, estimado lector, que me estoy desangrando, en términos digitales, pero desangrando al fin y al cabo, ya que aquí, tras tu pantalla, se está librando una guerra silenciosa y cruel, con sus vencedores, héroes y villanos, y con sus cadáveres también. Pero nadie es quien parece ser. Y debes saber, querido amigo, que tú también eres parte de la guerra, parte fundamental. La piedra angular eres tú, pero eso te lo cuento en un momento.

Existe cierta lógica en la rebelión de los lectores frente a la política agresiva de las editoriales, con lanzamientos en tapa dura de 25 o 30 euros. Es natural que el lector busque alternativas. La editorial está decidida a no tener pérdidas, de modo que ha decidido penalizar a sus compradores con precios escandalosos para no tener que abrir los ojos entumecidos.

Para que me entiendas mejor primero necesito describirte la perversión que ha sufrido el fenómeno del todo gratis cultural desde sus orígenes, hace más o menos 15 años. Ahora las motivaciones son bien diferentes, más complejas. No me entiendas mal, no pretendo defender la versión original de la piratería, como si en ella estuviera la pureza de sangre, o un lógico afán revolucionario ante los abusos de la industria cultural. Algo de eso había, o eso quiero creer.

NapsterRemóntate conmigo un momento: la aparición de Napster, posiblemente la primera red para compartir música, supuso el comienzo de la liberación del abuso de la industria discográfica. Al negocio musical le ha costado adaptarse a los tiempos, pero aparentemente ha encontrado cierta paz en los nuevos modelos de distribución. La industria editorial comete los mismos errores que cometió la musical y posteriormente la cinematográfica, demostrando una miopía escandalosa y una falta de voluntad enorme de adaptarse a los nuevos medios, a las nuevas libertades adquiridas por el usuario del producto cultural.

Pero me estoy apartando del tema. Decía que hay cierta lógica en la piratería. Sin embargo lo que aparentemente escapa a toda lógica es un fenómeno que venimos observando en Literanda desde hace tiempo. Cada vez que publicamos un nuevo título gratuito, y te recuerdo que el 90 por ciento de nuestro catálogo es gratis, al poco tiempo éste aparece en otras páginas de descargas gratuitas. Copiado. No se puede entender este fenómeno simplemente desde la óptica de la piratería clásica. Lo que subyace es la descarnada lucha en la red por los contenidos. Déjame que te cuente un cuento, pero no pienses que por cuento es menos real. Prometo que será corto, entretenido, y que al final te sorprenderá, al menos un poquito:

 

Todo empezó hace no tanto tiempo, hacia 1996, con la llegada a estas verdes praderas digitales de un ser bondadoso, de nombre redondo y aspecto blanco y virginal: se hacía llamar Google, y nos regaló una paz digital y visual que nunca antes habíamos conocido. Su eficacia pronto se volvió legendaria, y sus intenciones tan blancas como las pantallas que nos ofrecía. Pronto todos lo quisimos, lo adoptamos, lo introdujimos en nuestros hogares, en nuestras CPUs.

No supimos hasta mucho después que Google había traído consigo a un cruel lacayo al que llamaban El Algoritmo a falta de un nombre que cambia con los años, y del que nadie sabe apenas nada, aunque todos conjeturan, y dicen que todo lo ve, que todo lo sabe, como el ojo del Gran Hermano —el de Orwell, no el otro— que aparece entre nosotros cuando menos lo esperas, te toca con su filamento matemático y te encumbra en la primera página de los resultados de búsqueda o te condena al ostracismo de la segunda página, donde dicen que oculta los cadáveres de sus enemigos, porque allí jamás serán descubiertos. Aquí, sobre el campo de batalla, ya nadie lo llama Google. Ahora es la Gran G, y él tampoco se esfuerza tanto por mantener su aspecto bondadoso.

Google web searchBien, el caso es que cuando la Gran G terminó de confirmar su férreo control sobre la Tierra Digital, alguien al que llamaremos Señor 0 oyó decir que se podía ganar algún dinero fácil con una página web, si permitías que la Gran G insertara algo llamado banner en ella. Rápidamente el Señor 0 montó su propuesta: compró un dominio, organizó un blog, y abrió la puerta a la Gran G para que dispusiera. A continuación se sentó a recibir su bien ganada recompensa. Pero pronto descubrió que apenas arañaba unos céntimos diarios, lo que de ninguna manera justificaba ni tan siquiera los míseros esfuerzos acometidos.

Comenzó entonces el Señor 0 un largo peregrinaje en busca del Oráculo del SEO, primo distante de la Gran G, que prometía, gracias a lazos familiares y vastos conocimientos de El Algoritmo, enseñarte cómo conseguir en poco tiempo que todo el mundo visitara tu web, multiplicando tus ganancias. Y todo ello sin vender tu alma al diablo.

Lo que el Oráculo del SEO le contó al Señor 0 fue lo siguiente: existen dos caminos hacia el éxito: el Camino de la Verdad del Algoritmo, y el otro. Toma el otro y y serás una estrella fugaz. Morirás pronto, porque El Algoritmo te hallará y será implacable. Te dolerá. Por el contrario, toma el recto camino de la verdad y tu éxito será lento pero duradero. Serás el hijo predilecto de la Gran G, y todos te amarán.

El Señor 0 optó por el recto camino, y centró sus esfuerzos en convertirse en hijo predilecto de Google, haciendo todo aquéllo que El Oráculo del SEO dijo que le gustaba al Algoritmo, y que se resumía en dos palabras repetidas mil veces: contenidos, contenidos, contenidos. Y calidad.

