La semana pasada el señor Equis pasó por La Librería, donde, desde hace años, compra un libro al mes. Tras vagabundear un rato entre las relucientes mesas y llamativas cubiertas, el señor Equis se decidió por lo último del detective Malmö. Merece la pena, eso dijo la empleada con una perfecta sonrisa mientras pasaba la tarjeta de crédito por el lector y le daba a firmar al señor Equis un pequeño comprobante, que éste, naturalmente, no se molestó en leer.
Cada tarde de la semana, el señor Equis se enfrasca en
su nuevo libro y decide que es cierto lo que dijo la empleada de la brillante sonrisa: muy bueno. Por la noche, en la cama, el señor Equis le comenta a la señora Equis que ya ha terminado el libro, que es muy entretenido. De modo que la señora Equis toma el libro y lee el primer capítulo hasta que los párpados le pesan demasiado. La señora Equis deja el libro sobre la mesita, alaba para sí misma el buen gusto de su esposo y apaga la luz.
no se moleste en volver,
no le vamos a vender más libros
Al día siguiente el señor Equis llega a casa después de trabajar, sumido en sus pensamientos y vagamente melancólico porque no tiene lectura para la tarde, y se encuentra a una alarmada señora Equis esperándole en la puerta, frotándose las manos en un gesto que el señor Equis conoce bien y que siempre le produce una pequeña molestia estomacal. La señora Equis le cuenta de forma algo entrecortada que en su ausencia han llamado a la puerta. Eran esos dos empleados tan simpáticos de La Librería, el alto con las patillas y el aquel más gordito, con la sonrisa reluciente. El señor Equis asiente, los recuerda. Pero no estaban tan simpáticos esta vez, continúa la señora Equis. De hecho, estaban más bien antipáticos. Sin mediar palabra —dice— me han apartado y han ido directos al dormitorio. Han cogido el libro, ése que compraste la semana pasada, el del detective Malmö, y luego han revisado la librería del salón y se han llevado todos los libros. Todos los que has comprado en La Librería. ¿Todos? Todos.
El señor Equis se muestra algo incrédulo, hasta que la señora Equis le muestra los negros huecos de la librería del salón. No acierta a decir palabra, y la señora Equis aprovecha para mostrarle la nota que ha dejado de su puño y letra el empleado de La Librería, el más alto de los dos.
«Hemos verificado un uso inadecuado del libro que adquirió la semana pasada, y de acuerdo con las normas de uso de nuestra compañía, que usted amablemente aceptó al traspasar el umbral de nuestros dominios, nos vemos obligados a retirarle este título y cualquier otro que haya adquirido en nuestras tiendas.
Firmado: La Librería.
PS.: “Le rogamos sinceramente que no se moleste en volver, no le vamos a vender más libros».
El señor Equis llama a la tienda, preso de un ataque de furia, observando que la señora Equis sigue frotándose las manos. Una amabilísima empleada a la que no conoce dice que no sabe cuál es exactamente el uso inadecuado que el señor Equis le ha dado al libro, pero insiste en que no se moleste en volver, que no le pueden vender más libros, y que para más información, debería dirigirse directamente al Departamento de Infructuosos.
El señor Equis piensa durante algunos instantes, con el teléfono todavía en la mano. ¿Llamará al Departamento de Infructuosos? Decide esperar un rato, se siente algo alterado. Entonces recuerda el pequeño comprobante que la simpática empleada le entregó al comprar el último libro. La señora Equis, que siempre ha sido muy ordenada, se lo muestra, junto a multitud de otros pequeños comprobantes idénticos, en la carpeta de recibos. Hay uno por cada hueco de la librería de la salita de estar. El señor Equis mira el comprobante con más atención, y descubre que en realidad no es tan pequeño. Sí que es pequeño, pero es como una de esas biblias minúsculas que caben en la palma de la mano. Con una letra tan pequeña que apenas existe. La señora Equis le trae solícita la gran lupa de coleccionar sellos, y pertrechado con un diccionario, el señor Equis se sume en la dolorosa tarea de desentrañar el comprobante.
Tras varias horas investigando, el señor Equis es capaz de resumirle a la señora Equis unas pocas conclusiones:
1º El señor Equis nunca ha comprado libros en La Librería. Lo que compraba era el “Derecho a leer un Libro”, que es muy diferente.
2º El “Derecho a leer un libro” no se transmite, no se hereda, no se presta, no se vende, no es tuyo aunque lo pagues.
3º El “Derecho a leer un libro” caduca. Lo que pasa es que La Librería amablemente no ejerce su derecho a retirarte los derechos de la estantería, siempre que tú te portes bien y no incumplas la conclusión número dos.
4º Si la señora Equis quiere leer libros, debe adquirir sus propios “Derechos a leer un libro” en La Librería, donde será muy bien recibida y atendida.
En octubre de 2012 Amazon borró todo el contenido del Kindle de una usuaria, eliminó su cuenta y le negó el derecho a abrir una nueva. La usuaria, tras varias llamadas, fue incapaz de averiguar cuál era la razón, más allá de las vagas explicaciones que recibió por teléfono: “uso inadecuado de su cuenta”
The Guardian:
http://www.guardian.co.uk/money/2012/oct/22/amazon-wipes-customers-kindle-deletes-account
En julio de 2009, Amazon borró sin previo aviso las ediciones de “1984” y “Rebelión en la granja”, de George Orwell, de los dispositivos de multitud de usuarios de Kindle que habían comprado esos títulos.
New York Times:
http://www.nytimes.com/2009/07/18/technology/companies/18amazon.html?_r=0
Barnes & Noble bloquea la posibilidad de descargar un libro por el que ya has pagado si tu tarjeta de crédito ha caducado.
Dailymail:
http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-2239640/Barnes-Noble-stops-customers-accessing-ebooks-theyve-paid-for.html
Muchos usuarios de ciertos e-reader han comprobado con horror que lo que tienen sobre la mesita de noche no es solo un lector de libros. Es un caballo de Troya en toda regla, que envía y recibe información sobre lo que lees, lo que no lees, lo que prestas y lo que haces con lo que tienes. El auténtico dueño de ciertos e-reader no eres tú, es aquél que realmente lo controla. Tú solo lo pagas. Pero el dispositivo siempre será un pequeño Judas Bibliotecario, fiel a su creador. De la misma manera otros muchos usuarios de dispositivos e-reader han descubierto dolorosamente que no son propietarios de los contenidos que compran.
Esta pequeña fábula que te he contado, mal o peor, está ocurriendo cada día en el mundo del libro digital, donde las prácticas depredadoras de ciertas compañías, rozando a menudo el absurdo, incurren cada día en lo inmoral, en la invasión sin pudor de tus costumbres, de tu intimidad.
Cuando eliges un e-reader o un tablet ya no solo se trata de saber si el que compras tiene más o menos prestaciones que el de la competencia. Debes preguntarte si la política de la empresa que te vende un dispositivo es limpia, o, al menos, lo parece.
Fotografía: Daniel Horacio Agostini, bajo licencia Creative Commons