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Doña Urraca y el asedio de Zamora

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Zamora, 7 de octubre del año 1072

Aquella fría mañana de octubre, en la que soplaba un frío viento del norte que amontonaba densos nubarrones sobre los muros, los edificios y las iglesias de Zamora, doña Urraca y sus damas se habían encerrado en la sala de costura. Necesitaban un poco de tranquilidad para calcular cuántos víveres les quedaban y decidir si deberían racionar el trigo, la cebada y el aceite a la población civil para seguir alimentando a los hombres de la mesnada porque preveían que el asedio iba para largo, sobre todo conociendo el carácter del rey don Sancho II de Castilla. Doña Urraca solía decir que era un testarudo, digno descendiente de su padre don Fernando I de Castilla y de su abuelo don Sancho III el Mayor de Pamplona; pero que se le olvidaba que ella también lo era, y que además tenía la ventaja de ser muy parecida a su madre, la difunta reina doña Sancha de León, una auténtica maestra de la diplomacia. Sin embargo ella sabía muy bien que con el mayor de los varones no valían las sutilezas verbales a las que acostumbraban los leoneses; porque él era tan directo y contundente como su padre y todos sus parientes navarro castellanos.
doña Urraca en las murallasAsí que cuando su hermano se presentó delante de los muros de la ciudad, reclamando que se la entregaran por las buenas, doña Urraca se había mandado cerrar las puertas de la ciudad y había subido a las almenas, escoltada por don Arias y los principales caballeros de su mesnada. Desde allí le gritó:
—¡Sancho! ¿Qué quieres? ¿Entrar en Zamora? ¿Quitarme lo que me correspondió en herencia? ¿No te basta haber heredado Castilla y haber desposeído a tus hermanos, los reyes de León y Galicia, a pesar de lo que dejó escrito en su testamento nuestro padre y señor? ¿Cómo osas venir con tu hueste a guerrear contra una mujer que nunca te ha ofendido en nada? ¡Eso no lo harían ni los musulmanes!
Era verdad. Los andalusíes interpretaban el Corán según la escuela jurídica malikí y tenían prohibido combatir contra las féminas. Por eso su padre les había dejado en herencia a ella y a su hermana Elvira dos ciudades fronterizas. Estaba segura de que los reyes de Badajoz y Toledo respetarían los tratados de paz, y que comprenderían que, si pagaban puntualmente sus impuestos, no tenían que temer que sus tierras fueran saqueadas por los cristianos, porque las comandantes de las principales plazas fuertes del reino de León a orillas del Duero eran las dos infantas. Don Fernando había pensado que aquella muestra de buena voluntad convencería a los musulmanes mucho más que cualquier otro discurso, porque él era un hombre de acción y no de palabras.
El viento hizo ondear los pendones y silbó subrayando las palabras de la reina de Zamora. Don Sancho apretó los dientes y sostuvo fuertemente las riendas de su caballo. Pensó que su hermana era idiota y que si la hubiera tenido cerca, le hubiera soltado un par de bofetones como cuando eran pequeños. Claro que entonces ella se los devolvía instantáneamente; pero ahora esto no iba a ser así: él era el rey de Castilla y su hueste infinitamente superior a la milicia de la ciudad y a la guardia personal de Urraca.
—¡Urraca, he desposeído de sus reinos a nuestros hermanos porque deseo volver a unificar bajo mi mando las tierras de nuestros padres y dar a sus habitantes un largo periodo de paz! —gritó don Sancho, dejando sentir su ira en cada una de las palabras.
—Y para proclamarte Emperador de Toda España — afirmó la regia dama, con ese aplomo y esa arrogancia que le sacaban de quicio.
—¡Por supuesto! —contestó él, desafiando con la mirada a la dueña de aquel minúsculo reino que se interponía en su camino.
—Pues entérate de una vez por todas que solo el rey de León puede ostentar ese título… ¡Si nuestra madre levantara la cabeza!
—Nuestra madre apoyó a su marido cuando atacó al rey de León, a pesar de que este era su hermano —bramó don Sancho—. De la misma forma que tía Jimena ayudó a tío Bermudo, el suyo, a pesar de ser hermana del rey de Castilla. Tú deberías respaldarme a mí y abrir las puertas de Zamora.
—¡No!—. La voz de doña Urraca resonó por encima del silbido del viento, rebotó en las piedras de la muralla y llegó con claridad hasta los oídos del último peón de la hueste castellana.
