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  • La letra escarlata | Nathaniel Hawthorne

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Sueño y Realidad, Cielo y Tierra

 

Escribir es un acto que se realiza en estado de vigilia, despiertos a la vida y a los sentidos. Sin embargo, a menudo se escribe únicamente sobre sueños. Acto que no deja de ser reprobado por quienes, bienintencionadamente, conminan a que no sea lo onírico lo que ocupe tanto espacio para que sea lo real quién lo haga. Esto parece indicar algo similar a la emergencia de una dicotomía, donde el binomio Sueño y Cielo parece contraponerse al de Realidad y Tierra. Es un hecho que la ingente producción literaria ha resuelto la cuestión transitándola en todos sus planos, desde la polarización en el Cielo o en la Tierra hasta su enlace intermedio en también todos los grados imaginables. Es seguro que esa diversidad es la mejor respuesta a la cuestión, ahora, por nuestra parte solo sigue el modesto deseo de reflexionar sobre ella.

La realidad contiene nuestros elementos sustentantes, es desde ella que nos orientamos para abordar nuestro caminar, y es con ella con la que tratamos de pilotar nuestra travesía. Probablemente no haya alusión más descalificante a nuestros actos que la que se refiere a que los mismos estén privados de realidad, indicando con ello que se realizan desde un lugar inexistente y por ello incompetente. Un lugar desde el que forzosamente no nos puede ir bien. Todo eso es cierto, incluso radicalmente cierto y sin embargo, una aparente paradoja se abre paso de forma inmediata.

Sea cada pluma la que decida la mejor manera de manchar de tinta el pergamino

Si observamos el progreso del género humano, vemos que sistemáticamente el mismo se ha basado en el desarrollo y alcance de logros que literalmente antes no existían, y por tanto no eran en absoluto reales cuando fueron concebidos, y por esa misma razón estaban privados de Tierra y eran por tanto, en mayor o menor medida, Cielo.

La paradoja se constata, necesitamos construir sueños para transformar la realidad. Lo que “es” no contiene más que la reiterativa capacidad de “ser”. Vital, ciertamente, pero absolutamente limitada para generar por si misma nada que no sea la reproducción mecánica de su propia existencia. Lo que “no es”, lo que ahora “no es ser”, sí posee la capacidad generativa para definir lo llamado “a ser”, aquello que será un nuevo “es”, pero en su mero estado inicial y enunciativo no es más que un sueño, una utopía que puede ser todavía más denostada al calificarla despectivamente como quimera.105783011 9c46f9a577

Nuestros sueños nos anuncian quién seremos, y al escribir sobre ellos solemnizamos su genuino derecho a un día “ser”, pero parece que no quiere resolverse así la paradoja, porque también sabemos que nada podrá ser en el futuro si de alguna manera no está ya en el presente, ya que nada puede ser creado de la nada. El Cielo necesita tomar contacto con la Tierra de la misma manera que la Tierra no sería más que una reiterada repetición sin sentido sin el empuje del Cielo.

Sea cada pluma la que decida la mejor manera de manchar de tinta el pergamino, ejerciendo así la libertad del escribano que la maneja. Sí, sea así y sin más pretensión de aportación que ningún aporte. Decir que esta que ahora escribe, elige que sea el Sueño y el Cielo quién la guíe, quizás porque es de allá arriba de donde recibimos el maná del agua, nuestra fuente primera de toda vida.

 

*Marià Moreno es autor de Un lugar para morir, un lugar para nacer, ebook que puedes descargar desde aquí.

**copyright de las fotografías de gualtiero bajo licencia Creative Commons.

Del cincel a la tecla

 

Estamos inmersos en una era de transmutaciones en la que los modelos establecidos se quedan obsoletos, las afirmaciones que asegurábamos inequívocas se derrumban ante nuestra estupefacción, las normas se tornan inútiles y los procedimientos de siempre no alcanzan sus objetivos. plumaEste fenómeno no es ninguna novedad en la historia de la humanidad, lo que es realmente extraordinario es la celeridad con la que dicha metamorfosis tiene lugar actualmente.
Ante estos hechos me pregunto si la literatura también se ve afectada de la misma manera.
De entrada advierto que somos la única generación de escritores en toda la historia que hemos dejado de usar el pulgar y el índice para emplear todas las falanges de las manos. Antiguamente el dedo gordo y su vecino sujetaban un cincel con el que grabar en las rocas, después aprendimos a dibujar la trayectoria caligráfica con una pluma de ave, que en el siglo XIX pasó a ser de metal, y poco más tarde apareció el bolígrafo. Ahora utilizamos las yemas de los dedos y la electrónica hace el resto.
Intento recordar, sin resultado, en qué momento mis flirteos con el ordenador desembocaron en el abandono definitivo del cuaderno. El caso es que mi escritorio ha cambiado totalmente su fisonomía y el papel y la tinta han perdido la batalla frente al oscuro material sintético conectado por cables.
Pero más transcendente que la forma de plasmar en negro sobre blanco nuestras ideas es cómo éstas son creadas, alimentadas, influenciadas y modificadas por las ingentes avalanchas de información que aparecen a en las pantallas de nuestros ordenadores, de nuestros televisores y de nuestros teléfonos. El baile de electrones dentro de los tubos catódicos nos permite en segundos consultar casi cualquier texto o imagen que necesitemos para documentarnos.

