Cuando hoy he llegado a la biblioteca municipal, me ha invadido una irrefrenable ternura. Un grupo de niños, no mayores de cuatro o cinco años, esperaban en fila india en las escaleras de acceso, cogidos de la mano, y acompañados por dos profesoras, para entrar en un lugar que, a decir de la expresión de sus caras, todavía desconocían. Tal vez, en el futuro, alguno de ellos rememore este día con un tierno recuerdo como el que trajeron a mi memoria.
No les adelantaba en edad la primera vez que yo pisé la biblioteca municipal; aunque, al contrario que ellos, yo no fui con el colegio, sino que me adentré en un lugar que me hechizó por completo acompañada de uno de mis hermanos mayores. Hace tanto tiempo ya que ni siquiera se ubicaba en este edificio, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Todo me pareció inmenso: las mesas inclinadas, las estanterías hasta el techo, los más delicados volúmenes tras las puertas de cristal de aquellos gruesos armarios de madera envejecida, las torres de tebeos y cuentos en unas mesas más pequeñas, junto al enorme escritorio de la bibliotecaria… Puedo evocar a la perfección aquella sensación de estar en un lugar mágico, en el que todo, desde las lamparitas hasta los bancos, desde los ventanales hasta las llaves de las vitrinas, me fascinaba.
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Muchas tardes siguieron a aquella. Cuando alguno de mis hermanos iba a estudiar a la biblioteca, yo le acompañaba entusiasmada. Pasaba allí las horas rodeada de ilustraciones y letras, a medida que mis lecturas avanzaban con mis años. Sin embargo, la sensación de magia, en vez de disminuir, continuaba acrecentándose.
Lejos queda ya aquella biblioteca. En una década, fue trasladada a otro edificio de la ciudad, más amplio e idóneo para cumplir su función. Ahora la pueblan enormes mesas sin inclinación alguna, cómodos asientos, numerosos pasillos de estanterías que se extienden por muchas estancias, y diversos pisos, donde también se encuentran las salas dedicadas a los niños, las aulas de informática y la sección audiovisual.
No obstante, en mi memoria todavía resulta más especial la gran biblioteca que por primera vez pisé. Tal vez porque la inmensidad que se presenta ante los ojos de un niño no es comparable a la mirada de adulto; tal vez porque sí tenía otro encanto; tal vez es simplemente el velo que cubre los recuerdos de nostalgia.
No fue hace tantos años y, tecnológicamente, fue hace un siglo. Por aquel entonces, ningún timbre de llamada de móvil, ninguna alerta de teléfono alguno, interrumpiría aquel remanso de paz, e incluso era raro escuchar una voz más alta que otra ante el respeto y la autoridad que la figura de la bibliotecaria de aquel entonces tenía; respeto y autoridad que, me temo, en ocasiones, se ha perdido.
Sea como fuere, adentrarse en cualquiera de esos edificios que atesoran, guardan y cuidan los libros sigue provocando que me invada esa sensación de estar en casa. Seguramente por eso, tal y como decía el maestro Borges:
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.
*Silvia Pato es autora de Las nueve piedras, ebook que puedes descargar desde aquí.
**copyright de las fotografías de rseidel3 y Enokson bajo licencia Creative Commons.