Por un momento a don Sancho le pareció que aquel sonido duro y tajante había helado la sangre de sus hombres y que hasta los caballos piafaban espantados. Giró la cabeza y vio a sus tíos, don Gonzalo Salvadórez y don Munio González, y a sus hombres de confianza, Rodrigo Díaz, García Ordóñez, Alvar Fáñez, Alvaro Alvárez firmes sobres sus monturas, con los rostros imperturbables, en los que no se trasparentaba ninguna emoción. Sabía que muchos sentían simpatía por su hermana; pero no osaban demostrarla porque su lealtad estaba con él, con su señor.
don sancho—¡Urraca, escucha, tú que tanto amas al pueblo llano. Te diré lo que pasará con él. Morirá de hambre porque yo no pienso levantar el cerco hasta que no me entregues la ciudad, sus villas, sus campos, sus aldeas, sus viñas, sus molinos, sus caminos y herrerías!
La reina no contestó, se limitó a dar media vuelta y a dejarle con la palabra en la boca. Mientras bajaba las escaleras que llevaban de las almenas al patio de armas, pensó que su hermano era un insensato y necesitaba un buen escarmiento. Había olvidado que las reinas y las infantas de León eran las que se ocupaban del aprovisionamiento de la hueste regia. En ese sentido, los soldados dependían de ellas, y no viceversa.
Doña Urraca había aprendido mucho al lado de su madre. Cada campaña militar que había llevado a cabo su progenitor había contado con un más que suficiente suministro de alimentos y armas, planificado y controlado por las damas de la corte. El avituallamiento era cosa de mujeres y Sancho estaba casado con una dama inglesa, que no tenía ni idea de lo que tenía que hacer en un caso como este. En cuanto Sancho se gastara la comida de sus hombres en un par de banquetes y francachelas, solo tendría dos opciones: atacar a los musulmanes para proveerse de alimentos, y correr el riesgo de un levantamiento general de los andalusíes, o abandonar el asedio y volverse a Burgos.
Se reunió en la torre del homenaje con los jefes de su mesnada y le expuso sus razonamientos. Todos aprobaron resistir hasta que a don Sancho se cansara del cerco.
Los meses habían pasado lentamente. Por algún motivo inexplicable, a don Sancho le duraba todavía la comida. No había atacado las taifas limítrofes ni había regresado a Castilla. Cada luna nueva, doña Urraca hacía recuento de los recursos con los que contaban los silos y los aljibes de la ciudad. La mesura de las damas había hecho que los alimentos y el agua se estiraran más de lo que cualquier varón hubiera pensado. Hasta ahora no habían impuesto un racionamiento a la población civil, pero tenían que estar atentas, porque en el último recuento de grano comprobaron que el volumen de lo almacenado en los silos había bajado considerablemente, especialmente la cebada.
Y en eso estaban aquella fría mañana, reunidas en la sala de costura, estudiando las medidas para alargar el suministro del grano a la tropa unos meses más.
—Los caballos consumen mucho pienso, y…— estaba diciendo doña Eylo, la mujer del conde Ansúrez.
De repente se abrió la puerta, entró don Arias, inclinó la cabeza e hincó la rodilla delante de la reina.
—Se van. Están levantando el campamento —dijo escuetamente.
A doña Urraca le dio un vuelco el corazón.
—Vamos a las almenas —ordenó a sus damas.
Una de las doncellas trajo su capa de armiño; doña Eylo y la esposa de don Arias se la colocaron sobre los hombros con esa pulcritud y elegancia de personas que habían cumplido esa tarea durante años; también las dueñas se arrebujaron en sus respectivos mantos y la siguieron.
Al pasar por el patio de armas, los miembros de su guardia personal se cuadraron, inclinando la cabeza. A una señal de don Arias tomaron los escudos y las lanzas, y escoltaron a aquellas recias matronas hasta un lienzo de las murallas que dominaba el campamento enemigo. Una vez arriba los hombres se alinearon detrás de doña Urraca, y soltaron los pendones; un paje hizo sonar una trompeta, anunciando la presencia de la reina.
Doña Urraca miró hacia abajo y vio cómo, en efecto, el ejército de su hermano se afanaba por desmantelar las tiendas y recoger los pertrechos. El pabellón real permanecía intacto, en medio de tanta confusión. Seguía erguido con sus tendales firmes, clavados en el suelo. En el mástil principal tremolaba un gallardete púrpura con un castillo bordado en oro. Las lonas de las paredes apenas si se movían con el viento, y el brocado que cubría la puerta principal estaba echado. En derredor de la tienda había una compaña de caballeros, formando un círculo, con las espadas ceñidas, los escudos al pecho, las lanzas en las manos; junto a ellos un muchacho sostenía el estandarte real.