Las conexiones de estos aparatos a nivel planetario también están modificando la forma de acceder a la literatura y de leerla. Sin desdeñar el libro convencional, defendido por los más románticos, no podemos negar que el ebook cuenta con numerosas ventajas. Ahora podemos adquirir los títulos que nos interesen desde cualquier punto al que lleguen las ondas electromagnéticas, almacenar nuestra librería en muy poco espacio, transportarla con mayor facilidad, y leerla con la comodidad que nos permiten los artilugios digitales, cada vez más ligeros y de mejor visualización. Por último me cuestiono si también los argumentos de la literatura actual están cambiando. ¿Es el escritor el que elige el asunto en función de los gustos del lector? ¿o es éste el que modifica sus gustos influenciado por los nuevos contenidos literarios que va consumiendo?. Siempre han existido diferentes géneros y distintas temáticas según la edad y, en menor medida, el sexo del público objetivo, pero hay arquetipos que son comunes y que parecen no variar. Uno de ellos, con el que me he tropezado últimamente, es el de los finales de las historias.

una historia no termina hasta que no llega a un final feliz

Estamos acostumbrados desde niños a que los cuentos, las novelas y las películas tengan, en un alto porcentaje, final feliz. La crítica de una lectora en mi blog explicaba el desasosiego que le generan mis relatos, y relacionaba este malestar con su calidad. Hablando con ella averigüé que no soportaba aquellos relatos que no terminaran felizmente. “La realidad tampoco siempre tiene un feliz desenlace”, le dije; “una historia no termina hasta que no llega a un final feliz”, me contestó. Me quedé pensando en ello. 

* Vicente Gascó es autor de Seis Libélulas, ebook que puedes descargar desde aquí
**copyright de las fotografías de n0rthw1nd bajo licencia Creative Commons de atribución

De amazonas, troyanos y otros bichos

La semana pasada el señor Equis pasó por La Librería, donde, desde hace años, compra un libro al mes. Tras vagabundear un rato entre las relucientes mesas y llamativas cubiertas, el señor Equis se decidió por lo último del detective Malmö. Merece la pena, eso dijo la empleada con una perfecta sonrisa mientras pasaba la tarjeta de crédito por el lector y le daba a firmar al señor Equis un pequeño comprobante, que éste, naturalmente, no se molestó en leer.
Cada tarde de la semana, el señor Equis se enfrasca en Hombre mayor leyendo un librosu nuevo libro y decide que es cierto lo que dijo la empleada de la brillante sonrisa: muy bueno. Por la noche, en la cama, el señor Equis le comenta a la señora Equis que ya ha terminado el libro, que es muy entretenido. De modo que la señora Equis toma el libro y lee el primer capítulo hasta que los párpados le pesan demasiado. La señora Equis deja el libro sobre la mesita, alaba para sí misma el buen gusto de su esposo y apaga la luz. 

 

no se moleste en volver, 

no le vamos a vender más libros


Al día siguiente el señor Equis llega a casa después de trabajar, sumido en sus pensamientos y vagamente melancólico porque no tiene lectura para la tarde, y se encuentra a una alarmada señora Equis esperándole en la puerta, frotándose las manos en un gesto que el señor Equis conoce bien y que siempre le produce una pequeña molestia estomacal. La señora Equis le cuenta de forma algo entrecortada que en su ausencia han llamado a la puerta. Eran esos dos empleados tan simpáticos de La Librería, el alto con las patillas y el aquel más gordito, con la sonrisa reluciente. El señor Equis asiente, los recuerda. Pero no estaban tan simpáticos esta vez, continúa la señora Equis. De hecho, estaban más bien antipáticos. Sin mediar palabra —dice— me han apartado y han ido directos al dormitorio. Han cogido el libro, ése que compraste la semana pasada, el del detective Malmö, y luego han revisado la librería del salón y se han llevado todos los libros. Todos los que has comprado en La Librería. ¿Todos? Todos.

El señor Equis se muestra algo incrédulo, hasta que la señora Equis le muestra los negros huecos de la librería del salón. No acierta a decir palabra, y la señora Equis aprovecha para mostrarle la nota que ha dejado de su puño y letra el empleado de La Librería, el más alto de los dos.