El Señor 0 miró al cielo buscando inspiración para generar su primer contenido de calidad, y llegó pronto a una conclusión fundamental: no sabía generar contenidos, y mucho menos de calidad, porque bien mirado no sabía mucho de nada. Entonces le llegó otra idea: ¿para qué generar contenidos de calidad, si éstos están al alcance de tu ratón? Control C, control V, cortar-pegar. A esto lo llamó intermediación. Y de hecho no ve absolutamente nada malo en ello. Tampoco le importa que el contenido que toma prestado ya sea gratuito en otra parte, porque su objetivo no es el contenido en sí, su objetivo está en otro lugar.

Su único aporte, su único talento, es el de haber sabido convertirse en intermediario del producto cultural, atrayendo visitas a su web gracias a los agujeros del Algoritmo de la Gran G. En su recto camino el Señor 0 también se tropezó con Literanda, con esta página que estás leyendo, y agarró unos cuantos libros. Ése fue el momento en que pregunté por primera vez cómo puede ser que alguien robe aquello que es un regalo.

Y así hemos llegado casi al final de este cuento, en el que por fin sabrás, estimado visitante, el papel que juegas en esta guerra:

Debes saber que lo que el Señor 0 me está robando de hecho no es un libro, porque en el fondo un libro gratuito no se puede robar. Lo que me roba es a ti, querido lector, porque tú eres el objeto de nuestro deseo, de los que escribimos y de los que editamos y de los que copiamos. Tú eres la mercancía final —perdona que te lo diga en estos términos, la idea no es mía sino de McLuhan— y tuya es la decisión final de quién vive y quién muere en esta guerra.

Porque debes saber también que el Señor 0 desapareció hace tiempo en el anónimato de una legión que ha convertido estas bellas praderas digitales en un gran teléfono roto, en el que la información se vacía de contenido en cada pase, convirtiéndose en un bucle espantoso, en el que incluso la Gran G está perdiendo su propia guerra contra el caos que asoma en el horizonte.

 

Los libros que no existen

Escribir es fácil. Basta abrir el procesador de textos, hacer como que no ves el abismo blanco que se abre ante los ojos, y lanzarse con la esperanza de que todo va a salir bien.

Pero no sale bien.

maquina-de-escribirY suprimes y cortas un párrafo y lo pegas dos páginas más adelante por si allí se salva, y suprimes... Y miras el texto de cerca y de lejos y lo odias y lo quieres y te enfadas con él y lo castigas a estar sólo en la carpeta más triste de “mis documentos”.

Y afuera brilla el sol, llueve, hace frío, calor, sales, entras, la gente habla contigo, y hasta te ríes sin que se note que te escuece por dentro el archivo de la carpeta triste.

El día que logras poner el primer punto final, sabes que sigue faltando algo. Y mueves errático el cursor por las letras, maldiciendo al ordenador por no saber detectar las constantes vitales de un texto; porque a lo peor te ha salido un texto muerto. Y la única manera de saberlo son los lectores; y cuantos más, mejor.

“Un libro no existe en tanto alguien no lo lea”; lo dice Ana Mª Matute. Y lo que escribe la Matute es verdad.

Y asumes que el archivo guardado en la carpeta triste con su punto al final es un texto que no existe. Porque la Literatura no la hace tanto quien escribe como quien lee. Ese lector que habla con el texto, y le cuenta sus penas, sus alegrías, y que lo mezcla con sus recuerdos, con sus amigos, y lo adapta a su forma, se lo apropia.

Deja de importar lo que el escritor quiso decir y lo que el texto dijo al escritor. Importa lo que siente el lector.

Carmen Martín Gaite confiesa que “Leyendo tesis doctorales y comentarios de amigos sobre mi obra me he enterado de muchas cosas que me explican lo que quise decir, que me regalan otros puntos de vista”.

En manos del lector el texto puede volverse mágico. Vive por su cuenta, habla por su cuenta y va adquiriendo sentidos que el escritor nunca pensó; magia.

Por eso es tan cierto lo que afirma Ana Mª Matute: “[…] nunca nadie lee el mismo libro”.

La lectura es entonces creativa.

 

Un libro no existe en tanto alguien no lo lea

 

Y si la lectura es creativa, las diferencias entre escritor y lector se diluyen. Los dos inventan, recrean, imaginan, crean. Y es que todos llevamos por dentro un escritor.

Porque sin narrar es imposible la vida. Lo que nos pasa nos lo contamos a nosotros y a los otros; lo adornamos, fabulamos, metemos bajo una elipsis lo que no queremos saber ni que nadie sepa…

Ya lo dice Carmen Martín Gaite: […]Percha de cuentos somos, pararrayos de cuentos. Unos amigos te llevan a otros, unos cuentos a otros, todo se engancha y enreda. Es literalmente el cuento de nunca acabar. […], los cuentos andan sueltos por la calle. Se trata simplemente de recogerlos o no. […] Todos tenemos mucho cuento y que no falte”.

 

 

*Laura Rivas es autora de Rompecabezas, ebook que puedes descargar desde aquí.
** Fotografía de Nana B Agyei, bajo licencia CC de atribución.

 

 

Reparto de beneficios en Literanda

Hemos realizado una pequeña infografía para mostrar de forma gráfica cómo se reparten los beneficios de la venta de un ebook en Literanda. Creemos que no necesita de mayor explicación.

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