—¿Qué está pasando, mi señora? —preguntó doña Eylo, sorprendida.
La reina también lo estaba. Se inclinó sobre pretil de la muralla, mientras intentaba ganar tiempo y comprender qué ocurría en el campo castellano. Durante un instante le pareció que aquello era un ardid de Sancho: fingían que se iban, esperando que los zamoranos salieran a saquear la tienda principal, para caer por la retaguardia. Seguro que su hermano había dividido su hueste, y mientras unos aniquilaban a los se adentraran en su campamento, otros forzarían la entrada en la ciudad.
—¡Que nadie salga de las murallas, puede ser una trampa! —ordenó imperiosa.
Don Arias asintió con la cabeza.
ejercitoDesde el baluarte observaron cómo un nutrido grupo jinetes se acercaban al galope en dirección a la ciudad. Traían los pendones sueltos, ondeando al viento; pero las lanzas no iban en posición de ataque, sino verticales, y no llevaban embrazados los escudos. Al frente iba un caballero de cierta edad que portaba una bandera blanca, y otro mucho más joven con la enseña real. Reconoció a su tío, don Gonzalo Salvadórez, al príncipe de la milicia castellana, Rodrigo Díaz el Campeador, y a los otros infanzones de la compaña, que enarbolaban en sus respectivas lanzas los pendones de sus linajes. Delante de ella estaban los de Ubierna, Burgos, Salas, Lara, la ribera del Duero y Gormaz. Los mejores caballeros de Castilla, representando a todas las tierras del reino.
Les acompañaba el obispo de Oca.
Doña Urraca frunció el ceño. Utilizar a un varón de Dios para cometer una traición contra ella, la reina de Zamora, le pareció que era una osadía que clamaba al cielo. Sin embargo, como era la intermediaria entre la nobleza y el clero, pensó que ya tendría tiempo de poner en su sitio a su hermano y a la Iglesia. Este pensamiento solo la entretuvo un breve instante, porque al llegar al pie de la muralla, lo suficientemente cerca para hacerse oír, el obispo se destacó de sus acompañantes y se dirigió a ella con voz entrecortada:
—¡Merced, doña Urraca! ¡Escuchadme por amor a Dios!
—¡Hablad, don Jimeno!
—Siento ser yo el que os de la mala nueva. Vuestro hermano ha muerto. El Señor es testigo de que os digo la verdad.
Doña Urraca instintivamente se llevó una mano al corazón. Sancho era hosco, rudo, más navarro que leonés; pero le amaba porque llevaba su propia sangre.
Todavía guardaba recuerdos de su lejana infancia en Burgos, cuando sus padres solo eran condes, en los que aparecía un niño gentil y travieso al que ella levantaba del suelo cuando se caía, le mimaba cantando al lado de su cuna, distraía dulces para él en la cocina… Solo cuando llegaron a la corte leonesa y sus padres fueron proclamados reyes de Castilla y de León, y Sancho se convirtió, de pronto, en el heredero de un amplio imperio, las cosas empezaron a cambiar. Sobre todo cuando nacieron Alfonso y García. Se comportaban como rivales, no como hijos del mismo seno. Elvira, la pobre, no contaba para ellos. La trataban como si no existiera. En cambio con ella, con Urraca, andaban con cuidado, porque era la primogénita. En caso de fallecer alguno de los varones sin descendencia, ella podía heredar su reino...
Gruesas lágrima rodaron por sus mejillas. Se volvió de espaldas y se apoyó en el hombro de doña Eylo.
—¡Merced, señora! —volvieron a gritar desde abajo. Era la voz del conde don Munio González, primo segundo de su padre —. Escuchad lo que os quiere decir mi hermano, el conde don Gonzalo.
Secó sus lágrimas rápidamente antes de darse la vuelta y hacer una señal al jefe del clan de los Salvadórez para que se acercara.
—Decidme, tío.
—Vos sois la hermana mayor de nuestro difunto rey. Su pariente más cercano. A vos os corresponde la corona de Castilla.
Los caballeros que le escoltaban alzaron las enseñas y los pendones y gritaron al unísono:
—¡Castilla por doña Urraca!
