Dicen los entendidos que para escribir una novela hay que tomar un sinfín de decisiones previas.
Hay que dedicar mucho tiempo a los preparativos como si te fueras de expedición a la Antártida. Porque una decisión desafortunada puede sabotearlo todo, obligarte a desandar lo andado, sin importar que sea mucho, o hasta dejarte atrapado para siempre a mitad de camino.
Dicen los entendidos que para escribir una novela hay que definir planteamiento, nudo, desenlace, temas, personajes, acciones... Recomiendan tomarse unas jornadas de reflexión para decidir quién será el narrador, si la historia transcurre en el presente o si ya ha pasado, si el curso del tiempo será cronológico o desordenado, si esconderemos bajo una elipsis horas, días, meses o hasta años...
Pero dicen los entendidos, que una vez culminado todo ese trabajo, estaremos en condiciones óptimas de tomar asiento rumbo a la novela que hemos planeado.
Tanta reflexión, elección y decisión a la fuerza tiene que ayudar a saber a dónde vamos. Otra cosa es, luego, a dónde lleguemos...
Confiemos en los expertos, agarrémonos a todos los esquemas, anotaciones, planos y hasta mapas que tengamos, y hagamos como que no nos afecta notar que enseguida perdemos pie en un inmenso mar de dudas. No pasa nada. ¡Perdamos pie! Un poco de miedo es sano. Ningún viaje que merezca la pena comienza sin punzadas de temor.
Lo que no dicen los expertos es que para escribir una novela hay que estar dispuesto a perderse y a perder.
Hay que aceptar que a pesar de todos los preparativos, de todos los esfuerzos, del trabajo y el tiempo invertidos, la expedición novelera puede fracasar en cualquier momento y no alcanzar nunca su destino. Las novelas son mundos extraños donde no rigen nuestras reglas ni tampoco los mapas sirven del todo. Nada garantiza que puedas llegar al final. Porque en las novelas, como en los bosques encantados, rigen la magia, los hechizos y las musas.
Los expertos, poco amigos de encantamientos y hechicerías, investigan las estructuras de las novelas, reducen los argumentos a funciones, extraen de ellos principios fundamentales, hacen inventarios de metáforas, epítetos... Cortan las novelas, las pesan, las miden como si pudieran aislar el principio activo de lo literario.
Pero de poco sirve nuestra estructura, nuestra lista de personajes y de temas. De poco sirven las funciones de los expertos y sus principios fundamentales, si la novela no da rienda suelta a los hechizos, si no cobra vida por arte de magia y toma el mando.
De poco sirve una novela si los personajes no se amotinan, si no desobedecen, si no cambian por ellos mismos su destino, si no desarrollan sus propios temas, si no se inmiscuyen en tu vida, si no te cuestionan, si no te sonsacan lo que nunca ibas a contar.
Pero nada garantiza tampoco que la explosión de magia vaya a durar. Con las novelas nunca se sabe. De la noche a la mañana, te pueden abandonar y por más que te adentres en la espesura sólo encuentras ya personajes disfrazados y escenarios de cartón piedra.
Hay que aceptar que a pesar de todos los preparativos, de todos los esfuerzos, del trabajo y el tiempo invertidos, la expedición novelera puede fracasar en cualquier momento y no alcanzar nunca su destino.
Sería de mucha ayuda que comisiones de expertos se reunieran en las universidades a tomar en serio a las musas. A investigar en las novelas el desencadenamiento de la magia. A asumir los hechizos en la literatura.
Quizá esos estudios increíbles nos ayudarían a entender por qué a pesar de trabajar y planificar se malogran las novelas. Por qué a pesar de querer con toda el alma escribir puede no salir una letra a derechas. Y tirando del mismo hilo, quizá podríamos averiguar a la vez por qué una novela con sus páginas numeradas, sus capítulos en orden, sus frases impresas exactamente igual en todos los ejemplares, cría significados imprevistos según los ojos que la miren. Los dos misterios a la fuerza están relacionados.
Mientras tanto, mientras no existan las teorías mágicas de la literatura, la única estrategia que tenemos para afrontar la escritura es cruzar los dedos y confiar en que las musas se pongan de nuestro lado. Jugar a que de verdad existe la novela que imaginamos. Y adentrarnos con arrojo en las desviaciones que nos salgan al camino. Cualquier desviación es una buena señal.
Si llegamos hasta los últimos términos de la novela. Si conseguimos poner el punto al final, habrá sido de milagro. Habrá que agradecer el favor a las musas, reconocer el mérito de sus hechizos. Y habrá que celebrarlo por todo lo alto. Sobre todo para ahogar la tristeza de tener que abandonar los territorios de la novela. Y para no pensar demasiado en que nunca se sabe si la próxima vez que lo intentemos volveremos a disfrutar otro milagro.
*Laura Rivas es autora de Rompecabezas y Pasos en la escalera