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La posada de los vientos

La-posada-de-los-viento---cubierta2 Rocío de J. Romero
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Once relatos conforman este libro, algunos de ellos galardonados con premios literarios. Historias donde lo mágico, lo maldito, los espíritus o los sueños forman parte de nuestra realidad y la determinan. 

Bienvenido al Otro Lado.

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más vendido

 

La autora: Rocío de Juan Romero

Rocío de Juan nació en 1977 y se crió en ese territorio de narradores llamado León. Ha vivido en varias ciudades españolas y una belga, y ahora reside en Madrid. Licenciada en ADE y especialista en Comercio Exterior, ha seguido la carrera oculta de la literatura. Lee y escribe desde que aprendió las primeras letras y ha dedicado el mayor tiempo posible a ambas tareas.

Ganadora de varios certámenes de relato y microrrelato, posee publicaciones en revistas literarias y ha impartido Talleres de Escritura para jóvenes y adultos. Recibió la Ayuda Jóvenes Excelentes en 2009 para su proyecto literario y fue finalista en un certamen internacional de libros de cuentos organizado por Alfaguara y la UNAM ese mismo año. En 2011 publicó su primer libro, una antología de relatos en versión bilingüe español-francés, con la editorial Equi-librio.

Tiene muchos proyectos en mente, pero el siguiente espera que sea la novela juvenil. Si es posible, antes de terminar 2012.

Puedes leer aquí las primeras páginas de "La posada de los vientos"

El mercader de gemas

Llegaba el atardecer al mercado. El aire estaba preñado con las voces de los vendedores del bazar, cada vez más elevadas, pues con el fin de la luz diurna se acababan también las esperanzas de vender su mercancía. 

Fue en ese momento cuando Daniel hizo su aparición en el lugar, buscando refugio en el anonimato del gentío, y pronto quedó encandilado por el espectáculo de la plaza atestada de tenderos que ensalzaban su género. Telas, señora, de hilo, algodón y lana, como usted jamás habrá visto, para sus vestidos, para bordar mantos, para diseñar tapices. Sí, señora, qué buen ojo tiene usted, la misma hija del sultán eligió el diseño de esta tela y preparó las tinturas, ¡cuánto me va a costar desprenderme de ella!…
Pero se dejaba oír un tintineo de monedas y ya no había más objeciones, la venta se hacía en el intervalo de un suspiro, escena renovada en todos los tenderetes que el niño sorteaba, cada vez a paso más ligero. ¿Ha visto estas babuchas de pedrería dorada?…pruebe las delicias de cordero... mire qué teteras de plata… saboree estas sardinas crujientes…cambio maravedíes por rupias…es indispensable la púrpura de emperadores…un cuenco para el agua de lluvia…regale incienso para los augurios… 
Daniel avanzaba casi a empujones, abriéndose paso en un intento de carrera. Su corazón latía con fuerza; había divisado a uno de los guardias del mercado. Su huida atrajo las miradas, y varias manos surgieron de la masa de cuerpos para entorpecerle el paso. El muchacho las iba rechazando como moscas inoportunas, y éstas sólo alcanzaban a rasguñarle la piel aceitunada, sin frenarle mientras se alejaba. Seguro que ha robado algo… se habrá escapado… cógelo, cógelo… parece que vuela, el mocoso… y ahora, ¿dónde se ha metido?
Porque había desaparecido, como evaporado, todo lágrimas, suciedad y miedo. El corrillo de curiosos no tardó en disolverse, demasiado preocupados por los regateos que faltaban por hacer y por la proximidad del cierre.
Daniel temblaba ahora con una nueva emoción al contemplar al anciano que le había rescatado de la multitud recelosa, envolviéndolo en su capa oscura. Le había conducido al interior de su puesto, una tienda cerrada en todos sus ángulos por una tela, cuya estrecha abertura se cegó de nuevo cuando la atravesaron.
Una vez dentro, el muchacho se detuvo y observó la chispa de complicidad en los ojos del anciano. Supo enseguida que no le haría daño.
Y, sin embargo, el hombre quería algo. Tras interesarse por el nombre de Daniel, no tardó en hacerle una petición, que iba disfrazada en un discurso lleno de palabras enigmáticas: mercader de noche, compradores fantasmas, piedras encantadas, salvación eterna, maleficio roto.
La petición parecía sencilla en comparación con las frases que acababa de oír.
—Ayuda a este pobre mercader de piedras que soy a negociar la última de las Piedras Invendibles, Daniel.
—Sí…
¿Realmente había aceptado? El niño pareció espabilarse al darse cuenta de lo que había dicho. Siguió al mercader hacia la esquina que le indicaba y escuchó con atención sus siguientes palabras, mientras éste abría un pequeño cofre de madera que sacaba en ese momento de su bolsillo:
—Observa la última de las Piedras Invendibles, Daniel: el Zafiro de la Deslealtad.
»Junto con el Diamante del Odio Perpetuo, el Rubí de la Indiferencia y la Esmeralda de la Infelicidad constituyen las cuatro gemas malditas que ninguna riqueza ni tesoro de este mundo puede adquirir. No obstante existen compradores para ellas, candidatos atraídos por los poderes que desatan estos cristales, y que están dispuestos a pagar el único precio posible.
»Son las Piedras Invendibles, Daniel, y su precio terrible es el alma. Una eternidad de sufrimiento a cambio de su posesión.
El niño movió la cabeza, incrédulo.
—Pero, ¿quién elegiría padecer para siempre sólo para poseer una piedra durante unos cuantos años de vida?
El mercader le respondió:
—Aquellos que desean arrastrar a otros a su mismo infierno. Aquellos que saben que perdiendo su alma harán a otros perder la suya.
Daniel lo miró horrorizado, incapaz de pronunciar palabra durante unos segundos.
—¡Y usted es su cómplice! —pudo gritar al fin—. ¡Les tienta con su mercancía maldita!
—¡Tengo que hacerlo! —replicó el anciano—. Cometí un error el día en que acepté estas piedras. Fueron muchas promesas de gloria, riquezas y longevidad. Pero sólo si las vendía todas antes de morir. Mírame, soy un viejo. No disfrutaré la recompensa que se me ofreció, pero me aterra pensar que puedo fallecer con alguna de las piedras en mi poder, pues entonces me condenaré.
—Hágalo solo —dijo el muchacho, mareado—, déjeme regresar a mi casa, no quiero saber nada de usted ni de sus gemas.
—Ya no puedes echarte atrás. Has dicho que sí. Y te necesito. Sólo puedo vender las piedras con un alma inocente como testigo, es la condición.
Y antes de que Daniel pudiera reaccionar se encontró amordazado y maniatado a una silla, frente a una mesa con un asiento a su derecha y otro a su izquierda. El niño temblaba sin control; era magia aquello que le rodeaba, la que le había impedido defenderse para ser atado, la que le había conducido a esa tienda para ser engañado.
El muchacho lloraba....

Booktrailer de "La Posada de los Vientos"

Reseñas de "La Posada de los vientos" en otras webs

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Número de páginas: 72

Género: relatos, terror

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