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  • Los hijos de Mathnnow | Pablo Solares

    Los hijos de Mathnnow
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  • Las Nueve Piedras | Silvia Pato

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  • Seis libélulas | Vicente Gascó

    Seis libélulas
    Vicente Gascó
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  • El ángel herido | Sergio Navas

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  • Fuenteovejuna | Lope de Vega

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  • Un lugar para nacer... | Marià Moreno

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    Marià Moreno
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  • Fígaro | Mariano José de Larra

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  • El fatal desencuentro | José Valero

    El fatal desencuentro
    José Valero
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  • Romeo y Julieta | William Shakespeare

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  • La posada de los vientos | Rocío de Juan

    La posada de los vientos
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  • Rimas / Gustavo Adolfo Bécquer

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  • Reset | Raúl Valcárcel

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  • Poesías | José de Espronceda

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  • 50 días de mayo | Juan Cerezuela

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  • El desguace | María Cera

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  • Bonustrack | Eduardo Verdú

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  • El viaje | Jorge Luis Revilla

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    El sí de las niñas
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    José Zorrilla
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Del cincel a la tecla

Estamos inmersos en una era de transmutaciones en la que los modelos establecidos se quedan obsoletos, las afirmaciones que asegurábamos inequívocas se derrumban ante nuestra estupefacción, las normas se tornan inútiles y los procedimientos de siempre no alcanzan sus objetivos. pluma
Este fenómeno no es ninguna novedad en la historia de la humanidad, lo que es realmente extraordinario es la celeridad con la que dicha metamorfosis tiene lugar actualmente.
Ante estos hechos me pregunto si la literatura también se ve afectada de la misma manera.
De entrada advierto que somos la única generación de escritores en toda la historia que hemos dejado de usar el pulgar y el índice para emplear todas las falanges de las manos. Antiguamente el dedo gordo y su vecino sujetaban un cincel con el que grabar en las rocas, después aprendimos a dibujar la trayectoria caligráfica con una pluma de ave, que en el siglo XIX pasó a ser de metal, y poco más tarde apareció el bolígrafo. Ahora utilizamos las yemas de los dedos y la electrónica hace el resto.
Intento recordar, sin resultado, en qué momento mis flirteos con el ordenador desembocaron en el abandono definitivo del cuaderno. El caso es que mi escritorio ha cambiado totalmente su fisonomía y el papel y la tinta han perdido la batalla frente al oscuro material sintético conectado por cables.
Pero más transcendente que la forma de plasmar en negro sobre blanco nuestras ideas es cómo éstas son creadas, alimentadas, influenciadas y modificadas por las ingentes avalanchas de información que aparecen a en las pantallas de nuestros ordenadores, de nuestros televisores y de nuestros teléfonos. El baile de electrones dentro de los tubos catódicos nos permite en segundos consultar casi cualquier texto o imagen que necesitemos para documentarnos.

Las conexiones de estos aparatos a nivel planetario también están modificando la forma de acceder a la literatura y de leerla. Sin desdeñar el libro convencional, defendido por los más románticos, no podemos negar que el ebook cuenta con numerosas ventajas. Ahora podemos adquirir los títulos que nos interesen desde cualquier punto al que lleguen las ondas electromagnéticas, almacenar nuestra librería en muy poco espacio, transportarla con mayor facilidad, y leerla con la comodidad que nos permiten los artilugios digitales, cada vez más ligeros y de mejor visualización. Por último me cuestiono si también los argumentos de la literatura actual están cambiando. ¿Es el escritor el que elige el asunto en función de los gustos del lector? ¿o es éste el que modifica sus gustos influenciado por los nuevos contenidos literarios que va consumiendo?. Siempre han existido diferentes géneros y distintas temáticas según la edad y, en menor medida, el sexo del público objetivo, pero hay arquetipos que son comunes y que parecen no variar. Uno de ellos, con el que me he tropezado últimamente, es el de los finales de las historias.

una historia no termina hasta que no llega a un final feliz

Estamos acostumbrados desde niños a que los cuentos, las novelas y las películas tengan, en un alto porcentaje, final feliz. La crítica de una lectora en mi blog explicaba el desasosiego que le generan mis relatos, y relacionaba este malestar con su calidad. Hablando con ella averigüé que no soportaba aquellos relatos que no terminaran felizmente. “La realidad tampoco siempre tiene un feliz desenlace”, le dije; “una historia no termina hasta que no llega a un final feliz”, me contestó. Me quedé pensando en ello. 

* Vicente Gascó es autor de Seis Libélulas, ebook que puedes descargar desde aquí
**copyright de las fotografías de n0rthw1nd bajo licencia Creative Commons de atribución

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