¿Quién ha dicho que la autoedición es un invento del siglo XXI y que las mujeres no han contribuido a la literatura desde tiempos antiguos?
Hoy quisiera hablar de Christine de Pizan, que entre los años 1393 y 1412 escribió más de trescientos poemas y publicó treinta libros sobre materias tales como el amor, la filosofía, la ética, la religión envueltas en alegorías que hacen que su ficción se acerque mucho a lo que actualmente entendemos por novela.
Es cierto que no es la primera mujer escritora de la historia europea. En el siglo VI a.J.C. vivió la poetisa Safo de Lesbos; Paula de Roma formó parte del equipo que con San Jerónimo tradujo la Vulgata en el siglo IV d.J.C; Roswitha de Gandersheim fue una abadesa, novelista y dramaturga alemana que vivió en el siglo X; en el XI Al-Andalus tuvo dos grandes poetisas de lengua árabe: la princesa cordobesa Wallada bint al-Mustakfi, y la reina Itimad de Sevilla. Pero Christine de Pizan fue la primera mujer que consiguió vivir de la literatura.
Nació en Venecia en el año 1364 y acompañó a sus padres a la corte de Carlos V de Francia, donde su progenitor ejerció como astrólogo, alquimista y físico. Gracias a este cargo su hija tuvo acceso a la biblioteca de palacio. Christine hablaba francés, italiano y latín; leer los manuscritos en su lengua original resultó un gran placer para la aquella adolescente ávida de conocimientos.
(...) recurrió a la autoedición en una época en la que los varones buscaban un mecenas, merece un lugar muy destacado en la historia de la literatura.
A los quince años se casó con Étienne du Castel, secretario real. Enviudó a los veinticinco, y como solía suceder en aquellos tiempos, la muerte del marido sumió a la familia en la penuria. Sin embargo Christine era una mujer de gran coraje. Durante los primeros cinco años de viudedad había escrito más de cien poemas de amor dedicados a su difunto esposo. Durante su matrimonio con Étienne había sido tan feliz que no deseaba volver a casarse; sin embargo tenía a su cargo a tres hijos pequeños, su madre y una sobrina: había que encontrar una forma digna de mantenerlos.
¿Qué sabía hacer? Escribir. De modo que pensó que esa era la tarea a la que debía dedicarse. Los códices se vendían muy bien. Príncipes y reyes los pagaban a precio de oro con tal de aumentar sus bibliotecas particulares. Ahora bien, teniendo en cuenta que las que en realidad leían eran las mujeres, ¿por qué no escribir sobre temas que les gustaran a ellas? Reunió sus poemas de amor, los transcribió primorosamente, mandó ilustrar el manuscrito y... lo vendió. Cien baladas fue su primera obra. A esta siguieron Carta al dios de los amores y Debate de los dos amantes, publicados en el mismo año.
Su pluma era tan fecunda que algunos años escribió hasta cinco libros. Aquel incesante trabajo comprendía documentarse, redactar el borrador, caligrafiar el texto definitivo, diseñar y supervisar las miniaturas, encuadernar el códice y… venderlo. Todo un trabajo de autoedición cuando no existía la imprenta.
Gracias a que escribió una autobiografía, ilustrada con magníficos dibujos, sabemos que solía redactar el borrador sentada en una mesa giratoria, donde tenía varios volúmenes abiertos para consultarlos simultáneamente. Para caligrafiar sus escritos se sentaba en un sillón de madera tallada y utilizaba una mesa fija, amplia, de sólidas patas.
En una de las miniaturas se ve a la autora de rodillas ofreciendo su obra a la reina María de Babiera; en otra, entregando su libro a Margarita de Borgoña. Sabemos que ambas compraron y pagaron al contado. Lo suficiente como para que Christine de Pizan y su familia pudieran vivir cómodamente durante varios años, en los que no cesó de escribir.
Toda su temática gira en torno a matronas, cultas, inteligentes, a las que no solo les interesa el amor, sino también la ética, la retórica, la historia y la crítica literaria.
Escribió El dicho de la Rosa para rebatir la segunda parte de Roman de la Rose, donde su autor, Jean Meung, defiende la tesis de que a las mujeres les gusta ser violadas, y se las tilda de superficiales, inconstantes y faltas de inteligencia. La confrontación que surgió en torno a los dos libros se considera la primera polémica de la historia de la literatura francesa.
Siguiendo este criterio de defender al género femenino de los estereotipos machistas de la época, redactó dos de sus obras más famosas: El largo camino del estudio y La ciudad de las damas. En la primera, al estilo de la Divina Comedia de Dante, la autora recorre metafóricamente diversos parajes en compañía de la Sibila de Cumas en busca del conocimiento perfecto; en la segunda, mediante tres figuras alegóricas que representan la Razón, la Rectitud y la Justicia, la autora ayuda a construir una ciudad habitada solo por féminas, donde las mujeres son sus únicas ciudadanas y gobernantes, y ejercen todo tipo de tareas y oficios. Muchos autores contemporáneos han visto en estas dos obras los basamentos del feminismo actual.
Sin embargo, Christine también escribió dos obras enfocadas hacia los varones: Libro de los hechos y armas de la caballería, y la biografía del rey Carlos de Francia, bajo el título Libro de las hazañas y buenas maneras del sabio rey Carlos V.
Como era costumbre en aquella época, a los cincuenta y cuatro años se retiró a vivir en un convento. Allí escribió Horas de contemplación de la Pasión de Nuestro Señor y su última obra, Cántico a Juana de Arco.
Murió en el año 1430. Su legado ha llegado hasta nosotros. No solo porque recientemente se han vuelto a editar sus libros, sino porque su influencia en las cortes europeas rescató a las damas de alcurnia del papel pasivo y decorativo que le habían conferido las exageraciones del amor cortés, los romances y los libros de caballerías, como un precedente de un precoz movimiento feminista.
Christine de Pizan, escritora que recurrió a la autoedición en una época en la que los varones buscaban un mecenas, merece un lugar muy destacado en la historia de la literatura. Espero que este artículo haya servido para dar a conocer a esta compañera tan singular.
*María Ángela Martín Vega es autora de El códice del Franco