—¡Deteneos, señores! —exclamó ella, abriendo los brazos, con las palmas hacia ellos.
Se hizo un silencio, que doña Urraca aprovechó para ordenar rápidamente sus pensamientos:
«Ahora me eligen reina, y después me pedirán que me case con uno de ellos; entonces me convertiré en esclava de sus deseos, de sus intrigas, de sus rencores… Si acepto no gozaré de libertad ni un solo día… Si escojo a uno de mis primos como esposo, el papa nos excomulgará. Si a otro varón, no tendrá suficiente linaje para ser mi marido y matrimonio será nulo a los ojos de la corte de León… Tanto en uno como en otro caso, los demás se sentirán ofendidos y nos declararan la guerra… ¡Oh, padre, qué mal ejemplo les disteis a los castellanos cuando atacasteis al esposo de vuestra hermana para haceros con su reino! ¡Un precedente nefasto que se vuelve contra mí! ¡Ya os dije que no deseaba casarme! ¡Y Dios es testigo de que jamás lo haré! Vos me dejaste como herencia Zamora para que reinara en ella pacíficamente, y Sancho me atacó para arrebatármela… ¡Oh, Sancho, Sancho, pobre hermano mío!»
Tenía que ganar tiempo. Negarse sin desairar a nadie. Alzó la cabeza que había tenido inclinada sobre el pecho y dijo:
—¡Decidme, caballeros, por amor al Creador! ¿De qué murió mi hermano?
—La muerte clavó su puñal de oro en las entrañas de don Sancho mientras estaba en la letrina. Los caballeros de su escolta le encontraron muerto, caído sobre sus heces. Varios días ha que se encontraba enfermo. Los físicos no pudieron hacer nada— contestó, con acento dolorido, el obispo de Oca.
Las damas gimieron quedamente. Aquel no era un final digno de un rey.
Doña Urraca se llevó la mano derecha a los ojos.
—Otros muchos soldados siguieron su misma suerte. Porque esta peste es contagiosa, mi señora — concluyó el mitrado.
Estuvo a punto de mandar que quemaran las tiendas de los afectados y también el pabellón real; pero se contuvo a tiempo. Si daba la orden, considerarían que había aceptado convertirse en su reina. Antes había que solucionar este problema.
—¡Señores, soy hembra, no varón. No puedo acceder a lo que me proponéis estando vivos mis hermanos Alfonso y García!
—¡No queremos al rey de Galicia! —gritaron resueltos los castellanos.
Doña Urraca entendió sus motivos. García había entrado en su reino como un dromedario en una cacharrería. Los desmanes que había cometido habían sido tales que cuando Alfonso y Sancho invadieron sus predios, sus vasallos se negaron a defenderlo. Había sido fácil encerrarlo en un castillo. Soltarlo significaba desatar las furias; había que reconocer que era un pésimo gobernante, un muchacho arrogante, tirano y cruel… Le dolía saber que estaba encadenado en una fría mazmorra; pero… en realidad, no había otra solución.
—Queda Alfonso, el monarca legítimo de León —dijo ella, inclinándose un poco sobre la muralla—. Está refugiado en la taifa de Toledo; pero si le proclamáis rey de Castilla, volverá y gobernará con fortaleza y sabiduría porque es hijo del que fue don Fernando, vuestro rey y señor.
Al pie de la muralla, los caballeros se miraron entre sí. Doña Urraca les vio intercambiar algunas palabras en voz baja, y después alzar las enseñas y los pendones.
—¡Castilla por don Alfonso! —gritaron al unísono.
Ella cerró los ojos, dando gracias a Dios en su interior. ¡Estaban de acuerdo! ¡Ella podría seguir soltera y reinar en Zamora!
—¡Preparad los funerales de mi hermano! ¡Quemad las tiendas y las pertenencias de los afectados por la epidemia! ¡No quiero que se extienda a mi ciudad! ¡Quemad también el pabellón y las pertenencias del difunto rey de Castilla! —ordenó la dama, esforzándose para que la lágrimas no asomaran a sus ojos—. Que sus restos calcinados sean depositados en el monasterio de Oña, como él quiso en vida.
Palideció al imaginarse su tumba. Doña Eylo puso una mano sobre la suya para darle ánimos, y don Arias musitó en su oido:
—¡Valor, alteza!
Ella asintió con la cabeza, y se volvió hacia él y a los caballeros que la escoltaban en la muralla.
—Don Arias, despachad correos al reino de Toledo. Decid a nuestro señor don Alfonso que su enemigo ha muerto y que Castilla y Zamora le rinden pleitesía.