 

«Hemos verificado un uso inadecuado del libro que adquirió la semana pasada, y de acuerdo con las normas de uso de nuestra compañía, que usted amablemente aceptó al traspasar el umbral de nuestros dominios, nos vemos obligados a retirarle este título y cualquier otro que haya adquirido en nuestras tiendas.

Firmado: La Librería.

PS.: “Le rogamos sinceramente que no se moleste en volver, no le vamos a vender más libros».

 

El señor Equis llama a la tienda, preso de un ataque de furia, observando que la señora Equis sigue frotándose las manos. Una amabilísima empleada a la que no conoce dice que no sabe cuál es exactamente el uso inadecuado que el señor Equis le ha dado al libro, pero insiste en que no se moleste en volver, que no le pueden vender más libros, y que para más información, debería dirigirse directamente al Departamento de Infructuosos.

El señor Equis piensa durante algunos instantes, con el teléfono todavía en la mano. ¿Llamará al Departamento de Infructuosos? Decide esperar un rato, se siente algo alterado. Entonces recuerda el pequeño comprobante que la simpática empleada le entregó al comprar el último libro. La señora Equis, que siempre ha sido muy ordenada, se lo muestra, junto a multitud de otros pequeños comprobantes idénticos, en la carpeta de recibos. Hay uno por cada hueco de la librería de la salita de estar. El señor Equis mira el comprobante con más atención, y descubre que en realidad no es tan pequeño. Sí que es pequeño, pero es como una de esas biblias minúsculas que caben en la palma de la mano. Con una letra tan pequeña que apenas existe. La señora Equis le trae solícita la gran lupa de coleccionar sellos, y pertrechado con un diccionario, el señor Equis se sume en la dolorosa tarea de desentrañar el comprobante.

Tras varias horas investigando, el señor Equis es capaz de resumirle a la señora Equis unas pocas conclusiones:

1º El señor Equis nunca ha comprado libros en La Librería. Lo que compraba era el “Derecho a leer un Libro”, que es muy diferente.

2º El “Derecho a leer un libro” no se transmite, no se hereda, no se presta, no se vende, no es tuyo aunque lo pagues.

3º El “Derecho a leer un libro” caduca. Lo que pasa es que La Librería amablemente no ejerce su derecho a retirarte los derechos de la estantería, siempre que tú te portes bien y no incumplas la conclusión número dos.

4º Si la señora Equis quiere leer libros, debe adquirir sus propios “Derechos a leer un libro” en La Librería, donde será muy bien recibida y atendida.

 

En octubre de 2012 Amazon borró todo el contenido del Kindle de una usuaria, eliminó su cuenta y le negó el derecho a abrir una nueva. La usuaria, tras varias llamadas, fue incapaz de averiguar cuál era la razón, más allá de las vagas explicaciones que recibió por teléfono: “uso inadecuado de su cuenta”

The Guardian:

http://www.guardian.co.uk/money/2012/oct/22/amazon-wipes-customers-kindle-deletes-account

En julio de 2009, Amazon borró sin previo aviso las ediciones de “1984” y “Rebelión en la granja”, de George Orwell, de los dispositivos de multitud de usuarios de Kindle que habían comprado esos títulos.

New York Times:

http://www.nytimes.com/2009/07/18/technology/companies/18amazon.html?_r=0

Barnes & Noble bloquea la posibilidad de descargar un libro por el que ya has pagado si tu tarjeta de crédito ha caducado.

Dailymail:

http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-2239640/Barnes-Noble-stops-customers-accessing-ebooks-theyve-paid-for.html


Muchos usuarios de ciertos e-reader han comprobado con horror que lo que tienen sobre la mesita de noche no es solo un lector de libros. Es un caballo de Troya en toda regla, que envía y recibe información sobre lo que lees, lo que no lees, lo que prestas y lo que haces con lo que tienes. El auténtico dueño de ciertos e-reader no eres tú, es aquél que realmente lo controla. Tú solo lo pagas. Pero el dispositivo siempre será un pequeño Judas Bibliotecario, fiel a su creador. De la misma manera otros muchos usuarios de dispositivos e-reader han descubierto dolorosamente que no son propietarios de los contenidos que compran.
Esta pequeña fábula que te he contado, mal o peor, está ocurriendo cada día en el mundo del libro digital, donde las prácticas depredadoras de ciertas compañías, rozando a menudo el absurdo, incurren cada día en lo inmoral, en la invasión sin pudor de tus costumbres, de tu intimidad.
Cuando eliges un e-reader o un tablet ya no solo se trata de saber si el que compras tiene más o menos prestaciones que el de la competencia. Debes preguntarte si la política de la empresa que te vende un dispositivo es limpia, o, al menos, lo parece.

 

Fotografía: Daniel Horacio Agostini, bajo licencia Creative Commons