Se volvió una vez más hacia los castellanos.
—Señores, os agradezco infinito el haber pensado en mí como reina; pero dentro de unos días estará con nosotros nuestro señor natural, el que lleva en sus venas la sangre de los reyes de Pamplona, de Castilla, de León y de Asturias. Id con Dios, que yo os avisaré cuando celebremos en Zamora las exequias de don Sancho.
Los nobles castellanos bajaron de sus caballos e hincaron la rodilla en tierra.
Tropas castellanasDoña Urraca inclinó levemente la cabeza a modo de despedida, y les dio la espalda con porte regio. Bajó rápidamente las escaleras, mientras el viento aullaba en las almenas. Cruzó el patio de armas con paso rápido, envuelta en su capa de armiño. Al llegar a sus aposentos, mandó que sus damas aguardaran en la antecámara, y se quedó a solas con doña Eylo. Llena de dolor se echó en brazos de la condesa, y esta le acarició maternalmente el pelo.
—¡Oh, pobre, pobre Sancho! —gimió doña Urraca—. ¿Dónde han terminado tus ambiciones? ¿Quién iba a decirnos que la última vez que nos veríamos sería como enemigos?
Doña Eylo la sentó suavemente sobre su escaño, invitándola a descansar. Ella miró a su dama y sonrió en medio de las lágrimas.
—Vuestro marido pronto regresará del destierro que comparte con Alfonso… Me alegro por vos…
—¡Ay, señora! Todavía nos queda mucho que hacer… Habéis despistado muy bien a los jefes de los clanes de Castilla, diciendo que don Alfonso es el pariente más cercano e idóneo, por ser varón, de su difunto rey… Pero vos y yo sabemos que hay otra persona que podría reclamar el trono, porque es hija de vuestro difunto hermano… Aunque ahora desconozca su origen, los nobles astures que la han criado tal vez… Tal vez... podrían proclamarla reina…
Doña Urraca dejó de sollozar y se mordió los labios.
—Los castellanos no lo aceptarían. Creerían que se trata de un engaño de los Fláinez…— contestó dubitativa.
—Tal vez no. Después de todo, el norte de Castilla está en manos del clan de los Laínez, que son parientes de los asturianos.
—Cierto… —asintió doña Urraca. Los miembros castellanos del clan habían perdido la efe inicial del apellido porque, en las tierras que gobernaban, sus vasallos tenían serios problemas para pronunciar correctamente en latín gran parte de las palabras.
Doña Eylo prosiguió:
—Y si los Láinez, los Rodríguez, los Álvarez, los González y los Salvadórez se ponen de su parte y la proclaman reina, la obligarán a casarse con uno de ellos, para gobernar en su nombre… Y vuestro hermano Alfonso no tendrá ninguna opción… Creedme, señora, conozco muy bien a los castellanos. Nuestras tierras de Saldaña limitan con las de los Fláinez, y las de Carrión están muy cerca de las de los Rodríguez y los Álvarez… Vos también conocéis a vuestros tíos y primos, los González-Savadórez… Son hombres de frontera, habituados a lidiar con moros y navarros al mismo tiempo… Ni reuniendo toda la hueste regia leonesa, que posiblemente se deshaga en banderías, porque muchos se unirán a los de Asturias… Ni reforzándola con gallegos, que lo más seguro es que se aprovechen de la situación para rebelarse otra vez y crear su propia dinastía… Ni reuniendo a todos los vasallos de León, podríamos combatir a las mesnadas castellanas… Comprended, señora, que Zamora ha resistido gracias a sus fuertes murallas y al valor que habéis infundido a sus tropas; pero en el futuro… tal vez no tengamos tanta suerte. No sabemos lo que podría pasar.
Doña Urraca asintió con la cabeza inclinada.
—Sí, doña Eylo. Tenéis razón. Tenemos que actuar pronto. Debemos pedir al conde de Oviedo que envíe a León a nuestra sobrina. Diremos que el rey y yo queremos educarla en la corte y concertar su boda. Todo consiste en llevarles ventaja a este respecto, y concertar rápidamente su boda con un miembro de su clan… Así los asturianos no podrán oponerse… Pensarán que, al emparentar con la casa real de León, en un futuro, si Alfonso muere sin sucesión, el esposo de mi sobrina podrá reclamar las coronas de Castilla, León y Galicia…
—Oh, señora. Muy bien pensado —aprobó doña Eylo —. ¿Con quién pensáis casarla?
—Con quien la tenía destinada mi hermano Sancho. Con Rodrigo Díaz el Campeador. Para eso le elevó al rango de príncipe de la milicia, para desposarlo con mi sobrina, anteponiendo su estatus militar al de mis tíos y primos…
—¡Pues Rodrigo Díaz va a tener un serio problema con ellos! ¡De ninguna manera permitirán que el Campeador se convierta en su rey, aunque esté casado con una dama de estirpe real! —exclamó doña Eylo.
Doña Urraca se pasó una mano por la frente.
—Ciertamente que Sancho no pensó en ello cuando nombró a don Rodrigo prínceps supra totia militia Castellae, ni siquiera mis padres cuando accedieran se convirtiera en el escudero de mi ni hermano… Y mucho menos cuando hace años pactaron la entrega de Jimena a la familia del conde de Oviedo… ¿Recordáis cuando los miembros asturianos del clan de los Fláinez se encerraron en la ciudad de León?
—¡Oh, sí! Durante mucho tiempo se negaron a entregar la capital del reino a vuestra madre, la hermana del difunto rey Bermudo, alegando que vuestro padre era un conde traidor.
—Pero mi madre doña Sancha pactó con ellos y los asturianos rindieron pleitesía al rey don Fernando, mi padre… Más tarde, cuando Sancho, siendo un muchacho, tuvo una hija fuera del matrimonio, los eligió para que la criaran lejos de la corte. El acuerdo fue muy ventajoso para ambas partes. Ellos tapaban el desliz de mi hermano a cambio de que el condado de Asturias pasara de padres a hijos. A partir de ahí se pacificó el reino. No hubo más revueltas por parte de los Fláinez. Mis padres unificaban los reinos sin que los nobles se opusieran. Los castellanos creían haber triunfado gracias a las armas. Los leoneses que los asturianos habían cedido por el bien de todos.
—Pero pronto se descubrirá el pacto…
—No, mi querida Eylo. Antes de que ningún clan pueda reaccionar, ya estarán casados. Y la condición que voy a imponer es que esto quede en secreto para siempre, a menos que Alfonso muera sin hijos.
—¡Oh, señora! Teniendo en cuenta que su mujer, la reina Inés, no puede tenerlos… A los clanes implicados en esta línea de sucesión les interesará guardar silencio, esperando el tiempo propicio… Dios quiera que todo salga bien. Si este plan llegara a oídos de vuestros primos, pobre Jimena y pobre Campeador.
Doña Urraca se levantó y se dirigió lentamente al ventanal que daba a la campiña. Durante unos instantes se limitó a contemplar el paisaje con aire preocupado. Luego, con voz cansada, se dirigió a doña Eylo:
—Si esto sucediera, mi hermano Alfonso no tendría otro remedio que alejarlos de la corte por el bien de los dos. Confinarlos en las tierras de don Rodrigo o enviar a este como embajador a alguna taifa mientras se calman los ánimos…
A doña Urraca le hubiera gustado que el sol, que estaba a punto de ocultarse, se hubiera abierto paso entre los negros nubarrones y hubiera inundado el cielo de una gama de colores entre el anaranjado y el violeta antes de desaparecer detrás de las lomas. Como esto no sucedió, volvió a su escaño y se quedó inmóvil, con la cara entre las manos, llorando quedamente y musitando plegarias. Doña Eylo se arrodilló a su lado y contestó al rezo con voz entrecortada.
Pasó el tiempo. Se oyó un trueno lejano. Comenzó a llover. El agua golpeó con fuerza la lámina de mica que cerraba la pequeña ventana de medio punto. Los campos dorados y ocres se difuminaron bajo el aguacero.
Doña UrracaDoña Urraca abrió los ojos, como aturdida, y vio a su dama de compañía arrodillada a su lado, con expresión angustiada.
—Doña Eylo, tal vez si no me hubiera enfrentado a Sancho, aún estaría vivo… Pero por mucho que lo lamente, nunca podré devolverle la vida… Y no sé qué sentido tiene ahora la mía.
La condesa recordó que doña Urraca siempre había velado por su hermano Alfonso desde que eran niños; que a ella se debía que don Sancho no le hubiera matado después de arrebatarle su reino. Gracias a una estratagema suya, Alfonso VI y el conde Ansúrez, su marido, habían huido a la taifa de Toledo, donde eran huéspedes del rey Al-Mamún. Tenía que hacerla reaccionar, haciéndola pensar en el hermano en el que había depositado su amor maternal.
—Cierto, señora, sin embargo tenéis mucho que hacer en favor de don Alfonso.
—Es verdad…
—Señora, se está haciendo de noche y debéis descansar. Preveo que los próximos días serán muy agitados.
—No, doña Eylo… No pienso dormir. Pedid un caldo en la cocina y decid a mis doncellas que traigan mis vestidos de luto. Velaremos al rey de Castilla como si su cadáver estuviera delante. Y pensaré en lo que debo hacer para que, cuando Alfonso regrese, nadie se oponga a que gobierne desde León los reinos de Castilla y Galicia… No sería sensato devolver el poder a García después de la rebelión que produjo el trato que dio a sus vasallos…
Doña Eylo asintió, inclinando la cabeza. Conocía de sobra las habladurías de la corte, que atribuían a la reina de Zamora la mayor parte de las maniobras diplomáticas de la corte de León después de la muerte de sus padres.
Ya era noche cerrada. La esposa del conde Ansúrez regresó con un tazón humeante sobre una bandeja de plata y se encontró a la reina absorta en sus pensamientos. Encendió las velas del candelero antes de que su señora apurara el caldo.
Entraron las doncellas, vestidas de negro, con las ropas de luto de su reina. La ayudaron a cambiarse. Recogieron sus cabellos bajo una sencilla toca. Doña Urraca se arrodilló en el suelo, delante de la cruz que presidía su pequeño oratorio, e inició el rezo. Doña Eylo y las jóvenes de la nobleza de Zamora se apresuraron a contestar las preces.
Fuera el viento golpeaba las murallas de la ciudad y las lonas del campamento castellano, haciendo ondear los pendones y gallardetes de las tiendas que no se habían consumido por el fuego antes de que comenzara a llover.
En torno a una hoguera, los nobles e infanzones castellanos lloraron al rey Sancho, recordando sus hazañas. Y brindaron por el nuevo rey.

 

Alfonso VI recuperó su reino y se convirtió en rey de Castilla y Galicia. El esposo de doña Eylo, el conde Pedro Ansúrez, que compartió con él su exilio, fue nombrado maiordomus regis (administrador del patrimonio real) y señor de Valladolid. Don García I de Galicia murió tras doce años de encierro.
En cuanto a doña Urraca Fernández, reina de Zamora, sabemos por los documentos de la época y las crónicas posteriores, que compartió el trono con su hermano Alfonso desde el otoño del año 1072 a la primavera del año 1080. Durante ese tiempo comandó la milicia del palacio real de León, juzgó, sentenció y firmó documentos, en los que aparece su firma detrás de la de su hermano. Entre ellos la carta de arras con que Rodrigo Díaz desposó a su sobrina doña Jimena.
También sabemos por la documentación de la época que, después de la boda, doña Jimena y don Rodrigo Díaz vivieron una temporada en Asturias, donde el Cid fue colmado de honores por Alfonso VI y formó parte de su séquito. El episodio de la muerte del rey Sancho II de Castilla ante los muros de Zamora, ha hecho correr ríos de tinta y dio lugar a numerosas leyendas, recogidas en las crónicas medievales, el romancero, y más tarde en novelas y películas. Las primeras noticia de este episodio aparece en Historia Roderici, una biografía en latín de Rodrigo Díaz, escrita a principios del siglo XII. En unas sobrias líneas se nos cuenta el asedio de la ciudad y la muerte del rey Sancho II de Castilla, sin entrar en más detalles. Del Cid solo nos dice que don Rodrigo Díaz estaba allí, sirviendo a su señor.
En cambio en la Historia Silense, crónica del reinado de Alfonso VI, escrita también en latín en el siglo XII, el rey castellano muere apuñalado por la espalda por un caballero anónimo, aunque se descarta la implicación de doña Urraca en este hecho. Sin embargo, su texto resalta la importancia que tuvo la reina de Zamora en las decisiones que tomó Alfonso VI durante los primeros años de su reinado. Lo que concuerda con la documentación conservada.
Pero la imaginación popular trabajó por su cuenta y surgieron poemas épicos en los que se la responsabilizó directamente a doña Urraca de la muerte su hermano. Esta leyenda fue incorporada a la Crónica Najerense, de finales del siglo XII, de la siguiente manera:
Doña Urraca promete su mano al caballero que le libre del asedio. Bellido Dolfos finge ser un zamorano disidente, se encamina al campamento castellano y obtiene una entrevista a solas con el rey. Pasean juntos y, en un determinado momento, don Sancho se baja los pantalones para hacer sus necesidades. Momento que el traidor aprovecha para apuñalarlo por la espalda. El Cid sale en su persecución, pero no logra alcanzarlo. Los zamoranos abren las puertas al magnicida. Doña Urraca envía mensajeros a Toledo, anunciando a Alfonso VI que ya puede gobernar sin trabas. A partir de aquí no se vuelve a saber nada más ni de la reina de Zamora ni de su pretendiente.
Las incongruencias de la Crónica Najerense —era completamente imposible que un rey saliera fuera de su tienda sin estar rodeado por su guardia personal, y mucho más que se pusiera a hacer sus necesidades delante de un extraño— nos sugieren que el rey pudo morir efectivamente en las letrinas del campamento, pero de muerte natural, por cólera o disentería, como solía suceder a menudo en la Edad Media. Sin embargo, la versión novelesca de la Najerense —en la que los personajes hablan en decasílabos y pentasílabos, tal vez porque su autor copió directamente los romances en los que se basaba este episódico— es la que triunfó. A partir de aquí, todas la historiografía posterior, Chronicón Mundi, de Lucas de Tuy, De Rebus Hispaniae, de Jiménez de Rada, etc., se limitan a contar los mismos hechos sin poner en duda lo narrado en esta crónica y en infinidad de poemas anónimos.
El CidPor su parte el romancero no se contentó con divulgar a su manera la muerte del rey Sancho, sino que, aprovechando la popularidad del Cantar de Mío Cid, los juglares comenzaron a inventar nuevos episodios, por ejemplo, cómo Rodrigo Díaz de Vivar se enfrenta a Alfonso VI, pidiendo que jure en la iglesia de Santa Gadea que no ha tenido arte ni parte en la muerte de su hermano. La imaginación popular hace que este acontecimiento sea el motivo de la enemistad entre el rey y su vasallo. Aunque posiblemente la verdadera razón por la que el Cid fue alejado de la corte leonesa fue la política territorial de don Alfonso. Necesitaba tener a sus mejores caballeros guardando las fronteras para frenar el ímpetu de la invasión almorávide.
Geneviève Page elcidVolviendo a doña Urraca de Zamora, las leyendas que entrelazan su destino con el de Rodrigo Díaz de Vivar fueron durante el Romanticismo una excelente fuente de inspiración para muchos poemas del siglo XIX, y su temática ha llegado hasta nosotros en forma de novelas, películas y obras de teatro, en las que se recogen los tópicos del Romancero Viejo. Recordemos la trilogía La eterna enamorada de Rafael Pérez y Pérez (1968) o El Cid (1961), protagonizada por Charlon Heston, con la jovencísima Geneviéve Page en el papel de la hermana de Alfonso VI. Los amores juveniles entre la infanta y el Cid son pura fantasía. Doña Urraca nació en el año 1033 y Rodrigo Díaz alrededor del 1050. En la Edad Media dieciocho años de diferencia de edad entre una dama y su pretendiente eran muchísimos. A pesar de ello, si esto hubiera sucedido en la realidad, don Fernando I de Castilla habría matado al Cid y a su hija, como mandaba el Liber Judiciorum (Fuero Juzgo); o al menos a esta la habría desheredado o metido a monja. Cosas que sabemos que su progenitor nunca hizo.
La figura de la doña Urraca, glosada en estas líneas, es también un juego literario, una reconstrucción de lo que pudo ser y tal vez fue. Me he basado en la Historia Roderici, y en otros datos dispersos en la documentación de la época. Confieso que la especulación sobre el origen paterno de doña Jimena, de quien la historiadora Margarita Torres Sevilla escribió «es uno de los enigmas familiares más interesantes de nuestra historia medieval», es una intuición propiamente mía. Pero si alguna vez se pudiera probar, encajarían mejor las idas y venidas del Cid, sus desencuentros con Alfonso VI, y explicarían por qué, después de la muerte de su marido, doña Jimena comenzó a firmar los documentos oficiales con el título de reina de Valencia.
En cuanto a doña Urraca, espero que este relato haya sido del agrado del lector, y gustosamente dejo a su interpretación la figura de esta dama de leyenda.

 

*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del franco

ENLACES DE INTERÉS

Doña Urraca y el cerco de Zamora en la historiografía medieval

 

 

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